Sri Lanka Ruwanthie de Chickera

Ruwanthie de Chickera
Foto: Ruwanthie de Chickera

¿Qué significa para usted el término “refugiado”?

Un refugiado es un ser humano cuya tragedia personal se ha convertido en mercancía pública en una tierra extranjera. Una persona exhibida ante todos. Que responde ante todos. Que depende de cualquiera. A quien nadie protege.

¿Es menos legítimo huir de la pobreza que huir de la guerra o de la opresión política?

¿El sueño de un joven de conocer otro país además del suyo propio no es un derecho legítimo de la juventud? Huir –ya sea de algo terrible y familiar o hacia algo extraño y desconocido– es un instinto inherente al ser humano. Es legítimo porque está dentro de todos nosotros. Restringir la huida es restringir algo de la esencia del espíritu humano.

Nuestro mundo les da derecho a huir sólo a ciertas personas; derecho a irse cuando quieran, a ser bienvenidas, a explorar, a decidir quedarse, a progresar, a expandirse, a desaparecer. Para muchos, muchos otros el mundo está lleno de muros, barreras y jaulas. Esto no tiene nada de legítimo. Las preguntas básicas que nos estamos haciendo son incorrectas.

¿Y qué opina de los que huyen a causa de problemas medioambientales?

Si alguien deja su hogar porque se ha vuelto insoportable, es que se debe haber vuelto realmente insoportable. El sufrimiento y el trauma ya han sido intensos. Incluso en la mejor de las circunstancias, van a continuar. Ofrezcámosle algo de alivio.

¿Cuándo se deja de ser refugiado?

Cuando podemos dejar de contar nuestra historia para justificar nuestra presencia.

¿Existe un derecho natural al asilo?

Debería haber un derecho natural a viajar. Si todos tuvieran el mismo derecho a viajar y a instalarse en otros lugares, las cosas se equilibrarían. Habría una corriente en una dirección y luego una corriente en otra: dentro de un país las provincias, las ciudades, los pueblos crecerían y se establecerían; dentro del mundo crecerían y se establecerían las naciones. Lo que produce locura e histeria es la construcción de fronteras.

Imaginemos por un momento que dividiéramos las provincias y las ciudades de nuestros propios países como hemos dividido las naciones del mundo; con muros, leyes y funcionarios de inmigración, pasaportes y solicitudes para pasar de una ciudad a la otra o a la selva; con detenciones y traslados para gestionar a quienes son considerados indignos. Qué colosal pérdida de tiempo, dinero y vidas. Qué locura. ¿En qué momento dejamos de darnos cuenta?

En caso afirmativo: ¿es un derecho incondicional o se puede perder?

Es más que incondicional. Es natural. Pero nos hemos alejado mucho de nuestra humanidad. La lente de nuestra percepción se ha torcido tanto que ya no somos capaces de reconocer el sentido común con el que todos nacemos. Ya no podemos conectarnos con nuestro estado más natural: el de la unión con los demás, con el medioambiente y con el universo.

¿Piensa que hay un límite en la cantidad de refugiados que puede absorber una sociedad?

Ninguna sociedad ha explotado jamás por absorber a demasiada gente. La sociedad es algo flexible. Crece, mengua, muta, se expande. La gente llega y se va en oleadas. Si una situación se torna insoportable, demasiado cara, demasiado ruidosa, demasiado violenta, la gente se va y encuentra su propio espacio.

Hay migraciones todo el tiempo; con o sin refugiados. Cuando convertimos una experiencia transitoria en una forma de identidad permanente –y esto es lo que ha ocurrido con la experiencia de los refugiados– hacemos que una circunstancia desafortunada, que debe pasar y cambiar, se vuelva algo fijo que permanece y atormenta. Si facilitamos su transformación, desaparece.

En su país, ¿hay refugiados con privilegios, por ejemplo algunos que sean mejor recibidos que otros? En caso afirmativo: ¿por qué?

Leí en alguna parte que tendemos a dividir a la gente en “expatriados” e “inmigrantes” según su color de piel. Del mismo modo, creo que vemos a algunos refugiados de manera distinta a otros. Son prejuicios muy arraigados.

¿Reciben los refugiados en su país un tratamiento justo?

No. Nuestro sistema no sabe qué hacer con ellos.

¿Aceptaría recortes en el sistema de seguridad social de su país para facilitar el ingreso de más refugiados?

No puedo imaginar que ningún país se derrumbe por brindarle ayuda a gente que la necesita. Los refugiados no llegan con enfermedades y forúnculos y la intención de vivir a nuestra costa el resto de sus vidas. Llegan decididos a demostrar que son ciudadanos dignos, con la voluntad de cumplir sus sueños. Y por eso trabajarán más duro de lo que podemos imaginar. Pero si los reducimos a la impotencia, seguirán siendo una carga. Si permitimos que los políticos los usen de chivos expiatorios, estaremos cayendo en la trampa de culparlos de todos los problemas de la sociedad.

Gran parte del mundo en su estado actual se ha construido con los sueños, el coraje y la determinación de los refugiados, los convictos, los esclavos y los marginados. Gente despojada de su familia, su hogar y su dignidad; pero afortunadamente no de su futuro. No olvidemos quiénes somos ni cómo hemos llegado hasta aquí.

¿Qué requisitos deberían cumplir los refugiados para lograr una integración satisfactoria?

Esta pregunta creo que es injusta. Los refugiados son víctimas de la persecución y el trauma. No deberíamos poner sobre ellos nuestras expectativas de integración. Deberían ser bienvenidos con el apoyo y el entorno necesarios –o, por el amor de Dios, sólo con el espacio y la posibilidad– para empezar a vivir otra vez.

Háblenle a un refugiado sobre su responsabilidad en cuanto a la integración cuando deje de ser un refugiado.

¿Y los ciudadanos del país anfitrión?

Ninguna civilización ha crecido encerrándose en sí misma. De hecho, todas las civilizaciones y los imperios que han colapsado de manera natural lo han hecho cuando su pueblo estaba demasiado convencido de su propia verdad, de su propio estilo de vida: se había vuelto inmune al cambio, al desafío y al crecimiento. Una civilización pujante se construye con gente confiada, franca, que no le teme al desafío ni al cambio, que se entusiasma ante la diferencia y las nuevas perspectivas.

¿Recuerdan cuando éramos pequeños y nuestros juegos se ponían más divertidos si llegaba gente nueva? Todos nos hemos detenido a absorber al niño descalzo que nos miraba jugar, para enfrentarnos juntos a nuevos desafíos. Y la comida que teníamos siempre alcanzaba para todos, por más niños nuevos que llegaran. ¿Cuándo dejamos de vivir de acuerdo con estas reglas tan simples?

¿Conoce personalmente a algún refugiado?

Una vez más, esta pregunta convierte una condición pasajera, una experiencia humana, en una identidad. Un refugiado es una persona cuya vida previa ha dejado de existir. Que de pronto se ve forzado a una situación de impotencia y dependencia extremas. Es una experiencia humana similar a cuando alguien tiene un accidente y pierde su dinero, pierde la memoria. Se encuentra en una situación muy concreta. Y después, en general con ayuda de los demás, sale de ella. Lo mismo vale para la situación del refugiado. Es una fase de la vida. No una identidad.

Sí, conozco personas que se han visto forzadas a ser refugiados. Recuerdo que cuando era niña teníamos una gran afluencia de visitantes que vivían en nuestra casa durante mucho tiempo. Era maravilloso que hubiera otros niños. Más tarde comprendí por qué habían estado allí. Mucho tiempo después trabajé con grupos de refugiados como parte de mi actividad teatral. Me pareció que era gente que se había enfrentado al más profundo de los miedos humanos. Eso les había dado una perspectiva más amplia de lo que yo podía comprender. Aprendí muchísimo de ellos.

¿Apoya de forma activa a algún refugiado?

No, no en este momento.

¿Es capaz de imaginar un mundo sin refugiados?

Sólo puede ocurrir en un mundo sin fronteras.

En caso afirmativo: ¿cómo se conseguiría algo así?

Los seres humanos debemos tener el valor de admitir que los Estados-nación son constructos. Los muros ya son anticuados. La ley de inmigración es violencia. Y la paranoia, que nos consume el alma y nos atrofia como seres humanos, crece gracias a todas esas cosas.

Usted o su familia, ¿han sido refugiados en alguna ocasión?

No.

¿Piensa que podría serlo en el futuro?

Claro que sí.

En caso afirmativo: ¿por qué?

Ningún refugiado pensó que alguna vez lo sería.

¿Cómo se prepararía llegado el caso?

De la misma forma en que uno se prepara para la muerte. Uno tiene la vaga sensación de que podría pasar, y espera que la persona que está construyendo dentro de sí resulte lo suficientemente fuerte como para enfrentarse a la situación con valentía.

¿En qué país se refugiaría?

Si tuviera opción, buscaría un país cuya población sea más curiosa que paranoica.

¿Cuánto “hogar” o cuánta “patria” necesita?*

El hogar no es un lugar físico. Es un sentimiento. Es la aceptación por parte de los demás. Se da o no se da. Cuando se da, es suficiente.

*Esta pregunta ha sido tomada del cuestionario de Max Frisch sobre “Heimat”.