Alemania Alexander Kluge

Alexander Kluge
Foto: Markus Kirchgessner

¿Qué significa para usted el término “refugiado”?

El comandante de la retaguardia en Troya, Eneas, es un refugiado impresionante: cruza el Mediterráneo. La derrota de Troya está adherida a las plantas de sus pies. Así es como le lleva a la reina Dido su enamoramiento, pero poca suerte. Se convierte en el fundador de Roma. Roma destruye la ciudad griega de Corintio. Este refugiado es el mensajero de una venganza a largo plazo por lo que los griegos le hicieron a Troya.

Un ejemplo opuesto es la abuela de mi abuela, Caroline Louise Granier, una refugiada de Francia. En el sur de la cordillera del Harz, encontró a su marido alemán. Más tarde leyeron atentamente en el “Hermann y Dorotea” de Goethe un reflejo de su propio destino. Sin esta mujer refugiada yo no existiría. Por cierto, los hugonotes –refugiados al igual que esta mujer– fueron el motor que hizo adelantar el progreso de Alemania en más de cincuenta años. Estos casos son golpes de suerte. Asocio el concepto de “refugiado” con la “suerte” y con los “mensajeros de malas noticias”, y de este modo con una gran cantidad de cuentos y novelas.

¿Es menos legítimo huir de la pobreza que huir de la guerra o de la opresión política?

La huida por motivos del corazón y por necesidad es legítima. La pobreza, la guerra o la opresión no hacen la diferencia.

¿Y qué opina de los que huyen a causa de problemas medioambientales?

Martín Lutero ha establecido reiteradas veces la posición para su siglo frente a la pregunta: ¿cuándo se puede huir? ¿Cuándo es necesario quedarse, aun bajo amenaza de peste, asolamiento del país o catástrofe natural? Diferenció la pregunta para personas que tenían un cargo –es decir sacerdotes y responsables políticos– y para ciudadanos comunes del país. Las repúblicas de los Países Bajos surgieron como defensa ante las catástrofes ambientales del Mar del Norte. Los holandeses construyeron diques y desarrollaron de este modo repúblicas fuertes, que luego supieron también defenderse con éxito ante la “inundación católica” que penetró con el duque de Alba de España. Huir de problemas ambientales no es algo que siempre esté justificado. Su evaluación se decide mediante la pregunta: ¿es posible oponer resistencia?, ¿o sería algo completamente inútil? Si las circunstancias climáticas de nuestro planeta empeoran de manera permanente, tendremos oleadas de personas que huyen. La pregunta por la justificación no va a detenerlos. Y yo no quiero ser juez.

¿Cuándo se deja de ser refugiado?

En ciertas zonas del corazón y de la sensibilidad epidérmica, nunca. Pero uno escapa al “destino del refugiado” cuando se construye una nueva base. En términos tradicionales esto significaría: cuando construye una casa, planta un árbol, concibe un hijo. En nuestro siglo XXI es más complejo: ¿dónde ha de estar la posibilidad de pararse sobre un terreno nuevo en cada caso concreto? Uno deja prácticamente de ser un refugiado cuando funda un nuevo hogar. Cuando se vuelve patriota de una forma nueva. Uno puede desarrollar patriotismo por libros sagrados, en el trabajo, en las relaciones amorosas y, como queda dicho, cuando construye una casa nueva.

¿Existe un derecho natural al asilo?

El asilo es un derecho fundamental. La legitimación más fuerte que tuvo la Iglesia fue que detentaba el poder de conceder asilo. Immanuel Kant deduce –en la modernidad– el derecho al asilo a partir del derecho general a la hospitalidad. Una persona que se respeta a sí misma (y por ende toda sociedad que se respete) debe recibir a un foráneo en apuros, a no ser que uno mismo “corra riesgo de destrucción”. Los escritores debemos suministrar, con tanta imaginación como sea posible, narraciones que respalden el derecho al asilo establecido en la constitución de nuestra república.

En caso afirmativo: ¿es un derecho incondicional o se puede perder?

Como todo derecho, el de asilo puede perderse si se abusa de él.

¿Piensa que hay un límite en la cantidad de refugiados que puede absorber una sociedad?

En forma limitada pueden hacerlo todas las sociedades. Una admisión sin límites sólo es posible para algunas sociedades por breve tiempo y en momentos históricamente afortunados. Eso valía para Estados Unidos y ya no vale más.

En caso afirmativo: ¿dónde pondría ese límite y por qué?

Resulta especialmente difícil definir esas fronteras. El respeto por uno mismo que implica no establecer esas fronteras, o no estrechar su ámbito, compite con la amarga necesidad de que también para el voluntarismo frente a los extranjeros, para la generosidad, tenemos fronteras objetivas dentro de nosotros mismos. Es importante sondear esta tensión. Heinrich von Kleist cuenta una historia terrible al respecto en su relato “El adoptado”. El comerciante que por un ataque repentino de compasión adopta en ese texto a un niño desconocido que viene de la ciudad en la que reina la peste termina, en última instancia, en el infierno como consecuencia de su actitud espontánea y bondadosa. Existe sin dudas un “oportunismo sentimental”, que intenta realizar buenas acciones sin poder responder por sus costos. Ese no es ningún ideal.

Justo ayer quedé desconcertado con un texto de Las figuras de Lichtenberg, de Ben Lerner. Aunque no trata directamente la cuestión de los refugiados, la frase en cuestión muestra cuán sutil pude ser en la práctica la relación con el subjuntivo, con la injerencia en el así llamado destino. Dice en el poema: “Cuando recogí al subjuntivo, estaba en quiebra y en cueros. Ahora quiere pensión. Quiere… de sus propias balas, que se expanden al impactar” (“bullets designed to expand on impact”).

La capacidad de un país de acoger refugiados no es la única cuestión. La atención que cada cual puede dispensar cuando se trata de recibir a un extranjero es una variable elástica, pero no se puede tironear de ella a voluntad. Esta es una cuestión que en el siglo XXI nos va a ocupar con mayor fuerza aun. Si observamos los tejidos celulares de un cuerpo vivo, vemos que absorben y descartan. Son permeables. Pero establecen ciertos límites. Si no contaran con la membrana que los protege del exterior, todos los seres humanos padeceríamos de hidropesía. Nada de esto se puede expresar con reglas, pero sí con relatos, y ese es el desafío para cada autor que anda sobre las huellas de Max Frisch.

En su país, ¿hay refugiados con privilegios, por ejemplo algunos que sean mejor recibidos que otros? En caso afirmativo: ¿por qué?

Hay refugiados con privilegios en casi todos los países; siempre los hubo. Los refugiados que traen consigo tesoros de aptitudes no sólo son bienvenidos, sino que directamente se los capta. Los países ricos pueden saquear el talento de los países foráneos llevándose a los refugiados privilegiados. En la era de la Ilustración, siglo XVIII, esa práctica era un signo de la aptitud de un ministro.

¿Reciben los refugiados en su país un tratamiento justo?

Cualquier generalización aquí sería exagerada. Me sorprende positivamente, no obstante, la cantidad de preparativos y de atención que puede haber en casos individuales. Y estoy orgulloso de las palabras de nuestra canciller, que en un momento muy determinado reaccionó con buen criterio. Deducir de ello que en nuestro país hay suficiente justicia volvería a ser exagerado.

¿Aceptaría recortes en el sistema de seguridad social de su país para facilitar el ingreso de más refugiados?

Para una postura política que se base en el respeto por uno mismo hay que aceptar que se realicen recortes en el sistema de seguridad social. Esos son los costos que uno asume para respetarse a sí mismo.

¿Qué requisitos deberían cumplir los refugiados para lograr una integración satisfactoria?

La buena voluntad para aprender el idioma del país. La lealtad hacia las leyes del país (no sus costumbres). Exigencias mínimas a la capacidad humana de movilizar las propias fuerzas y de ese modo ayudarse a sí mismo. Pero no quiero ser juez en esta pregunta.

¿Y los ciudadanos del país anfitrión?

Capacidad de empatía. Agotamiento de la aptitud de ponerse en el lugar del otro. Lo cual fue por cierto el punto de inflexión en la evolución hacia el homo sapiens, que nuestros antepasados pudieran ponerse en el lugar de lo ajeno, ya fueran cosas, animales o personas.

¿Conoce personalmente a algún refugiado?

Sí.

¿Apoya de forma activa a algún refugiado?

Cuando me los cruzo en el trabajo o en mi vida cotidiana.

¿Cómo cree que va a evolucionar la situación de los refugiados en su país en los próximos dos años? ¿Y en las próximas dos décadas?

Aun para un lapso de tiempo tan acotado, los pronósticos fueron casi siempre errados. Los húngaros que en 1956 cruzaron la frontera de su país huyendo del Ejército Rojo atravesaron nuestra república y algunos forman parte hoy de las plantillas de Harvard y Stanford. Nuestra propia gente, que en 1989 traspasó la misma frontera, se ha integrado entretanto en casi todos los casos. Cada oleada migratoria se distingue de las otras. Estoy convencido de que no se puede pronosticar nada seguro ni para los próximos dos años ni para las próximas dos décadas. Lo que sí se puede fijar y garantizar es la propia postura, ¡pase lo que pase!

¿Es capaz de imaginar un mundo sin refugiados?

No.

Usted o su familia, ¿han sido refugiados en alguna ocasión?

Sólo en relación con los dos sistemas sociales en nuestro propio país, y tal como lo vivimos mi familia y yo en particular resultó ser una experiencia relativamente inofensiva. Tuvimos suerte.

¿Piensa que podría serlo en el futuro? En caso afirmativo: ¿por qué?

La seguridad momentánea es engañosa. Nadie puede descartar que vaya a convertirse en un refugiado en algún momento de su vida. Al menos no puede hacerlo respecto de sus hijos.

¿En qué país se refugiaría?

Durante la Guerra Fría me hice la pregunta sobre el país al que huiría en caso de emergencia. Pensé en Nueva Zelanda. En aquel abril de 1986, cuando las nubes contaminadas de radiación regaron con lluvia los campos de hortalizas, el año de Chernóbil, mi joven mujer y mis aun pequeños niños huyeron conmigo hacia Portugal. Hacia el límite extremo de nuestro continente, por así decirlo. La pregunta no era “¿a qué país?”, sino “¿cómo hago para llegar lo más lejos posible?”. Nos quedamos varios meses. Por los niños.

¿Cuánto “hogar” o cuánta “patria” necesita?*

Se cuenta que Till Eulenspiegel, al ser perseguido en el país de Hannover, se envolvió en la piel de un caballo. Cuando los que lo perseguían quisieron atraparlo, declaró desde adentro de la piel que ese era su hogar. Los perseguidores lo aceptaron.

Otro ejemplo: durante los bombardeos a mi ciudad natal, Halberstadt, mi padre, mi hermana y yo estábamos tirados sobre el suelo del sótano y teníamos miedo. El sótano era lo que nos quedaba de hogar. La necesidad hace que el hogar se encoja. Ninguna persona puede vivir sin un resto de hogar. Es una especie de piel. En la vida normal y para nuestra sensación interior (que, como se sabe, no está obligada a ser realista), el hogar es tan amplio como el horizonte. Como se ve, el concepto de “hogar” está en constante movimiento.

*Esta pregunta ha sido tomada del cuestionario de Max Frisch sobre “Heimat”.