Fallos programados
Cuando los fallos planificados obligan a comprar de nuevo

Reparar un móviles cada vez más difícil, los fabricantes hacen todo lo posible para que los clientes prefieran comprarse uno nuevo.
Reparar un móviles cada vez más difícil, los fabricantes hacen todo lo posible para que los clientes prefieran comprarse uno nuevo. | Foto: © Killian Seiler

La obsolescencia programada designa una práctica que trata de fabricar o de diseñar   intencionadamente productos defectuosos o de tal manera, que tras un tiempo de uso calculado de antemano queden desfasados.

De Nimish Sawant

“Las cosas ya no duran como antes.”

Quien haya querido comprarles a sus padres un nuevo smartphone u otro aparato electrónico, muy probablemente les habrá oído la frase antes citada. Y no se equivocan. En efecto, hoy en día resulta casi imposible encontrar un aparato electrónico cuya garantía dure más que un año. Al mismo tiempo, vivimos en un mundo en el que se dificulta las reparaciones.

¡Qué mejor forma de ilustrar la velocidad con que la tecnología se ha desarrollado en los últimos años que la obsolescencia de los productos actuales! Esta práctica comercial depende de dos conceptos: el envejecimiento planificado y la percepción del envejecimiento. Este último es fácil de explicar: prendas de vestir de la llamada fast fashion, una moda que solo dura unos meses; modelos de smartphones que se renuevan cada seis meses y estigmatizan a su predecesor como anticuado; coches que aparecen en el mercado en nuevos colores. El objetivo de estas medidas es conseguir que los clientes compren productos nuevos, a pesar de que todavía funcionen los antigüos. Simplemente ya no son el último grito, y la sociedad consumista se siente obligada a deshacerse de los aparatos anteriores.

¿Qué es la obsolescencia programada?

La obsolescencia programada designa una práctica que trata de fabricar o de diseñar   intencionadamente productos defectuosos o de tal manera, que tras un tiempo de uso calculado de antemano queden desfasados.

Por eso, reparar un aparato resulta cada vez más difícil, sino imposible. Si alguna vez se le ocurre reparar su viejo portatil y lo abre, enseguida se dará cuenta de que no se tratan de tornillos estándar y de que los diferentes componentes están soldados de tal manera que resultará imposible reemplazarlos sin dañarlos. La única solución que le queda será deshacerse del antigüo portatil y comprar uno nuevo. ¿Cómo, que tras cuatro años el televisor no funciona a la perfección? Qué lástima, ya no se puede reparar, ¿sabía que la empresa dejó de fabricar los repuestos correspondientes hace dos años?

“Un envejecimiento planificado como este se considera el motor del crecimiento de muchas empresas. Sobre todo del sector tecnológico. Se diseñan productos para que enseguida se queden anticuados o pasados de moda, y a drede. “De otra forma, no habría crecimiento”, dice Piyush Dhawan, cofundador de The Circular Collective, una organización que busca simplificar la economía circular en la India. Dhawan todavía recuerda la época en que los aparatos electrónicos pasaban de generación en generación, aunque hoy en día parezca impensable.

“Especialmente en el mercado automotriz, como en el de la electrónica y el de la moda, las novedades se superan a una velocidad vertiginosa”, continúa explicando Dhawan. El mercado del mueble es otra cosa, todavía se pueden seguir reparando o sustituyendo partes defectuosas, o alagar su vida útil reciclando alguna de sus partes.

Por cierto, el principio de la obsolescencia programada no es un fenómeno nuevo. El ejemplo más antiguo de esta práctica se remonta a los años veinte del siglo pasado, cuando los fabricantes de bombillas incandescentes de todo el mundo cerraron filas y proclamaron el Cartel Phoebus, que impedía la fabricación de bombillas que durasen más de mil horas, bajo pena de castigo. Las fábricas de cartuchos de tinta son otro ejemplo conocido, regulan sus productos para que dejen de imprimir después de determinado número de páginas, a pesar de que, tal vez, todavía quede tinta suficiente. Como los cartuchos no pueden rellenarse, toca comprar de nuevo.


En los años veinte del siglo pasado, el Cartel Phoebus obligó a los fabricantes de bombillas incandescentes a limitar su funcionalidad a mil horas.
En los años veinte del siglo pasado, el Cartel Phoebus obligó a los fabricantes de bombillas incandescentes a limitar su funcionalidad a mil horas. | Foto: Philips Archives
En los últimos años, sin embargo, se ha comenzado a percibir una resistencia creciente contra este tipo de prácticas. Según un informe de 2017 de la Comisión Europea, el 77 por ciento de los consumidores europeos prefiere reparar sus productos a comprar nuevos. Ahora bien, el coste de reparación resulta tan alto que parecería más razonable comprar uno nuevo. En 2018, la Unión Europea prohibió la obsolescencia programada, y aprobó el Circular Economy Action Plan (“Plan de Acción para la Economía Circular”), que exige que todos los productos que se vendan en la Unión Europea garanticen la mayor duración posible, de forma que contribuyan a la economía circular.

Obsolescencia programada y puestos de trabajo en el sector de la reparación

A diferencia de muchos países occidentales, en la India aún se estila la cultura de la reparación. En todo el país pueden encontrarse pequeñas tiendas de reparación de productos electrónicos, aunque también de otras clases. Sin embargo, desde que irrumpió el comercio electrónico en sus vidas y empezaron a aparecer cientos de páginas web ofertando súperprecios difíles de rechazar, en la India son cada vez menos las personas que mandan reparar sus aparatos. Esta evolución afectará a su vez la situación laboral de quien se dedique a las reparaciones.

“Hoy los productos electrónicos se elaboran de forma que no se puedan reparar. Las personas que antes trabajaban en este pequeño sector autoorganizado han pasado a vender accesorios para smartphones. Ya no quedan muchas personas que reparen móviles, se trata de un empleo en peligro de extinción”, dice Dhawan. Por el contrario, otros objetos como zapatos, bolsos o muebles siguen reparándose en los pequeños comercios.

Pero ahora juguemos a hacer de abogado del diablo: si sube la demanda de productos, la economía crece y más personas tendrán trabajo. En otras palabras: ¿la obsolescencia programada no crea puestos de trabajo? Dhawan responde: no.

“Dado que se trata de productos que enseguida son superados, los puestos de trabajo solo existen por un tiempo. Mejor sería crear empleos de calidad y proporcionar a la población los recursos apropiados. Deberíamos establecer un modelo según el cual, la venta de productos fuese un servicio que estableciese un lazo duradero entre clientes y marca”, dice Dhawan.

El efecto secundario: una generación de residuos que crece

La obsolescencia planificada causa, además, muchos problemas ambientales. El principio de “comprar y tirar” implica cantidades inconmensurables de basura. Según un informe de las Naciones Unidas, la tendencia a comprar nuevos productos electrónicos en lugar de repararlos genera anualmente cincuenta millones de toneladas de residuos electrónicos, cuya mayor parte termina en Ghana y Nigeria. En la India, el 82 por ciento de los dos millones de toneladas de basura electrónica proviene de aparatos de uso privado.

Por eso, la solución ideal sería, explica Dhawan, que nuestra economía no produjese residuos electrónicos. Para ello, los fabricantes deberían garantizar que los aparatos que ya no funcionan se podrán devolver y serán reciclados. “Deberíamos ponernos como meta volver a poner el producto en circulación para reutilizar los recursos restantes útiles aún vigentes”, continúa Dhawan. “Sin embargo, por ahora esa no es todavía la prioridad, para una empresa sigue siendo más barato fabricar un producto nuevo que reciclar uno viejo y seguir usándolo.”

Si en el desarrollo de un producto ya se contase con la economía circular, no sólo aseguraríamos que las cosas durarían más, sino que además al final se desecharían de forma sostenible. Según Dhawan, otra posibilidad consistiría en hacer una distinción mediante estrellas, una medida que en otros campos de consumo ha obrado milagros. Según este sistema, se otorga determinado número de estrellas a un producto en relación con su reciclabilidad, una forma de ayudar al consumidor@ a tomar la decisión adecuada.

En 2018, una de las grandes empresas del mundo, Apple, se enfrentó a una crítica masiva cuando se supo que el rendimiento de su software se ralentizaba automáticamente transcurridos dos años. Apple tuvo que pagar en Francia una multa de 25 millones de euros, además de ofrecer un cambio de batería a buen precio.

Hay leyes que mantienen la obsolescencia intencionada en ciertos límites, por ejemplo, el Plan de Acción para la Economía Circular de las Naciones Unidas y la legislación europea. Y en la India, la Ley de Responsabilidad Extendida del Productor, que obliga a los fabricantes a responsabilizarse del reciclaje de los aparatos obsoletos. El desafío mayor es, sin embargo, hacer que esas leyes se apliquen con tal rigor que sean realmente eficaces.

Hasta entonces seguiremos siendo esclav@s de esta práctica comercial que prevé el envejecimiento planificado.

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