Artículo Relatoría del laboratorio Mnemofilia y Lotofagia

Luego de escuchar el testimonio de una mujer víctima del conflicto armado en Colombia, el abogado Alejandro Valencia Villa recogió las principales ideas expuestas por los expertos y el público asistentes. Aunque quiso ser fiel a las impresiones de cada participante y respetó la cronología de las intervenciones, esta es una interpretación de la experiencia.

Invitados Foto: © Santiago Sepúlveda
Racionalizar esta experiencia después de escuchar este testimonio es una manera de sobrevivir. En él se niega la humanidad y la condición de la mujer. Es un silenciamiento múltiple que permite sentir las diferentes capas impuestas por el victimario. Es la aniquilación de un ser por la palabra. Se niega la humanidad de esta mujer hasta con las diferentes advertencias de silenciamiento: “El rey aquí soy yo”, “Al que le van a creer es a mí”. Todos somos eco de la víctima. El testimonio es grabado y no presencial, lo que demuestra una vez más el silenciamiento. La recuperación de la palabra de la víctima es por el llanto y no por el relato. Su rabia, demostrada con la muerte a palos del victimario, es un acto de retribución rabiosa. Al echarle tierra a la boca del cadáver del victimario, le niega la experiencia.
 
Siempre he creído que soy sordo y que tengo mucho ruido interior. No me gusta sacralizar el testimonio de la víctima y de ahí que relativice el testimonio de la memoria. Es tan brutal y doloroso el testimonio, por su narrativa, sus llantos, sus imprecaciones, que destapa los oídos sordos. Agradezco mi papel de testigo involuntario que escucho aunque no quiero escuchar. Me devuelve a la inmediatez de la vida. Rescata el enorme valor de la escucha de los testimonios de las víctimas. Le da sentido al trabajo de mi propia vida.
 
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Es un testimonio que no tiene nombre ni rostro. Quisiera que estuviera aquí para pedirle perdón. Un testimonio nos puede ayudar a transmitir otras experiencias. Necesito ponerle nombre a la mujer del testimonio; la voy a llamar “María”. Cuando los cuerpos son profanados se abre una posibilidad de que sean escuchados. Es la humanización y la animalización de los otros. Me inquieta el anonimato del testimonio, ya que el anonimato es paternalismo y no sé cómo enfrentarlo. Se debe sostener la necesidad de testimoniar, sin vergüenzas y sin miedo. La re victimización es un círculo vicioso y debemos preguntarnos qué lugar ocupamos en él. Apelo a que los testimonios tengan nombre y rostro.
 
Hubo un momento en que no quería escuchar más este testimonio. Demuestra la imposibilidad de que las personas tengan un derecho mínimo. Permite comprender con palabras simples lo que es el extremo. Me pregunto cómo estas mujeres pueden volver a ser madres o a sonreír. Volvería al principio del testimonio, que es algo lindo, que hace referencia a las redes de solidaridad. El afecto sin duda alguna es la gran fuerza política. Cómo esos cuerpos profanados se convierten en un reservorio, en una vasija, que pueden romper el silencio, como lo hacen también las mujeres en Argentina. Una cosa me preocupa: no tomar este testimonio como lo observo, no hacer de esto un experimento. El testimonio nos devuelve toda una humanidad. No podemos dejar el testimonio en la intemperie.
 
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Al escuchar este testimonio se me corta el aliento y me pone triste que sea una mujer, igual que yo porque me cuestiona mi valentía. Ella lucha por sus hijos y el sometimiento a su marido la conduce a otro hueco todavía más profundo. Esta mujer tiene el valor de decirle groserías al victimario, de coger ese palo y matarlo, enterrarlo y tomar a sus hijos y huir. El caso me da valor. Me siento sin brazos, sin ninguna herramienta para encontrar una solución al horror. He sentido un fresco, un alivio, cuando “María” se defiende. No puedo decir nada más. Solo siento impotencia. Repetir que la verdad de los penalistas no sirve para nada.
 
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“Lo que hago es echar camino
Quién sabe si un mal trae más males
El abandono trae fatalidad
Y un abandono así: dice él que quería otra experiencia:
¿Y yo, qué?
El galán del monte y yo y tres más, ¿qué?
Echar camino es lo que hago.
Debo estar llegando al bordecito del mundo, al precipicio de las tinieblas
Usted cree: yo no tengo más. Todo lo que soy es lo que cuento. El resto se borró – no hay resto
Y echo camino para contar.
En las plazas, en los atrios, La Loca Dolores me dirán. Pero cuento y no importa si me creen porque ya sé que un día nos ocurrirá a todos.
No soy sabia pero a veces presiento y echo camino.
Solo hay dolor y no se va
También sé que a ese hijodeputa no lo oirá nadie
Por eso le llené de piedra la boca”.
 
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Me fue difícil seguir el audio. Me dejé llevar por el afecto de ese llanto, de ese timbre de voz, un timbre de una experiencia de violencia, una violencia machista y una violencia política inseparables. Me imaginé escenas de violencia, una tras de otra, sin ninguna escapatoria. Como esa mujer cae en ese historia, escapa una vez pero cae otra vez.
 
Me impacta el trauma de clase y de raza. Es el peor trauma. Es el más presente en América Latina. Está desde el primer minuto que se nace hasta que se muere. Hay muchos traumas políticos pero el llanto es un trauma de raza. No es fácil elaborar donde los traumas de desespero son los más difíciles. No hay un segundo donde tú sientas el destino. Lo más presente es esa violencia silenciosa. Es un horror. Es una voz de un desespero absoluto y permanente. No hay mucho que decir. Esa violencia de clase y raza es un horror. Cada uno de nosotros que sale de la condición de zombie, produce contaminación a su alrededor, proliferación, con una idea de evolución distinta al paraíso, que poco a poco construyen un campo de fuerzas, de resistencias, que tienen poder. La mierda absoluta que estamos viviendo en el planeta, los desplazamientos de nuestras izquierdas, nos demuestran que es una lucha que no tiene fin, que es permanente, de cuidado y amor por la vida. Hay momentos que estas fuerzas están por arriba y otras veces por abajo. Debemos sumar el mar de fuerzas activas para que tenga más poder que las fuerzas reactivas.
 
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Lo que escuchamos aquí fue una voz anónima no una presencia viva. Los límites que le impone el derecho a la vida. Si el relato que escuchamos solo hablase de una violación, estaríamos ante una víctima inocente y tal vez por eso no está aquí, por la vergüenza, por la intimidad violada. El deseo de no aparecer impúdica aunque suene como una observación obscena. Pero como mató al victimario, estamos ante una víctima encadenada al rol del victimario. Estamos ante una mujer víctima/autora de un homicidio. Este ofrece dificultades al derecho, ya que hay un riesgo, que no vea la causal de justificación por la que actuó la mujer. Hay un riesgo de que ella aparezca y tal vez por eso no le conocemos el rostro.
 
Hay que cuidarse de la justicia que siempre está a la caza. El derecho tiene limitaciones, puesto que maneja categorías binarias como la de víctima y victimario. No tiene espacios para otros colapsos de la vida. Hay que recurrir a otras disciplinas que crean otros espacios. Las figuras de zona gris demuestran la realidad del conflicto armado colombiano. Se deben crear esos escenarios como lo hará por ejemplo la futura comisión de verdad. Es central en un conflicto armado ese espacio para que las víctimas inocentes y los victimarios se congreguen, para que así aparezcan los de la zona gris que son los verdaderos portadores de humanidad.
 
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El arte trata más de lo abominable porque es muy difícil escribir sobre la realidad. García Márquez, refiriéndose a la literatura colombiana de los cincuenta, señalaba que reproducía el horror de la realidad y se preguntaba dónde estaban los vivos en esa literatura. No se puede escuchar un testimonio sin mediación. El arte le reconoce a un interlocutor un sentido de igualdad, lo que no se logra en un juzgado.
 
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El arte es una invención, una política de producción de pensamiento. Nosotros estamos reducidos a un modo de percepción de formas de representación ya señaladas. El arte nos permite hablar entre nosotros y muestra de otro modo los efectos de las fuerzas que nos atraviesan. Escuché el testimonio desde el afecto.
 
Tenemos que aprender desde lo socio cultural. Estamos lanzados en una desestabilización donde lo que convoca es el deseo. Las políticas de subjetivización reducen al sujeto y están disociados de nuestra condición, estamos segregados de uno mismo. El deseo produce un equilibro de statu quo, es un proceso de creación, de producción de pensamiento, de estabilidad donde eliminamos lo abominable y lo malo.
 
El arte es la única actividad humana para pensar desde los afectos. El pensamiento es un proceso de creación pero también es un proceso de contaminación. El portador de lo abominable lo desplaza y por ende debe existir un desplazamiento hacia esa zona gris.
 
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Hay una incapacidad del derecho con las zonas grises. El victimario como héroe está proscrito y las víctimas tienen que ser pura sangre, puesto que si se ensucian, se exponen a una judicialización. El derecho busca una narrativa muy simple: un victimario exclusivamente es un victimario y una víctima es exclusivamente una víctima. Las zonas grises son fundamentales para una sociedad más compleja donde pululan esos escenarios.
 
El derecho tiene límites que tienen que ser complementados con otras narrativas. Quiero partir de Adorno quien dijo que es imposible hacer poesía después de Auschwitz. Reconozco que el arte produce placer estético, ese puede ser un sentido posible del arte. Además como canon de tratamiento del horror se encuentra la figura del testigo. La única manera legítima de tratarlo es mediante el testimonio. La víctima es el canon del horror. Sin embargo, sacralizar la víctima puede ser pavoroso para el arte. Sin embargo, lo estético no tiene que ver con el placer. El arte es activación. El arte ha sido fetiche por la misma monumentalización de la memoria. Bretón ha desarrollado la idea de que la belleza es compulsiva.
 
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¿Se puede utilizar la palabra “procedimiento” para la memoria? ¿Cómo representar el horror? Debo reconocer que hay acciones artísticas muy poderosas.
 
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La cita de Adorno es falsa. Él hacía referencia era a la imposibilidad de hacer poesía de la misma manera que antes. Es un eslogan para descalificar a los poetas. El arte pareciera ser paños de agua tibia ante realidades donde danzan los buitres. Es peligroso que el arte caiga en una simple pornografía del amarillismo. Yo soy un agente contra el olvido. Según la emoción, unas cosas cambian y otras no cambian, y mi memoria controla mi emoción. Para mí ha sido importante entender desde el arte qué herramienta usa la justicia para preguntarme cuál es mi herramienta. El arte es una reacción poética del horror. Este ejercicio es la sensatez en la búsqueda de la tecné. No soy capaz de lidiar con ese testimonio. Me conmovió en la vulnerabilidad. Es un regalo para esas zonas extrañas que tenemos todos. Me nace la urgencia de poner el cuerpo.
 
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La verdad no es hegemónica y tiene muchos prismas. Hay que reconstruir ese tejido que nos dañó la guerra. Las mujeres somos marginales, con cuerpos violables, incluso en la violencia cotidiana. El testimonio escuchado es una narrativa, manifiesta un dolor que no está sanado. Muestra como las mujeres somos verracas y sobrevivientes. La victimización se vuelve una ganancia secundaria.
 
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El testimonio evidencia la vulnerabilidad y complejidad de las diferentes direcciones del relato. Es problemático. ¿Qué hacemos los artistas con todo esto? Lo que hacemos no deja de ser un juego, una máxima de libertad. La escucha es difícil, exige apertura y disponibilidad, despierta memorias y olvidos. Los artistas somos sujetos de responsabilidad. Los ejercicios de traducción son un juego.