Mongolia Galsan Tschinag

Galsan Tschinag
Foto: Wilma Brüggemann | © Galsan Taschinag

¿Qué significa para usted el término “refugiado”?

Los refugiados son personas que por medio de la fuga se han salvado del peligro de ser aniquilados físicamente.
 
¿Es menos legítimo huir de la pobreza que huir de la guerra o de la opresión política?

Al cambio de lugar de residencia debido a factores económicos preferiría llamarlo emigración.
 
¿Y qué opina de los que huyen a causa de problemas medioambientales?

Esto ya es algo fundamentalmente distinto que cambiar de lugar de residencia con la idea de obtener alguna ventaja económica o de otro tipo. En efecto, esta clase de huida puede en ciertas circunstancias ser aún más urgente que la que se realiza por motivos políticos. Cuando el aire que respiro, el agua que bebo y demás están contaminados, debo hacer todo lo que esté en mi mano para abandonar ese lugar lo más rápido que pueda.
 
¿Cuándo se deja de ser refugiado?

Cuando la comunidad autóctona lo ha aceptado en el nuevo lugar de residencia y al mismo tiempo ha empezado a sentirse en casa.
 
¿Existe un derecho natural al asilo?

El asilo es para mí una parte inseparable de mi derecho humano a vivir una vida según mi voluntad.
 
En caso afirmativo: ¿es un derecho incondicional o se puede perder?

Incondicional allí donde se toman en serio los derechos humanos.
 
¿Piensa que hay un límite en la cantidad de refugiados que puede absorber una sociedad?

Teóricamente, cada sociedad debería recibir refugiados sin pensar antes en la cantidad. Y eso también sería lo moral. En la práctica, sin embargo, la mayoría de las sociedades actuales tienen límites a los que se ven obligadas a atenerse.
 
En caso afirmativo: ¿dónde pondría ese límite y por qué?

Los límites comienzan allí donde la sociedad que recibe refugiados corre riesgo de empobrecerse por ello o de sufrir una creciente agitación interna.
 
En su país, ¿hay refugiados con privilegios, por ejemplo algunos que sean mejor recibidos que otros?

En el pasado, los que detentaban el poder acogieron a refugiados muy pobres en Mongolia occidental, por la escasez de población que imperaba allí. Estos refugiados eran de cuño materialista, y con el tiempo fueron insistiendo cada vez con mayor fuerza en su singularidad, en lugar de pensar en integrarse. Eso ocurrió hace cosa de un siglo. Desde entonces, en muchos lugares han desplazado en gran medida a la población originaria y han destruido la base de su existencia; ni siquiera les ha temblado el pulso a la hora de cambiar casi todos los nombres geográficos por denominaciones kazajas.
 
En caso afirmativo: ¿por qué?

Porque el orden comunista que regía por aquel entonces se dejó guiar ciegamente por la teoría de un internacionalismo proletario y de una hermandad abstracta entre las naciones, según la cual se respetaba principalmente el derecho de los refugiados, pero nunca el de la población autóctona.
 
¿Reciben los refugiados en su país un tratamiento justo?

Por parte de las autoridades, sí. Nunca jamás, en cambio, por parte de algunos grupos chovinistas, que han abrazado la causa de la sangre supuestamente noble gengis-mongólica y de la tan célebre –como desacreditada– mancha de nacimiento en el coxis de los mongoles.
 
¿Aceptaría recortes en el sistema de seguridad social de su país para facilitar el ingreso de más refugiados?

En lo personal, sí, porque estoy dispuesto a seguir dejándome guiar por la filosofía de vida chamánico-nómada. Pero para muchos de los habitantes del país –o mejor dicho, para la mayoría–, esos recortes serían inaceptables, porque creen que los mongoles ya vivimos en la pobreza, cosa que no es cierta.
                             
¿Qué requisitos deberían cumplir los refugiados para lograr una integración satisfactoria?

Una filosofía de vida sana, que se base en la gratitud y que no separe el deber del derecho. Esto en cuanto a los que llegan. Y en lo que respecta a quienes los reciben, deben esforzarse por integrar a los que llegan sobre una sana base religiosa que no establezca ninguna diferencia esencial entre lo mío y lo tuyo y que deje espacio para conceptos como tolerancia, compasión y humanitarismo.
 
El respeto a las leyes del país anfitrión, así como los usos y costumbres de su población. Y la predisposición a dar algo a cambio de aquello que se toma: me refiero a experiencias de vida, habilidades manuales, conocimientos, etc.
           
¿Y los ciudadanos del país anfitrión?

A los extranjeros no hay que exigirles de entrada las virtudes que hasta ahora nos parecían las únicas válidas. En cuanto a uno mismo, no hay que ver sólo la pesada obligación que comporta echar una mano a los que llegan, sino también el privilegio de poder aprender de ellos.
 
¿Conoce personalmente a algún refugiado?

Sí, claro. ¡Un montón! Refugiados del racismo, del fanatismo religioso, de la falta de libertad de expresión y, en los últimos tiempos, de las enfermedades de la civilización.
 
¿Apoya de forma activa a algún refugiado?

Sí, en el marco de mis limitadas posibilidades. En nuestra familia tenemos en este sentido una tradición. Mi abuelo Hylbang era un hombre que poseía mucho ganado y había tenido cinco hijos propios y el triple de hijos adoptados. La mayoría de estos eran refugiados teleutos y kazajos. Por un tiempo hubo entre sus “hijos” incluso un ruso, ex miembro del Ejército Blanco, que había salvado su vida gracias a lo difícil que resulta transitar por las montañas del macizo de Altái, pero que después de unos tres años abandonó nuevamente el Altái, equipado con un caballo de montar, vestimenta y víveres para el camino. Mi padre, Schynykbaj, el mayor de los dos hijos del caritativo hacendado, llevó a este hermano de piel blanca a través de caminos secretos hasta la frontera con Rusia. Y ahora, tres generaciones más tarde, yo sigo intentando honrar esa noble tradición, ocupándome de la descendencia de la mujer teleuta Aiku, que alrededor de 1920 huyó del Altái ruso hacia aquí con sus seis hijos pequeños.
 
¿Cómo cree que va a evolucionar la situación de los refugiados en su país en los próximos dos años?

Es absolutamente posible que no pase nada decisivo en dos años. Mongolia carece aún de la infraestructura básica. Y el chovinismo gran mongol ha crecido desde la caída del socialismo. Pero en ambos casos creo que se trata de fenómenos pasajeros.
 
¿Y en las próximas dos décadas?

¡Ahí sí! Pero cómo ocurrirá eso, por el momento prefiero no decirlo, pues no quiero ser acusado de fatalista o de sabihondo, cargándome una etiqueta más sobre la espalda, de las que ya he tenido suficientes en esta vida.
 
¿Es capaz de imaginar un mundo sin refugiados?

En un futuro lejano, sí, cuando la humanidad alcance finalmente la madurez suficiente para acabar con la locura de las guerras y de la división de la propia especie en clases, razas y credos.
 
En caso afirmativo: ¿cómo se conseguiría algo así?

Con sentido común, que el Creador tiene que haber metido en el bolso del destino que nos asignó a cada uno de los bípedos.
 
Usted o su familia, ¿han sido refugiados en alguna ocasión?

Huir por razones climáticas de un prado de pastoreo a otro es parte de la vida nómada. Más allá de eso, no tengo ninguna experiencia en huir. Pero cada día vivimos la continuación de las historias de nuestros ancestros mencionadas más arriba. Ese es el capital inicial de mi clan adaj-irgit, que en última instancia ha hecho de mí un ciudadano del mundo, y que también me confiere autoridad como escritor.
 
Que los pueblos originarios del Altái hayan tenido que abandonar sus tierras de pastoreo y de caza para desplazarse hacia el interior de Mongolia es una consecuencia directa del chovinismo kazajo, sistemáticamente fomentado y guiado por los que dirigen la comarca y el distrito.
 
¿Piensa que podría serlo en el futuro?

Nada es imposible.
 
En caso afirmativo: ¿por qué?

Si los chovinistas de mi entorno llegan algún día a la presidencia del Estado mongol, podría ser para mí un motivo de huida.
 
¿Cómo se prepararía llegado el caso?

Me mantengo despierto incluso cuando duermo. Sobre todo en momentos de felicidad. Y limpio y le saco brillo constantemente a la vena profundamente nómada que hay en mí y en quienes tengo cerca. Es algo que hago todos los días en mi imaginación. Lo que uno ha hecho cientos o miles de veces con el pensamiento se deja plasmar en la práctica de manera rápida y efectiva cuando realmente llega la hora decisiva.
 
¿En qué país se refugiaría?

En uno en el que todavía habite el humanitarismo.
 
¿Cuánto “hogar” o cuánta “patria” necesita?*

En rigor, sólo una, que es el planeta Tierra. Cada uno de los pedazos del cuerpo de la Madre Tierra puede llevar un nombre diferente: por mí que el estómago sea China, la espalda Rusia, la pantorrilla derecha Alemania, el pulgar izquierdo Suiza, la planta del pie derecho Irak, la del izquierdo Irán y así. Pero todo es cuerpo terrestre, parte del planeta. Y esta tierra te pertenece a ti, a mí, a ustedes: a cada una de las recolectoras africanas, a cada uno de los cazadores chucotos. La Madre Tierra nos ha parido a todos, nos alimenta y nos admitirá otra vez en su gran vientre bondadoso cuando se acabe nuestro tiempo terrenal. Por eso es nuestra madre, por eso la llamamos Madre Tierra. ¡Esta Madre Tierra es la única gran patria que tenemos todos en común!
 
*Esta pregunta ha sido tomada del cuestionario de Max Frisch sobre “Heimat”.