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“Sami, Joe and I”, Karin Heberlein
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Filmograma de “Sami, Joe and I” de Karin Heberlein, 2020
Filmograma de “Sami, Joe and I” de Karin Heberlein, 2020 | © Outside the Box

El primer largometraje de la cineasta sigue a tres chicas adolescentes en el verano que asoma sus vidas a las asperezas del mundo adulto.

De Miguel Muñoz Garnica

¿Es la adolescencia un videoclip? Ritmos de hip-hop y electrónica que acaparan la banda sonora, estampas suburbiales de Zúrich enlazadas por cortes de plano tajantes, cámara en mano nerviosa que sigue el movimiento impulsivo de las protagonistas… La ópera prima de Karin Heberlein arranca como si buscara zambullirse en un sentir vital acorde a este despliegue estético. Esto es, la despreocupada sobreestimulación del experimentar todas las cosas como si fueran nuevas, frescas, como si todos esos estímulos pudieran abarcarse de a una en un estado de euforia permanente. No por nada Sami, Joe and I comienza en el primer día de las vacaciones de verano, el punto álgido del año para creer en las mejores promesas que nos ofrece el mundo.

La irrupción del mundo

Pasada una media hora de metraje, la estética de videoclip se deshace y podemos localizar el punto de inflexión en un plano muy concreto de la película. Joe, una de las tres adolescentes protagonistas, sale de un trabajillo que ha conseguido como moza de inventario. El plan parece prometedor. Acabada la jornada entre pasillos de infinitas estanterías metálicas y luces artificiales lúgubres, toca respirar en el pequeño paraíso que las muchachas han encontrado en su rincón del parque, aunque sea entre pilas de escombros y sofás desechados. El plano medio sigue a Joe de espaldas, cámara en mano, y el hip-hop que escucha a todo trapo en sus cascos inunda la imagen. A un lado atisbamos a un tipo sentado, fuera de foco: inadvertido hasta que reclama la atención de Joe. Súbitamente, la música se corta cuando ella se retira los cascos, la cámara se detiene y cambiamos a un plano general de la muchacha frente al hombre, ahora sí plenamente enfocado. Las asperezas del mundo truncan la construcción videoclipera de la imagen y nos lanzan un primer aviso, en este momento inadvertido pero devastador cuando, un poco más adelante, ese hombre dé cuerpo a ciertos males sociales que arrojarán a Sami a la violencia y los abusos del “mundo adulto”.

La imposibilidad del videoclip

La propia directora, al hablar de la música en la película, cuenta que quiso que representara dos cuestiones: “Por un lado el sentimiento del verano y la frágil sensación de estar al límite, y por otro lado la música como una expresión muy subjetiva de cada una de las actitudes de las chicas”. La adolescencia de una chica como Joe, entonces, tan vulnerable a dinámicas de exclusión social y machismo estructural, se destapa dolorosamente como la euforia de una canción cortada en su punto álgido. Lo que termina por plantear Heberlein no es que la adolescencia sea un videoclip, sino el drama de que no se le permita serlo. Que el verano acabe tan poco después de su primer día.

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