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Mitologías latinoamericanas
El miedo a la caída del cielo

Foto: Pedro Hamdan

Las narraciones indígenas y populares de Latinoamérica hablan de los miedos implícitos a la existencia humana. Pero también de estructuras de poder y explotación que amenazan hasta hoy a los pueblos nativos.

De Álvaro Fernández Bravo

La relación entre cultura y naturaleza siempre ha provocado miedo en distintas comunidades de todos los continentes. El mundo natural ha sido representado como fuente de peligros para la vida humana. Se trata de una estructura emocional presente en todas las culturas. El bosque, el mar o la jungla fueron percibidos como espacios hostiles y amenazantes, donde habitaban criaturas enemigas como el lobo o seres mitológicos como –en el caso de los mitos griegos– el Minotauro, las sirenas o el Cíclope. Los griegos atribuyeron a los dioses dones asociados con fuerzas naturales como el agua, la peste, el trueno o la tempestad. Y así mismo, el mundo indígena americano formuló mitos y leyendas que pueden leerse como interpretaciones del universo natural e intentos de dar sentido a las fuerzas desconocidas de ese universo, que pueden amenazar a la existencia humana.

Ya desde el siglo XVI, tras la conquista europea, los saberes indígenas, populares y mestizos que se gestaron en el continente americano fueron observados por los colonizadores como conocimientos primitivos, engañosos y próximos a la superstición. No obstante, la antropología y la literatura también se interesaron tempranamente por el acervo mitológico y literario de las comunidades amerindias. Desde los cronistas coloniales hasta los escritores criollos y los etnógrafos modernos, el folclor agrupó un extenso repertorio de cantos y cuentos de origen indígena, africano, mestizo y criollo. Se trata de narraciones de profundidad filosófica sobre el mundo y la vida humana.

Tradiciones orales como fuentes literarias

Estas historias surgidas de la curiosidad y el miedo incluyen leyendas como la del Lobizón –un hombre lobo de la mitología de los pueblos indígenas guaraníes de Paraguay, el nordeste argentino, el este de Bolivia y el suroeste de Brasil– o la más reciente del Chupacabras, que chupa la sangre de los animales. Esta leyenda es de origen caribeño pero está extendida a todo el continente americano. Investigaciones históricas y antropológicas recuperaron mitos indígenas y populares de las fuentes orales y los registraron en documentos que hoy podemos leer. Además, aquellas historias tradicionales han atraído la atención de poetas y escritores del mundo latinoamericano: autores como la cubana Lydia Cabrera, el mexicano Juan Rulfo, el paraguayo Augusto Roa Bastos, el uruguayo Horacio Quiroga o el brasileño João Guimarães Rosa se alimentaron de los mitos indígenas y contribuyeron a inscribir esa tradición en la memoria colectiva del continente.

Aunque todavía algunos lectores los relegan al lugar de la superstición, tanto los estudios literarios como los antropológicos le asignan al repertorio mitológico latinoamericano una posición mucho más rica y compleja que el de simples “creencias primitivas”. El antropólogo brasileño Eduardo Viveiros de Castro –y antes que él el francés Claude Lévi-Strauss, uno de los fundadores de la antropología moderna– reconocieron la complejidad, el espesor y el conocimiento contenido en las fábulas indígenas. Voces contemporáneas como la del chamán yanomami Davi Kopenawa hablan sobre la “caída del cielo” –otra forma de nombrar el Antropoceno–, desde el lugar de una cultura que ya experimentó y logró sobrevivir a otros “fines del mundo”, incluyendo el que aconteció para los grupos amerindios con la llegada de los europeos. Los relatos de la comunidad yanomami amazónica sobre “la caída del cielo” proveen una versión del Diluvio que pueden leerse junto a la Biblia o al Popol Vuh maya, para mencionar otras cosmogonías de proyección universal.

Explotación, destrucción cultural y mitos de terror

Las figuras malignas que se encuentran en los mitos latinoamericanos también están relacionados no solo con miedos arcaicos, sino también con el choque entre las culturas amerindias y los valores capitalistas modernos. Este choque, que comenzó en el siglo XVI, continúa hasta nuestros días. En Sudamérica existen aún grupos humanos lejanos a la “civilización” capitalista, como los yanomami del Amazonas, que temen y resisten el contacto con la cultura occidental que amenaza con destruirlos. Así mismo existen en las mitologías latinoamericanas figuras de terror como El Familiar, un espíritu devorador de seres humanos presente en la región del Gran Chaco (entre Bolivia, Paraguay y Argentina), con el cual los dueños de los campos de caña de azúcar atemorizaban y controlaban a sus trabajadores. También de la experiencia de explotación de trabajadores en las haciendas azucareras del Valle de Cauca, Colombia, o en las minas de estaño en Bolivia han surgido narraciones sobre seres diabólicos, como lo han estudiado los antropólogos Gastón Gordillo (Landscapes of Devils – Tensions of Place and Memory in the Argentinean Chaco, 2004) o Michael Taussig (Chamanismo, colonialismo y el hombre salvaje. Un estudio sobre el terror y la curación, 2012).

Para las comunidades amerindias, el latifundio y la minería significaron –y significan aún– la destrucción de sus formas de vida y el ingreso en formas de explotación hasta entonces desconocidas. A partir del choque con los valores europeos, distintas comunidades indígenas elaboraron relatos que buscaron explicar la destrucción de su modo de existencia y la brutal integración de sus comunidades al capitalismo extractivista.

Las figuras mitológicas del mal son en muchos casos antropomorfas, como los zombies, muertos-vivos de la religiosidad popular haitiana, o monstruos como el Chupacabras. En todas sus variedades, se trata de seres malignos que acechan y amenazan, o bien directamente a las comunidades, o bien a los animales de los cuales éstas se alimentan. En todos los casos, las aterradoras representaciones del mal guardan relación con un sistema económico que alteró condiciones de vida que, aunque nunca fueron idílicas, sí estaban reguladas por sistemas donde no existía la generación de ganancia a partir de la explotación excesiva de la naturaleza y el trabajo humano.

Vale la pena redescubrir la mitología amerindia y escuchar con atención el saber que ella alberga. Hay mucho que aprender de comunidades que lograron sobrevivir a las epidemias y la destrucción traídas a su mundo por los colonizadores. Como dice Davi Kopenawa: “Cuando, a veces, el pecho del cielo emite ruidos amenazadores, las mujeres y los niños gimen y lloran de miedo. ¡No sin motivo! Todos tememos ser aplastados por la caída del cielo, como nuestros ancestros en el primer tiempo”. Ojalá escuchemos la advertencia antes de que sea demasiado tarde.
 

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