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Femicidios
El poder máximo

Foto: Claudia Casarino
Foto: Claudia Casarino

Ignorar la violencia contra mujeres tiene tradición en muchos lugares del mundo. Parecería que a muchos les resulta casi imposible aceptar que las mujeres son asesinadas porque son mujeres.

De Susan Vahabzadeh

Hace poco tiempo, Turquía abandonó el Convenio de Estambul. El nombre oficial de este acuerdo es, en realidad, “Convenio del Consejo de Europa sobre Prevención y Lucha contra la Violencia contra las Mujeres y la Violencia Doméstica”. Se firmó en 2011 y desde entonces no ha producido cambios mayores en el mundo. Más bien es un reconocimiento simbólico, y también la salida de Turquía es un gesto simbólico. Según el New York Times los partidarios religiosos y de derecha presionaron al presidente Recep Tayyip Erdoğan para abandonar el tratado: decían que el tratado promueve el divorcio. En 2019 murieron en Turquía por violencia doméstica 400 mujeres. ¿Quién tiene interés en que el año que viene ocurra lo mismo? ¿Por qué los grupos religiosos y de derecha quieren ocultar la violencia contra las mujeres?

Pero para empezar: el ocultamiento de la violencia contra las mujeres también tiene tradición en Occidente, y a veces son sorprendentes las reacciones que hay ante los asesinatos de mujeres. Esto pudo verse muy bien hace algunas semanas: el 10 de marzo de 2021 se encontró en el sur de Londres el cadáver de Sarah Everard. Su supuesto asesino es policía. En una vigilia de protesta hubo represión policial. A continuación, en Londres se habló mucho más de la violencia policial y mucho menos de que una mujer no había sobrevivido a lo que era un regreso normal a casa por la tarde y de que cientos de mujeres, entre ellas la primera ministra de Escocia, Nicola Sturgeon, reconocieron en las redes los miedos que han padecido cuando vuelven a casa.

Un tema tabú

La semana siguiente, siete mujeres y un hombre fueron acribillados en un salón de masajes de Atlanta, Georgia. Seis de las mujeres tenían raíces asiáticas y es importante tener en cuenta que en los Estados Unidos están aumentando los ataques a personas de origen asiático y que se deben tomar medidas cuanto antes. De todos modos, resulta extraño, por no decir sospechoso, que en las crónicas una y otra vez se señalara que por eso no había que sobrevalorar el hecho de que el autor del crimen, según sus propias declaraciones, había elegido conscientemente como víctimas a mujeres. Pues a la vez el hecho es inequívocamente lo que el diccionario llama “femicidio”: asesinato de una mujer por causa de su género.

Parece terriblemente difícil siquiera admitir que existe el fenómeno: que se apuñalan mujeres, se las baña en ácido o se las mata de un disparo porque son mujeres. Pero cuando las corrientes políticas de derecha cultivan una imagen femenina propia de los años cincuenta y cuando una mal entendida corrección política exige que las mujeres ya no sean concebidas como grupo porque otras pertenencias, por ejemplo las étnicas, son de mayor urgencia, los derechos de las mujeres quedan pulverizados en la batalla cultural.

La violencia contra las mujeres siempre fue un tabú. Para las mujeres siempre fue un tema delicado, demasiado personal y para aquellos de los hombres que no ejercen la violencia y se sienten atacados, un tema incómodo. Lo único que faltaba era agregar otro tabú. Deberíamos hablar de eso mucho más.

En Italia se publican regularmente las estadísticas –una de las pocas consecuencias de la Convención de Estambul–: a menudo se indica sobre los femicidios cuántos se han producido hasta determinado momento del año. En 2020 hubo en Italia 115 femicidios. En Alemania no se publica esa estadística, pero eso no quiere decir que las cosas estén mejor: hace poco salió el libro Alle drei Tage (Cada tres días) de Laura Backes y Margherita Bettoni. Se llama así porque cada tres días en Alemania un hombre mata a su pareja o a su expareja. Y todos los días uno lo intenta. Backes y Bettoni interpretan el concepto de femicidio igual que los italianos: como última consecuencia de la violencia doméstica o, según dicen en un pasaje del libro, como ejercicio de un “poder máximo”.

remedio: una imagen de géneros igualitaria

Alle drei Tage es un ensayo de explicación, la pregunta sobre el porqué. Las autoras hablaron con varias mujeres que habían sobrevivido a intentos de asesinato, e hicieron que les contaran cómo eran las cosas antes. La mayoría de las veces había una lucha por el poder: las mujeres querían escapar del control que ejercía su pareja. Según las autoras, en el caso de mujeres que matan a varones se trata justamente de lo contrario. Cuando matan –algo que es mucho menos frecuente–, por lo general lo hacen para que no las dominen más. Una de las mujeres con las que conversaron las autoras es la psicóloga Anja Steingen, que trabaja con hombres que fueron violentos. Steingen está bastante convencida de que el mejor remedio es una imagen de géneros igualitaria.

En otras palabras: quien desde un comienzo reconoce a las mujeres una vida autodeterminada no suele tender a la violencia doméstica. Esto encaja perfectamente con la salida de Erdoğan de la Convención de Estambul, pues eso es justo lo que él no quiere. Erdoğan no ha dicho nada sobre la salida, pero le gusta explayarse en favor de una imagen tradicional de los roles, según la cual la principal actividad de las mujeres es ocuparse de la familia.

Tal vez el consenso social de cómo tienen que ser las mujeres sea más progresista en Alemania. De todos modos, la jurisprudencia se ha quedado retrasada. Backes y Bettoni cuentan que muchas veces las condenas son por homicidio involuntario y no por homicidio doloso. Una decisión del Tribunal Federal de Justicia de Alemania (BGH) respecto a un femicidio dice que no existían agravantes ya que era la víctima la que se había separado. Esto se asemeja de modo estremecedor a los argumentos de los partidarios de Erdoğan, que dicen que un proceso contra la violencia doméstica fomenta el divorcio.

“Es decir”, escriben Backes y Bettoni, “si alguien mata a su ex pareja por rabia, desesperación, miedo de no ver más a sus hijos, entendemos sus sentimientos y así resulta que en algunos casos no se encuentran agravantes”. Los tribunales a menudo tienen en cuenta quién inició la separación. Nada de esto suena a un reconocimiento del derecho de autodeterminación de la propia vida.

Explicaciones, pero no disculpas

Sobre el final del año pasado apareció otro libro que trata de la violencia contra las mujeres: Politische Männlichkeit: Wie Incels, Fundamentalisten und Autoritäre für das Patriarchat mobilmachen (Virilidad política: cómo los incels, fundamentalistas y autoritarios se movilizan a favor del patriarcado) de Susanne Kaiser. Esta autora tiene en lo fundamental una mirada más amplia: describe a los incels, los rabiosos varones blancos estadounidenses, y la violencia doméstica y encuentra el denominador común en la pretensión patológica de posesión pero, a diferencia de Backes y Bettoni, que abordan el plano personal, Kaiser considera el asunto un fenómeno social. En los ataques a mujeres Kaiser ve actos de violencia política. Los llamados incels, abreviación en inglés de involuntary celibates constituyen un grupo no organizado de varones heterosexuales que se reúnen en Internet. Según la televisión canadiense, en sus tres foros más importantes participan alrededor de 60000 hombres. Entre los incels, los límites con el extremismo de derecha son fluctuantes, la cuestión principal es, como sea, que consideran que la sociedad los priva de mujeres sobre las que ellos tienen derecho. Lo mismo que pensaban las parejas de las supervivientes en Alle drei Tage.

Tal vez Susanna Kaiser tiene razón cuando entiende la misoginia en los círculos de derecha como una consecuencia de un capitalismo desenfrenado que afecta más duramente a los varones, porque fueron educados para verse como sostén económico. Las mujeres, por el contrario, son veteranas de la precariedad. Y, por supuesto, la representación del “feminismo como juego de suma cero en el que los hombres pierden cuando ganan las mujeres” –según escribió Kaiser– circula por muchos de esos grupos de derecha. Resulta lógico: una ideología que sueña con la superioridad primero tiene que identificar a los inferiores, y con la misoginia ya se ha despachado a la mitad de la humanidad. Ahora bien, todo esto puede ser un modo de entender el fenómeno, pero no es una disculpa.

Este texto apareció originalmente en el diario Süddeutsche Zeitung del 26 de marzo de 2021.

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