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La economía sostenible y la crisis climática
​Ipsos custodes: Cómo podemos conseguir que haya más responsabilidad empresarial

Cómo podemos conseguir más responsabilidad empresarial
© Goethe-Institut Italia | Ilustración: Caterina Laneri

Una hermosa mañana estival en la costa de la Toscana. Al amanecer, en el aire aún húmedo de la noche, mucha gente se ha echado con el coche a la carretera para conseguir el mejor lugar en la playa. En torno al mediodía, se congregan allí cientos de personas en coloridos trajes de baño, con neveras portátiles llenas de bebidas y sándwiches, y extienden las toallas en la única playa de Italia que ofrece esta combinación caribeña de arena blanca y agua turquesa. Justo detrás, un bosque de chimeneas de todos los tamaños oculta la vista del cielo.

De Gabriele Magro

La ley como coartada

Desde hace un siglo, la planta química Solvay, en Rosignano, vierte residuos industriales en las playas circundantes y en el mar: La ceniza de soda es la razón por la que están tan blancos la arena y el fondo del mar, lo cual no es ningún secreto. Aun así, los representantes de la empresa química belga están absolutamente seguros de que la gente puede bañarse en esa zona de la costa. Pese al informe de la Naciones Unidas del año 1999, en el que la playa es calificada como “una de las 15 áreas costeras del Mediterráneo más contaminadas”, pese al Informe IRPAT 2014, que trata el tema del mercurio presente en la arena, pese a la interpelación parlamentaria de 2018 (pág. 101), que destacaba “la contaminación del suelo y del acuífero con arsénico, cromo y otros metales pesados”, pese a… Y en este punto me detendré porque mi artículo tiene un límite de palabras, pero podría seguir aumentando la lista a discreción.

Pese a todo esto, Solvay afirma estar actuando sin contravenir la ley. Y es verdad. 

La sartén por el mango

En el año 2003, los escándalos forzaron a la empresa Solvay, que por aquel entonces vertía al mar cada año unas 200 toneladas de sustancias sólidas en suspensión, a aceptar un contrato que establecía una cifra de 60 toneladas. Una vez firmado el contrato, Solvay siguió contaminando el medio ambiente como si nada hubiera pasado. Si la montaña no viene al profeta, entonces es el Ministerio de Medio Ambiente quien tiene que ir a la montaña. La Normativa con carácter excepcional del año 2015, que autorizaba 250 toneladas (min. 12:10), dispensaba básicamente a la empresa permiso para contaminar el medio ambiente aun más de como ya lo estaba haciendo. Entre tanto, los trabajadores quedaron abandonados a su suerte... con tasas de cáncer que se encuentran claramente por encima del promedio regional y la sensación de que para su patrono, tanto como para quienes se supone que los protegen, no existe más forma de sostenibilidad que la económica.

Y en esto Solvay no es un caso aislado, sino solo un ejemplo de un modelo que se repite. Pensemos en la historia interminable de ILVA: Su planta de acero situada en una ciudad asolada por el desempleo como es Tarento es una auténtica centrifugadora de cáncer (pág. 11). Al mismo tiempo, 3/4 de los ingresos de la ciudad tienen su origen en la planta. La consecuencia: la trágica paradoja de trabajadores que han visto morir a sus amigos de cáncer y, a pesar de ello, desean que la planta siga abierta. En zonas con un paro enorme, quien puede ofrecer diez mil puestos de trabajo es quien tiene la sartén por el mango, y amenaza a las instituciones con el cierre para lograr impunidad frente a sanciones y conseguir subvenciones públicas.

En cuanto a la trágica paradoja que supone la convivencia con la siderurgia por miedo al paro. En cuanto a la trágica paradoja que supone la convivencia con la siderurgia por miedo al paro. | © Goethe-Institut Italia| Ilustración: Caterina Laneri

“¿Quién vigilará a los vigilantes?”

Los acuerdos ilegales y los conflictos de intereses son una realidad, pero en ambos casos se revela una imagen más o menos clara: las instituciones no son malas, sino impotentes. Es difícil condenar a grandes empresas internacionales sabiendo que antes cerrarán todo que adaptar las instalaciones a las normativas vigentes. Las leyes ya están ahí, pero a las autoridades locales les resulta difícil hacer que también se cumplan. Una decisión que obligase a estas plantas a cerrar significaría para cientos o miles de personas la pérdida de sus puestos de trabajo: un suicidio político para candidatos concretos, también para partidos.

Así que surge la cuestión “¿quién vigilará a los vigilantes?”, como ya escribió Juvenal en sus Sátiras. Y, tratándose de la responsabilidad de empresas, la respuesta del movimiento medioambiental tiene que ser: “Nosotros lo haremos”.

El camino que lleva a la responsabilidad empresarial

Aun cuando se haya quedado ya un poco fuera de moda, “think global, act local” sigue siendo una buena estrategia. Es importante montar estructuras que sirvan de puente entre, por una parte, iniciativas ciudadanas activistas como el Observatorio Nacional de la Exposición al Amianto de Rosignano o la asociación Liberi e Pensanti de Tarento (por nombrar solo dos de muchos ejemplos) y, por otra, los grandes grupos ecologistas como Bluebell Capital y Legambiente. El objetivo común es que cualquier puesto de trabajo perdido por cierres de instalaciones lo sustituya un green job. La transformación impediría los efectos sociales negativos y daría nuevo vigor a comunidades afectadas por catástrofes medioambientales. Al mismo tiempo tenemos que aprovechar todas las plataformas comunicativas posibles para llevar al debate público el tema de la responsabilidad empresarial, tal como hace por ejemplo la organización Corporate Accountability. Tenemos que empezar a exigir a los candidatos durante las campañas electorales que tomen claramente postura acerca de cómo proponen manejar las negociaciones con grandes corporaciones internacionales. Sería el primer paso en dirección a esa vigilancia de los vigilantes de la que hablábamos más arriba. Una tarea que será, al menos, tan difícil como la de no sobrepasar el límite de palabras prescrito para este artículo (mi enhorabuena si habéis podido llegar hasta el final de todo este texto); pero no debemos flojear hasta que ya nadie tenga que comer sándwiches en playas envenenadas.
 

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