Reformar el presente La revolución intelectual de Lutero

Reformar el presente
Foto: © Hartmut Burggrabe

Lutero fue un héroe de la intención moral, pero no un alma bella, pendiente de sí misma. Proclamó la necesidad de la responsabilidad recíproca y permitió la ventaja reflexiva, la autocorrección, la generación de energía que proporciona pensar con certeza lo nuevo.

Fue Nietzsche quien reclamó que se contara la historia de Lutero de otra forma. Lo exigió en la Genealogía de la moral [III, §19], el libro que culminaba su filosofía, antes del ocaso. En una pregunta que no se atrevió a contestar, dijo: “¿Qué nos ocurriría si alguien nos narrase alguna vez ese movimiento [la Reforma] de otra manera, si alguna vez un verdadero psicólogo nos narrase al verdadero Lutero?”. Los grandes lectores de Nietzsche de la siguiente generación, George Simmel, Thomas Mann, Max Weber y Ernst Troeltsch, aceptaron el reto. De un modo u otro, analizaron el espíritu de la Reforma, espoleados por esa obra final de Nietzsche. Al interpretarlo, vieron a Nietzsche como el final del proceso histórico e intelectual inaugurado por Lutero. Considero valioso mantener hoy ante nuestros ojos ese ciclo intelectual.

Interpretaciones diferentes

¿De qué se trataba, para los lectores de Nietzsche de las primeras décadas del siglo XX? ¿Cuál era el contenido moral de su enseñanza? ¿Y por qué tenía que ver con Lutero? Cada uno de aquellos lectores nietzscheanos subrayaría un elemento de la vida moral: Simmel hablaría de la forma trágica como elaboración productiva de la conciencia de culpa; Thomas Mann destacaría la resistencia a lo inmediato en nosotros, a lo fácil, a lo espontáneo, como potencia ética fundamental; y Weber, con su certero juicio, tipificaría las relaciones de la ética de la intención y la ética de la responsabilidad. De este modo, destacaron elementos centrales de toda consideración moral, pues sus puntos de vista son complementarios. Cuando se miran desde una perspectiva adecuada, vemos que se trata de conquistas de un único proceso de racionalización subjetiva que atraviesa la historia de Occidente. En efecto, la cuestión de la conciencia de culpa atraviesa los avances civilizatorios desde el viejo Israel hasta el presente globalizado, vinculados a los procesos evolutivos de la cultura judeo cristiana, desde el movimiento profético a la fundación del Cristianismo, desde Lutero hasta el psicoanálisis.

Desde Lutero hasta el psicoanálisis

Lutero, de quien Nietzsche dijo que conoció como nadie la grewliche Thier de la conciencia de culpa, es un episodio central de esa experiencia de racionalización moral. De hecho constituye su forma moderna. Cada cambio civilizatorio siente esa conciencia de culpa con una intensidad tal, que requiere nuevos modos de superación. Lutero representa la forma moderna de esa superación. El auto-empequeñecimiento de la conciencia de culpa llevó a Lutero a un contra-movimiento de autoafirmación. La mediación luterana entre estos dos movimientos fue la adaptación de una óptica nueva, extrínseca, la de ver al ser humano desde la justicia de Dios, la realidad de una exterioridad trascendente a lo humano. El efecto de esta óptica extrínseca fue identificar la culpabilidad general de lo humano. La consecuencia fue una percepción igualitaria de lo humano, impugnatoria de los privilegios, que proclamaba la tolerancia y la ayuda recíproca. Mirar a los humanos desde fuera implicaba no juzgarlos a unos desde la superioridad de los otros.

Generalización de la culpabilidad universal

La generalización del sentimiento de culpa universal le quitó el privilegio a la mirada propia, eliminó las falsas autoridades, el empoderamiento de los virtuosos, de los perfectos, de los superiores, de los penitentes. Por eso Lutero insistió en la necesidad de una ética social orgánica, en la colaboración recíproca de hombres iguales. El hombre que asumiera ese argumento se dotaría de una nueva orientación en la cual surgiría una responsabilidad común por el destino de los otros. Lutero fue un héroe de la convicción moral, pero no un alma buena, preocupada sólo por sí misma. Proclamó la necesidad de una responsabilidad recíproca. Sin él jamás habría surgido el sueño de Weber de una síntesis que reuniera ambas formas éticas.

La generalización de la culpabilidad universal anuló los privilegios particulares de la mirada, las falsas autoridades, las autoproclamaciones de los virtuosos, de los perfectos, de los superiores, de los penitentes. Por eso Lutero generó la necesidad de la ética social orgánica, de la cooperación humana recíproca entre iguales. El ser humano que asumiera este argumento quedaría dotado de una intención moral nueva, cuya consecuencia sería la responsabilidad compartida por la suerte de los otros. Lutero fue un héroe de la intención moral, pero no un alma bella, pendiente de sí misma. Proclamó la necesidad de la responsabilidad recíproca. Sin él, el sueño de Weber de sintetizar estas dos formas éticas no se podría haber formulado.

Thomas Mann destacó, hablando de Nietzsche, la potencia de sospechar de nuestros primeros movimientos anímicos. Y en verdad Nietzsche impuso un deber: “que [todos] abriesen los ojos contra sí mismos”. Esa era la moral. Negar la primera mirada, el primer gozo, la primera verdad. Resistir lo inmediato en cada uno, de ahí brotaba la fuerza moral. Ese movimiento anti-narcisista era viejo, y enraizaba con saberes sapienciales que se pierden en la noche de los tiempos. Pero lo propio de Lutero, y lo propio de la modernidad, consistió en que ese momento negador no era nihilista, sino que estaba al servicio de una nueva afirmación.

Pensar con certeza lo nuevo

Liberaba de la inercia antigua, pero abría a nuevas posibilidades. No tenía nada que ver con la vieja tortura ascética medieval, sino con una propedéutica intelectual que permitía la ventaja reflexiva, la autocorrección, la generación de energía que proporciona pensar con certeza lo nuevo. Implicaba un mirarse a sí mismo desde fuera, desde el Otro, que era la condición de mirar a todo otro como un yo igual. Era la adopción coherente de una posición excéntrica, por decirlo en términos de Helmut Plessner, de la que dependió el futuro de la razón y las nuevas certezas. Kant elaboraría este punto de vista como el básico de la Ilustración: pensar por sí mismo, pensar en el lugar del otro, pensar coherentemente en reciprocidad. 

Pensar en reciprocidad

Esa articulación de ópticas, del ver espontáneo y del verse desde fuera, de la mirada directa y de la refleja, intrínseca y extrínseca, constituye la revolución mental de Lutero, que coincide con la revolución copernicana. Ambas producen la centralidad de la autocrítica como la clave de la modernidad. Sin duda, sus efectos fueron sobre todo religiosos porque aquella época expresaba sus inquietudes a través de esa esfera humana. Pero sus efectos fueron generales sobre los más diversos ámbitos sociales, desde la universidad a la justicia, desde la ciencia a la economía.

De esa nueva mirada brotó una nueva energía, que tenía su base no en la confianza personal en sí mismo propia de las elites, de los virtuosos, de los perfecti; sino que fue una confianza en la potencia de lo humano, cuando es capaz de mantener a la vez la mirada autocrítica (mirarse desde fuera, desde la perspectiva de Dios) como forma de superar la inclinación a la desesperación y la duda propia de la conciencia de culpa. Ese es el sentido de la tesis 16 de Wittenberg, que traduce los estados escatológicos en estados existenciales. De esa energía brota la modernidad.

La moral moderna

Tenemos razones para afirmar que estos elementos de la moral moderna (aceptación y liberación de la conciencia de culpa, autoafirmación a través de ella, certeza, intención y responsabilidad, posición excéntrica y autocrítica) dependen de la revolución mental de Lutero. Lutero fue un héroe religioso, claro está, pero ante todo fue un héroe intelectual. Sea cual sea el destino del Cristianismo en el futuro, en el acontecimiento Lutero hay un núcleo racional que debe ser rescatado. Sólo entonces descubriremos la revolución mental que permitió cambiar el curso de lo humano en el nuevo sentido moderno.

 
José Luis Villacañas Berlanga © José Luis Villacañas Berlanga José Luis Villacañas Berlanga (Úbeda-Jaén, 1955), es filósofo, historiador y escritor. Se doctoró con una tesis sobre la filosofía de Kant en 1981, en la Universidad de Valencia, y ha sido profesor en las Universidades de Valencia (1977-1986), de Murcia (1986-2009), en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (1994-1997) y en la Universidad Complutense de Madrid (2009-), donde ahora dirige el Departamento de Historia de la Filosofía. Sus puntos fuertes de investigación son el pensamiento alemán contemporáneo (Max Weber, Carl Schmitt, Reinhardt Koselleck y Hans Blumenberg). Sus libros recientes más importantes son Poder y Conflicto. Un ensayo sobre Carl Schmitt (Madrid, 2008); Dificultades con la Ilustración. Ensayos kantianos (Madrid, 2012), Historia del poder político en España (Barcelona, 2014), Teología política imperial y comunidad de salvación cristiana (Madrid, 2016) cuyo segundo volumen verá la luz como Imperio, reforma y modernidad, donde analizará, en dialogo con Weber y Blumenberg, la emergencia de la mentalidad moderna en la época del emperador Carlos V.