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Legado en Sudamérica
La mirada etnográfica que le faltó a la Bauhaus

Foto: Juan Camilo Roa

En América del Sur, la distancia en el tiempo permitió la crítica no sólo al cientificismo de los modelos creados por la Bauhaus sino también a las formas en que se incorporaban los conceptos creados por la escuela.

Es posible afirmar que la Bauhaus impactó de modo general en la enseñanza de la arquitectura y la forma de construir en América del Sur. Por ejemplo, pueden rastrearse influencias curriculares importantes en los cursos de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de São Paulo y, de modo más general, puede mencionarse la difusión entre los arquitectos de un “diseño integral”. Sin embargo, poco a poco, movimientos y corrientes del continente sudamericano comenzaron a cuestionar la estandarización y la racionalización de soluciones y el modo descontextualizado con que se incorporaba un modelo internacional.

En Una mirada crítica a la arquitectura latinoamericana del siglo XX. De las realidades a los desafíos, publicado en 2012 por la Universidad de Dresden, los historiadores Ramón Gutiérrez y Rodrigo Gutiérrez Viñuales afirman que el proceso de racionalización de la arquitectura en el continente sudamericano se desarrolló de manera lenta y diferenciada y siempre estuvo marcado por rupturas y aperturas. La búsqueda de un anti-historicismo, la preferencia por una arquitectura de carácter científico, racional y dogmático eran aspectos que se pueden considerar rupturas. Por otro lado, los autores mencionan la apertura a los problemas sociales, que no habían sido incluidos en el debate arquitectónico hasta inicios del siglo XX.

El movimiento argentino Las Casas Blancas

Como contrapunto del Modernismo, a partir de la segunda mitad de los años cincuenta y principalmente en la década del sesenta, surgió en el continente la necesidad de crear una arquitectura contemporánea, pero conidentidad propia. Es el caso del movimiento Las Casas Blancas, uno de cuyos mayores exponentes fue el arquitecto Claudio Caveri. El movimiento cuestionaba el crecimiento urbano funcionalista y la adopción acrítica de un modelo extranjero que no tenía en cuenta las tradiciones, las posibilidades y los materiales locales, cuenta Alicia Rodríguez, arquitecta y profesora del Departamento de Historia de la Arquitectura de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires (FADU-UBA). Las Casas Blancas fue, según Rodríguez, un marco importante pare el cambio de paradigmas. Desde los años sesenta en adelante, afirma la profesora, “comenzaron a aparecer en Argentina conceptos y propuestas vinculados a la necesidad de flexibilidad y de indeterminación formal y funcional, en los que la mirada del arquitecto se adecuaba a las condiciones de vida de los usuarios”. Figuras como Tony Diaz, que se dedicó a la construcción de viviendas sociales, comenzaron a desarrollar una teoría arquitectónica. En esa época se afirmaba que, si el arquitecto se comprometía con la comunidad, dejaría de ser un mero “dador de formas” desconectado de la realidad. “Se decía que quien tuviera como único objetivo competir en el mercado sólo serviría a lo sumo para llamar la atención, ya que dentro de esos moldes un proyecto se reduce a soluciones exclusivamente formales que de hecho no construyen”, dice Rodríguez.

Sociedad oligárquica y rural

En Brasil, los cuestionamientos a la arquitectura moderna comenzaron también en la década del sesenta, como fue el caso del grupo Arquitetura Nova, formado por Ségio Ferro, Flávio Império y Rodrigo Lefrèvre. Priorizando construcciones prestigiosas y la dimensión formal, la arquitectura brasileña procedía de modo jerarquizado y segregado a lo largo del proceso intelectual y de construcción hasta la "entrega" del producto final. Según los críticos, esa arquitectura carecía de una mirada sobre la situación socioeconómica de la mayor parte de la población y que pudiera transformar el perverso modelo vigente. Sérgio Ferro escribe extensamente sobre la cuestión en su obra O canteiro e o desenho (La obra de construcción y el diseño), publicada en 1979.

El teórico francés Yves Bruand, cuando estuvo en el país a comienzo de los años noventa, escribió el importante texto Arquitetura contemporânea no Brasil, en el cual observa que un proyecto democrático como el de Gropius no era viable en una sociedad oligárquica y rural como la nuestra. Flávia Brito do Nascimento, arquitecta y profesora de la Escola da Cidade, aborda esta cuestión en Historiografia e habitação social: temas e lugares por meio dos manuais de arquitetura brasileira y dice que a partir de 1990 la investigación historiográfica arquitectónica se incentivó y problematizó gracias a paradigmas metodológicos provenientes de la antropología. A partir de los años noventa aumentaron no sólo los programas de posgrado en las instituciones de enseñanza de arquitectura sino que también surgió un “distanciamiento respecto a las realizaciones modernas”, lo que permitió una nueva mirada del tema de la vivienda popular, afirma Nascimento.

Intersección entre antropología y arquitectura

El arquitecto Renato Cymbalista, profesor de la Facultad de Arquitetura y Urbanismo de la Universidad de São Paulo (FAU-USP), resalta que “la intersección entre antropología y arquitectura” en Brasil tiene un punto fuerte, que son las investigaciones en antropología urbana, con figuras como Heitor Frugoli y José Guilherme Magnani. Y también está el antropólogo Antonio Augusto Arantes, que llegó a ser presidente de un tradicional bastión de arquitectos, el IPHAN, entre 2004 y 2006, y trajo innovaciones importantes a la institución, como fueron los avances en el debate sobre el patrimonio inmaterial.

Sin embargo, Cymbalista considera que en Brasil la intersección entre arquitectura y antropología no llega a impactar en proyectos habitacionales. “La problemática de las políticas de vivienda popular se da principalmente en medios urbanos, donde la variable fundamental es el precio de la tierra. Cuando se urbaniza, la vivienda pasa por un formateo desde el punto de vista de la arquitectura, la legislación, los medios de financiamiento y de crédito. Todo esto hace que los proyectos de vivienda popular sean bastante homogéneos, no hay instancias permeables a las discusiones de carácter antropológico”, explica el arquitecto.
 

Realidades locales versus soluciones universales

Aunque sea innegable la importancia de la Bauhaus como inspiradora de un cambio en el modo de hacer y de pensar la arquitectura, la escuela buscaba romper con el nacionalismo que había devastado el territorio europeo y esto llevaba a buscar un lenguaje internacional. “En ese contexto, no era fácil considerar realidades locales específicas. Se buscaban soluciones universales y reproducibles”, explica Cymbalista.

En un movimiento contrario, décadas más tarde, la aproximación de la arquitectura a la antropología y el uso de la etnografía como metodología de investigación hicieron posible un abordaje que volvió la mirada del arquitecto hacia el individuo. En Brasil, esta preocupación está presente sobre todo en el medio académico. Pero, aunque se trata de casos puntuales, hay intervenciones concretas que plasman no sólo la participación real de los habitantes en la realización de sus casas sino también una flexibilidad que les permite a construcciones masivas adaptarse a las necesidades individuales.

En cuanto al legado de la Bauhaus en Brasil y América Latina, parece ser una calle de dos direcciones, opina Cymbalista. Por un lado, ese legado puede ser útil como “utopía aplicada”, en el sentido de que “la Bauhaus soñó con un mundo mejor y se empeñó profundamente en la lucha por su implementación: la teoría y la práctica estaban profundamente entrelazadas”. A la vez, el arquitecto menciona la posibilidad de que el ideario de la escuela funcione como “contraejemplo”, ya que la Bauhaus “se percibía como un grupo de vanguardia que estaba mostrando el rumbo del futuro al conjunto de la sociedad. Esa idea no me parece aplicable a nuestros días, pues resultaría elitista”, concluye Cymbalista.

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