Marx presente Aproximaciones de nuestro tiempo

 Marx presente Aproximaciones de nuestro tiempo
Marx presente Aproximaciones de nuestro tiempo | Foto: © Goethe-Institut

La muerte de una persona hace que todo lo concerniente a ella adquiera un carácter de certeza. Habrá secretos que mueran con ella, claro está. Y puede que cien años después, al examinar unos documentos, alguien descubra un hecho que ignoraban todos los que asistieron a su funeral y que viene a proyectar una luz distinta sobre su vida. La muerte cambia los hechos cualitativamente, pero no cuantitativamente. Uno no conoce más hechos porque la persona haya muerto. Pero lo que sabe se fija y se hace definitivo. No podemos esperar que se aclaren las ambigüedades, no podemos esperar cambios, no podemos esperar más. Ahora somos nosotros los protagonistas y tenemos que decidirnos.

John Berger

De Oscar Vega Camacho

Estas palabras de John Berger son de un pequeño libro memorable que trata sobre la vida de un médico rural inglés, en un momento de su narración reflexiona acerca de las diferencias en las aproximaciones al contar la historia de una persona que está con vida y de una que ha muerto. En esa diferencia establece un cambio radical acerca del protagonismo en la historia que se está narrando porque de una persona con vida aún podemos esperar novedades, sorpresas y secretos, como si fuera un libro abierto y todavía con las páginas en blanco. O, podríamos estar aguardando un próximo libro de noticias y aventuras. En cambio, en la historia de una persona muerta, ante la certeza de su situación solamente nos queda rememorar y reconstruir lo que se sabe. Una vida que llega a su final, de alguna manera, encierra una historia de vida; quizás, no sea propiamente una vida acabada o concluida, como un libro cerrado, pero llega a su fin, removiendo y despertando el sentido de un final. Por ello, el protagonismo es de los que están con vida: el que recuerda, el que escribe, el que lee, en este caso. Generalizando, se puede afirmar, que será la responsabilidad de la memoria de los están con vida y tendrán que decidir, perpetuamente, qué recuerdos, situaciones, palabras, personas pueden ser memorables, que pueden dar sentido a su vida.

1.He titulado: Marx presente, pensando justamente en cómo al cumplirse el bicentenario de su nacimiento y los 135 años de su muerte, es una vida que aún vibra, que se hace vibrante cuando se lo nombra, ya sea, de modo polémico, de autoridad, de desafío o condena. Por ello, también se lo utiliza como un adjetivo, con lo que se puede calificar de modos muy distintos y contradictorios lo que hace a algo o alguien un marxista. Efectivamente, es un nombre propio que persiste alterando los modos de pensar, aquellos marcos cognitivos y determinado uso de vocabularios que pueden afectar y cambiar los comportamientos y acciones en la vida social y en sus prácticas cotidianas.

Junto al nombre de Marx está siempre presente la iconografía tan difundida de un hombre serio de mirada fija, con cejas rectas y de amplia frente, de pelo y barba larga canosa. Una figura de saber y autoridad, como aquellas imágenes de los grandes patriarcas y profetas, por ejemplo, Moisés o Aristóteles. Lo cual, nos puede intimidar o también seducir por su poder y grandiosidad. La mayoría son daguerrotipos tomados en el estudio de un fotógrafo profesional, para lo cual, se requería vestir un traje especialmente para la ocasión y construir una coreografía de la pose y el gesto del retratado. Por ello, son retratos para constatar una imagen personificada de autoridad, estatus y carácter personal.

En algunas imágenes posará junto a sus hijas: Jenny, Laura y Eleanor, su esposa Jenny von Westphalen, su amigo y camarada Frederich Engels, y, en algunas, la fiel Helena que dedicó toda su vida a realizar el trabajo doméstico de esta familia. Este era el retrato íntimo familiar de los Marx, sobre todo a partir de su largo exilio en Londres en 1849, donde tendrán continuamente que acomodar mudanzas según los cambios repentinos en el presupuesto familiar. Marx nunca tuvo un trabajo fijo y estable, sus pocas opciones fueron trabajos de editor y encargo de artículos y ensayos para publicaciones periodísticas, o alguna enciclopedia, y en la espera que sus libros tuvieran alguna acogida significativa en las ventas y que nunca pudo tener en vida. En su juventud, una primera oferta académica universitaria se desvaneció prontamente por sus posiciones teóricas, círculos activistas y bohemia política en Bonn y Berlín. Lo que posteriormente se conocerá como la radicalización de los años salvajes de los jóvenes hegelianos, de ese tiempo queda la impresión de Edgar Bauer:


¿Quién va detrás, con ímpetu salvaje?

Un sujeto negro de Tréveris, un monstruo robusto

Camina brincando, salta sobre sus pies,

corre enfurecido, y después, como para agarrar

el ancho cielo, y arrastrarlo al suelo, alza con ímpetu sus brazos a los aires,

cerrado el puño furioso, alborota sin cesar,

como si a diez mil demonios llevase en el cuerpo.


Fue en 1844, donde conversarán e iniciarán una intima y profunda amistad con Frederich Engels, en el Café de la Regencia de la ciudad de Paris, un local tradicional de juegos de ajedrez y que fue muy frecuentado por Voltaire, Rousseau y también descrito por Diderot en su novela: El sobrino de Rameau. El era apenas unos años más joven y provenía de una acomodada familia prusiana que le estaba reservando que pudiera continuar con las iniciativas empresariales textiles, aunque sus convicciones vitales siempre giraron en torno al socialismo y la revolución social. Pronto comenzaron conjuntamente a intercambiar y colaborar con diversos escritos, y posteriormente a firmar los libros como co-autores, haciendo, hasta ahora, muy complejo discernir qué corresponde a cada quien o queriendo convertir a uno de ellos en el posible responsable del legado, no solamente escrito, sino de su posterior vulgarización y dogmatismo. Un rasgo decisivo en esta íntima amistad y complicidad será que durante toda la incierta vida económica de la familia Marx, esta siempre estaría socorrida y beneficiada por el apoyo incondicional de Engels. El reciente libro de Tristam Hunt, El gentleman comunista, publicado en 2009, de manera documentada y amena nos narra la apasionante, conflictiva y ambigua vida del amigo y camarada de Marx.

Karl Marx, era también conocido con el apodo, que le pusieron en su época de estudiante: El Moro, dicen que debido al color oscuro de su piel y pelo. Este apodo le sobrevivirá toda su vida, lo utilizarán sus amistades más íntimas y, sobretodo, porque era el modo de dirigirse hacia él de sus hijas. Lo cual ya nos dice algo de la especial atmósfera familiar en que se desenvuelven sus afectos, complicidades y penurias. En la biografía de Eleanor Marx escrita por Raquel Holmes, publicada en 2014, se realza la historia de la hija menor de Marx que desde muy joven lo acompañó cercanamente, transcribiendo, ordenando y difundiendo la obra de su padre, y que también tendrá un protagonismo central en los movimientos y organizaciones de los derechos de las mujeres. Y que para poder ganarse su sustento tradujo la novela Madame Bovary de Flaubert y participó de las distintas iniciativas teatrales, en especial de Ibsen. Los primeros capítulos de la biografía de Raquel Holmes serán un intento de bosquejar la peculiar y excéntrica vida familiar de los Marx, por los roles y afanes domésticos, los traslados de domicilio y las muertes prematuras de sus otros y otras hermanas, las lecturas tempranas de las niñas y el concentrado apoyo de toda la familia en las tareas de investigación y redacción de escritos de su padre. No es el cuadro familiar, típico ni acostumbrado de la era inglesa victoriana, ni de los exiliados alemanes en Londres, y mucho menos del mundo trabajador industrial suburbano. Pero algo nos indica de los inmensos cambios culturales que se están atravesando a finales de este siglo en distintas esferas de la vida social con respecto al orden de las instituciones, autoridades y valores existentes.
 2.Entre los documentos acerca de la vida de Marx, hay un curioso informe de un espía prusiano que se hizo pasar por un perseguido militante político en Londres, por lo cual, pudo frecuentar a la casa de la familia Marx, y así pudo realizar un minucioso reportaje a sus superiores:

Marx es de talla media, tiene treinta y cuatro años, pero ya peina canas, y su complexión recia y los rasgos faciales evocan los de Sgemere, el revolucionario húngaro, aunque de tez más oscura y cabellos más negros, tiene una luenga barba y los grandes ojos, brillantes y perspicaces, tienen algo de demoniaco, siniestro. Toda su figura transmite la impresión de un hombre dotado de genio y potencia y su superioridad intelectual ejerce un poder irresistible en quienes le rodean.

En su vida privada es una persona cínica y extremadamente desorganizada, mal anfitrión y empedernido bohemio, su limpieza, peinado y muda de ropa son acontecimientos excepcionales. Como esposo y padre de familia parece ser afable y tierno, no obstante su carácter de un natural irritable y salvaje. Vive en uno de los barrios más pobres y económicos de Londres. Su domicilio se compone de dos piezas, una, el salón que da a la calle, y otra, detrás, que sirve de dormitorio. En esta vivienda, no se encuentra un solo mueble limpio y en buen estado, todo está en jirones, roto y dislocado, una espesa capa de polvo cubre cosas y objetos y el conjunto se halla patas arriba. En medio del salón hay una gran mesa de apariencia antigua cubierta con un mantel de hule y casi oculta bajo una montaña de manuscritos, diarios, libros, juguetes de los niños, trapos y labores de costura de la señora Marx.

Al entrar en la casa, la visita se enfrenta a tal nube de carbón y tabaco que hay que caminar a tientas como en una caverna hasta que la mirada se habitúe y permita vislumbrar algunos chismes como a través de la niebla. La suciedad y descuido reinantes, convierten al mero hecho de sentarse en un ejercicio lleno de peligro. Una silla tiene solamente tres patas y los niños juegan a hacer la cocina sobre otra que por puro azar se conserva entera. Y será precisamente ésta la que brindará al visitante sin limpiarla de los guisos de los críos y, como te sientes en ella, adiós pantalón. Pero nada de eso perturba en absoluto a Marx ni a su esposa. Nos reciben cortésmente y traen con amabilidad una pipa, tabaco y el primer refrigerio que hallan a mano! Una conversación inteligente y amena acaba por contrapesar los defectos domésticos y hacer soportable la falta de comodidad. A la postre uno se habitúa a su compañía y halla curioso y original. Tal es el retrato fiel de la vida domestica del jefe comunista Karl Marx.

Este reporte policial es una de las descripciones más detalladas de la vida doméstica de los Marx en Londres, que ciertamente nos evoca al mundo novelesco de Charles Dickens y a los dificultosos tiempos de los inicios del salvaje despegue industrial del capitalismo en el dominante imperio ingles.

Uno de los mayores secretos de esta vida familiar, que muy significativamente durante décadas se resguardó, y que termina evidenciando el moralismo de sus distintos custodios, es el hijo que Marx tuvo ilegítimamente y que nunca llevó su apellido, ni participó de la vida familiar, fue el secreto de la familia y, posteriormente, del padre del partido comunista. Hay distintas versiones del cómo se encaró el embarazo de la fiel Helena, la empleada doméstica de la casa, entre ellas que finalmente el propio Engels es el que se responsabilizó, y al nacer fue dado en adopción. Por supuesto, que al conocerse las cartas de Marx y Engels que daban a entender esta situación, que estaban confiscadas en los archivos de Marx en la Unión Soviética hasta mediados del siglo XX, despertaron lecturas despiadadas e intencionadas sobre la vida de Marx y su familia.

Pero también será el núcleo narrativo de una de las divagaciones literarias más audaces en forma de novela: La saga de los Marx de Juan Goytisolo, que publicó en 1993 a contracorriente de las tendencias políticas en ese momento con respecto a la figura de Marx y el comunismo. Comenzará su novela con un Marx ante la llegada de los refugiados albaneses a las costas europeas y terminará con un retrato homenaje a Helena por su silencioso compromiso y dedicación cotidiana, aquellos no reconocidos trabajos que posibilitan la reproducción en todas las esferas de la vida.

¿Cómo escribir sobre Marx, por más que sea una breve introducción a su vida y obra? Porque si algo ha cambiado este transcurso de tiempo son las nociones de vida y de obra. Es decir, durante el siglo XX asistimos a enormes transformaciones culturales que hacen que los modos para tratar una historia de vida tengan muy distintas aristas, ya sea, históricas, sociológicas, psicológicas, psicoanalíticas. Pero, ante todo, la idea de que habría una historia y una vida para contar, pueden ser múltiples episodios y variaciones o distintas perspectivas de una persona o una situación, desde ese punto de vista la novela y el cine continuamente ensayan y experimentan como laboratorios narrativos de sentido acerca de las formas de vida y los modos de narrar.

En ese sentido, Marx puede ser ejemplar, porque desde muy temprano, y aún en vida, se escribieron semblanzas biográficas, Engels en 1877 para un almanaque, y a los pocos años de su muerte se publicaron sus primeras biografías, su hija Eleanor en 1883, Liebknecht en 1896, Mehring en 1918, y Lenin en 1915. Y entre las más difundidas en distintas lenguas: Korsch en 1938, Rubel en 1957, Berlin en 1959, Blumenberg en 1962. Las recientes biografías, más voluminosas y menos hagiográficas, por ejemplo, con la reconstrucción meticulosa y cuidadosa desde la historia de las ideas de Rolf Hosfeld del 2009, desde el recorrido de la militancia política y narrado con la ironía inglesa de Francis Wheen, del 2012; o desde la perspectiva del historiador europeo del siglo XIX de Jonathan Sperber, del 2013 que brinda sugerentes lecturas acerca de la situación de los judíos asimilados, de los conflictos nacionales en torno a los regímenes monárquicos e imperios existentes y al uso de los recientemente abiertos archivos de correspondencia de Marx y Engels.

Por otra parte, como decía, lo que denominamos como la obra de Marx y Engels, aquellos difundidos volúmenes publicados son apenas una parte de los legados escritos que dejó, el proyecto de edición en alemán de la obra completa prevé que serán 130 volúmenes, de los cuales apenas se han publicado 50. La propia dificultad de delimitar lo que corresponde como „obra“, porque, por supuesto, no todo el material son propiamente libros, artículos, ensayos y correspondencia, muchísimas son las notas de lectura y comentarios, bocetos y anotaciones. Eran tiempos en que para investigar, documentar, transmitir y contactar solamente tenían el soporte del papel y la escritura a mano, la introducción de la máquina de escribir es recién de alrededor de 1870, y será la hija de Marx, Eleanor, quien la utilizará. Es decir, aquellos papeles y escritos que podrían tener alguna función para algún determinado trabajo y momento de redacción, y quizás con el tiempo se van traspapelando y acumulando, como aquellos cajones que por distintas razones no desechamos y posponemos continuamente su sobrevivencia olvidada. Está minuciosidad de documentar los materiales de un autor o un artista pueden ser fascinantes por su marcada obsesión pero también, de algún modo, pueden bordear la ingenuidad y la gratuidad.

Para aquellos deseos de zambullirse en la búsqueda documental en nuestro mundo digital global, desde hace varios años opera en la web un archivo Marx Engels https://www.marxists.org/archive/marx que se construye con los aportes de muy distintas procedencias, lenguas y materiales en torno al marxismo, hay todo tipo de documentos, ediciones y traducciones, imágenes, fotografías y enlaces. Es un recorrido de aventura por el laberinto marxista, como una asombrosa biblioteca de Babel o un sueño borgeano.
 3.En una reciente participación sobre los 150 años de la publicación de El Capital, el argentino Horacio Tarcus, comenzaba su intervención con la anécdota relatada en una biografía sobre Marx, de que pocos días antes de enviar a la imprenta la versión final de su manuscrito le pidió a Engels que le lea La obra maestra desconocida de Balzac, donde se relata la historia de un gran pintor que dedicará mucho años a realizar la obra pictórica que revolucionará el arte, finalmente después de diez años desiste destruyendo la obra y termina suicidándose. Parodiando esta curiosa petición literaria de Marx, apunta Tarcus:

Según el testimonio de su yerno Paul Lafargue, «nunca estaba Marx contento de lo que hacía». Y el testimonio de Lafargue reviste especial interés para nosotros porque nos muestra dos caras opuestas de El capital: por una parte, es la obra que consagra mundialmente a Marx, que conoce reediciones y traducciones ya en vida de su autor. Pero la consagración de Marx y la temprana sacralización de El capital contrastan con la otra imagen que nos ofrece Lafargue y que refrenda su correspondencia: la de un autor artesano, siempre inconforme con los resultados de más de dos décadas de labor, que hace y rehace sucesivos borradores que luego desecha para volver a comenzar una nueva redacción, que pospone una y otra vez la entrega de los originales prometidos a sus editores. No obstante este sentimiento, afortunadamente Marx no los quemó, y luego de diversas vicisitudes, sus manuscritos pasaron al Partido Socialdemócrata Alemán y, finalmente, con el advenimiento del nazismo, fueron albergados en el Instituto de Historia Social de Ámsterdam.

Y continuará señalando:

Nuestra comprensión de la obra cumbre de Marx está mediada por la sucesiva publicación de varios manuscritos: el tomo 2 de El capital fue publicado por Engels en 1885 y el 3, en 1894; Teorías de la plusvalía fue editado por Karl Kautsky entre 1905-1910; los Manuscritos de 1844 y La ideología alemana se dieron a conocer en 1932; el capítulo VI inédito de El capital, en 1933, y los llamados Grundrisse, entre 1939 y 1941. No cabe la menor duda de que sin la publicación póstuma de estos manuscritos, nuestro conocimiento de Marx sería pobre y parcial. Sin embargo, es necesario resaltar que el trabajo de sus editores –por calificadas que estuviesen figuras de la talla de Engels, Kautsky o David Riazánov– nunca se limitó a una cuestión de competencias técnicas o intelectuales, sino que respondió sobre todo a una cuestión de autoridad. A la hora de poner en circulación una nueva obra, la pregunta de fondo giraba en torno de qué persona (Engels, Kautsky, etc.) o qué institución (el SPD, el Instituto Marx-Engels-Lenin de Moscú, etc.) poseía la suficiente autoridad para dar a luz aquello que Marx tanto se resistió a mostrar, para hilvanar los fragmentos que el propio autor no había logrado integrar en un todo, para completar sus puntos suspensivos o sus frases inacabadas.

Estas son algunas de las dificultades acerca de la noción misma de la obra y las aventuras que recorren aún las ediciones de sus libros, pero también son toda una historia novelesca los vericuetos y las hazañas de sus traducciones. En el caso del castellano es „una saga transatlántica, atravesada por revoluciones, guerras, dictaduras y exilios“, como apunta nuevamente Tarcus:

Solo en el año 1887 apareció en lengua española una edición, aunque parcial, del primer tomo. Desde entonces y hasta el presente, registramos 12 traductores de El capital al castellano: seis españoles (Pablo Correa y Zafrilla, Juan Manuel Figueroa y colegas, Vicente Romano y Manuel Sacristán, más otros dos exiliados en México: Manuel Pedroso y Wenceslao Roces), cuatro argentinos (Juan B. Justo, Juan E. Hausner, Floreal Mazía y Raúl Sciarreta), un uruguayo (Pedro Scaron) y un chileno (Cristián Fazio). Es imposible separar la difusión española de la latinoamericana. La primera traducción directa del alemán del primer tomo de El capital fue realizada por un argentino (Justo), pero editada en Madrid por un socialista español (García Quejido). Las traducciones españolas de Manuel Pedroso y Wenceslao Roces solo alcanzaron difusión masiva en el mundo de habla hispana con el exilio de los republicanos en México. Y la traducción de Pedro Scaron comenzó a editarse en Buenos Aires en 1975, pero a causa del golpe militar de marzo de 1976 se terminó de publicar en Madrid. Como se podrá apreciar, antes que una historia española o latinoamericana, estamos ante un caso de historia transatlántica.
 4.Al querer retomar el hilo de Marx en el tiempo nos encontramos con un enorme laberinto poblado de historias de su vida, familia, allegados y enemigos; de libros, manuscritos y notas que disputan la traducción o el sentido de su obra; partidos, grupos y tendencias que asumen en su nombre la autoridad de su causa. Durante el siglo XX su nombre era un verdadero campo de batalla, con el derrumbe del socialismo existente y la finalización de la denominada guerra fría, parecía que finalmente se podía enterrar a Marx y toda su compañía.

Efectivamente, fue un tiempo que se discutía en torno a la crisis de la modernidad como cultura y política, del final de los grandes relatos en filosofía, política e historia que se centraban en la revolución, razón, libertad, como los principios universales del acontecer humano. Serán tiempos de la posmodernidad y del neoliberalismo, de las nuevas sociedades complejas en red, del éxodo masivo que conforman las inmensas metrópolis urbanas en el mundo, el surgimiento de los imperios de la telecomunicación y las empresas transnacionales, del poder de la economía financiera con sus cálculos tecnocráticos y las incertidumbres que genera socialmente. No es un paisaje del mundo de Marx o, al menos, parece completamente ajeno a las experiencias de su tiempo, pero hay como un regreso, casi una emergencia de leer, estudiar, conocer a Marx nuevamente. Quizás, es un reinventar o crear un Marx intempestivo para los tiempos que nos toca vivir.

Este tránsito a las distintas transformaciones que vivimos hace prácticamente irreconocible al siglo pasado y ni que decir del siglo anterior. De esta manera, tratar sobre el 1800 es como querer asomarse a la antigüedad de la modernidad, de la que sólo quedarían algunos vestigios, ruinas y fragmentos desolados. Y el 1900 es el tiempo que estamos persistentemente empeñados en querer olvidar, borrar, porque estaría marcado por las guerras, genocidios, desapariciones, migraciones masivas, el odio de las ideologías y el racismo.

Probablemente, es una sensación de no solamente distancia sino sobretodo de extrañeza, de „un algo“ que no encontramos, ni afinidades ni continuidades ni compatibilidades en el tiempo pasado, o queremos tan solo inmunizarnos de alguna manera de su memoria y los vestigios de su presencia. Aún pretendiendo saber que es un pasado reciente o, de alguna manera, es un pasado que ha forjado y ha hecho posible este tiempo que vivimos. Curiosamente, hemos iniciado el nuevo siglo queriendo apartar el siglo pasado, el siglo XX terminó en muchos aspectos antes de su fecha, quizás por ello algunos lo denominan „el corto siglo“, aunque para otros ha sido „el largo siglo XX“. Y en muchos sentidos fue durante este siglo que se pretendió acabar y superar todo el tiempo pasado, al decir de Marx en el Manifiesto Comunista:

„Todas las relaciones estancadas y enmohecidas, con su cortejo de creencias y de ideas veneradas durante siglos, quedan rotas; las nuevas se hacen añejas antes de llegar a osificarse. Todo lo estamental y estancado se esfuma; todo lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas.“

A esta fuerza e ímpetu se ha denominado modernidad: progreso, crecimiento, desarrollo. Que ha sido inscrito e interpretado con muy distintos signos ideológicos, como también se lo ha desplegado e implementado con muy diversos mecanismos, tecnologías y disciplinas. Hoy en día tenemos la sensación de su fin, se derrumbaron muros, se han desplazado las fronteras, se ha achicado el mundo, nos desplazamos aceleradamente y comunicamos instantáneamente. De alguna manera, estamos más allá de aquella modernidad, o quizás solamente suspendiendo la creencia de lo moderno y la modernidad, como „si nunca realmente hubiera sucedido como dice haber sido“, es decir, los sucesos no corresponden a aquella narrativa y estarían demandando otras narraciones, otras versiones, como escribe Bruno Latour. Entonces, estamos atravesados y suspendidos por la posmodernidad. Como se la quiera entender, no importa, porque la modernidad como certeza, creencia, idea o postulación no tiene lugar ni sentido. Es una brújula rota y un tiempo roto, „un tiempo fuera de quicio“, como exclama Hamlet.

Por ello, la mayor dificultad no es necesariamente el siglo XIX ni el siglo XX con Marx y sus derivaciones, sino nuestro tiempo actual, sobretodo la dificultad de poder pensar nuestro tiempo, de hacernos figuras del tiempo, de imaginar el tiempo, de crear un nuevo tiempo. No estoy seguro ni creo que Marx, o al leerlo nuevamente, pueda sacarnos de este turbulento y extraño tiempo que vivimos, pero sí podría afirmar que sin Marx y su lectura estaremos sin armas de la crítica para forjar las acciones y los sentidos necesarios para situar y enfrentar los desafíos actuales.

Como señala Sandro Mezzadra en su libro La cocina de Marx: „Decía Sartre a fines de los años cincuenta del siglo pasado que el marxismo era ‘el horizonte insuperable de nuestro tiempo’. Pero ya no es así. Ahora es necesario releer a Marx por fuera del marxismo, sumergirlo en la materialidad de una historia que fue más allá de este último, hacerlo dialogar con desarrollos teóricos que el marxismo no pudo, literalmente, ‘contener’ en su interior, interrogar sus textos a través de las problemáticas y de las luchas contemporáneas.“

Y también escribe Isabella Stengers en una reflexión en torno a los movimientos sociales: „Estamos dirigiéndonos a nosotros mismos como herederos de Marx. Y lo estamos haciendo no solamente ‘entre nosotros’ sino en la presencia de aquellos con quienes es ahora una cuestión de coexistencia: aquellos grupos en lucha quienes, como las feministas, que rehúsan el orden de las prioridades propuesto en nombre de las luchas de clases; como los ecologistas radicales que deben luchar contra la asimilación de la naturaleza como un conjunto de recursos que son valorizados; como los campesinos que han tenido suficiente del sabor del productivismo; como los pueblos indigenas que deben tratar con el juicio unánime que identifica sus prácticas con la simple superstición, etcétera.“

Hay un retorno a Marx, pero es un retorno que funciona como contra-memoria, a contra pelo, como Walter Benjamin sugería para activar las perspectivas de los oprimidos, desplazados y olvidados. Si se puede hablar de un retorno a Marx, es indudablemente un retorno como invención, creación y potencia. En el sentido mismo de la política como proceso y actos colectivos que se renuevan, disputan y negocian para constantemente actualizar el sentido de la igualdad y la justicia. Un Marx político, que buscaba pensar políticamente, más que aquella autoridad, ya sea, del filósofo o el científico del materialismo dialéctico que tanto dogmatizaron y predicaron que, al final, solo lograron la desertificación del campo político y cultural de los movimientos sociales.

Es un Marx que piensa con paradojas y escribe con ironía, por ejemplo, en El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte:

„La revolución del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir. No puede comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa del pasado. Las anteriores revoluciones necesitaban remontarse a los recuerdos de la historia universal para aturdirse acerca de su propio contenido. La revolución del siglo XIX debe dejar que los muertos entierren a sus muertos, para cobrar conciencia de su propio contenido. Allí, la frase desbordada el contenido; aquí, el contenido desborda la frase.“

Aquel Marx político, aquel “autor artesano, siempre inconforme con los resultados de su labor, que hace y rehace sucesivos borradores que luego desecha para volver a comenzar una nueva redacción”. Es el retorno de un Marx presente.