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“Passing Summer”, Angela Schanelec
Cine alemán para el verano (I)

Fotograma de “Passing Summer” de Angela Schanelec, 2001
Fotograma de “Passing Summer” de Angela Schanelec, 2001 | Foto: © Peripher

Schanelec explora la vivencia de un verano en Berlín en su tercer largometraje.
 

De Miguel Muñoz Garnica

Valerie (Ursina Lardi) decide pasar el verano en Berlín. Un acto que ya daba título al primer mediometraje de Angela Schanelec (Ich bin den Sommer über in Berlin geblieben, 1994). La idea de que una de sus habitantes pase las vacaciones en la capital alemana implica un enorme potencial poético. Las calles se vacían, el tráfico se relaja, las oficinas cierran… La gran ciudad se transforma en otra cosa que Valerie, con su sencilla decisión, parece aprestarse a experimentar desde su propia ociosidad. Acaso porque ese estado de excepción encaje con el estado vital de Valerie, una mujer joven que aún puede percibir abiertos los caminos que tomar en su vida. La protagonista está dispuesta a dejarse abrir al espacio que la rodea, y Schanelec amplifica esta disposición con la estructura de Passing Summer. Las situaciones se suceden sin un hilo discernible, e incluso la focalización en Valerie se pierde durante varias escenas. Si bien, y he aquí la clave, la perspectiva que la película sugiere sobre sus imágenes a partir del estado vital de la protagonista se mantiene intacta.

Flujos vitales

Algunos caminos se cierran, otros se abren y nosotros observamos. Valerie no está exenta de turbaciones. Pronto conoceremos la enfermedad de su padre. En un plano que recoge su visita al hospital, vemos el encuadre partido en dos mitades exactas. A la izquierda, un cristal media entre la cámara y el padre yacente en la camilla: a nuestros ojos, su figura se disuelve con los reflejos de la vegetación sobre el vidrio. A la derecha, sin elemento mediador alguno, tenemos una vista abierta de Valerie, de pie ante el lecho. De a una, Schanelec convoca en el plano tres flujos vitales divergentes. La vida humana que se cierra, la que se abre, y una naturaleza que asiste perenne e indiferente al drama. En algo parecido consiste en pasar el verano en Berlín. Observar los ritmos del espacio y el tiempo con el suficiente detenimiento como para verlos todos, para alcanzar una mirada lúcida que se justifica por el simple mirar. Fotograma de “Passing Summer” de Angela Schanelec, 2001 Fotograma de “Passing Summer” de Angela Schanelec, 2001 | Foto: © Peripher

Vacaciones de la mirada

El verano, nos sugiere Schanelec, es un estado mental antes que nada. En las composiciones de planos de Passing Summer rara vez hay horizontes, sus contornos aparecen recortados, y la disposición de líneas tiende a huir de cualquier asomo de simetría o dirección de la mirada. El efecto es paradójico. Nuestra mirada se dispersa en planos centrífugos, pero estos se reconcentran sobre sí mismos. Hay un fuera de campo evidente, pero la sensación es que es irrelevante. No necesitamos ver nada más. Y esta forma de experimentar las imágenes tiene tanto que ver con la abstracción del estado vital de Valerie como con la perspectiva liberada de emociones con la que la naturaleza, si tuviera ojos, observaría lo que ocurre. Las vacaciones estivales, en fin, son la ocasión para practicar la mirada como un capricho ocioso.

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