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Transformación en las artes
Curaduría y poder

Curaduría y poder
© Claudia Casarino

En un país con vestigios coloniales de segregación como Brasil, resulta urgente que las curadurías de arte reflejen la diversidad étnica y cultural, y abandonen la mala costumbre de mantener al estrato hegemónico de la población.

De Anna Azevedo

En mayo de 2020, el circuito de las artes visuales fue sorprendido por una convocatoria pública inusual para ocupar la dirección artística del Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro. Pasados tres meses, las redes sociales festejaron la difusión del resultado. Por primera vez desde que fuera inaugurado en 1948, el MAM pasaría a tener en la dirección artística a una mujer: la carioca Keyna Eleison, de 41 años, que compartiría la gestión con el español Pablo Lafuente. La llegada de Eleison a la dirección de una de las instituciones de arte más importantes del país fue celebrada como un desplazamiento de las estructuras seculares que sostienen el universo de las artes visuales. Y como un hecho capaz de estimular la reorganización de un territorio con un perfil de poder bien definido: masculino, elitista, blanco. Keyna Eleison es negra y Río de Janeiro una ciudad que, en su trama social, todavía posee rasgos coloniales persistentes.

Por otra parte, el entusiasmo mismo que se apoderó sobre todo de artistas jóvenes denota hasta qué punto el terreno es desigual. “El festejo muestra que todavía debemos luchar. Nadie celebra que un hombre blanco asuma la curaduría de una institución de arte”, comenta Eleison. Y basta mirar alrededor para que la realidad se nos imponga: el tejido patriarcal se deshace a un ritmo muy lento. “Puedo verme como resultado de una fisura en la estructura social, pero no estoy satisfecha. Es necesario que la presencia se vuelva normal de modo que los artistas negros puedan ser sólo artistas y yo no sea una curadora negra sino una curadora”, dice Eleison.

Ejercicios de poder

En un mercado de características aristocráticas, la curaduría es el trono desde el cual se ejerce el poder. Pero no es el único, recuerda la artista plástica y profesora Rosana Paulino, de 54 años. “También están los benefactores de la institución, los asesores, los patrocinadores, el juego es complejo y el poder de los curadores se expresa de diversas formas. La investigación curatorial determina quién entra y quién no, y también cuándo y de qué forma: los rótulos, la posición diferenciada y de jerarquía de valores, según la cual la alta cultura es superior a la cultura popular, es una delimitación de espacios sociales, es otro ejercicio de poder”.

Paulino explica que, en un país diverso y con vestigios coloniales de segregación como Brasil, tener una curaduría decolonial significa comprender que la producción del saber tiene características vinculadas al modo en que se formó esa sociedad y al modo en que se perpetúa. “Por eso es importante que los curadores no vengan del estrato hegemónico de la población, hegemónico en el sentido económico y cultural. Para que tengamos arte también como producción de conocimiento, si no, quedaremos atados a lo que producen otros, una eterna copia que no iluminará el mundo en términos de conocimiento”, reflexiona.

Modelos anacrónicos

Este debate también tiene ecos en el escenario internacional. Brasil, en consecuencia, recibe dos tipos de crítica en cuanto a su modelo anacrónico de curaduría: internamente, de quien estaba al margen del circuito de las artes y logró romper la burbuja y generar tensión en el mercado; y del exterior, donde es frecuente que se cuestione la ausencia de un arte que refleje las diversidades nacionales. La presión obligó a las instituciones a dar algunos pasos en dirección a curadurías decoloniales que hasta tuvieron en cuenta el arte indígena. Pero fue apenas en 2018 que el Museo de Arte de São Paulo, fundado en 1947, contrató a sus primeras curadoras negras, Horrana de Kássia y Amanda Carneiro. Y a la guaraní Sandra Benites como curadora adjunta en 2019.
Keyna Eleison Keyna Eleison | Foto: Fábio Souza
Para Paulino, las instituciones tienen la obligación de acoger la producción de esa nueva generación de artistas, so pena de quedar retrasadas en el plano internacional, además de perder obras. “Hay trabajos de extrema calidad que están saliendo del país. Si los museos no están atentos, cuando queramos investigar ese período vamos a tener que hacerlo en el exterior”. La artista advierte que las instituciones deben entender que la renovación vino para quedarse. “Entonces, junto con la curaduría, resulta urgente pensar las lagunas de algunas colecciones”, señala. Política de la nueva gestión del MAM de Río de Janeiro: “Parte de mi desempeño como curadora fue y será siempre estimular la investigación. Me hiere preguntar dónde están los artistas negros y oír como respuesta: ‘No hay’”, comenta Eleison.

¿Desplazamiento pasajero?

La directora artística del MAM elige la cautela al momento de interpretar las noticias sobre el avance de los cuerpos feminizados y racializados en las estructuras del poder artístico. “Debemos fijarnos si esto es un desplazamiento fashion o forma parte de microexplosiones que estamos logrando provocar”. La cautela se ve ratificada por los datos de un mapeo de curadorías no blancas en Brasil. Lanzado en 2020 por la educadora Luciara Ribeiro, el estudio identifica 76 curadores afrodescendientes y 20 indígenas, de un total aproximado de 300 curadores activos en el país.

Entre curadoras y curadores afrodescendientes, 54% son mujeres y 3% no binarios; entre las y los indígenas, 45% son mujeres. La mayoría se desempeña en la región Sudeste y el 80% no tiene vínculo con instituciones. Números tímidos en una población de 220 millones de personas, 55% autodeclaradas negras y 0,5%, indígenas. Para Ribeiro, “comprender quién hace curaduría es fundamental para repensar las artes, sus espacios y las autorías. Entender que esas autorías no son neutras y, por ejemplo, están marcadas por factores sociales como la clase, el género, las relaciones étnico-raciales es una tarea urgente de las artes brasileñas”.

Flexibilidad en las instituciones

Los cuerpos articulan discursos. Keyna Eleison sabe que su presencia al frente del MAM genera expectativas externas. “Yo puedo hacer rodar la pelota, pero la pelota no es mía. Hay una demanda en relación con situaciones que están fuera de mi alcance, como el racismo, el clasismo e el machismo. No vine para solucionarlas sino para posibilitar que salgan a la luz cuestiones que están por ahí, normalizadas y son fruto de relaciones violentas. Ocupo un lugar desde el cual puedo mostrar cómo podemos cambiar algunas cosas”. Y esa pelota que tiene, Eleison la comparte con siete mujeres en cargos de jefes en el MAM: “No se trata de saldar una deuda histórica, sino de volver más flexible a la institución, de tener ese otro tipo de intelectualidad que se da cuando hay más mujeres en cargos ejecutivos”, observa la directora.

Que las mujeres asuman puestos de poder significa que están perdiendo el miedo a disputar el mercado. Según Eleison, tiene su lado fatigoso y pesado estar sola en el contexto de ser la primera mujer, y negra, en asumir la dirección del MAM. Pero a la vez es una señal para otras mujeres de que existe la posibilidad real de llegar a esos puestos: “Las negativas que reciben los cuerpos feminizados son tan numerosas, y aumentan si además son racializados, que la persona termina renunciando a participar del juego. Ahora las cuestiones están más definidas, miramos todos los currículums y eso es muy positivo”.

Luciara Ribeiro reconoce el esfuerzo de algunas instituciones artísticas de Brasil por promover en sus equipos mayor diversidad racial, de género y de clase. A pesar de las buenas intenciones, dice, todavía falta mucho para que las acciones generen cambios significativos en la base, o sea, en la contratación de profesionales no blancos en los equipos curatoriales. Es fundamental que las instituciones artísticas comprendan que la lucha antirracista va más allá de la temática de sus programaciones. “Si percibimos algún cambio no es porque esos espacios dedicados a las artes decidieron cambiar. Es fruto de una reivindicación, es porque hay una lucha y una exigencia de que eso ocurra”. Una lucha que, incluso a paso lento, se convertirá en poder.

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