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Educar a distancia
Ser profesor durante la pandemia

Foto: Nestor Barbitta

Para muchos profesores en Latinoamérica, educar a jóvenes era ya antes del coronavirus un reto. Pero el distanciamiento social provocado por la pandemia hizo las cosas más difíciles. Un profesor de un colegio público en Bogotá, Colombia, nos cuenta sus experiencias.

De Andrés Alfredo Rojas

El viernes 13 de marzo fue el ultimo día que estuve junto a mis estudiantes de séptimo grado. Tengo 45 años y trabajo en un colegio público en Bogotá, Colombia, como docente de Ciencias Sociales en la localidad de Ciudad Bolivar. Este colegio es el punto de encuentro de más de 150 docentes y cerca de 4500 estudiantes, muchos de los cuales provienen de familias que han sido desplazadas –por violencia, pobreza o falta de perspectivas– de otras zonas de Colombia. Se trata de un colegio con un arraigo territorial importante en la zona: por sus aulas, como cumpliendo un ciclo natural, suelen pasar varias generaciones de una misma familia. La mayoría de ellas viven en contextos de rupturas, maltrato y violencia intrafamiliar.

Por ello, mi propósito como profesor siempre ha estado dirigido a educar sobre el modo en que nos comportamos socialmente, particularmente educar hacia el respeto por la diferencia en la formas de actuar y pensar. Pienso que el diálogo es la mejor herramienta que tengo a mi disposición para educar en convivencia y reducir las actitudes agresivas y violentas. Este objetivo, central en la relación cercana que intento mantener con mis estudiantes desde hace diez años, sufrió un distanciamiento desde aquel último día que estuvimos en el colegio.

Una nueva y desconocida distancia

Bogotá es una ciudad enorme; 33 kilómetros separan mi casa del colegio donde trabajo. Esta distancia solía recorrerla todos los días, ida y vuelta. Sin embargo, una distancia aún mayor, y ante todo completamente desconocida, se anunció de repente cuando el gobierno colombiano, como muchos otros, anunció, al inicio de la pandemia del Covid-19, la orden de permanecer en casa y guardar cuarentena general para evitar contagiarnos. La cercanía física en la interacción diaria con los estudiantes, con el bullicio, la risa, los correteos en los pasillos y el juego, había desaparecido repentinamente.

De esta forma se inició la gran misión de “conectarnos” con los estudiantes, buscar acercarnos de nuevo mediante Internet, y continuar así las clases, ahora de manera virtual. Mi primer paso fue crear un grupo de WhatsApp. A través de él logré acercarme a casi 15 estudiantes y sus familias, eso de un total de 36 jóvenes entre 11 y 14 años que tengo a cargo como director de grupo. Pronto advertí que la distancia no disminuía a través de Internet. La interacción no fluía solo a través de mensajes escritos o de voz por WhatsApp. Activé mi perfil como profesor en Facebook, pero de inmediato me asaltaron las advertencias sobre delitos informáticos dirigidos a menores de edad. Y aún más: desde el primer día, hasta hoy, nos afecta la escasa posibilidad de conectividad a Internet que muchas familias tienen, tanto por la falta de recursos económicos como por negligencia y pasividad frente al cambio.

Y vinieron otros retos. Paradójicamente, a pesar de la gran oferta de recursos y plataformas virtuales para continuar con el proceso escolar con algún tipo de cercanía, el colegio mismo nos pidió a los docentes que solo diseñáramos guías con los contenidos de las clases para que los estudiantes las desarrollaran en sus cuadernos, les tomaran fotos y nos las enviaran por correo o por la plataforma Google Classroom para ser evaluadas.

Retos cotidianos de la enseñanza virtual

Se hizo evidente otra forma de distancia especial: la que se generó con la gran mayoría de estudiantes, a quienes les cuesta mucho leer y comprender lo que queríamos desarrollar en las guías. Además, pudimos comprobar que la comunicación por redes aún está cubierta por un manto de burla, memes, cadenas falsas, mensajes grotescos. Y por desgracia, este tipo de comunicación es muy atractiva para muchos de los estudiantes.

Un día, por ejemplo, intenté realizar una clase online por Zoom, iniciar así una nueva posibilidad de cercanía, para conocer las inquietudes de los estudiantes sobre el tema que estábamos trabajando: la Edad Media. Para aquella cita, solo nueve estudiantes respondieron al llamado. Al final sólo se conectaron dos. Y durante el encuentro virtual, una estudiante estaba acompañada de otros dos muchachos que yo no conocía, quienes comenzaron a decir burlas y frases de mal gusto, bloqueando la comunicación e implantando aún más distancia entre nosotros.

La distancia generacional se hizo también evidente, así como la distancia en la comunicación entre los mensajes escritos y la cercanía del mensaje hablado, que se construye todos los días a partir de corporeidad, lenguaje gestual y la mirada fija a los ojos.

Recibir correos con respuestas a veces indescifrables por la calidad de la letra escrita a mano se volvió algo cotidiano. La abundancia de opciones de interacción virtual que tengo a mi disposición contrasta con la dificultad para comunicarse con los estudiantes para provocarlos a crear e imaginar el video o podcast como formatos posibles y prácticos. Y aquí la distancia se evidencia de nuevo por cuenta de la desigualdad social y la privatización de Internet. La falta de conectividad sigue siendo una distancia infranqueable a la hora de intercambiar mensajes e ideas entre estudiantes y profesores.

Así, una y otra vez apareció el reto que ya conocemos bien todos los docentes: nuestros estudiantes han sido catalogados como “nativos digitales”, pero no todos tienen acceso a un celular o computador que les permita explotar todas las posibilidades tecnológicas. Y quienes sí tienen acceso a estos dispositivos, los ven a menudo como un lujo o una entretención efímera. A ellos aún debemos convencerlos de que hay otras posibilidades de acercamiento virtual más allá de las redes sociales.

Más allá de la transmisión de contenidos

¿Qué claridades tengo tras las experiencias de los últimos meses? Una es que la educación ha comenzado una revolución en sus metodologías y en sus estructuras más tradicionales, como el salón de clases. Pero tuvimos que empezar a buscar la cercanía virtual entre estudiantes y profesores casi de un día a otro, y en el transcurso de los meses de encierro y cuarentena, hasta hoy, solo unos pocos han desarrollado habilidades y conocimientos para una comunicación virtual sostenible.

La actual pandemia nos ha permitido observar que el distanciamiento físico no debería convertirse en distanciamiento social. Todo lo contrario: tenemos que seguir construyendo juntos la cercanía que nos permiten los medios virtuales. Pero la responsabilidad primaria la tiene el Estado, y en el caso de Colombia éste aún está en deuda de proveer un acceso seguro y gratuito a Internet en los sectores de menores ingresos económicos.

Finalmente, he ratificado algo que ya venía practicando años atrás: que mi labor como docente no consiste en la simple transmisión de contenidos. ¡Todos ellos están en la web! Mi labor ahora se centra, más que nunca, en enseñar a leer, a comprender lo que se lee y a comportarse con respeto frente a las otras personas. He comprendido que mi actuar desde la distancia puede –sin duda aún con bastante esfuerzo– aumentar la cercanía y la solidaridad necesita un país como Colombia.

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