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El “Acuerdo de Glasgow”
Cómo el movimiento por el clima desarrolla su propia agenda para la justicia climática

En Lisboa, octubre de 2020. Nuestra voz es importante para quebrantar el “business as usual” desencadenante de la crisis climática.
En Lisboa, octubre de 2020. Nuestra voz es importante para quebrantar el “business as usual” desencadenante de la crisis climática. | Fotografía (detalle): © Pedro Alvim

Después de 25 años de Conferencias de las Partes, protestas y manifestaciones, las emisiones, sin embargo, siguen aumentando. ¿Qué nos está impidiendo alcanzar nuestros objetivos? El “Acuerdo de Glasgow” delinea un plan capaz de llevar un paso adelante el movimiento por el clima.

De Matilde Alvim

Siendo activistas, nos preguntamos con frecuencia si nuestras protestas tienen resultado: ¿hacemos llegar nuestro mensaje claramente? ¿Suponemos un estorbo para las empresas y a los gobiernos que criticamos? ¿Ampliamos nuestro círculo de alianzas motivando a otras personas a unírsenos? ¿Estamos consiguiendo dar pie a que haya un debate público?

En el artículo anterior, Carmen y Belén contaban cómo ven la Conferencia de las Partes las y los activistas españoles y qué efectos va a tener. Pero ¿y si al movimiento se le ha acabado el tiempo para esperar otra ronda más de negociaciones? Porque una cosa está clara: pese a todas las protestas, marchas y manifestaciones, las emisiones siguen subiendo.

Desobediencia civil contra el business as usual

Por ello, el movimiento ha organizado estos dos últimos años protestas con desobediencia civil, es decir: una decisión colectiva consciente que opta por socavar o ignorar la ley en favor de un objetivo político claro. ¿Por qué participar en estas acciones u organizarlas? De ello hablé con Alice, que es activista en Climáximo, y me dijo: “Si la casa está ardiendo, tenemos que dejar todo lo que estemos haciendo e interrumpir el business as usual. Tenemos el deber de desobedecer leyes injustas”. El derecho no siempre es sinónimo de la moral, y por el momento lo que le están haciendo al planeta es perfectamente legal.

El hecho es que al movimiento por el clima le queda poco tiempo para cambiar todo de raíz. Por eso nos hace falta un plan que ponga en manos del movimiento mismo la responsabilidad de reducir colectivamente las emisiones de gases con efecto invernadero, pues tanto gobiernos como instituciones siguen fracasando en la tarea. Justo eso es lo que hay detrás del Acuerdo de Glasgow. El objetivo es “recurrir a la desobediencia civil considerándola el instrumento principal (pero no el único) para rebajar las emisiones de forma que en el año 2100 pueda evitarse que la temperatura haya ascendido 1,4ºC”. Durante ocho meses, docenas de organizaciones trabajaron en el texto que fue firmado en octubre de 2020. Más de 80 organizaciones de todo el mundo se echaban así sobre sus propios hombros la responsabilidad de reducir las emisiones de GEI en un 50 por ciento antes de 2030. La idea había surgido tras la COP25, otra Conferencia de las Partes que (una vez más) había fracasado en Madrid en diciembre de 2019: de la frustración por la impotencia de las instituciones brotó la necesidad de desarrollar un plan escalonado concreto para el movimiento por el clima.

El Acuerdo de Glasgow en Portugal

Partiendo de un inventario de las emisiones nacionales, el Acuerdo desarrolla una agenda para la justicia climática que da al movimiento un rumbo claro. En palabras de Mariana, activista en Fridays for Future Portugal y participante desde el principio en el Acuerdo de Glasgow: “Todos saben que la casa está ardiendo, pero nadie tiene un plan para combatir el fuego”.

En Portugal se han comprometido con este plan Climáximo y la huelga de estudiantes por el clima (FFF PT). En marzo presentábamos por primera vez nuestro inventario de las emisiones portuguesas, o sea una radiografía del sistema productivo que nos permitía identificar las infraestructuras y empresas causantes de más emisiones. Ahora esta base nos sirve para delinear nuestra agenda para la justicia climática, en la que, colaborando con comunidades locales y movimientos antirracistas, por la vivienda y feministas, definimos prioridades para la reducción de emisiones. Nuestra agenda para la justicia climática se interconectará después con las de otros países, de lo cual surgirán planes de acción regionales e internacionales.

El Acuerdo de Glasgow muestra que creer en el sistema y las instituciones es lo que nos está impidiendo acercarnos a nuestros objetivos hasta conseguirlos. La clave del cambio necesario está en manos de nuestro movimiento y radica en tomar medidas de confrontación y crear un plan socialmente justo de persona a persona.

Somos esa gente a quien estábamos esperando para que apagasen el incendio.

En el próximo artículo trataremos acciones individuales: ¿pueden resultar efectivas en virtud de su significado cultural?

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