El último adiós a Jaki Liebezeit Como una máquina, pero mejor

Jaki Liebezeit en el Stadtgarten en Colonia

Como baterista de Can, la legendaria banda de krautrock, Jaki Liebezeit calentó motores para una carrera internacional que lo llevaría hasta Brian Eno y Depeche Mode. Ahora ha muerto.

Todos parecen saber quiénes o qué eran Can. Músicos de krautrock. Mitad hombres, mitad máquinas. Pioneros de la música electrónica. Otra vez músicos de krautrock. La primera banda de rock alemana de rango internacional. Czukay. Schmidt. Karoli. Liebezeit. Largas melenas. Bigotes orgullosos. Ritmos rodantes. Drogas psicodélicas. Extravíos atonales. Kraut. Rock.

Y, sin embargo, se conserva una particular indefinición cuando uno dice Can. Lo cual podría significar que este aspecto indefinible remite, por lo menos, al núcleo de la música de Can; es más, quizá sea el núcleo verdadero, y todo el rock y todo el kraut sean sólo envolturas: “Ah, jazz, Stockhausen, funk y hasta blues, todo lo he profundizado con entusiasmo creciente…” Can, ¿tan alemán como el Fausto?

Jaki Liebezeit Foto: Thomas M. Jauk, augosto de 2015 El 22 de enero de 2017 murió Jaki Liebezeit, el generador de ritmo de la banda, a los 78 años, de una pulmonía. “Mi corazón arde en llamas por esta razón”, para retomar a Goethe. Y el inesperado deceso de Liebezeit debe servirnos de pretexto para volver a escuchar a Can. Una vez más.

1968: Czukay y Schmidt venían de la música electrónica, habían estudiado con Stockhausen. Karoli era, sobre todo, un tipo que se veía muy bien con su guitarra eléctrica, 10 años menos que los demás, él atrapaba las miradas en una época en la que no se debía confiar en nadie mayor de 30 años.

¿Y Jaki Liebezeit? Él, como Czukay y Schmidt, ya había rebasado ese mágico límite de edad, podía echarle una mirada retrospectiva a su carrera como baterista de jazz, sobre todo como el pulso nervioso del ensamble de free jazz de Manfred Schoof. Pero con Can, Liebezeit se libró rápidamente de los modelos internacionales y estableció un estilo propio, que sigue siendo copiado hasta hoy: el estoicismo al servicio de la batería.

A veces experimentos, a veces hitazos

Junto con los vocalistas –que cambiaban con frecuencia y que siempre parecían ligeramente fuera de lugar– Can desarrolló una música que se emancipó de influencias y modelos angloamericanos y, en particular, afroamericanos, cuando otros aún trataban de seguir compulsivamente las normas estilísticas estadounidenses o británicas.

La base de la música de Can era una especie de improvisación colectiva; en eso, se acercaban al free jazz. Pero el agente de esta interacción no era la expresividad, el sudoroso cuerpo del funk, el estridente grito del blues, sino un tableau de emociones, el vasto mundo sonoro de lo individual: podían asemejarse formalmente, por ejemplo, a la música del Art Ensemble of Chicago, pero al instante siguiente, también a la banalidad de una canción de Velvet Underground.

Entonces Holger Czukay, a partir del material creado de manera conjunta y siguiendo el espíritu de Teo Macero, el gran productor de Miles Davis, montaba las piezas de Can, que a veces podían ser desbordantes y experimentales o, a veces, verdaderos hitazos, como Spoon o I Want More.

Carrera internacional

Estos elementos de la música de Can, que en realidad tendían a separarse, como después de un Big Bang, se mantenían cohesionados gracias a una mística muy propia de la banda, que hacía malabares tanto con una especie de creencia electrónica en los espíritus como con las experiencias de los músicos con drogas psicodélicas: “El mundo de los espíritus no nos está vedado…”

Quizá Jaki Liebezeit asumió aquí el papel del escéptico dador de ritmo, de estrella oscura. Cuando Can, a fines de la década de 1970, ya no pudo soportar las fuerzas centrífugas musicales y personales, comenzó para Jaki Liebezeit una carrera internacional, como si fuera la cosa más natural.

Sentó los cimientos rítmicos para los discos solistas de Michael Rother, increíblemente exitosos en su época; lo contrataron Brian Eno, Depeche Mode y Jah Wobble para que generara, mediante su batería meditativa, un cierto sentido para la inamovilidad de las cosas.

Viejo, famoso, modesto

El surgimiento de una nueva variedad de pop, que finalmente habría de desembocar en el house y el techno, llenó de alegría a este gran creador de ritmos, también porque su forma corporal de tocar en un batería de lo más sencilla provocaba una y otra vez la maravillada constatación de que él, Liebezeit, tocaba como una máquina, pero mejor.

Este giro hacia la música electrónica contemporánea encuentra su mejor testimonio en los discos que grabo con Burnt Friedman. Pero Jaki Liebezeit siempre encontró el tiempo para tocar con un músico relativamente desconocido, como Robert Coyne. Esta inesperada constelación produjo tres álbumes, cada uno interpretado como una serie de áridas canciones en miniatura. Y la modestia con la que el viejo y famoso Liebezeit se puso al servicio de la música de un joven londinense quizá nos diga más acerca del hombre que la obra completa de Can.