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Una contribución al debate
La Europa que me gustaría

Ginevra Bompiani
Ginevra Bompiani | © Ginevra Bompiani

La Europa que me gustaría es la Europa que parece que les gustaría también a los demás: un lugar que promueva la paz, la humanidad y la solidaridad, que no acepte las guerras ni las masacres, que no atice el fuego por su propia conveniencia (como está sucediendo en Libia); una Europa que reconozca su identidad y sus raíces en la cultura, en el arte y en el pensamiento; una Europa que vaya en pos de una ilusión pertinaz.

La Europa con la que sueño es una Europa que se deje inspirar por la imaginación femenina, que escuche la voz de la infancia, que preste atención a la voz resonante de quien lucha por el planeta para así poder transformar su economía y sus formas de vida, que no entienda la pertenencia basándose en la prosperidad material, sino en intereses recíprocos; que reduzca las diferencias y apoye la diversidad.

Una Europa que reconozca el primero de todos los derechos humanos: el derecho a la integridad física, el derecho a que nadie, trátese de un individuo, institución, autoridad o jerarquía, tenga permiso para atentar contra la vida humana, sea por vías directas o indirectas. Y que, por ello, asuma como una obligación rechazar la tortura en todas sus formas y la pena de muerte, defender la salud y la vida del individuo y de la comunidad, actuar contra el envenenamiento del aire y de la alimentación, invertir en energías alternativas, renunciar a la energía atómica y cerrar los reactores que son una amenaza para nuestros países, y sancionar sin remisión a quienes persiguen y a quienes contaminan. Una Europa que jamás, bajo ningún pretexto, promueva la guerra ni la apoye. Que no venda armamento.

Una Europa que afronte el problema de en qué mundo merece la pena vivir, y asuma en todo su alcance la propia responsabilidad al respecto, extrayendo las consecuencias correspondientes. Una Europa que vea en las migraciones la aterradora guerra entre ricos y pobres, que recuerde que esa guerra a largo plazo siempre la ganan los pobres y que comprenda que, por esa razón, es mejor acoger que ser conquistado.

Una Europa que deje de lado la santurronería política, como es la del libre mercado y la libre competencia, que el Che describió como “un zorro libre dentro de un gallinero libre”.
Lo que estamos viviendo hoy no es ya una lucha de clases, sino de condiciones: pobres contra ricos, sanos contra enfermos, gente armada contra gente indefensa, gente a salvo contra gente que se hunde. No es una guerra que se luche en campo abierto, sino entre bastidores, en las redes de la tecnología. Es una guerra que hacen los espías, los tecnócratas, los fabricantes de armas, las petroleras, los cabecillas ambiciosos, las empresas multinacionales, y que va dirigida contra el pueblo innumerable de quienes mueren a causa del hambre y las mentiras, gente engañada, ahogada, rechazada, expulsada y pisoteada. El instrumento de esta guerra, más poderoso que las armas, es la propaganda difundida a través de los medios de comunicación de masas, a través de la televisión, de Internet, de Twitter: un engaño insondable que daña al género humano con el fin de incitarlo a que tenga miedo de su propia sombra, antes que de las sombras que lo amenazan desde arriba.

Me gustaría una Europa en la que cada cual se pregunte qué está dispuesto a hacer para tener el mundo que quiere tener y hasta qué punto tiene la voluntad de cambiar la propia vida.
Greta Thunberg nos ha enseñado todo lo que puede lograr una sola persona, incluso tratándose de una pequeña persona de corta edad. Estamos infinitamente privados de poder y somos infinitamente poderosos. No basta con querer la Europa que nos gustaría; es imprescindible empezar ahora mismo a crearla, haciéndolo cada cual personalmente. Esa es mi pertinaz ilusión.

Este artículo es una contribución externa al debate (en una versión ligeramente recortada) y no refleja en modo alguno la posición oficial del Goethe-Institut.
 

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