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10 maneras de experimentar una pandemia
Desde lo rural a lo urbano

Personas con mascarillas
© Gerd Altmann

Diez personas que habitan en municipios del ámbito rural y entornos urbanos explican qué déficits han advertido al vivir en situación de pandemia, un sistema sanitario dotado con pocos recursos es lo primero que señalan la mayoría, al tiempo que albergan dudas sobre que hayamos cambiado como sociedad.

De Ana Rosa Maza

Celia Blanco en su balcón en la Plaza Mayor de Madrid Celia Blanco, periodista y directora del podcast Con Todos Dentro, Madrid / Cabo de Gata (Almería) | © Julián Jaén Hace dos meses, Celia Blanco y su familia se mudaron a Cabo de Gata. Los primeros días del confinamiento pensó que si le hubiera pillado en este lugar de Almería -ya habían tomado la decisión de mudarse-, el encierro hubiera sido más fácil, aunque el no poder salir del piso de la Plaza Mayor los meses previos al cambio le sirvió, de alguna forma, para despedirse de la ciudad que la acogió hace años. El escenario al que se asomaba durante el estado de alarma le produjo sensaciones contradictorias. Por un lado, el tener una plaza Mayor vacía le ayudó a colocar la nueva situación. “Saqué mi despacho al balcón”, hasta entonces, “trabajaba en la habitación que estaba más alejada de la plaza. De las pocas veces que salió a la calle, le impresionaron las calles vacías. De las pocas veces que salió a la calle, le impresionaron las calles vacías. Entre las pérdidas, quizás, la de darse cuenta de que en el centro de Madrid -atrapado en las redes de la turistificación- habían desaparecido los vecindarios.

Nuria Cerolas con la sierra al fondo Nuria Cerolas, ganadera, Puértolas (Huesca) | © Ana Rosa Maza Nuria Cerolas, de 45 años, es ganadera y vive en Puértolas, en la comarca de Sobrarbe (Huesca). Junto a su marido viven solos durante la mayor parte del año. “No es fácil, estar sola, sin vecinos que te ayuden”. Al tener dos explotaciones ganaderas, durante el confinamiento pudo llevar una “vida normal y corriente como si no hubiera pasado nada”, pudiendo atender a sus animales. Esto le permitió también ser de ayuda a los vecinos y vecinas que adelantaron a marzo -visto que el confinamiento se alargaba- su llegada al pueblo. De los cambios traídos por la pandemia, lo que más esfuerzo le supone son los trámites burocráticos, como dar de alta y de baja los animales, “antes íbamos a la zona veterinaria de Boltaña y nos lo hacían los administrativos”. Ahora, es todo on-line “y con el ordenador me manejo muy poquito, aunque se va haciendo, es lo que hay”. Trámites on-line que se enfrentan a una conexión de Internet que “va regular, sobre todo si hay temporales de viento o mucha lluvia, las torres se estropean y pasamos unos días sin Internet y sin nada”. El principal déficit que ha observado ha sido el de los servicios médicos. “Estamos muy desatendidos a nivel de comarcal, de hospitales y atención primaria”, explica mientras recuerda como a su marido ya le han retrasado dos veces una revisión médica. Nuria no se plantea dejar Puértolas. “Sólo si me quedara en una silla de ruedas, porque aquí las calles son muy empinadas y con una silla de ruedas no puedes funcionar”.

El librero Pablo Parra en Gurrea de Gállego en Huesca Pablo Parra, librero, Gurrea de Gállego (Huesca) | © Ana Rosa Maza Dice que durante el confinamiento fue la primera vez en muchos años que durmió más de 15 días seguidos en su cama. Este porteño lleva viviendo en Gurrea de Gállego lo suficiente como para considerarla ya su hogar. Es propietario de la librería on-line Prólogo, dedicada a la Compra-venta de libros antiguos. No tiene  establecimiento físico y su actividad la desarrolla en ferias que durante el verano, las pocas que se celebraron, “por lo que me han contado, han ido muy flojas”. En el ámbito laboral, el confinamiento le ha dado para pensar, “me ha llevado a proyectos que tenía algo aparcados a ponerlos en marcha, como la idea de tener una pequeña editorial con la que rescatar autores, pensadores, del siglo XIX y traerlos a la actualidad”. Entre esta crisis, la del 2008 y la competencia desleal que acucia a pequeñas librerías como la suya, “nuestro gremio se está hundiendo y en el sector del libro antiguo, por cada coleccionista que desaparece, no aparece otro”.

Alba Soilán muestra en su portátil el programa #alcoleconenfermera hin Alba Soilán, enfermera en Hospital Clínico San Carlos, Madrid. | © Ana Rosa Maza “Quienes estábamos (y estamos al pie del cañón) eramos conscientes de que no sabíamos por lo que estábamos pasando”. Alba Soilán es enfermera en el Hospital Clínico de Madrid. A principios de septiembre ya temía la situación que vive hoy la capital. Advierte del cansancio psicológico que soporta a estas alturas la profesión, y apunta: “Necesitamos un personal descansado, que no esté agotado psicológicamente”, porque “lo que nos agota es el día a día” a los niveles de trabajo a lo que les está obligando la incidencia del virus. Por otra parte, “nadie está preparado para una pandemia, para que se le mueran diez pacientes en un día de tu mismo servicio. Nadie está preparado para eso”.

Sonia Blanco, alcaldesa de Sesa (Huesca) Sonia Blanco, alcaldesa de Sesa (Huesca) | © Ana Rosa Maza Sonia Blanco, alcaldesa de Sesa (Huesca) Sesa pertenece a la comarca de La Hoya, en Huesca. 147 vecinas y vecinos pasaron allí el confinamiento. No hay tienda de alimentación, ni panadería. La mayoría de la gente tiene más de 65 años. Con los servicios básicos interrumpidos de un día para otro, al inicio del confinamiento la urgencia estuvo en cubrir las necesidades básicas. “Había personas mayores que estaban solas en casa, con sus hijos sin poder venir. Algunos sin teléfono en casa”, explica Sonia Blanco, su alcaldesa. Las necesidades de alimentación se cubrieron gracias al panadero, único comerciante que en esos días seguía haciendo la ruta. La veterinaria del pueblo hizo las veces de mensajera “repartiendo los paquetes que llegaban a su clínica” en Huesca. Y para combatir la soledad, por megafonía se puso música y se propusieron juegos que cada quien pudo seguir desde casa. En opinión de Blanco los servicios médicos, la atención primaria, “es lo que no se puede volver a descuidar”, explica apuntando a las patologías que se ha dejado de atender, o se atienden sólo telefónicamente, por cubrir la emergencia sanitaria. También le preocupa “el hecho de çómo nos vamos a volver todos a partir de ahora. Con los críos, que hasta ahora era ‘comparte todo’ y ahora, ‘no compartas nada’. Eso de que vamos a ser mejores personas, no sé yo”. Blanco, de 48 años, decidió quedarse a vivir en el pueblo en que nació. Dice que han empezado a recibir llamadas preguntando por casas, si se vende alguna. “Creo que hay gente que se lo va a replantear”.

Tamara Berbés, actriz y directora de teatro en La Íntegra en Madrid Tamara Berbés, actriz y directora de teatro en La Íntegra en Madrid | © Gemma Escribano Para Tamara Berbés, actriz, directora de teatro y docente, al frente de la escuela de teatro La Íntegra, la pandemia ha puesto en cuestión la forma en que trabajaba. “Vivo de trabajar con personas, en el plano actoral y en el docente”. Llevar su actividad a lo on-line le obligó a revisar todo el conocimiento aprendido desde sus inicios. De esta forma pudo proponer a su alumnado cosas que nunca se hubiera planteado en su forma de impartir clase habitual. Valora todas las iniciativas que se pusieron en marcha con personas de otros territorios que, tal vez, no hubieran surgido de no estar confinado. “El problema es que esto no se sostiene”. El confinamiento le deja un regusto a sensación de pérdida de libertad y el miedo a salir a la calle “no tanto por el contagio, como a hacer algo mal o ir a la compra, que se olvidara algo y que tuvieras que volver”. Desde el escenario capitalino, ha advertido falta de “saber hacer actividades por nuestra cuenta”, el tener que estar en permanente contacto, aun on-line. “Entiendo la necesidad social, pero creo que no nos hemos parado a ver qué es lo que nos pasa a nosotros”. A primeros de septiembre Berbés ya temía el confinamiento que ahora vive Madrid. Reivindica la cultura como necesidad básica. Y ha tomado la decisión, dentro de sus posibilidades, de ayudar a su sector: “Tengo una sala que ya la estoy pagando y gente amiga que no tienen donde estrenar”.

La profesora universitaria Pilar Pinto en su “despacho” de casa. Pilar Pinto, profesora universitaria, San Fernando (Cádiz) | © Ana Rosa Maza Durante el confinamiento Pilar Pinto ha intentado tener muy presente el factor emocional, no sólo el de su alumnado, es profesora del departamento de Filología Francesa e Inglesa de la Universidad de Cádiz, también el suyo propio. No tiene hijos, por lo que conciliar ha sido más fácil, “tengo compañeras para las que ha sido bastante más complicado”. Está con la tesis doctoral, así que ya pasaba bastante tiempo en casa. Desde el principio “me desconecté de los medios de comunicación”. Un bombardeo constante que le transmitía mucho miedo, “decidí no encender la televisión, me afectaba a nivel emocional”. En seguida pensó en la graves consecuencias económicas y sociales para una gran mayoría de la población, “era algo que personalmente me angustiaba”. Cree que esta crisis nos está llevando a ser muy críticos los unos con los otros “y nos estamos equivocando en el enfoque hacia donde tiene que ir la crítica”.

Judith Prat, fotoperiodista, Zaragoza Judith Prat, fotoperiodista, Zaragoza | © Juan Moro Judith Prat es fotoperiodista y vive en Zaragoza. Hasta que fueron considerados servicio esencial, empezó a cubrir la pandemia junto a otros fotoperiodistas en el perfil de Instagram @FotoCovidDiaries creado a propósito. Tuvo muy presente la ruralidad de la región que habita al contar las historias de la pandemia, por eso también miró a los pueblos. “Pasaba lo mismo que en la ciudad. Encontré el mismo miedo a la enfermedad. La gente en sus casas encerradas a excepción de los agricultores y ganaderos”. Ahí, muchas de las personas mayores estaban solas, pues sus hijos e hijas -confinados en la ciudad- no podían ir a visitarles y las trabajadoras del servicio de ayuda a domicilio de las comarcas fueron el único contacto humano durante meses, explica Prat. Prat plantea preguntas para las que, cree, deberíamos exigir respuestas. ¿Qué pasa con las personas mayores? ¿Dónde se confina quien no tiene casa? ¿Que importancia tiene la comunidad? ¿Está nuestro sistema de cuidados a la altura? “Lo que ha pasado en las residencias exige una reflexión, y acción, profunda sobre ese sistema que se ha mostrado ineficaz”. Apunta a realidades destapadas, como la de las y los temporeros o los bloqueos informativos vividos, “en Aragón no hemos podido entrar en los hospitales”. En el ejercicio de su profesión, nunca hasta esta pandemia había sentido que ella pudiera representar un peligro al salir a fotografiar, “era una cosa que me preocupaba cuando todavía no tenía mascarillas. Al principio solo fotografiaba calles vacías y no me acercaba a nadie. Mi primera mascarilla me la dio una chica que las estaba cosiendo”.

Félix A. Rivas, investigador social, Muel (Zaragoza) Félix A. Rivas, investigador social, Muel (Zaragoza) | © Pablo Ibañez En Muel, municipio donde reside Félix A. Rivas, con 1300 habitantes y próximo a la localidad de Zaragoza, durante el confinamiento surgieron maneras de responsabilizarse colectivamente del sostenimiento de la vida de la gente, como frente al hecho de que no se pudieran celebrar los entierros. “El no poder acompañar a quienes perdían a alguien cercano se asumió como algo gravísimo”. A través de un grupo de Telegram, “todos acompañaban a las personas que se enfrentaban a esta situación y las familias que pasaron por ello lo agradecieron un montón”. Esto, dice fue un ejemplo de cómo el colectivo se organizó por si mismo y encontró una manera de suplir las limitaciones del momento. Cree que los aprendizajes que se hayan podido extraer de la vivencia de una pandemia son diferentes, y que aquellas iniciativas creadas durante el confinamiento que sean más formales tendrán más facilidad para perdurar.

Florencio Blazquez, bombero forestal, Navamorcuende (Toledo) Florencio Blazquez, bombero forestal, Navamorcuende (Toledo) | © Ana Rosa Maza “En el pueblo la gente está acostumbrada a salir a la calle a cualquier cosa, aunque sea a tomar el aire”, explica Florencio Blázquez sobre Navamorcuende. Blazquez es bombero forestal y pocos días después de que su empresa le enviara a casa al inicio del confinamiento se puso al servicio de un dispositivo que se creo a petición de Sanidad para repartir medicamentos, material de enfermería y test por hospitales y residencias, también “había gente desinfectando residencias, centros de salud, exteriores e interiores y un dispositivo para el transporte de enfermos”. “Lo que veía al salir a trabajar al llegar a los lugares para el reparto son cosas que se te quedan en el recuerdo”, explica sobre el desbordamiento que experimentaron hospitales, centros de salud y residencias durante los momentos de mayor tensión de la pandemia en su primera ola. De lo visto en persona y lo sabido por personas próximas que trabajan en el ámbito sanitario cree imprescindible, “aunque suene a tópico, mejorar la sanidad, más personal y más espacios para tener a los pacientes. Se te caía el alma a los pies al ver a la gente en los pasillos, porque no tenían como atenderles”. E insiste en una amenaza que no se ve, pero se advierte: “Llevar al límite al personal sanitario como se les está llevando va a conllevar que a largo plazo esas personas vayan a tener que requerir atención psicológica, porque no se está preparado para lo que han visto y están viendo”.
 

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