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Transformación laboral de la cultura en España
Crear como trabajo

Portada de “El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital”, Remedios Zafra, 2017.
Portada de “El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital”, Remedios Zafra, 2017, (inspirada en la portada de Mute, vol. 2, n.º 1). | Imagen: cortesía de Editorial Anagrama © lookatcia

Este texto apunta algunos rasgos y riesgos de la actualidad del trabajo cultural y creativo en España donde la pandemia y la precariedad operan como puntos de entrada.

De Remedios Zafra

El trabajo cultural            

Bajo el epígrafe trabajo cultural se congregan hoy polivalentes artistas, escritores, diseñadores, gestores y críticos culturales, profesores, comunicadores, becarios con o sin sueldo, inquietos comisarios, investigadores, músicos, actores, técnicos y creativos diversos. En el contexto español viven la transformación de un ámbito caracterizado por la temporalidad precaria, y desde la última crisis económica han convertido sus propias condiciones de trabajo en una temática recurrente en obras y proyectos.

Gran parte de los trabajos culturales a los que consideramos creativos suelen venir de una vocación y se han vinculado tradicionalmente con el ser y no solo con el hacer. De esta singularidad del trabajo creativo se deduce un entusiasmo o pasión ponderada socialmente (“Qué suerte tienes, dedicarte a lo que te gusta”), pero que el capitalismo sabe instrumentalizar para rentabilizar a quienes faltos de trabajo estable están dispuestos a dar más por menos si lo que hacen les gusta. En contextos de escasa regulación y expuestos a financiación siempre competitiva (subvenciones, becas, premios y residencias) la precariedad de estos trabajadores es favorecida en la rueda de la temporalidad que normaliza el pago simbólico (aplauso, reconocimiento, visibilidad…) como pago suficiente, traduciéndose en una forma voluntaria de hacer que pueda compensar malas condiciones de sueldos y tiempos en su plusvalía simbólica.

La transformación del trabajo cultural antes y después de la pandemia

El trabajo cultural se ha visto fuertemente modificado en España desde los años setenta. Si entonces unos pocos creaban y gestionaban cultura para muchos, hoy muchos crean para muchos. El cambio de siglo paralelo al asentamiento de un tecnoliberalismo propio de la cultura-red ha acompañado el aumento del sector cultural y creativo derivado de un acceso creciente a la universidad. El excedente de titulados en Humanidades y Ciencias Sociales ha sido proporcional a las aspiraciones generadas por el estado del bienestar, suministrando una masa de titulados desempleados que se mantienen activos encadenando actividades no siempre remuneradas ni reguladas.

La indefinición que sufren estas profesiones donde los creadores habitualmente trabajan para instituciones públicas y privadas, pero sin ser empresarios ni funcionarios sino ocupando agendas y gestionándose especialmente con ayudas públicas, hace que sea mínimo el porcentaje de trabajadores que cotizan lo necesario para garantizar mínimamente su futuro. A este escenario cabe sumar la dificultad de una elevada burocratización, donde la dependencia de determinadas y consecutivas subvenciones requeridas para trabajar, se apropia de tiempos de creación y obligan a la impostura del encaje no siempre sensible a las peculiaridades del trabajo creativo.

Las recientes crisis económica y pandémica han vulnerabilizado más si cabe un sector altamente precarizado. Pero diría que en la cultura la pandemia ha tenido una lectura ambivalente. De un lado, la producción creativa ha aumentado llamativamente en España, fruto del tiempo de confinamiento convertido en concentración y obra, así como también han crecido lectura y venta de libros. Sin embargo, los trabajos culturales sostenidos en la presencialidad o en la materialidad han sufrido duramente la crisis, aplazándose, extinguiéndose o incentivando a sus agentes a orientarse a otros campos como el educativo.

El buen trabajo y la cultura

Si bien la actualidad competitiva y el marco tecnoliberal favorecen un mayor individualismo que dificulta la necesaria articulación sindical para un cambio colectivo, el contexto español parece resistirse a esa inercia y en los últimos años varias iniciativas (obras, exposiciones y trabajos diversos) han convertido las condiciones de trabajo cultural en tema y altavoz. La reivindicación política atraviesa muchas producciones y la búsqueda de fórmulas, desde la actividad comunitaria al debate e ideación de nuevos marcos reguladores. Sería el caso concreto del Estatuto del artista recién aprobado por el Gobierno de España y orientado a creadores, intérpretes y técnicos del mundo de la cultura, donde se abordan asuntos tan importantes como contratos laborales específicos, compatibilidad con pensiones de jubilación o derechos de propiedad intelectual de los trabajadores de la cultura. Estas iniciativas describen un contexto activo y autoconsciente que reclama mejorar y aplicar la imaginación que caracteriza al sector a su propia reconstrucción.

A cambio, la repetición monótona de la precariedad no anima a comprometernos con el futuro, en tanto se construye de la concatenación de temporalidad, rivalidad y contingencia, dificultando pensar en un proyecto bueno y colectivo. Romperla es clave en sectores donde además el individualismo es rasgo incentivado como en los trabajos artísticos, en los que parece más fácil culpar a los trabajadores de sus fracasos (“ha elegido mal” o “no ha trabajado lo suficiente”), esquivando el reto de construir un sistema de garantías y bienestar social y de afrontar la dificultad estructural.

También en cultura el buen trabajo es el no precario, el no expuesto al hacer rápido y atomizado propio del predominio de categorías como aceleración y exceso tan habituales en la hiperproductividad de un mundo digitalizado. Un buen trabajo como aquel que, no solo cumple el objetivo de la cultura ayudando a habitar la complejidad de la época que vivimos, en sus dimensiones estéticas y sociales, sino que también favorece formas justas y no alienantes de trabajar. La precariedad siempre es opuesta al buen trabajo. En el caso de la cultura el reto de enfrentarla desde la activación colectiva y nuevos y mejores marcos de regulación ayudaría a mejorar no solo las vidas de los trabajadores, sino a actuar frente a su posible apagamiento crítico frente a la opresión simbólica cuando la cultura se resigna a formas de docilización en lugar de apostar por formas creativas.

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