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Comunidades indígenas
“La violencia nunca formó parte de nuestra cultura”

Comunidades indígenas
Foto: Claudia Casarino

Líderes indígenas consideran que el empoderamiento de las mujeres potencia la lucha de sus pueblos y es inherente a ese proceso. Además, el protagonismo femenino es fundamental en el combate del machismo dentro y fuera de sus comunidades.

De Tânia Caliari

Yolanda Mamani, Ângela Kaxuyana, Hamangaí Hau-Hãe y Linda Terena son representantes de la inmensa diversidad de pueblos originarios de América Latina y militan, cada una a su modo, en el proceso de emancipación y empoderamiento que ha llevado a las indígenas a la línea de batalla en las negociaciones institucionales, en la política, en el mundo académico y en los medios.

“Históricamente, las mujeres siempre tuvieron un papel fundamental en las aldeas, inclusive en la toma de decisiones. En los sembradíos, las que deciden qué se va a plantar son las mujeres y las que deciden si se va a dividir la caza son las mujeres”, dice Ângela Kaxuyana, tesorera de la Coordinadora de las Organizaciones Indígenas de la Amazonia Brasilera (Coiab). Afirma que el protagonismo que asumió el varón indígena en la representación externa de sus comunidades fue establecido a lo largo de los siglos por los colonizadores europeos. “Eso está cambiando. Las mujeres están afirmando su posición: así como yo decido en la aldea, también quiero decidir sobre la salud, la educación, quiero aprender a hablar portugués, quiero participar”, observa.

Sin embargo, el camino que debió recorrer Ângela Kaxuyana hasta ocupar un cargo en la Coiab no fue sencillo. “La elección de mujeres es más que un avance, es un hito histórico. Porque siempre estuvimos en el segundo escalón, como apoyo, como secretarias, y nosotras cambiamos ese escenario a partir de nuestra propia movilización de mujeres. Las mujeres siempre tuvieron capacidad de convocar y ahora están consiguiendo avanzar en términos de articulación. Y esto hace una gran diferencia para el movimiento indígena”, comenta la activista.

Influencia occidental en el pasado

Según la historiadora Linda Terena, el protagonismo femenino se reforzó gracias a la educación en las aldeas, al crecimiento del movimiento indígena en los años noventa y a los procesos de “retoma”, acción de reocupar los territorios ocupados por los hacendados. “Las mujeres de la tribu terena fueron las que rompieron las cadenas de los portones que separaban a nuestro pueblo de su territorio, y siguen actuando como parte de la resistencia”, dice.

Pero a pesar del empoderamiento en el espacio público, Terena señala que las mujeres indígenas todavía sufren el machismo dentro y fuera de sus comunidades, y concuerda con que las relaciones de género entre los indígenas sufrieron grandes alteraciones con la influencia de los puxârara –hombres blancos, en lengua terena–. “Hay estudios antropológicos que confirman la existencia anterior de una sociedad más igualitaria, en la que la mujer tenía un espacio significativo, más simétrico. El modo de representar a la mujer indígena se reconfigura a medida que la mirada occidental entra en nuestra cultura y modifica y pone en riesgo el valor, la importancia de la sabiduría femenina”, dice.

Machismo dentro y fuera de las aldeas

La estudiante y activista Hamangaí Hau-Hãe también cuenta cómo se ve forzada a lidiar con estructuras de poder inequitativas y con el machismo de su aldea. Por ejemplo, cuando los hombres cuestionan la capacidad de las mujeres, sobre todo de las más jóvenes, para participar en actividades política. Esto también ocurre en el ámbito estudiantil. “En la universidad, cuando estamos en un espacio de articulación y las chicas tomamos posición, siempre vemos que un chico habla después como si tuviese la misión de tener la última palabra. Dice lo que ya dijimos, como si pudiese legitimar lo que se dijo”, relata.
  • Ângela Kaxuyana Foto: Eric Terena, MidiaIndia
    Ângela Kaxuyana, 37 años, es del pueblo kahyana, que vive en la Terra Indígena Kaxuyana Tunaiana, en el municipio de Oriximiná, en Pará, norte de Brasil. Comenzó su militancia a los 16 años, cuando salió de su pueblo para estudiar. En 2003 asumió la tarea de intentar el proceso de homologación de su territorio.
  • Yolanda Mamani, canal YouTube Foto: Archivo personal
    Yolanda Mamani, 33 años, del pueblo aymará de la provincia Omasuyos, Bolivia, migró de su pequeña comunidad donde sus padres plantan papas y trigo, para ser empleada doméstica en La Paz. Tras experimentar las restricciones impuestas por su trabajo y el racismo de la ciudad, se asoció a otras mujeres en una radio feminista. Tiene una página militante en Facebook y se convirtió en youtuber. Para mantenerse creó la cooperativa, donde ella misma trabaja, “Sin patrón y sin patrona””, que hace limpieza de casas y oficinas.
  • Hamangaí Hau-Hãe en la cumbre de jóvenes activistas, sede de la ONU en Ginebra, 2019. Foto: Archivo personal
    Hamangaí Hau-Hãe, 22 años, es Pataxó Hã Ha Hãe de la aldea Caramuru Catarina Paraguaçu, en el sur de Bahía. Estudia veterinaria en la Universidad Federal del Recôncavo Baiano, donde organiza a los estudiantes indígenas en un colectivo que los ayuda a vivir la experiencia universitaria. Su militancia comenzó en la ONG Engajamundo, en la cual tuvo recientemente la iniciativa de elaborar una cartilla sobre el cáncer de mama orientada las mujeres indígenas.
  • Linda Terena Foto: Archivo personal
    Linda Terena, 46 años, es del Território Taunay/Ipegue, municipio de Aquidauana, en el Mato Grosso do Sul. Historiadora, pedagoga, y profesora de educación indígena, hizo su maestría y su doctorado en Antropología, sobre la evolución del papel social de la mujer terena, que hoy va más allá del espacio doméstico y también es considerado político entre los indígenas.
A pesar de las resistencias, Hamangaí Hau-Hãe dice que, en su aldea, desde muy temprano las chicas quieren estar en los espacios de discusión. “Aquí en Bahía está el proyecto Meninas en colaboración con el fondo Malala, que tuvo gran efecto entre las mujeres jóvenes. El proyecto facilitó un ómnibus para llevar a chicas de quince, catorce años a la primera Marcha de Mujeres Indígenas, que tuvo lugar en 2019 en Brasilia. Fue muy lindo e importar trabajar eso desde las bases”, dice.

Violencia doméstica

La militancia y el protagonismo de la mujer también han sido fundamentales en el abordaje de la violencia doméstica en las aldeas, tema tabú en las sociedades indígenas y no indígenas de todo el mundo. Ângela Kaxuyana dice que, como institución, la Coiab apoyó ese debate, pero que el asunto exige mucho cuidado y respeto por cada pueblo.

“Muchas veces es preciso hacer que las mujeres comprendan que determinada actitud es violencia y que eso no es cultural. Porque todo el mundo dice que es cultural para justificar la impunidad. Entonces decimos: la violencia nunca fue parte de nuestra cultura”. Otro desafío es involucrar a los hombres de modo efectivo en la discusión. “Ya llegamos a una situación en la que no es posible hablar sólo entre mujeres”, añade Hamangaí Hau-Hãe.

Invisibilidad social

Otra forma de violencia común contras las indígenas es la invisibilidad social. En Bolivia, señala la activista Yolanda Mamani, a pesar de estar cada vez más presentes en las manifestaciones políticas, artísticas y sociales, las cholas (término que significa “muchacha” en idioma aymará y se refiere a las indígenas andinas de Bolivia) figuran como adornos y siguen silenciadas. “Con la presencia de las cholas en los actos, y el uso de las vestimentas cholas por parte de los blancos, estamos maquillando todo ese racismo que existe contra nosotras. Sí, resulta exótico, queda bien usar un aguayo (tejido que usan las cholas como vestimenta o manta o también para cargar a sus bebes o las mercaderías atados al cuerpo), pero no nos quieren cerca como somos: boconas, con rasgos diferentes de los de ellos. Y no nos quieren parlantes ni pensantes, sólo quieren nuestra apariencia”, explica Yolanda Mamani. “Las injusticias sociales son el motor que me hace seguir pensando y estar activa en la lucha”, completa.

Mamani tiene un canal de Youtube, Chola Bocona, donde se dedica a la lucha contra el racismo y la explotación laboral y contra el machismo. “Hoy mi liderazgo es más del tipo globalizado, en el mundo virtual. Yo quiero despertar a otras mujeres para que ocupen los espacios mediáticos, para que denuncien y hagan conocer su pensamiento”, observa. En Bolivia, así como en Brasil, las mujeres continúan teniendo un papel subalterno en las estructuras políticas. “Casi siempre que una mujer habla en una asamblea comunitaria, los hombres comienzan a silbar, a hacer bromas para poner nerviosa a la compañera. Ese machismo me gustaría cambiar”, concluye.

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