Lectura y conversación Herta Müller - Escribir con las tijeras

collage de Hanser Verlag

Martes, 25 de marzo 2014, 19.30 hs

Goethe-Institut Madrid | Calle Zurbarán 21 | 28010 Madrid

El 25 de marzo Herta Müller leerá algunos de sus collages que se muestran en el Goethe-Institut Madrid y expondrá en una conversación con la crítica literaria y ensayista Mercedes Monmany la forma de creación de esta parte de su obra.

"Poco después de volver de Rumanía, estuve viajando bastante. Quería dar señales de vida a algunos amigos y, en los diversos lugares en los que me encontraba, buscaba tarjetas postales. Pero las tarjetas en blanco y negro llevaban frases bobas que pretendían ser graciosas. Y las tarjetas turísticas tenían unos colores espantosamente malogrados. En todas ellas el cielo era de un azul craso, los árboles de un verde craso, los tejados de un rojo craso. Un día compré tarjetas de fichero blancas, una barra de pegamento y, en el tren, con las tijeras de uñas empecé a recortar una imagen en blanco y negro y palabras del periódico. Luego pegué en una ficha la imagen y algunas palabras:
LA PALABRA OBSTINADA, PUES, o bien SI UN LUGAR REALMENTE EXISTE, ROZA EL DESEO, o también LA CARTERISTA ERA YO.

Me quedé atónita, porque algunas palabras sueltas narran toda una historia. Porque unas pocas palabras producen algo enigmático, porque lo escaso aún sugiere mucho – toda una historia continúa, observé, precisamente porque no está escrita en la tarjeta. Los textos empezaron a hacerse cada vez más largos. Surgieron historias de varios colores y tipos de letra. Los textos suenan, porque los distintos colores tiñen las palabras y los distintos tamaños les dan una voz diferente.

En cada tarjeta, el texto y la imagen se suben a un escenario, cada tarjeta pone en escena su pequeño teatro. Quizá por eso empecé a recortar palabras también en casa. Las colocaba sobre la tabla de cortar, para poder sacarlas de la cocina cuando íbamos a comer. Pero las palabras se expanden. Pronto tuve que utilizar una mesa grande, cuadrada para poder rodearla y verlas todas. Tuve esta “mesa de palabras” dos años. Había cada vez más palabras, formaban una capa de un dedo de grosor y, con el tiempo, se empolvaron tanto que ya no podía utilizarlas: el polvo se embadurnaba al pegarlas.

Tuve que barrer miles de palabras de las que no quería separarme, y tirarlas a la basura. Además, eran innumerables las horas de trabajo que me había pasado recortándolas. Por eso decidí guardar las palabras a partir de ahora en un “armarito de palabras” con cajones, para poder cerrarlos. Y en el armarito había que ordenarlas alfabéticamente, para saber dónde encontrar una palabra cuando la necesito. De una necesidad práctica a otra, recortar y coleccionar palabras se había convertido en un auténtico taller. Porque pronto hubo un cajón para los nombres propios, otro para los artículos, otro para las preposiciones. Cuanto más trabajaba con las palabras, más largos se hacían los textos pegados.

Con el tiempo, me ha llegado a resultar natural escribir con palabras encontradas. Al proceder de periódicos muy diversos, su diferencia convierte el texto en algo sensual. Es el contacto más intenso con el lenguaje, porque hay que tocar cada palabra. El trabajo en sí es sensual. Y en muchas cosas se parece a la vida real: la casualidad que hace reunirse a las palabras; no se pueden poner más de las que permite el tamaño de la tarjeta; lo que ya está pegado, no se puede cambiar. Algunas palabras las tengo desde hace años, y en el papel se nota que han envejecido. Y cuando estoy fuera, sé que todas mis palabras me esperan en casa. A veces pienso que también ellas esperan en sus cajones, como yo en las estaciones de tren, a poder subirse por fin a un texto. Otras veces pienso que se alegran de haberse librado una vez más y de poder quedarse en el cajón con las demás. Porque, en el fondo, lo que he hecho ha sido salvarlas. 

Todo esto de recortar y pegar posiblemente tenga que ver con mi pasado en Rumanía. Que hubiera innumerables revistas en color, con un papel tan bueno, tantos textos que sólo se leen de pasada y luego se tiran – todo eso en Rumanía no se conocía. Sólo había periódicos estatales grises que apestaban a aceite lubricante, nada más. Sólo de pasar las hojas se ponían los dedos negros." 
(Herta Müller sobre sus collages - traducción al castellano: Elba López-Oelzer)

En colaboración con:

Regresar