Lituania Leonidas Donskis

Leonidas Donskis
Foto: Sarunas Mazeika | © DELFI / S. Mazeika

¿Qué significa para usted el término “refugiado”?

Una persona desplazada y desposeída que ha sido privada de su patria, de su casa y, en algunos casos, de su dignidad, debido a una calamidad, un desastre, una guerra, la violación de sus derechos humanos o alguna situación desesperada.

¿Es menos legítimo huir de la pobreza que huir de la guerra o de la opresión política?

No puedo decirlo, nadie puede. ¿Quiénes somos nosotros para decidir si una madre y sus hijos famélicos, enfermos y abandonados son refugiados menos legítimos que aquellos que huyen de la opresión política? Ni siquiera la opresión política es siempre la misma, puede variar de un caso a otro: puede deberse a una violación de los derechos humanos, como la mutilación genital femenina, o porque la propia vida corra peligro por disentir y oponerse al gobierno.

¿Y qué opina de los que huyen a causa de problemas medioambientales?

Para mí, es bastante entendible. ¿Qué pasa si el hambre, la escasez de agua potable, la polución ambiental o los terremotos arruinan la vida de la gente? Su huida es tan lógica y legítima como aquella motivada por la opresión política, el asesinato o la violación de los derechos humanos.

¿Cuándo se deja de ser refugiado?

Cuando el motivo o el cálculo detrás de la migración es puramente económico. No desestimo ni ignoro de ninguna manera a los migrantes económicos, que tienen todo el derecho a buscar una vida mejor y más digna en otra parte, pero no son refugiados. Si uno no está poniendo a salvo su vida o las vidas de los miembros de su familia, si no ha sido perseguido políticamente o no se han violado sus derechos humanos, si su motivación principal es buscar una vida o un empleo mejor, deja de ser refugiado. Llamemos a las cosas por su nombre.

¿Existe un derecho natural al asilo?

Creo que sí, pero no se puede dar por hecho, puesto que vivimos en un mundo que está muy lejos de ser utópico –si bien este año, 2016, celebramos los quinientos años de la Utopía de Tomás Moro. A propósito, Moro era bastante explícito en lo referido a la hospitalidad de los habitantes de su Utopía y a su amabilidad para con los extranjeros. Mientras que un ciudadano tiene derecho a abandonar su país, entrar en otro es, más que un derecho natural, un privilegio. Sin embargo, el asilo político debería ser la norma y criterio de todo Estado que se considere democrático y digno. Dicho esto, me apresuro a añadir que, muy a mi pesar, la migración se está volviendo un tema políticamente sensible en las sociedades europeas. Basta con decir que una postura antimigrantes o antirrefugiados puede garantizar una victoria política en elecciones locales y nacionales. Esto explica el crecimiento de la distancia entre los valores europeos y la así llamada realpolitik. El nuestro es un tiempo de miedos y ansiedades, y lo mismo ocurre con la política, que está movida por el miedo.


En caso afirmativo: ¿es un derecho incondicional o se puede perder?

Lamentablemente, este derecho no puede ser incondicional, puesto que si nos expresamos y actuamos de otra manera, corremos peligro de provocar la caída del gobierno. A partir de las reacciones de los países europeos, hemos aprendido que existe un riesgo de alteración y discontinuidad de la Unión Europea si uno de sus miembros amenaza con irse por no estar de acuerdo con la política inmigratoria o de asilo. Los partidos políticos de extrema derecha que están ahora en el poder –como el Fidesz en Hungría, Ley y Justicia en Polonia o el Partido por la Libertad en Holanda (que es miembro de una coalición)– siguen chantajeando a la Unión Europea, dejando así en evidencia nuestra debilidad política e institucional. Basta con que Alemania plantee una política de refugiados generosa, profundamente europea y humana, para que la popularidad y las encuestas de la canciller Angela Merkel caigan dramáticamente. Esta es nuestra cruel realidad política y no podemos escapar de ella.

¿Piensa que hay un límite en la cantidad de refugiados que puede absorber una sociedad?

Tenemos que esforzamos al máximo para no convertirnos en rehenes de este tipo de mentalidad: los seres humanos no son estadísticas. Yo no puedo decir si cinco mil o doscientos mil refugiados constituyen una amenaza para la cohesión y la solidaridad de una sociedad dada. Humildemente sugeriría probar la posibilidad de asentar a los refugiados de una manera pareja y equilibrada, no sólo en grandes ciudades sino también en pequeños pueblos y comunidades, puesto que allí existen más posibilidades de ser aceptados y evitar la marginalización. Muy a mi pesar, no puedo sugerir números, aunque personalmente no tengo miedo a aceptar en mi país a cien mil refugiados. Pero declarar esto sería un suicidio político para un primer ministro o un eurodiputado. Como no podemos esperar que ocurra un milagro por parte de los políticos, la gente políticamente activa y con compromiso cívico –como en los centros del PEN y en las ONG– debería manifestarse con mayor fuerza sobre este tema. Desafortunadamente, la inmigración se está volviendo un asunto crucial en Occidente. Esto es así en Francia, en Holanda, por no hablar de los países de Europa central, como Hungría, Eslovaquia y Polonia. Incluso el bastión de la Unión Europea, Alemania, no es independiente en este punto, ya que su clase política tiene que estudiar y analizar la opinión pública con mucho cuidado. Este tipo de análisis de la realidad prevalece sobre las preocupaciones humanas cuando se trata de cálculos políticos. La salida de Inglaterra de la Unión Europea (el Brexit) tenía un trasfondo mucho más xenófobo de lo que creíamos. Por mi parte, pensé que se trataba más que nada de chantajear e intimidar a Bruselas en busca de algún rédito político. Analizado con más detalle, parece ser que el Partido Conservador (tories) y el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP) sencillamente capitalizaron el resentimiento local y nacional contra las políticas de inmigración de la Unión Europea. El tema se está volviendo crucial hasta en Estados Unidos: miremos si no la historia de terror de cómo Donald Trump ha alcanzado protagonismo político y visibilidad global.

En caso afirmativo: ¿dónde pondría ese límite y por qué?

Una vez más, desde lo personal, me niego a trazar esa línea. Estoy convencido de que podemos absorber y acoger a muchos más refugiados de los que hemos recibido en el pasado. Todas las sociedades de la Unión Europea estamos envejeciendo y decreciendo, por lo que me pregunto cuál es la razón detrás de esa feroz oposición a los inmigrantes y a los refugiados. Me temo que no es sólo una cuestión de miedo y ansiedad existenciales, o de reacciones racistas y xenófobas; es algo mucho peor. Lo que me temo es que en realidad estemos siendo arrastrados por el dogma neoliberal, que amenaza con quebrar el estado de bienestar tal como lo conocíamos en occidente. Esta es una profunda crisis del estado de bienestar, que nos proporciona argumentos neoliberales como, por ejemplo, que sólo podemos adoptar a los físicamente aptos y bellos. Con esto quiero decir que la cruel y triste verdad detrás de todo este debate aparentemente amable en los países de la Unión Europea es que sólo queremos ocuparnos de aquellos que prometen convertirse en historias de éxito y que constituyen la fuerza de trabajo que más necesitamos. Todas nuestras preocupaciones humanitarias se vuelven irrelevantes una vez que empezamos a pensar en nuestras políticas de inmigración y asilo como en una especie de concurso universal de belleza entre aquellos que huyen de guerras, calamidades, opresión y situaciones de emergencia. ¿Dónde trazar la línea? Tenemos que asegurarnos de que nuestros gobiernos se mantengan funcionales y operativos. Si existe el peligro de que esto se vea alterado, debemos negociar. Para evitar un desastre semejante, la Unión Europea y las clases políticas nacionales deben elaborar una estrategia a largo plazo, tanto a nivel nacional como para toda Europa, a fin de lidiar con este tema, que ha llegado para quedarse. No va a desaparecer.

En su país, ¿hay refugiados con privilegios, por ejemplo algunos que sean mejor recibidos que otros? En caso afirmativo: ¿por qué?

Lituania es un país novato en este “mundo feliz”, con todos sus encantos y desafíos, lo que significa que tenemos un largo camino por recorrer si queremos llegar a ser verdaderamente hospitalarios con los refugiados. Supongo que los ucranianos son mejor recibidos que otros, puesto que huyen de una zona de guerra que tenemos cerca. No podemos hacer como si la agresión rusa en Ucrania y la guerra en ese lugar no nos tocaran: está demasiado cerca y es demasiado peligrosa para nosotros. Por eso los lituanos se pueden poner en el lugar de la gente de Ucrania y Georgia, y estar más abiertos a empatizar con ellos. Al mismo tiempo, los lituanos son capaces de ser muy amables con los refugiados de Rusia. La gente de mi generación puede incluso compartir la misma cultura y, además, habla ruso. Pero no estoy del todo convencido de que ésta sea una tendencia general, ya que los jóvenes de Vilna y Kaunas, que ya no hablan ruso y que están más cerca de sus amigos en India o China que de los europeos del Este, tal vez piensen y sientan otra cosa.

¿Reciben los refugiados en su país un tratamiento justo?

Queda mucho por hacer. La situación era terrible hace unos años, pero ahora está mejorando progresivamente. Los lituanos se han beneficiado mucho de la Unión Europea, no sólo en cuanto a inversiones y programas de financiación, sino ante todo en términos de estándares más elevados de derechos humanos y sensibilidad democrática.

¿Aceptaría recortes en el sistema de seguridad social de su país para facilitar el ingreso de más refugiados?

No sería aceptable, porque nuestro sistema de seguridad social ya es muy problemático. Es causa de descontento, tanto general como individual. Paradójicamente, los propios lituanos a menudo emigran por su precariedad en su patria. Más de quinientas mil personas han abandonado Lituania en los últimos veinticinco años. En términos de estadística, dinámica e intensidad, Lituania está a la cabeza de los países de la Unión Europea que están perdiendo habitantes. Cuando Lituania se independizó en 1990, la población era de 3,5 millones de personas. Ahora son menos de 2 millones los que viven aquí. Hay una nueva diáspora de lituanos hacia el Reino Unido, Irlanda, Alemania, Noruega y España, por no mencionar Estados Unidos. ¿Quiénes deciden emigrar? En la mayoría de los casos fueron nuestros precarizados –las personas que sufren mayor inestabilidad, las más vulnerables– quienes optaron por construirse un futuro o el futuro de sus hijos en otra parte. En caso de recortes en el sistema de seguridad social, nuestro país quedará del lado de los perdedores. Creo que es urgente tomar el rumbo opuesto: debemos convertirnos en la patria de los lituanos y de nuestros conciudadanos de la Unión Europea, y a la vez permanecer abiertos a los refugiados.
Ya sé que todo el mundo lo dice mal, pero los del British Council se ponen de los nervios cuando no decimos UK… Vosotras veréis qué hacemos…

¿Qué requisitos deberían cumplir los refugiados para lograr una integración satisfactoria?

De los refugiados se espera que adopten la cultura del país que los recibe, manteniendo la posibilidad de practicar también su propia cultura. No creo en la asimilación, que era el modelo de los siglos XIX y XX. Sencillamente no va a funcionar en el XXI. En su lugar, creo en la integración satisfactoria, que dará como resultado hombres modernos de identidades múltiples, ciudadanos europeos capaces de mantener su identidad cultural sin por ello dejar de sentir simpatía y estar abiertos a otras identidades. Un ciudadano respetuoso de la ley y leal a su cultura indudablemente enriquecerá la cultura nacional de su nuevo país. ¿Qué más queremos?

¿Y los ciudadanos del país anfitrión?

Los ciudadanos del país anfitrión no han de ser selectivos. Es fácil ser multicultural cuando practicamos un “multiculturalismo boutique”, como lo describe Stanley Fish; es decir, festejando la cocina exótica, los restaurantes, las tiendas de comida, los mercados o los deportistas famosos reclutados por equipos de fútbol o baloncesto europeos. Pero es mucho más difícil ser imparcial, justo, cálido y atento con personas normales y corrientes. Debemos considerar a los refugiados del mismo modo que consideramos a nuestros compañeros de clase y a nuestros vecinos, en lugar de acercarnos a ellos como participantes de un concurso de belleza o extranjeros exóticos que deben –por definición– ser amables y silenciosos, y andar pidiendo disculpas por cada aspecto de su cultura y de su conducta. Sé que una actitud como ésta es muy difícil de aplicar y practicar, pero yo no me rendiría, pues es muy posible que la alcancemos en cuanto a educación y en nuestro horizonte europeo.

¿Conoce personalmente a algún refugiado?

Sí, claro. Especialmente activistas de Derechos Humanos de Rusia y los opositores políticos al régimen en Rusia.

¿Apoya de forma activa a algún refugiado?

Sí.

¿Cómo cree que va a evolucionar la situación de los refugiados en su país en los próximos dos años? ¿Y en las próximas dos décadas?

Soy optimista. Lituania será un país exitoso, próspero y hospitalario. Habrá pocos cambios en los próximos dos años, pero espero una transformación importante en dos décadas. Debemos ser –y seremos– profundamente influenciados por nuestros vecinos nórdicos, que son más abiertos y hospitalarios con los refugiados que nosotros.

¿Es capaz de imaginar un mundo sin refugiados?

No, esto seguirá siendo una fuerte tendencia, cuando no un nuevo patrón de la vida en un mundo globalizado. Sólo podremos reducir el número de refugiados si, unidos en un esfuerzo enérgico, somos capaces de ayudar al desarrollo de algunos países.

En caso afirmativo: ¿cómo se conseguiría algo así?

Requiere una acción coordinada y políticas consolidadas que busquen prevenir las guerras, las políticas violentas, los conflictos genocidas y el consiguiente fracaso de algunos Estados. Me temo que no podemos evitar todas esas cosas, pero sí podemos lograr que disminuya la cantidad de tragedias y muertes si actuamos conjuntamente y si tenemos una estrategia.

Usted o su familia, ¿han sido refugiados en alguna ocasión?

Mi padre fue un superviviente del Holocausto, al igual que su hermano mayor y que sus padres. Estaban entre los once supervivientes de un shtetl lituano donde, en dos días, los nazis y sus cómplices locales asesinaron a dos mil judíos. De ahí mi solidaridad para con todas las minorías y con toda la gente que se encuentra infrarrepresentada, cuyos derechos han sido violados o que están desposeídos, en todo el mundo. El hermano y la hermana de mi abuelo emigraron hacia Estados Unidos antes de la Segunda Guerra Mundial; se casaron y fundaron allí sus familias, pero ellos eran migrantes económicos más que refugiados. En lo que a mí respecta, nunca he sido un refugiado.


¿Piensa que podría serlo en el futuro? En caso afirmativo: ¿por qué?, ¿cómo se prepararía llegado el caso?, ¿en qué país se refugiaría?

No, no creo que vaya a serlo jamás. Soy una figura pública en Lituania. Por eso, si mi país estuviera en una situación problemática (Dios no lo permita), actuaré de manera digna. En caso de guerra, no huiría. Nunca desertaría de mi país en caso de que estalle una guerra o alguna calamidad social parecida. Y si mi país cayera en la tiranía, lo cual sería tan horrible como ser invadidos, entonces tendría que permanecer como voz discrepante.

¿Cuánto “hogar” o cuánta “patria” necesita?*

Como académico ambulante, he pasado mucho tiempo en el extranjero. He vivido y trabajado en Estados Unidos, Reino Unido, Suecia, Finlandia y Hungría. Doy clases en Italia todos los años, y de vez en cuando en Islandia. Por eso, habiendo vivido y trabajado ya lo suficiente en otros lugares, ahora quiero disfrutar al máximo de mi país. Necesito una cantidad enorme de patria, puesto que se trata de una necesidad fundamental para mí. Lituania es un país pequeño, y yo no podría realizarme como académico sin viajar, dar clases y publicar en el extranjero. Sin embargo, necesito un sitio donde recogerme como ser humano. Por eso, Lituania es el país de mis raíces y de mi elección existencial. No puedo existir sin mis recuerdos de Klaipėda, que es mi lugar de nacimiento, y, al mismo tiempo, no puedo existir sin otros dos sitios de Lituania: Kaunas, donde vivo y trabajo ahora, y Šeteniai, el lugar de nacimiento de Czeslaw Milosz, donde paso mi tiempo leyendo y escribiendo. Pero no quisiera que me malinterpretaran. Soy un europeo apasionado y un patriota de Europa, cuya devoción por Europa jamás entrará en conflicto con su fuerte apego hacia Lituania. Mi sentimiento por la “Heimat” nunca eclipsará mi necesidad de ser un ciudadano de Europa.

*Esta pregunta ha sido tomada del cuestionario de Max Frisch sobre “Heimat”.