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Medio ambiente
Punto muerto en el cambio climático

Punto muerto en el cambio climático
Punto muerto en el cambio climático | Ilustración: © Amélie Tourangeau

Después de negociaciones de años, la comunidad internacional todavía no ha logrado poner en práctica el Acuerdo de París. ¿Qué nos enseña el dilema del prisionero sobre el conflicto de intereses entre individuo y comunidad?

De Vanessa Allnutt

La Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático COP25, que tuvo lugar en diciembre de 2019 en Madrid, concluyó, según la opinión de muchos observadores, con un amargo fracaso. Los estados miembros de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático volvieron a fracasar, entre otras cosas, en acordar regulaciones para un mercado internacional del carbono. Después de negociaciones de años, la comunidad internacional todavía no ha logrado poner en práctica el Acuerdo de París. Con la decisión de los Estados Unidos de abandonar el acuerdo a fin de año, la perspectiva de poder construir en un futuro próximo un frente único se vuelve cada vez más improbable.

Ruin is the destination toward which all men rush, each pursuing his own best interest in a society that believes in the freedom of the commons. Freedom in a commons brings ruin to all.

Garrett Hardin, „The Tragedy of the Commons“ (Tragik der Allmende)

Esto hace temer lo peor. Los científicos son categóricos: si los estados insisten en no cooperar, al ritmo actual de crecimiento que tienen las emisiones, la temperatura saltará cuatro o cinco grados Celsius de aquí a fin de siglo. El tiempo de los debates ya pasó.

¿Cómo entender, pues, este punto muerto que persiste? El dilema del prisionero, descrito por el matemático estadounidense Albert W. Tucker en 1950, puede ser de ayuda para intentar una explicación.

¿Colaboración o traición?

Imaginemos el siguiente escenario: la policía captura a dos sospechosos. Como los investigadores no disponen de pruebas suficientes para formular una acusación interrogan a los detenidos de forma separada y les hacen a los dos la misma propuesta: si los dos callan, se los condenará, por falta de indicios concluyentes, a una sentencia leve de un año de prisión. Si se acusan mutuamente, se los condenará a cinco años de prisión. Y como tercera opción: si uno traiciona al otro pero este calla, el delator será liberado mientras su cómplice será condenado a la pena máxima de diez años de prisión.

La pregunta que se plantea aquí es si colaborar entre sí (el silencio) es mejor que la traición (denuncia). La solución parece evidente: lo mejor es colaborar, pues plantea el mejor escenario para los ambos prisioneros. Pero dado que cada uno de los prisioneros quiere ser liberado y que nadie puede estar seguro de las decisiones del otro (este es el corazón del dilema), no hay ninguna garantía de qué opción elegirá ese otro. Puede parecer, en efecto, que la opción más ventajosa es traicionar al otro. En el peor de los casos, los dos recibirán una pena severa, pero menor a la pena máxima. En el mejor de los casos, el delator jamás conocerá el interior de una celda. 

Lo que ilustra el dilema del prisionero es que si cada parte actúa según sus intereses, lo hará en detrimento del interés de todos. En otras palabras, hay elecciones individualmente racionales que, en lo colectivo, pueden resultar irracionales. 

“Uno para todos, cada uno para sí mismo”

Pero ¿qué tiene que ver esto con la lucha contra el cambio climático?

En las negociaciones respecto al clima, el interés individual de cada país consiste en asegurarse el crecimiento de su riqueza, algo que cada uno sólo puede lograr si continúa produciendo emisiones. El interés colectivo exige, por su parte, conservar el planeta disminuyendo la dependencia de las energías fósiles. En esto consiste toda la “tragedia de los comunes”, que Hardin describía ya en 1968 y que surge cuando un recurso perteneciente a todos llega a su límite. Aunque los estados productores de emisiones sean conscientes de la gravedad de la situación (es decir, no la nieguen), están presos de una lógica ineludible que los lleva explotar hasta el final los recursos que les aseguran la supervivencia, aunque esto signifique destruir esos mismos recursos.

El escenario ideal para cualquier estado sería seguir produciendo emisiones mientras los otros países colaboran entre sí (esto se llama también el problema del polizón). Pero como ningún estado quiere ser el que sacrifique parte de su riqueza para el bien de todos, nadie va a cooperar y todos seguirán produciendo emisiones sin freno.

Aplicado al cambio climático, el dilema del prisionero tiene la particularidad de que la catástrofe climática anunciada no afectará a todos los países por igual. Los países industrializados se verán menos afectados. Los que más sufrirán serán los países en vías de desarrollo, aunque, visto históricamente, su aporte al calentamiento global es mínimo en comparación con el de los grandes emisores. El estímulo, pues, no es igual para ambas partes, lo que explica el egoísta rechazo de algunos jefes de estado a comprender la emergencia en toda su dimensión.

Este rechazo, sin embargo, significa miopía. Se estima que el número de los migrantes climáticos aumentará considerablemente los próximos años, algo que pondrá a los países industrializados bajo una fuerte presión. La ONU pronostica que en treinta años habrá 250 millones de refugiados climáticos. Dadas estas circunstancias, ¿podemos hablar de un dilema del prisionero? ¿Es realmente ventajoso para determinados países no colaborar entre sí? Más bien parece que nos acercamos al escenario donde todos perdemos y cada uno será condenado a purgar la pena máxima.

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