Humboldt y el cine
Ida y regreso

Las formas de representación coloniales todavía atraviesan la forma de imaginarnos y representarnos a nosotros mismos. Pero también han abierto un camino para la disrupción, el encuentro y desencuentro con la esquiva idea de identidad.

De Diana Bustamante

Este texto fue publicado originalmente en Revista Arcadia No. 163, dedicado a la celebración de los 250 años de nacimiento de Alexander von Humboldt.
 
El viaje: el recorrido, el encuentro y la posibilidad de entender otras formas de pensamiento. El paisaje como una interrelación compleja entre la naturaleza y la forma en que el ser humano la interviene, la vive, la habita, la modifica. Esos principios, que unidos llevan al conocimiento, son líneas comunes en lo que Alexander von Humboldt escribió en sus tantos libros de viajes, en particular en Viaje a las regiones equinocciales del nuevo continente. En ese texto, el que más tardó en escribir, el científico alemán redefinió el sentido de América, de su territorio y su identidad, en constante tensión con las instituciones del poder y su accionar, pero siendo a la vez consciente de su necesaria presencia como financiadoras del desarrollo científico y cultural.
 
Con motivo del aniversario 250 del nacimiento del científico y pensador, el Goethe-Institut convocó a dos curadores para pensar un programa especial de películas que gravitaran alrededor de, más que el personaje, sus ideas.
 
Stephan Ahrens, de Alemania, y yo, desde dos perspectivas diferentes, coincidimos en la necesidad de trazar líneas básicas que tejiesen un hilo entre los escritos de Humboldt y el cine. El viaje y la búsqueda de la belleza; el paisaje como hecho vivo y en transformación; y el ser humano y las culturas como parte constitutiva y transformadora del paisaje y del medio fueron algunas de las líneas que dieron como resultado un programa de tendencias y formas diversas. Cuatro obras en particular –de las once que escogimos– trazan el viaje de ida y regreso, de espejos convexos que devuelven la mirada y el discurso, subvertido y reinterpretado.
 
El viaje ha sido y es un motor constante del cine mismo. Muchos cineastas han representado el territorio y la identidad latinoamericana desde ópticas que coinciden en muchos sentidos con los escritos de Humboldt y muchos otros viajeros de la época, constituyendo una forma común de pensamiento. El viaje de Humboldt, realizado en una época de “descubrimientos”, fue la relectura de un continente colonizado, mas no “descubierto”. La empresa del científico alemán puso en cuestión las motivaciones mismas que le dieron origen, al plantear ideas y discusiones que contradecían el manejo que la Corona española –financiadora del proyecto– le daba al territorio americano. Su viaje fue entonces uno lleno de dicotomías, un viaje a lo que él consideraba desconocido y que requería conocerse. Pero a la vez lo guiaba una constante conciencia de la necesidad de conservación y de que ese territorio se mantuviese de alguna manera aislado del mundo “occidental” y sus estructuras tradicionales de poder, por la amenaza que estas representaban para la conservación de las riquezas de ese “nuevo continente”.
 
Este viaje de ida y regreso no es más que la necesidad humana de conocimiento, y sobre todo de entendimiento propio.Y el cine no ha sido más que otro camino posible para definir la tan inasible idea de identidad. El viaje, motor del descubrimiento, es muchas veces más introspectivo que histórico y nos confronta con nuestra propia mirada, en gran medida también colonizada. Tratamos, justamente a través del movimiento y del traslado, de encontrar un tono propio, una forma propia de ver.
 
Lo que conocemos como road movie no es solo un género cinematográfico; es también la historia del cine de un continente en constante cambio, en que importa el camino y no el puerto. Ese tránsito involucra de manera radical el paisaje y la naturaleza como personajes que retan al “héroe” con su fuerza. El paisaje recoge acciones físicas y humanas que se van ampliando y concatenando.
 
Zama (2017), de Lucrecia Martel, ambientada en una colonia española de finales del siglo XVIII en Asunción del Paraguay, captura de manera magistral al colonizador atrapado en ese paisaje que es toda una red que encadena a los hombres al tiempo, al clima y al delirio de lo que se cree poseer y de repente es inasible: América. El viaje por estas tierras significó el peligro latente de la locura y de alguna manera de aquello imposible de comprender. Y justamente eso lo entendió Humboldt, conocedor de plantas, rocas y hombres.
 
Aguirre, la ira de Dios (1972), de Werner Herzog, retrata eso, al colonizador aturdido, enloquecido y atrapado por lo que logra entender y exacerbado por su propio deseo, que es a la vez su propia imposibilidad; un paisaje que transforma su belleza en delirio y un viaje que nunca llega a puerto.
 
El diálogo temporal y de perspectivas de estas dos piezas es fascinante si se mira el lugar desde donde surgen. Con algo más de cuarenta años de distancia, terminan siendo miradas que se contraponen y se complementan desde Europa hacia América. Zama, además, presenta un discurso totalmente renovado, y le devuelve su mirada a Aguirre: Zama no reproduce por enésima vez la mirada masculina de lo que fue el virreinato, y desde esa posición se niega a hablar de la épica del conquistador para retratar más bien la barbarie y la estupidez de su burocracia. Tampoco habla del indígena exótico, sino de los esclavos sin lengua.
 
Ese mismo discurso que regresa revertido no parte únicamente de América hacia Europa. Palabras y vocablos en lenguas amazónicas, sumadas a la lectura del texto De la miel a las cenizas, de Claude Lévi-Strauss, nos guían por un viaje sensorial y meditativo sobre imágenes de la naturaleza bellísimamente filmadas, en planos cerrados y cuidados, en la ribera del Rin en Alemania, y no en la selva amazónica, como se creería en principio.
 
Este es el caso de The Origin of the Night: Amazon-Cosmos (1973-1977), de Lothar Baumgarten, artista conceptual alemán que nos traza un nuevo y misterioso viaje a través de las palabras –sentido y significante–, profundizando en la idea del poder ejercido mediante la resignificación de las palabras, su descontextualización y su apropiación desde el centro del poder. Esa apropiación habla desde la constante contraposición de fuerzas inequiparables.
 
Al inicio de la película hay un fondo negro sobre el cual empiezan a aparecer en letras amarillas una serie de especies nombradas en alemán, como “SPECHT” (pájaro carpintero), que se van mezclando con otras como “MANIOK” (mandioca-yuca) y, con un tono más tenue, otras como “COATI” y “URUBÚ”, del guaraní. La introducción termina cuando todas las palabras (las especies) desaparecen de la pantalla y empieza la noche que da paso al mito de la creación tupi (cultura amazónica del Brasil), esta vez narrado en alemán. Las palabras propias y en transformación, como la imagen misma, remiten a la apropiación del otro, desde su lenguaje y sus imágenes.
 
En el ciclo de los vocablos que mutan está Homo Botanicus (2019), de Guillermo Quintero, la más joven de las piezas y la más antigua de las historias. Un maestro y su alumno, un aprendiz y un sabio, recogen y hacen en el presente el inventario de algo más que bromelias y especies bellamente catalogadas, posteriormente albergadas en la colección del herbolario de la Universidad Nacional de Colombia. Es una narración en apariencia sencilla sobre unos hombres ya no atrapados en la selva, sino seducidos y embriagados por la belleza y la sabiduría quieta y conservada de la naturaleza. Ya no son seres que luchan contra la oponente natura, sino homo botanicus que se entienden a sí mismos a través de ella.
 
La película se sustenta en sus personajes y en la palabra, y evade el deleite gratuito de la imagen, de la belleza per se que habita la naturaleza. A esa belleza la ubica en las relaciones entre seres humanos, con sus desencuentros y quiebres. La historia encuentra así su puerto en lo que de alguna manera es otra relación idealizada, tan misteriosa e idealizada como todo aquello que subyace en esas plantas que los personajes reúnen.
 
Las formas de representación derivadas de la colonia, época en la que la expedición de Humboldt y otras tuvieron lugar, han permanecido hasta hoy en nuestra forma de imaginarnos y representarnos, pero también han abierto un camino para la disrupción, el encuentro y desencuentro con la esquiva idea de identidad, que en estas piezas no es otra cosa que la búsqueda de una narrativa que articula y cambia patrones.
 
El cine, esa narración que actúa sobre el tiempo y con el tiempo, es así mismo un arte que lucha con esas mencionadas fuerzas en tensión: lo que narra, lo que evoca, por un lado; y las condiciones a través de las cuales el cine se hace realidad, por el otro. La inevitable tensión se establece entre el artista y las exigencias de las entidades financiadoras y sus expectativas, basadas en la vaga promesa del público como consumidor/financiador. Esa mediación a veces es imposible también en este arte. Las películas como producto de una cultura, de un tiempo, de un contexto cultural, corresponden a ellos, y su mayor placa de supervivencia radica en la capacidad de tejer diálogos que generen preguntas y fisuras. La presencia de filmes tan disímiles en su forma, en su estética, en sus épocas de realización da cuenta de la manera en que algunas ideas se constituyen en permanentes puntos de partida y de llegada.
 
Las once películas de esta muestra son un intento acotado –como suele ocurrir en cualquier programa– de tejer puentes y relecturas no ya desde la investigación natural, sino desde la mirada humana sobre los efectos de la colonia, del ejercicio del poder, de los valores negados y deconstruidos de las culturas americanas, pero, sobre todo, de la búsqueda de una voz propia en el lenguaje cinematográfico.

Top