Autoras & Autores

El autor Jürg Schubiger © Beltz & Gelberg

Jürg Schubiger

Soy principiante por naturaleza y cada vez estoy más convencido de ello.
 
En la familia de mi padre, formaba parte de la cultura familiar una especie de literatura oral que se basaba en una serie de baladas y de obritas jocosas que se recitaban con cierta afectación en los encuentros familiares, por ejemplo, en el día de Todos los Santos. Y todas las noches, después de cenar, cuando la mesa ya estaba recogida y el mantel de hule y a cuadros limpio y reluciente, el padre nos leía en voz alta. No era admisible que cesase el viaje narrativo, no lo soportábamos. Aunque lo que realmente era inadmisible era que finalizase la marcha regular de la voz narradora. Ese ritmo debió de metérseme en las entrañas y seguramente ha marcado a fuego lento mi forma de escribir; a veces llega a ser una pulsión.
El padre tomaba los libros prestados de la biblioteca Pestalozziamus de Zürich.
 
A Kästner ya le tuve en cuenta antes de leer sus libros para niños. El ritmo y las rimas de sus poemas apremiaban la boca de mi padre y resultaban más afiladas en sus labios.
 
«De Fritzli flüügt es bitzli», se decía. Fritzli era el héroe de mi álbum ilustrado favorito.
 
Leer en voz alta: el oyente percibe el lenguaje de un otro cuya boca normalmente le resulta conocida. Descubre cómo su boca se puede apropiar de lo ajeno. Aprende algo esencial, a manejar un libro. Aprende a relacionar lo ajeno con lo propio.
Nuestro pensamiento está vinculado a nuestro cuerpo mucho más de lo que creemos, tiene que ver con nuestros sentidos, nuestra postura corporal y nuestra manera de movernos.
 
Mis textos están pensados para lectores que no solo buscan dejarse llevar sino que también tienen ganas de moverse por sí mismos y convertirse en partenaires de mis relatos y poemas.
 
Escribir es como franquear una frontera y suele ser divertido, aunque también puede producir vértigo, justo en la línea divisoria falta un trozo de tierra firme
 
Cuando se narra, apenas nada ocurre de modo consciente. Pienso mucho sobre el acto de escribir, también cuando leo textos propios o los corrijo o los retoco. Mis conclusiones al respecto quedan latentes, impregnan mi forma de escribir. Aunque los críticos digan que soy un autor filosófico, cuando escribo no adopto una posición o tengo intención de filosofar.
 
Acuclillarse lingüísticamente a la hora de hablar o de escribir para niños no es más que un desdén, en sentido literal y figurado.
 
Rehuyo del uso de las generalizaciones y de los símbolos, aunque a veces no me queda más remedio que utilizarlos. Un texto debería conservar su frescura en cada frase. Las expresiones hechas incitan a leer un texto de pasada y sin prestarle mucha atención, y cuando hacemos una lectura rápida solo nos topamos con nuestros prejuicios.
 
Proceso de trabajo: empiezo a escribir y luego sigo lo que surge sobre el papel. Comienzo con una idea que a menudo no es de contenido sino más bien estructural. Y cuando surgen esas ideas las persigo, también aunque ni yo mismo las comprenda. Cuando escribo he de reconocer la estructura que adquiere el texto, y esa es una parte muy importante de mi trabajo. Las ideas pueden surgir de cualquier cosa. Por ejemplo, de mi mujer. O estoy leyendo y me viene una imagen a la cabeza: veo la palabra pájaro y de pronto le salen alas y se echa a volar. Pero también puedo partir de un motivo o de tema, por ejemplo, de la pregunta ¿dónde está el mar? Y esa pregunta es mi motor, aunque todavía no sepa qué tipo de personaje se preguntaría algo así. En el sentido más convencional, semejante pregunta tampoco se consideraría una idea. La palabra estímulo le va mejor. Cuando escribo poemas, sin embargo, el estímulo sí que me viene de imágenes mentales o de juegos de palabras. En rara ocasión me paro a pensar de dónde vienen esos estímulos. Aparecen y me pongo en marcha, con eso basta.
Cuando trabajo, escribo con un lápiz (de dureza 2) sobre un papel que rasque un poco. Las percepciones sensoriales son fundamentales. Luego paso el borrador al ordenador o lo escribo a máquina. En las siguientes versiones, y pueden llegar a ser más de veinte, solo utilizo el ordenador.
 
Para los niños, las palabras y los objetos que designan van unidos, las correlaciones azarosas o arbitrarias no existen. En mi novela "Mutter, Vater ich und sie" dice el personaje principal, que es un niño: “El agua es aguosa“. El aire, por el contrario, airoso.

Lo que escribo me tiene que conmover. No puedo explicarlo, pero debe existir una correlación entre lo que aparece sobre el papel y un lugar dentro de mí que no quiero llamar corazón porque podría llamar a confusión.

La ternura es una forma de atención en grado sumo.
 
Pienso que escribir una buena historia para niños no significa pasearse por la guardería y acuclillarse junto a los niños para ponerse a su nivel. Me parece muy importante que un adulto pueda ser adulto con el niño que lleva dentro y que el niño pueda ser niño, y que ambos se encuentren en el mismo texto sin necesidad de comprenderlo de la misma manera. Es como si mirase a los niños por el rabillo del ojo sin perderles de vista, pero sin quererles ver frente a frente.