Memoria y teatro político Saber decir, poder decir

24 de junio 2017: Muestra Final en el Cine Olaya
© Goethe-Institut Perú / Claudia Córdova

El 24 de junio del 2017 los participantes del Curso de Especialización en Dramaturgia y Teatro Político presentaron, a modo de cierre, avances, escenas y mesas de trabajo de las obras de teatro que han venido escribiendo. ¿Por qué estas historias tendrían que interesarnos? La periodista peruana Jacqueline Fowks reflexiona, a partir de sus impresiones que le dejó la muestra final, acerca de nuestras aproximaciones a la memoria reciente, a la violencia, la discriminación y las tensiones sociales en una sociedad que sigue viviendo en una etapa de posconflicto.

Vivimos un tiempo en el que las palabras simplemente pronunciadas desatan agresión y ponen a las personas a la defensiva. Con el lenguaje también vienen las versiones aceptables, para cada quien, de la memoria de lo ocurrido y lo vivido. Una parte del Perú se indigna cuando la otra dice que en el país hubo una guerra o un conflicto armado interno: para ellos solo hubo terrorismo a manos de los grupos terroristas. Unos ciudadanos refieren que son víctimas de la violencia política, pero ese término rechina en el resto. Las palabras son marcas divisorias, cicatrices -como muchas otras- de una sociedad de posguerra. La frase ‘la época de la violencia’ suele ser aceptable sin tensiones por cualquiera de las partes, pero como ésta no hay muchas otras que generen consenso o comodidad para todos. Las artes, a veces, consiguen zafarse de esa malla constrictora, y esa es la razón de ser del proyecto El futuro de la memoria, que desarrolla el Instituto Goethe en el Perú, y en otros cinco países latinoamericanos.

En Lima, la iniciativa desarrollada con el Centro Cultural de la Universidad del Pacífico se expresó en un curso de especialización en dramaturgia y teatro político, en el que participaron 22 personas. Los nueve meses de formación terminaron en junio con una muestra de trabajos en el Cine Olaya, una construcción antigua y sin butacas en el sur de Lima Metropolitana.

El conjunto demostró que muchas historias importantes recién surgen y que para sus protagonistas y creadores es vital contarlas. Para la sociedad debería ser igual de prioritario acogerlas.

Sobre los 20 años de violencia en el Perú, han destacado numerosas creaciones teatrales: Contraelviento (1989), Adiós Ayacucho (1990), Antígona (2000), Rosa Cuchillo (2002) –entre otras del Grupo Yuyachkani–; Proyecto 1980/2000. El tiempo que heredé –de Sebastián Rubio y Claudia Tangoa, presentada desde 2012–; y La Cautiva –de Luis Alberto León, estrenada en 2014–.  El curso de teatro y memoria, un laboratorio de producción con la asistencia de 24 profesores y expositores, ha especializado a los creadores en un período corto: la mayoría tiene formación previa en teatro, audiovisuales o literatura, y ahora cuentan con una nueva pieza de artes escénicas terminada o en elaboración.

En contraste con las generaciones mayores -Yuyachkani ha cumplido 50 años de aniversario y el dramaturgo León se formó en artes plásticas en los años 90- casi la mitad de quienes participaron en el curso han nacido en la década de los 80, es decir, tienen recuerdos de infancia del período más violento en el Perú del siglo XX y  son los últimos jóvenes con recuerdo de ese tiempo, porque más de la mitad de la población del Perú es menor de 25 años y no vivió lo que nosotros.

La muestra
Los trabajos presentados pueden agruparse en dos: los anclados en el período de la violencia de Sendero Luminoso, el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), las fuerzas del orden y los comités de autodefensa; y los de las memorias ligadas a otras violencias sociales o de esferas privadas, como las esterilizaciones forzadas, la violencia sexual en los hogares, las luchas por el derecho a la tierra, y la impunidad ante la corrupción.

En el primer grupo, incluso, es posible hacer una subdivisión para agrupar cuatro historias desde un lugar de enunciación complicado: un hijo de un senderista que dejó la agrupación, una familia donde el padre fue miembro de un grupo subversivo y sale de la cárcel, la hija de un militar que descubre tardíamente que su padre no fue un héroe sino un asesino de campesinos en la masacre de Cayara (1988), y una joven que hurga en el pasado y pone una al lado de otra las fotografías de los presidentes electos en democracia, junto con las de los líderes- fundadores del PCP-SL y del MRTA. ¿Por qué son relatos complicados? Porque para la mayor parte de la sociedad peruana, los senderistas y sus familiares no deben tener derecho a la visibilidad y a la voz pública, porque en el ámbito militar el secreto es parte de la cultura institucional, y porque colocar a los mandatarios que llegaron al poder por las urnas, al mismo nivel que los cabecillas terroristas, es una fuerte provocación al sentido común predominante, incluso algunos lo podrían percibir como una ofensa.

Estos relatos y testimonios desde un lugar no convencional y cuestionador de lo comúnmente aceptado, se inscriben en la línea de los trabajos del historiador José Carlos Agüero, y del antropólogo Lurgio Gávilán. El primero ha escrito ensayos, poesía y cuento desde la perspectiva de los vencidos en los años de la violencia, los senderistas y los familiares de aquéllos. Gavilán ha hecho públicos recientemente tres nuevas historias, dos de niños soldados que entraron –como él– al Ejército luego de ser detenidos en combate porque eran parte de Sendero Luminoso, y otra de una mujer que perteneció a la masa del grupo terrorista, es decir, en el lugar más bajo de la jerarquía de esa organización, y que actualmente sigue en la misma pobreza que tenía antes del tiempo de la violencia.
 
El horno de Maquiavelo
De entre todos los trabajos, sobresalen ‘Re/Construyendo a Maquiavelo’, una creación e interpretación de la arquitecta y actriz ayacuchana Sara Paredes; ‘La hija de Marcial’, del cineasta Héctor Gálvez; ‘Carguyoc’ de la directora teatral Lucero Medina Hú; y ‘Este cuento no ha terminado’ del artista Pepe Santana. El personaje central del relato de Paredes es su padre, un arquitecto piurano que en los peores años del conflicto en Huamanga, era amigo de los militares del Cuartel del Ejército Los Cabitos -el principal centro de tortura y desaparición de civiles- pero también amigo de dirigentes gremiales, de curas, y de personas de a pie.

Maquiavelo, con tal de trabajar y, también, de ayudar a quienes se lo pedían, usaba su buena relación con la jerarquía militar.  Wilfredo Mori le encargó construir un horno para fabricar ladrillos en una explanada ubicada al lado del cuartel. Mori es el mismo hombre que en 2016 fue condenado a 25 años de cárcel por la matanza de Accomarca cometida en 1985, y que sigue prófugo. Maquiavelo entregó la obra, pero no le pagaron por el servicio. Y el horno tampoco era para ladrillos, sino para incinerar los cuerpos de las personas detenidas extrajudicialmente y torturadas. Las fuerzas del orden quemaban los cuerpos a tal temperatura que a la gran mayoría de los restos exhumados en la quebrada La Hoyada, adonde los tiraban, no se les puede extraer una muestra de ADN para su identificación, anota Paredes. “Esta es la memoria de Maquiavelo, yo a mi vez la transmito a ustedes”, comenta la actriz al final del unipersonal, y pide que La Hoyada se convierta en un santuario, para quienes no tienen dónde dejar, en el día de muertos, las tanta-guaguas (pan tradicional) a su familiar, así como lo hacen otros deudos en los cementerios.
Paredes trabajó como arquitecta en el diseño del Museo de la Asociación Nacional de Familiares de Secuestrados, Desaparecidos y Detenidos del Perú (Anfasep), la primera organización que defendió los derechos de las víctimas de la violencia en Ayacucho, fundada en 1983.

El fotógrafo argentino Rodrigo Abd, premio Pulitzer por su cobertura de Siria en el año 2013, ha fotografiado La Hoyada y numerosas entregas de restos exhumados de fosas en Huamanga y en comunidades de Ayacucho. Sobre el lugar donde el Ejército instaló el horno y tiró restos humanos, señala que “se siente la energía de un sitio que ha sido un lugar de exterminio, y donde uno puede ver que la gente convive: hay un barrio al lado”.  Abd se refiere a los asentamientos humanos que empezaron como invasiones de terrenos en la zona, al parecer, alentadas por militares en retiro.

Sobre la muestra de teatro, el fotoperiodista comentó que “es importante ver las historias de la gente que convivió con aquello, tanto del arquitecto como la gente que lo ha vivido en carne propia. Debe haber un montón de otras historias de gente que no sabemos, o de la realidad de un cuartel en una época convulsionada. Todas ellas le agregan datos a una historia muy poco contada, porque si bien hemos visto trabajos fotográficos y películas sobre el tema, por todo lo que pasó, todavía esta muy mal documentado. Trabajos como estos ayudan a una reconstrucción de una historia muy oscura, y de miedo”.

Lo convencional y el humor
‘La hija de Marcial’, del director del filme NN, será el primer estreno producto del curso, y cuenta la historia de Juana quien va todas las noches al patio de un colegio en Cruzpata, donde han encontrado los huesos de su padre desaparecido 21 años atrás. Allí espera a los representantes del Ministerio Público para que haga la exhumación.

Luego de escuchar la lectura de un fragmento de esa pieza, el dramaturgo chileno Mauricio Barría, dijo que “es una obra muy convencional y un ejercicio dramatúrgico sumamente clásico que funciona perfecto”. Barría, investigador teatral y docente en la Universidad de Chile es parte del proyecto El futuro de la Memoria en Santiago, y trabajó junto con Rimini Protokoll, un colectivo teatral y multimedia alemán, en el aplicativo llamado AppRecuerdos, sobre la memoria de los años de la dictadura en el centro de la capital chilena.

En ‘Carguyoc’ hay un doble motor de la historia: una dramaturga intenta terminar el texto de una obra y la actriz entra en disputa con ella sobre su papel. El relato es sobre el mayordomo de una fiesta patronal, una persona ausente pero que hace falta para que lleve la banda en la celebración. “Me gustaron algunas resoluciones escénicas de los ejercicios, como aquel momento interesante de la autora que no sabía qué escribir, o cuando se respondían mirando para el lado contrario”, añade el académico, sobre el trabajo de Medina Hú.

‘Este cuento no ha terminado’ tiene un componente poco utilizado en el conjunto de trabajos sobre los 20 años de violencia: humor. Un par de jóvenes sentados en una sala frente al televisor miran comerciales de las décadas de los 80 y 90 intercalados con las noticias de ese tiempo. Con el relato hablado y audiovisual, el espectador asiste a un país atravesado por un discurso de lo normal y de lo brutal a la vez.

En los spots publicitarios los adolescentes de Lima disfrutaban la playa y los helados y, los jóvenes, la cerveza. El detergente seguía dejando muy suave la ropa sin dañar las manos, mientras que en las noticias las personas desaparecían o eran asesinadas. Y los protagonistas, además, conversan de sus anécdotas y su familia. El cierre incluye una selección de frases y términos clave en los años de la guerra y crisis económica, que los actores cantan como si fueran los números de un bingo.
Para Barría, “ese fue un trabajo muy teatral, menos performativo, y generaba un cuestionamiento muy interesante mezclando elementos de documento”. Así como éste, valoró las piezas en las que el actor o dramaturgo logró desarrollar un poco de distancia de la historia abordada.
 
Otras violencias
Del segundo grupo de piezas de la muestra fueron en especial interesantes ‘Elidia’ de Claudia Tangoa,‘Hombres escalera’ de Maricarmen Gutiérrez, y ‘La jaula se abre’ de Renzo García Chiok.

‘Elidia’ presenta el sufrimiento de una menor de edad violada sexualmente en la selva y que crece en un ambiente de pobreza, discriminación y con dificultad para lograr justicia.

En ‘Hombres escalera’, Gutiérrez, nacida en Quillabamba, se vale de las fotos y documentos que hereda de una de sus abuelas para reconstruir su historia familiar, las diferencias sociales y la historia regional de enfrentamientos entre hacendados y campesinos desde 1963 en La Convención, Cusco. La actriz y asistente de dirección elaboró una línea de tiempo que permite entender la importancia de los movimientos sociales en Cusco que buscaban recuperar la tierra en un período de graves injusticias contra los trabajadores del sistema de las haciendas.

‘La jaula se abre’ parodia a un expresidente preso y sus dos hijos, líderes políticos que disputan el poder y el favor del padre. Luego del anuncio de su indulto, el político concede una entrevista a una periodista sesgada a su favor. El enfermero, un subordinado del político, tiene una voz crítica aunque intenta pasar desapercibido.

Contra el desgaste
De los seis países donde se realiza el proyecto ‘El futuro de la memoria’, algunos tienen informes de comisiones de la verdad, sentencias, documentales, y documentos académicos sobre justicia transicional, e investigaciones. Los tres entrevistados para esta crónica coinciden en señalar que el arte permite entrar desde otro lugar a estos asuntos.

La coordinadora de ‘El futuro de la memoria’, la peruano-colombiana Úrsula Mendoza indica que “el arte tiene un rol importante no para hacer la ‘fiesta de la paz’, sino para ponernos, críticamente y con crudeza, de frente a lo que sucedió”. Según Abd, “toda expresión artística concientiza para buscar el camino de justicia que nunca termina de llegar a Latinoamérica”, añadió.

En tanto que Barría valora la experimentación artística lograda.  “El intento de pensar la memoria es una urgencia, y en este sentido el arte se tensiona también, porque se convierte en una acción urgente. A veces prefiero menor pulcritud artística, bajo el costo de que (la obra) no va a viajar a los festivales europeos, pero está hablando. Hay que entender que algunas formas del arte cuando quieren establecer una vinculación muy directa con la realidad, tienen que tensionar, transar, traicionar. En ese sentido valoro que hubo una experimentación y una urgencia, el curso funcionó porque gatilló esas urgencias de diferentes maneras”, agregó.

¿Por qué estas historias tendrían que interesarnos? Porque somos una sociedad posconflicto, porque muchos peruanos han sido afectados durante los años de la violencia, y sus descendientes y la sociedad aún sufrimos las consecuencias.
 
Los 20 años
Re/Construyendo a Maquiavelo (Sara Paredes)
Carguyoc (Lucero Medina Hú)
La terapeuta (Gaby Yepes)
La hija de Marcial (Héctor Gálvez)
Carnaval (Miguel Ángel Vallejo)
Despertares (Janet Gutarra)
Memorias de un martillo (Kevin Rodriguez Sánchez)
Tullullantapas Tariruyman [Ojalá pudiéramos encontrar sus huesitos] (Paola Vílchez
Los ríos ocultos (Mavi Vásquez)
Paraíso (Mirella Quispe)
El lonche (Rosela Millones)
Cayar o los silencios (Liliana Albornoz)
Este cuento no ha terminado (Pepe Santana)
 
Otras violencias
1997-Festival de ligaduras (Fernando Verano)
Ciclo impar (Erick Weis)
La raza (Abril Cárdenas Vela)
Momentáneamente perpetua (Eka Horna)
Elidia (Claudia Tangoa)
La jaula se abre (Renzo García)
Hombres escalera (Maricarmen Gutiérrez)