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Christian Dunker
“Nuestra distopía es global”

Foto: Pedro Hamdan

El psicoanalista brasileño Christian Dunker reflexiona sobre el desarrollo del psicoanálisis  en Sudamérica, la instrumentalización política del miedo y la otra cara del temor: el coraje.

De Ana Paula Orlandi

¿Qué es lo específico del miedo en Brasil y Sudamérica en estos momentos?

Está claro que en Sudamérica vivimos una crisis del modelo neoliberal que se está insinuando, entre otros, por el desempleo, la desconfianza en el Estado y el empeoramiento de las condiciones de vida de la población. Eso es lo que podía leerse detrás de las manifestaciones que tuvieron lugar en Chile, por ejemplo. Este escenario, obviamente, trae un gran descontento con el presente y miedo al futuro. Pero no es una cuestión exclusiva de Sudamérica, porque ahora nuestra distopía es global, no tenemos dónde huir.

Siguiendo con Sudamérica: el psicoanálisis es muy popular en las clases altas de algunos países latinoamericanos, entre ellos Brasil y, sobre todo, Argentina. ¿Por qué sucede eso? ¿Puede tener alguna relación con el miedo?

En efecto, el psicoanálisis es muy pujante en Brasil y Argentina, igual que en Francia, al contrario de lo que sucede en los países anglosajones, donde se lo tiende a considerar como algo del pasado, precientífico. Además, en Brasil y en otros países donde el psicoanálisis prospera, existen cursos de psicología que habilitan para el ejercicio de la profesión. Es decir, el alumno podrá abrir un consultorio después de salir de la facultad. Eso no ocurre en países como España, Inglaterra o Estados Unidos, donde el psicólogo, después de terminar la universidad, debe pasar por una formación de al menos cuatro años y dar un examen de habilitación. El resultado es que en muchos países hay un déficit de psicoterapeutas. En relación con el caso brasileño, veo dos particularidades. Una de ellas es que los intelectuales que pensaron la brasilianidad en la primera mitad del siglo XX, como Mário de Andrade, Oswald de Andrade, Gilberto Freyre y Antonio Cândido, leyeron a Freud, porque buscaban ideas alemanas, no francesas, para oponerlas a la tradición positivista que moldó nuestra república. De todos modos, esas ideas circulaban en un ambiente limitado.

Lo que explica la expansión de los consultorios de psicoanálisis en el nuestro país es que en la década de 1970 el régimen militar cerró muchos cursos de filosofía y ciencias sociales, pues se los consideraba subversivos. Esos cursos debieron ser sustituidos por otras opciones dentro del área de las humanidades, ya que en esa época se estaba produciendo una expansión de la matrícula universitaria. Así, aquel gobierno, de triste memoria, entendió que lo mejor sería una opción con una aplicación práctica y eligió la psicología. En Argentina la historia es un poco diferente. En lugar de construir una instancia de posgrado, ese país optó por mandar investigadores a los centros de excelencia del mundo. Gracias a esa política, los investigadores absorbieron las novedades europeas, como el psicoanálisis, que “invadió” Buenos Aires en la posguerra.

¿Sentimos más miedo hoy que en el pasado?

Yo no diría eso, basta leer, por ejemplo, los relatos sobre la peste bubónica del siglo XVII. Pero hoy tenemos las redes sociales que potencian la diseminación del miedo, a la vez que vivimos la transición del mundo liberal, del Estado de bienestar al neoliberalismo que concibe el modo de producción, el mundo del trabajo, desde un enfoque hiperindividualizado y transnacional en el que se hacen añicos las ideas de sindicato, de protección de los trabajadores.

El neoliberalismo es una especie de gestión institucional del miedo que desempodera e individualiza al sujeto. Es decir, ese sujeto comienza a creer que todo lo bueno que pasa en su vida es resultado del propio mérito y, si las cosas resultan mal, la culpa es únicamente suya. Esto genera mucha frustración, desamparo y un ambiente propicio para el surgimiento de líderes autoritarios que prometen la solución de todos los problemas, pero con un tipo de pacto que remite a la relación entre padres e hijos. Es así: yo te protejo pero tú me obedeces. La cuestión es que, para que yo te proteja, es necesario que tú sientas miedo. Si no sientes miedo, no necesitarás protección.

¿Estos líderes autoritarios venden la idea de que son un puerto seguro en este mar de inestabilidad y miedo?

Así es. Primero, esos líderes concentran nuestros miedos, tanto los objetivos como los más indeterminados, en un enemigo o una causa única. Después se presentan como super héroes, los únicos capaces de liberar a la sociedad de ese mal. Entre tanto, para mantenerse en el poder, esos líderes no sólo deben crear enemigos sin cesar sino también desacreditar instituciones como la universidad o la prensa. Esto porque, según ese discurso perverso, todo está “saliendo mal” debido al exceso de trato igualitario, de cosa pública, y la solución es hablar directamente con el “padre” por medio de las redes sociales.

No es casual que esos líderes tengan un discurso melancólico y fantasioso sobre un pasado idílico y que cultiven la idea de familia. Todo eso refuerza la figura del padre, el que para la pelota con el pecho y resuelve todos los problemas. Es un tipo de discurso que habla directamente a aquellos que, por ejemplo, se están sintiendo en una posición poco privilegiada en relación con el movimiento de renovación y progreso de las costumbres en la sociedad contemporánea. Por eso hoy vemos que se organizan movimientos ultraconservadores donde, por lo general, varones blancos quieren volver al tiempo en el que mandaban en el mundo.

¿El miedo es conservador?

No necesariamente. El miedo, por otra parte, es una experiencia cognitiva muy importante, pues nos permite conocernos y superar obstáculos internos. El que enfrenta el miedo, y no me refiero al loco imprudente, va experimentando sus zonas límite y comprende dónde el miedo lo domina y en qué dirección puede avanzar, si es en tal o cual dirección. No es una vergüenza tener miedo: el miedo es un fuerte impulsor de nuestra subjetividad y grandes historias como la Odisea y La divina comedia tratan de la valentía y, por lo tanto, del miedo.

Y hablando de la valentía, vivimos una época muy atenta a los miedos objetivos, a los peligros del mundo, pero, por otro lado, tenemos un discurso paralizador en relación con la valentía y, en consecuencia, con el miedo subjetivo, por ejemplo, el miedo de decir “te amo”. Hoy consideramos normal vivir en una cultura del escape, dejar que algún otro resuelva o resolver en medio de la locura. Es que enfrentar el miedo subjetivo implica esperar, captar el timing correcto, entablar largas conversaciones, es decir, cosas raras en nuestra sociedad apresurada.
 

Christian Ingo Lenz Dunker es psicoanalista y profesor titular del Instituto de Psicología de la Universidad de São Paulo. Escribió, entre otros libros, Mal-estar, sofrimento e sintoma: uma psicopatologia do Brasil entre muros y Reinvenção da intimidade: políticas do sofrimento cotidiano.

 

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