¡Adiós coche! Los niños saben andar

Elena, de nueve años, junto a sus compañeros de camino, en el banco de delante de su escuela.
Elena, de nueve años, junto a sus compañeros de camino, en el banco de delante de su escuela. | Foto (CC BY-SA): Antonio Moya

Todas las mañanas se acumulan los coches ante las puertas de las escuelas primarias españolas; apenas se ven niños sin sus padres. Una iniciativa en Jávea ha redescubierto la calle para los escolares.

“Ir juntos al colegio fomenta que los niños se sientan parte de un grupo”, explica Antonio Moya. El arquitecto es uno de los cuatro cerebros del proyecto Pas a Pas en Jávea, que pretende conceder a los más pequeños un papel activo en la vida urbana. Desde abril de este año, en la localidad de la costa levantina española, cada viernes van andando al colegio juntos más de cien niños de cuatro escuelas primarias, a los que en otoño se han unido alumnos de otros dos centros.
“Esperamos que, este curso, la iniciativa llegue a incluir hasta trescientos niños”, comenta Moya. El concepto es sencillo: para cada escuela hay un lugar de encuentro, en el que se reúnen los niños de entre seis y doce años que harán juntos el camino. A los grupos con niños más pequeños los acompaña un adulto, los comerciantes de la zona están informados y actúan, si es necesario, como puntos de control.

Ciudades menos peligrosas para los peatones

Pas a Pas permite, además, ahorrar tiempo a los padres. Según un estudio de 2015, los progenitores pasan al año una media de cien horas en el coche llevando a los niños de casa al colegio. Por no hablar de la ventaja para el medioambiente: los creadores de Pas a Pas calculan que los padres ahorrarán cada año 854 kilómetros de transporte de su progenie. Si el vehículo no sale del garaje para esos recorridos, se puede reducir considerablemente la emisión de CO2, lo que no solo beneficiará a la comunidad escolar, sino a toda la ciudad.

Jávea no es el único lugar que se esfuerza por ganar a padres y niños para un camino a la escuela más consciente. La primera iniciativa de este tipo impulsada en la capital española, Madrid, data de 2007 y Barcelona, la metrópolis catalana, llevó a cabo los primeros intentos de cambio en el año 2000. La ciudad dormitorio de Rivas Vaciamadrid, al este de la capital, recibió en 2013 el premio de la UE a la movilidad urbana sostenible gracias a su compromiso con la seguridad vial: menos coches en la calle significa también más seguridad en el camino al colegio. Precisamente esta es la divisa que inspira desde hace varios años la campaña con la que la autoridad de tráfico española, la DGT, apoya a ayuntamientos, escuelas y familias en la tarea de hacer las calles más amables para los peatones y fomentar la autonomía de los niños.
 
El proyecto de Jávea comenzó a rodar, de hecho, cuando, hace tres años, un niño fue atropellado delante del colegio. Las peticiones de más seguridad fueron numerosas y la ciudad invirtió fondos. Chema Segovia, también arquitecto y, junto con Moya, uno de los iniciadores de Pas a Pas, recuerda los comienzos en Jávea: “Cuando nos encargaron el proyecto, lo primero que hicimos fue reunirnos con representantes de las escuelas, la Policía y los padres. Pero nos dimos cuenta de que, en nuestras reflexiones, faltaba alguien importante”. Era obvio a quién se refería: a los niños. “No podíamos decidir sobre alguien a quien no habíamos dado la palabra”, afirma Segovia.

La calle como punto de encuentro social

Entonces se celebraron talleres en los que los niños podían proponer sus ideas sobre el diseño del exterior de su escuela: más aparcabicis, por ejemplo, pistas de skate o bancos para sentarse. Las propuestas no eran, en absoluto, absurdas. Pero se frustraron en la práctica: cuando no por el presupuesto de la Administración, por el caos cotidiano del aparcamiento. Al menos, casi siempre.

No fue el caso de la escuela primaria del puerto de Jávea. Allí, delante de la entrada, han puesto dos bancos, justo donde se formaba antes la fila de coches para recoger a los niños. “No se trata únicamente de hacer el camino al colegio más seguro”, explica Segovia, para quien la calle no es objeto de protección, sino un punto de encuentro social, un lugar de intercambio: “Y precisamente eso es lo que queremos conseguir con nuestro proyecto”. Los niños, aclara el arquitecto, tuvieron un papel fundamental en el contexto de una planificación urbana sostenible: “No solo son los ciudadanos del futuro; son, además, parte activa de nuestra sociedad. Y pueden, por lo tanto, participar en sus decisiones”.

Hoy, a unos tres años del comienzo de la iniciativa, el aspecto urbano de Jávea ha cambiado. En el barrio del puerto hay, delante del colegio, jardineras con dibujos de colores; en otra escuela, los niños colocaron, en las vallas que rodean el patio, jarrones hechos por ellos mismos. Ya no están allí, pero todos tienen un recuerdo feliz de aquel día. Incluso los vecinos. “Con estas acciones individuales podemos acercar nuestro proyecto a los habitantes de la localidad”, opina Antonio Moya. Y precisamente ese es el objetivo: lograr una ciudad digna para todos los que viven en ella.

Letreros pintados en vez de señales de tráfico

También en las paredes de las casas del centro urbano se han hecho cosas. Aquí y allá se ven carteles que indican a los niños el camino al colegio. No se trata de señales de tráfico, sino de letreros caseros, pintados, pegados a las paredes o colgados. Pas a Pas, dicen: “paso a paso”, una señal de integración e identidad de un grupo al que, como denuncia también el pedagogo y visionario italiano Francesco Tonucci, la vida urbana moderna margina no pocas veces.
“Es genial porque los niños no tienen prejuicios”, opina Antonio Moya. Todo lo contrario que las autoridades que, en algunos otros municipios, se opusieron rápidamente a las ideas de Pas a Pas. “Por fortuna no es el caso de Jávea”, añade. El compromiso de la ciudad es grande y el interés crece, asimismo, entre los padres: “Lo que mejor funciona es, por supuesto, la propaganda de boca en boca”.

Es lo que ha sucedido en Jávea, desde luego. La iniciativa Juntos al colegio marcha, desde hace mucho, por sí sola: los cerebros de Pas a Pas actúan, por lo general, entre bastidores. Es de suponer que Moya y su equipo tampoco acudan muchos viernes a la escuela primaria del barrio del puerto, una de las recién llegadas al proyecto. Los padres se ponen de acuerdo, se ocupan de encontrar acompañantes y buscan, ante todo, otras familias que se dejen entusiasmar por Pas a Pas.

“Seguro que encontramos a alguien más”, dice una madre convencida y se despide de su hija Elena. La niña de nueve años se ha unido por primera vez al grupo que va andando a la escuela, con visible curiosidad por los otros niños. Son cinco: nada mal para empezar. Puede que la próxima vez venga algún otro compañero del patio. Porque, sin duda alguna, ella ha disfrutado el tiempo que ha pasado al aire libre, en la calle.