Autoras & Autores

La autora Mirjam Pressler © Ediciones Siruela

Mirjam Pressler

Era madre soltera con tres niños y tenía un trabajo de oficina de media jornada. En Múnich, con suerte, lo suficiente para pagar el alquiler. Así que, uno, me puse a escribir una novela juvenil, lo que me pedía a gritos las entrañas, y, dos, me saqué el carné de taxista para Múnich. De soberbia no tengo nada.
 
No deberíamos permitirnos sentimentalismos a la hora de valorar nuestra propia vida, lo único que se consigue es enturbiar la mirada y engañarse así mismo.

“Hay ciertas relaciones que un niño no puede cambiar“, algo que dije y mantengo. Muchos de mis libros tratan de una infancia rota. Hay situaciones que los niños por sí mismos son incapaces de cambiar, por eso creo que es muy importante que comprendan que ellos no tienen la culpa, sino que se debe a las circunstancias. Los problemas familiares siempre serán un tema de interés. Durante los primeros veinte años de vida, en el entorno familiar, se aprende lo que cuesta la vida. En mi caso resultó muy difícil. Yo no crecí en una familia normal, sino en una de acogida, un tema que prefiero no tocar.

Tendría seis o siete años cuando mi madre adoptiva me soltó “Tú eres judía“, así sin más, como de pasada. Escribir me ayudó a aceptar mi identidad, mi condición judía, pero durante mucho tiempo me negué a escribir sobre temas judíos. Quería triunfar como escritora, no por ser judía.

Me dan pena los jóvenes que no leen. Mi sensación es que los libros pueden abordar mucho mejor ciertos temas que cualquier otro tipo de medio.
 
En primer lugar yo escribo para mí y no tengo ningún otro tipo de pretensión, por lo menos consciente. Cuando me pongo a ello no parto de un concepto, simplemente escribo y ni yo misma sé cómo terminará.
 
Cada una de mis novelas surge de varios desencadenantes.
 
Cada vez que se cuenta un hecho se le añade un detalle por aquí, otro por acá, y se adorna un poco. Al final uno olvida que fue aquello que inventó. Y todo el mundo puede equivocarse al interpretar un hecho, los niños también, y vivir en una mentira.
 
Me cuesta tanto como a los demás diferenciar la ficción de la realidad, pero entre tanto pienso que da igual, porque la verdad está en lo que uno siente, en lo que cree que está bien.
 
Lo importante es interponer a una persona ficticia entre el lector y uno mismo. Al distanciarnos de nosotros mismos, adquirimos perspectiva y nuestra mirada se clarifica. Por supuesto que al final el lector no sabe que queda de autobiográfico en el texto. Además, al escribir siempre se modifican en cierta manera los recuerdos de manera que, con el tiempo, ni uno mismo sabe cómo eran en su origen.
 
Cuando mi hija mayor era pequeña dijo una vez: “Ahora soy una niña. Cuando ya haya sido suficiente tiempo niña seré madre y cuando haya sido suficiente tiempo madre seré abuela y cuando haya sido suficiente tiempo abuela me moriré. La palabra que importa en este caso es “sufiente“. Espero poder decir un día: “Basta, fue suficiente“.