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Sobre el cine de Helke Misselwitz
El arte de la escucha

Retrato de Helke Misselwitz
Retrato de Helke Misselwitz | © Sibylle Bergemann

En su 18ª edición, el festival Play-Doc dedica la primera retrospectiva española a esta documentalista, centrándose en sus trabajos ubicados en los años finales de la RDA.
 

De Luis Enrique Forero Varela

Como muchos compatriotas de la República Democrática Alemana, Helke Misselwitz tuvo que lidiar con la censura. Sus cortometrajes „La familia Marx“ („Marx-familie“, 1983) y „35 fotos“ (1984), dedicados respectivamente a la memoria de Karl Marx y la vida de una mujer de 35 años contada a partir de sendas fotografías, estaban consagrados a dos aniversarios oficiales: el centenario de la muerte de Marx y los 35 años de la RDA. No obstante, los funcionarios los consideraron demasiado heterodoxos y prohibieron su estreno. Ahora bien, Misselwitz comenzó a trabajar en una época donde este aparato represor ya comenzaba a resquebrajarse. Los años de relajamiento que precedieron al colapso dieron la oportunidad a la cineasta de registrar un estado transicional de las cosas en el que podía mostrar la realidad del país y sus ciudadanos antes de que este se reunificara con la RFA.

Conversación

„Adiós, invierno“ („Winter adé“, 1988) es la prueba de que Misselwitz no desaprovechó la oportunidad. Acaso intuyendo la inminencia de la caída del muro, la cineasta se dedicó a recorrer el país en tren y a filmar los encuentros que surgieron por el camino. Si nos atenemos lo discursivo, este largometraje contrarresta la propaganda oficial de la RDA como un lugar de igualdad de género para dar voz a las mujeres que hablan abiertamente de sus desventajas en la vida familiar y laboral. Pero, sobre todo, „Adiós, invierno“ brilla en el arte de la conversación y la escucha. Sus imágenes en un bello blanco y negro están trazadas como la línea más directa al alma de sus sujetos. No pierden el tiempo en contarnos cómo surgen los encuentros y cómo se llega a la honestidad tan prodigiosa que consiguen de sus sujetos. Conquistan sus palabras y sus primeros planos como un tesoro, como un ejercicio de apertura que visto de cerca parece milagroso.

Verdad

Al final de „Quién teme al hombre del saco“ („Wer fürchtet sich vorm schwarzen Mann“, 1989), una mujer recuerda que está siendo grabada y decide dejar de hablar, como si de pronto se diera cuenta de la capacidad de la cineasta para desnudar – a veces literalmente – a sus sujetos: «Si digo una palabra más os mostraría mi alma, y eso no sería bueno. La gente prefiere no oír la verdad». En el caso de Misselwitz, no solo quiso oírla sino que se lanzó a por ella con su cámara. Y ahora, vista tres décadas después, descubrimos en ella no solo la verdad personal sino la de un país que, hacia el final de su existencia, pudo hablar de sí mismo con franqueza. Queda la sensación de que pocos testimonios pueden decir tanto sobre lo que era la vida en la RDA, probablemente porque Misselwitz no buscaba decir nada en particular.
 

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