Música electrónica 2015 El proyecto de una generación

Música electrónica en Alemania

El panorama cultural de la música electrónica, impulsado únicamente por la pasión de sus hacedores, resultó particularmente diverso en 2015.

Aunque la autoimagen en la música de baile electrónica es diferente, y muchos DJs, productores y fundadores de sellos discográficos siguen teniendo la sensación de haber sido bendecidos con un acceso privilegiado a los sonidos del futuro: las grandes revoluciones en la cultura pop, si es que las hay, hace mucho que suceden en otra parte. Cosa que no le resta ni la más mínima importancia a la música electrónica. Sigue siendo el soundtrack de fiestas que duran noches enteras, el objeto tan amado como polemizado de una fascinación postadolescente por la música, factor de la mercadotecnia en torno a una ciudad, un asunto que preocupa a diversas instancias responsables del orden. Pero si algo quedó claro en 2015, fue que la música electrónica en Alemania es sobre todo el proyecto de una generación. Los nacidos entre 1970 y 1990, tanto en Alemania Oriental como en Occidental, se cuentan el mundo a través de la música house y techno. Son aquéllos que se hicieron adultos en la década de 1990, a quienes el rock les aburría, que vivieron la caída del Muro de Berlín cuando todavía iban a la escuela, que experimentaron el ascenso y la caída del movimiento rave en el Loveparade (o en otros eventos musicales callejeros) y que después fueron parte de la retirada de la música electrónica hacia ese vasto nicho en el que hoy sigue creciendo y prosperando. Quienes son mayores creen, en general, que la música hecha por máquinas no es música. Los más jóvenes con frecuencia escuchan otro tipo de música. Un joven DJ tiene pocas oportunidades en el techno y el house, los viejos simplemente no quieren cederles el lugar. Pero así es la esencia de la innovación en el pop. Los jóvenes tienen que gritarles a los viejos: “¡Desaparezcan! ¡No entienden! ¡Ya están viejos!”

2015 fue un año en el que los sucesos interesantes ocurridos en la música electrónica no tienen necesariamente que ver con discos específicos, con artistas individuales, con nuevas ideas o planteamientos. Más atractivo resulta el panorama cultural en su totalidad, ése a partir del cual se ha integrado toda esta escena musical. Una red nacional de clubs, sellos discográficos, tiendas de discos, agencias, desarrolladores de software y agencias de diseño gráfico: por su dimensión y diversidad, esta escena hace mucho que es comparable con el sistema teatral estatal alemán; con la diferencia de que ésta no goza de ningún subsidio estatal y que sólo existe gracias a la pasión de sus hacedores. Es una red fácilmente opacada por la masiva presencia y visibilidad de la escena berlinesa y la atracción que ésta ejerce a nivel internacional. Pero el house y el techno en Alemania son mucho más que Berlín. “En el espacio leemos el tiempo”, escribió alguna vez el historiador Karl Schlögel. Esto también se puede decir del house y del techno en el año 2015.

Hamburgo: la esencia

En ninguna otra ciudad alemana la escena de la música electrónica está tan estrechamente ligada con la historia de otras subculturas como en Hamburgo. Así, por ejemplo, un cuarto de siglo después de su fundación, el Golden Pudel, en el barrio de St. Pauli, sigue siendo uno de los clubs más importantes de la ciudad, sólo a una escalera de distancia de la famosa calle Hafenstraße, en la que a fines de la década de 1980 se desencadenó una de las más grandes batallas callejeras de la República Federal de Alemania. La productora y DJ Helena Hauff con frecuencia hace residencias en este lugar. Hauff presentó en verano su debut discográfico, Discreet Desires (Werk Discs), que provocó sensación. Un disco sombrío, orientado hacia el sonido oscuro y pesado de los proyectos wave y electrónicos de los años ochenta. En entrevistas Hauff enfatizó que le debe mucho a una tradición de la cultura pop, para la cual la música siempre ha tenido mucho que ver con estar en contra; una idea de la que ya se han apropiado innumerables generaciones de músicas y músicos hamburgueses. Al mismo tiempo, Hauff gusta de autoescenificarse, con un certero sentido del estilo, en camisas bien cortadas. También estas imágenes tienen una larga historia en Hamburgo: la subversión y el vestir de traje aquí nunca han sido una contradicción.

También Stefan Kozalla, alias DJ Koze, de 43 años, el productor hamburgués más influyente de los últimos años, está claramente influido por posiciones hamburguesas. Koze es el gran surrealista de los productores alemanes de house, muchas de sus piezas viven de su humor dadaísta, por ejemplo, con frecuencia se escuchan voces que hablan aparentemente sin motivo alguno en medio de la música, y extraños ruidos trastocan la estructura de los tracks. Koze publicó en la primavera de 2015 su mezcla en la renombrada colección DJ-Kicks: interpretó el soporte del CD de mezclas como radioshow cósmico, en el que confluyen las piezas más diferentes, en las que se entretejen singulares avisos. Su track XTC, un irresistible éxito de pianohouse, fue uno de los grandes hits del año en los clubes.

Berlín: el Folk de la capital

La actividad de la escena berlinesa es inabarcable, resulta imposible tratar de elaborar sin cargos de conciencia una visión de conjunto que sea ni remotamente consecuente, simplemente pasan demasiadas cosas en esa ciudad. Berlín es y seguirá siendo la capital de la música electrónica, todavía los artistas y los DJ siguen mudándose a esa ciudad. Ya no porque ahí todo sea más barato que en otras partes, esos tiempos ya se acabaron. Quien hoy viene a Berlín quiere establecer contactos, hacerse de un nombre, tocar en alguno de los clubs decisivos. La música electrónica es omnipresente en los barrios del centro de la ciudad, es la banda sonora de la cotidianidad, que no se escucha sólo de madrugada en los clubs, sino también en la mañana en las panaderías, por la tarde en las tiendas y en la noche en los bares.

Folk (Ostgut Tonträger) fue por esa razón el título que Nick Höppner, 43, eligió para su debut discográfico: porque la música electrónica en Berlín entretanto funciona como música folk. Una música abierta para todos y que es fácil de hacer. Con una laptop y los programas adecuados, es fácil producirla o mezclarla, tan fácil como hacer música folk rasgueando una guitarra. Una música que es la banda sonora obvia de una forma de vida determinada. Höppner es un ex periodista musical y fue durante mucho tiempo jefe de Ostgut Tonträger, el sello del Berghain, el club más grande y conocido de Berlín. Folk es una discreta obra maestra de la música house: minimalista, contenida y elegante. Música que surgió a partir del amor por otra música, house para conocedores.

Sin embargo, el proyecto probablemente más exitoso en Berlín en el año de 2015 fue el sello Innervisions. Originalmente fue un sello disquero fundado por Steffen Berkhahn, alias Dixon, y el dúo de productores Ame, alias Kristian Beyer y Frank Wiedemann, pero ahora hace mucho que se ha convertido en una plataforma de avanzada para la música electrónica. La gente de Innervision maneja una tienda en línea, organiza sus propias fiestas, publica música –la de ellos y la de otros– y toca en todas partes del mundo. En diciembre de 2015 Dixon fue elegido por los lectores del influyente sitio de internet Resident Advisor por tercera vez consecutiva como el mejor DJ del mundo. Esto nadie más lo ha logrado. Bayer llegó al noveno lugar, además Ame fue el tercer mejor acto en vivo del mundo. Es imposible llegar más alto.

De cierta forma la música electrónica ha llegado a un callejón sin salida con el talento como DJ de Steffen Berkhahn. Éste tiene ya 40 años, en los años noventa tocaba deep house, hacia el final del siglo XX, broken beats, después minimal house, y desde hace algún tiempo se encuentran elementos de trance en sus sets. Domina como pocos el arte del drama en la pista de baile, sabe exactamente cuándo tiene que tocar un track vocal para enloquecer a la gente. Quienes asisten a los clubes lo aman, la mayoría de sus colegas lo tienen en alta estima. El mejor es, al mismo tiempo, el más exitoso. En realidad, el ideal de la cultura pop. Pero también el punto final de un desarrollo. Dixon es invencible en su campo. Los jóvenes tienen que irse a otro lugar.

Dresden: en el Uncanny Valley

Si hay alguna ciudad alemana que en 2015 haya sido el símbolo de las dificultades que tiene el país entero para encontrar un camino hacia el futuro, fue la capital de Sajonia. Todos los lunes se organiza ahí una manifestación de “Pegida”, un movimiento ciudadano de derecha e islamofóbico. Y cuando en el verano de ese año Alemania empezó a recibir a decenas de miles de refugiados, en Heidenau, un suburbio de Dresde, se provocaron disturbios xenofóbicos.

Resulta interesante, entonces, que uno de los mejores sellos discográficos alemanes sea de aquí: Uncanny Valley, fundado en 2010. Ya el nombre es en sí un comentario a la situación. Uncanny Valley es una traducción libre al inglés del “Valle de los desapercibidos”. Así se le llamaba a la región alrededor de Dresde en tiempos de la RDA, porque estaba fuera del alcance de la televisión occidental. Uncanny Valley es un colectivo que empezó siendo un grupo de amigos oriundos de la ciudad, pero que hace mucho que se transformó en algo más grande. Una red que sostiene contactos hacia el resto del mundo, y que ha puesto a Dresde en el mapa de la música electrónica. Hear, de Joel Alter, es el gran álbum de 2015 de Uncanny Valley. En realidad, Alter nació en Göteborg, Suecia, pero ahora vive en Berlín. Alter está cerca de los cuarenta años, y Heart es un disco que le debe tanto a Depeche Mode como al drum‘n‘bass, los Beach Boys, el hiphop de los primeros años de la década de los noventa y al minimal techno. Un álbum que resulta ser el resumen de una vida entera de escuchar y hacer música.

¿Y qué es lo que nos dice Uncanny Valley acerca de Dresde? ¿De esta ciudad, destruida casi por completo durante la segunda guerra mundial, y todavía marcada por una neurótica voluntad de autoafirmarse? Los creadores de Uncanny Valley acogen ese rasgo y juegan con él. Aquí no hay posturas rígidas, la profesión de fe al lugar de origen está inevitablemente acompañada por la ironía en Uncanny Valley. En una entrevista dijeron que son un sello de Dresde, no un sello dresdeniano. Probablemente esta ligereza en medio de la cargada atmósfera de la ciudad sea su mayor fortaleza.

Jena: segura de sí misma, junto a la casa de Schiller

Además de Berlín, probablemente no existe otra ciudad alemana para la que la música electrónica sea tan importante como Jena. Desde hace casi veinte años se ha dado un crecimiento espontáneo alrededor de la tienda de discos Fatplastics en la callejuela de Schiller: varios sellos disqueros, estudios de grabación, noches de baile en el otrora ocupado centro cultural Kassablanca, uno de los mejores clubs de Alemania Oriental. Muchas ciudades alemanas orientales viven a la eterna sombra de su pasado glorioso: no hay presente que rivalice con Martín Lutero, Johann Wolfgang von Goethe y Johann Sebastian Bach o el movimiento artístico de la Bauhaus. La ciudad universitaria de Jena es la única excepción, y en esto la música electrónica ha desempeñado un papel decisivo. Culturalmente, Jena vive en el aquí y el ahora.

Energetic (Freude am Tanzen) de Mathias Kaden se llama el gran álbum publicado en esa ciudad en 2015. A primera vista parece un álbum de deep house, totalmente retro. Lo cierto es que Kaden hace un viaje muy diferente al pasado. En una entrevista afirmó que con Energetic había querido revivir una atmósfera como la que reinaba a mediados de los noventa en sus noches de clubes en Gera. Cuando en ese lugar (como en todas partes de Alemania Oriental) surgió un pequeño club en el que se festejaba todos los fines de semana al ritmo de los más excitantes nuevos sonidos de todo el ancho mundo, cuyas puertas se habían abierto hacía muy poco tiempo. Nueva York en Turingia, eso ya era posible en ese entonces, cuando sólo lo sabían unos pocos. Hoy sigue siendo posible.

Múnich: el gran Bumm-Bumm-Bumm

Cuando en los años pasados se hablaba de la vida nocturna en Múnich, casi siempre se estaba haciendo referencia a una línea tradicional, que comienza con el Munich Disco, el sonido de Giorgio Moroder, y que llega hasta el presente a través del Cosmic Disco. Una música que corresponde con fidelidad a la autoimagen de la burguesía muniquesa y a su peculiar estilo de vida, entre buena comida, excursiones a los alrededores, vacaciones para ir a esquiar, hermosas casas y un trabajo bien remunerado. El sello discográfico Permanent Vacation ha transportado a esta música hacia el presente, también en 2015 publicó música increíble, por ejemplo, el álbum Purposely Uncertain Field, del productor oriundo de Leipzig Martin Enke, alias Lake People. Música electrónica grandilocuente, la portada luce un telescopio espacial, y así es también la música: opulenta, escrutadora, vasta.

No obstante, Múnich tiene también una larga historia de proyectos de techno duro. Desde los años noventa esta música encontró una patria en Múnich, y nadie la representa tan bien en el presente como los hermanos Marco y Dario Zenker. Su sello discográfico se llama Ilian Tape, e Immersion es el álbum con el que causaron sensación en 2015, quizá el mejor disco deep-techno del año. Diez tracks que obtienen su fuerza a partir de desplazamientos rítmicos mínimos, música organizada en torno al poderoso bassdrum, un monumento oscuro.

Colonia: la factory Voigtiana

El más influyente sello discográfico alemán de música electrónica no está en Berlín, sino en Colonia. Y no es necesariamente porque los discos que salieron el año pasado en el sello de Kompakt Records sean los mejores o los más importantes. Kompakt mostró lo que un sello discográfico de techno podía hacer en Alemania. Todos los DJs alemanes que hoy tienen alrededor de 40 años recuerdan lo que sintieron cuando los contrataron para tocar por primera vez en el extranjero. La sorpresa de que en Londres alguien se interesara por uno. ¡En Inglaterra, la cuna del coolness del pop! Eso todavía era basta inusual a fines del milenio pasado. Hoy resulta natural. Y Kompakt fue el primer sello que trabajó con esa coolness, que convirtió al minimalismo que siempre ha caracterizado a la cultura techno en un gran concepto artístico y comercial consecuente… y que lo vendió en todo el mundo. El edificio de Kompakt en el Barrio Belga es algo así como la Factory de Andy Warhol para el techno. Tienda de discos, distribución, sello discográfico, agencia de booking, estudios de grabación, ateliers: todo en un solo edificio. Todo esto aglutinado gracias a Wolfgang Voigt, quien en los años noventa fue productor de acid y coinventor del minimal techno, y que hoy es un príncipe-artista idiosincrásico en un reino creado por él mismo a base de pop, artes plásticas y techno. Presentó su último álbum en 2015, de un techno gorjeante y con el pseudónimo de Dieter Bowie.

Sin embargo, el disco más importante del año 2015 producido en Colonia fue el de David Krasemann, alias Dave DK. En realidad, Krasemann, de 37 años, es parte de la escena berlinesa, en los años noventa tocó en el legendario Tresor, y después en el Panoramabar. Pero con Val Maria hizo un disco que le rinde homenaje a las distintas facetas del techno en Colonia. Como si el sonido de Kompakt fuera una paleta cromática, en los once tracks del álbum utiliza algunos de los estilos, microgéneros y matices del techno que Kompakt y sus artistas han creado en los últimos veinte años –pop ambient, minimal techno, stolper funk– y los convierte en música nueva.

Fráncfort/Offenbach: donde el Techno está en casa

La disputa entre la escena de Berlín y de Frankfurt acerca de dónde se dio por primera vez “techno” es tan antigua como la música misma. Entre tanto se acerca de manera casi generalizada que fue Andreas Thomalla, de 53 años, quien utilizó la palabra por primera vez, a principios de los años ochenta, cuando trabajaba en la tienda de discos City Music, en Fráncfort, donde introdujo una sección que llamó “techno” para la música electrónica bailable. Con el alias Talla 2XLC él mismo tocó durante muchos años música techno y trance, fue uno de los pioneros de esta música. Ahora Thomalla es cofundador de una iniciativa que quiere establecer el primer museo de techno en el mundo, Museum Of Modern Electronic Music. Se supone que abrirá sus puertas en 2017, en uno de los niveles inferiores de la estación central de trenes en Fráncfort. Se planea que tenga 800 m2 de superficie para exposiciones, y que sea un monumento a la “más reciente historia musical”, que honre a los protagonistas de la escena, cuente la historia de esa música y que rastree la influencia que ha tenido en la moda, el diseño y el arte. Será expuesto un robot de la banda Kraftwerk, así como la réplica de la entrada al legendario club francfortés Dorian Gray.

Resulta fácil burlarse del deseo de hacerse un museo a uno mismo. Mientras que una cultura esté tan viva como el techno y el house en Alemania, no se necesita realmente de museos. Mientras que sigan existiendo todos esos fantásticos clubs y DJs, salir a bailar seguirá siendo la mejor forma del recuerdo. Las subculturas siempre han vivido en el aquí y el ahora, es justamente en su fugacidad donde radica su belleza. Sin embargo, quizá fue 2015 el año en el que sucedió una especie de desplazamiento. Cuando algunos de los protagonistas de la escena, frente al trasfondo de su propio envejecimiento, están percibiendo esta fugacidad como un peligro. Nadie que lea el periódico puede deshacerse de la sensación de que actualmente el mundo está cambiando de manera brutal, que estamos transitando de una época a otra. Que los buenos tiempos que uno vivía de noche quizá pronto sean los buenos viejos tiempos.