Ciclo de cine "Ultramar" Aguirre, la ira de Dios

Klaus Kinski como Lope de Aguirre Foto: WernerHerzogFilmGmbH

Mié, 03.07.2019

Goethe-Institut Perú

Jirón Nazca 722
Jesús Maria
Lima 11

Una de la dos películas clásicas que Werner Herzog filmó con Klaus Kinski en el Perú, 1972

Dirección: Werner Herzog, color, 93 min., 1972

Dicen que el ansia de poder y de riquezas, y también la mera locura, llevaron a los españoles a conquistar Suramérica. A pesar de todos sus adversarios, Aguirre proclama su visión de Eldorado, del cual será poderoso y glorioso señor. Pero sus últimos fieles van cayendo víctimas del hambre, de las enfermedades y de las flechas de las tribus indias. Aguirre, perdido en una balsa llena de ratas, sueña con fundar una nueva dinastía con su hija.

Perú, en 1560. Los conquistadores españoles buscan las legendarias tierras de El Dorado. En una marcha interminable el ejército de Pizarro ha descendido de los Andes, con el fin de penetrar hasta el Amazonas. Une pequeña petrulla bajo el mando del hidalgo Urzúa es enviada a explorar el terreno. Después de haber navegado río abajo en medio de peligros y con grandes pérdidas, decide Urzúa retornar al campamento principal. Sin embargo, Lope de Aguirre, el subjefe, que se autodenomina "la ira de Dios" y "el gran traidor", se amotina. Declara depuesto al rey de España y nombra al necio Guzmán "emperador de El Dorado". Urzúa, leal a Pizarro, es condenado a muerte como traidor en uns pseudoproceso, pero el nuevo emperador le indulta. Obsesionado por la idea de convertirse en un nuevo Cortés, Aguirre prosigue la marcha a pie río abajo con su pequeño ejército en busca de El Dorado.

Desde la orilla, la expedición es continuamente observada y amenazada, sin que los indios hostiles se dejen ver. Las reservas de víveres empiezan a escasear; Guzmán es el único que exige comer como un emperador. Cuando ordena que el caballo que llevaban en la balsa sea arrojado al agua, sus hombres le asesinan. Urzúa es matado por la gente de Aguirre; Inés, su esposa, desaparece en la jungla. La patrulla se encuentra ya notablemente diezmada por las flechas venenosas de los indios y padece de agotamiento, fiebres y alucinaciones. Aguirre es el único en proclamar ininterrumpidamente su visión de un nuevo imperio mundial. A la postre será él el único superviviente; rodeado de cadáveres - entre ellos el de su hija Flores - y de monos capuchinos, se encuentra en la balsa que se gira a la deriva y sueña con incontables riquezas, poder y fama, así como en la dinastía que él quisiera fundar con su hija.

"Pondré en escena la historia como otros piezas en el teatro". Esta frase caracteriza no sólo la obsesión conquistadora de Aguirre sino que aporta también la clave ara entender la película de Herzog: ese grandioso espectáculo de un "descomunal fracaso" (Herzog), de esta obra profundamente ambivalente.El sueño de Aguirre de El Dorado, de poder y grandeza, es el sueño de hacer historia, para "poner fin a la fuerza del destino". En esto se asemeja el conquistador del siglo XVI a los otros héroes de Herzog, tanto a los marginados existenciales como a los ilusos, locos, posesos de su idea. Igual que ellos quiere traspasar fronteras; como ellos se subleva contra las condiciones de la existencia, contra una naturaliza indiferente, hostil al hombre..., y fracasa. Este fracaso es seguro desde el principio. El río (símbolo del destino desde la antigüedad) y la vegetación que todo lo cubre son los rivales de Aguirre. La cámara se concentra en ellos, hasta que las imágenes, transcendiendo su función alegórica, empiezan a cobrar vida propia. Las vistas del paisaje y las escenas bañadas en una luz trémula, se complementan con la música esférica, ambiental, de Popol Vuh para formar un "himno a la naturaleza" (Wolfram Schütte), contra el que Aguirre grita en vano su "Nosotros somos el decurso de la historia".

Al final, la cámara gira en un movimiento circular cada vez más rápido en torno a la balsa de los muertos: una imagen utilizada frecuentemente por Herzog para expresar el sin sentido de los esfuerzos humanos. Sin embargo, en esta película el realizador completa su visión del mundo existencialista, ahistórica, con una nueva dimensión. Los acontecimientos de los que él habla están fijados históricamente con exactitud y corroborados mediante el diario (¿ficticio?) del fraile Caspar, un participante en la expedición. El afán conquistador de Aguirre se convierte así en una parábola del colonialismo europeo. su locura deviene un "fenómeno de la época" (Herzog). La idea del absurdo de la historia se concretiza en la crítica de una época histórica, y, en este sentido, este filme desarrolla realmente ciertas vetas cómicas. Al igual que Cervantes le asoció an Don Quijote su Sancho Panza, de la misma manera le coloca Herzog a Aguirre su Guzmán. En su estupidez exige éste en medio de la jungla un trono verdadero y toma solemnemente posesión de un territorio inalcanzable. Tan grotescos como estos representantes de la civilización europea se presentan también en la selva virgen los símbolos del progreso cultural: la litera, la elección imperial, el proceso, la letrina de la balsa tapada con paja, los trajes de baile de las mujeres y las armaduras de los caballeros: todo ello no es más que disfraces teatrales, rituales teatrales. Herzog ataca incisivamente la función de la Iglesia en este juego. Así, por ejemplo, el sacerdote y cronista de los sucesos ordena matar por "blasfemo" a un indígena pacífico oque saluda a los forasteros como "hijos del sol".

En este contexte crítico de la civilización adquiere la naturaleza asimismo una nueva dimensión; ya no es sólo un poder hostil, sino algo que hay que proteger, que conservar de los abusos principalmente al protagonista, que interpreta Klaus Kinski, sin sus usuales manierismos, con gesticulación sobria y unas intensas miradas, como si fuera una figura comedida y diabólica a la vez. Es un conquistador cruel, padre tierno con su hija, en cuyo alocamiento siempre hay algo de grandeza. Herzog y su actor principal están lejos de denunciar a este Aguirre, que desarrolla una guerra total contra Dios y el mundo; el que, sin embargo, glorificasen el principo del führer, como opinaron algunos críticos de la película, es algo sumamente problemático (aunque se advirtiera con razón que los movimientos del brazo de Kinski recordaban el saludo de Hitler). Es más cierto seguramente que en AGUIRRE, DER ZORN GOTTES Herzog evoca el mito del siglo XIX del gran individuo, la leyenda napoleónica y al superhombre de Nietzsche, y que adorna la locura de su protanonista con los gestos heroicos de la inutilidad.

Annette Meyhöfer
 

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