El charango Un viaje al alma de la música boliviana

Es el instrumento más representativo de la música de los Andes sudamericanos: el charango. Una visita al origen de ese importante legado cultural de Bolivia.

En las empinadas calles del centro de La Paz se consigue de todo. La capital boliviana está a más de tres mil metros de altura. Su aeropuerto, en la vecina ciudad de El Alto, es uno de los más altos del mundo. Los Andes dan su impronta no sólo al clima de La Paz sino también a su cultura. Los puestos de las esquina ofrecen platería de Potosí, hojas de coca en bolsas enormes, pies de llama disecados para usos rituales y también preciosos instrumentos musicales.

Aquí me entrego a la búsqueda de un fabricante de charangos. Ese instrumento es el más representativo de la música andina y en 2006 fue declarado herencia cultural de Bolivia. Su sonido caracteriza a la música folclórica de la región  y le da voz al orgullo y los anhelos de los bolivianos. Pregunto aquí y allá, un hombre me lleva a un edificio cerca del Mercado de Brujas, donde está la tienda de Juan Achà Campos. “Este es el lugar que buscas” dice el hombre y se va. Trabajando a mano y usando la madera más noble, desde 1967 Juan fabrica charangos que se venden en todo el mundo. Quedamos para la mañana siguiente: Juan me introducirá en la historia del charango y me mostrará su taller en la parte alta de la ciudad.

A las nueve de la mañana estoy en su tienda. Comienza la lección de música. Juan toca para mí diferentes instrumentos, me cuenta cómo inició su carrera: “Mi primer charango lo empecé a construir por curiosidad, a los diecinueve años. En esa época estudiaba economía pero mi verdadera pasión ya era la música. Pronto, tratando de encontrar el mejor sonido, comencé a experimentar con diferentes materiales. El charango es también expresión de mi origen. Nací en el pequeño pueblo de Tomoya, que está a algunas horas de la ciudad minera de Potosí. Al charango me llevó la cultura de los aymaras, a la que pertenece mi familia.”

La cultura de los pueblos indígenas vive en el instrumento

Mientras narra, Juan va tocando y poniendo sobre la mesa instrumentos musicales. Son bellísimos. Se los talla a partir de una única pieza de madera, y una vez terminados aún se pueden ver en ellos las líneas de vida de los árboles. Los mangos están adornados con ébano de África, palo santo de bosques brasileño, incrustaciones de nácar y dibujos tradicionales. Así se honra y se celebra la cultura de los pueblos indígenas de los Andes. Originalmente los charangos se fabricaban con el caparazón de los armadillos; Juan posee un modelo de este tipo de charango. Dice que tiene más de ciento cuarenta años de antigüedad y que se lo compró a un músico callejero de Sucre. Juan está orgulloso de sus instrumentos y también de su éxito: hasta Carlos Santana envió a una persona para comprarle un charango. En los últimos cuarenta años ha recibido premios sin cesar y ha recorrido el mundo. De Europa, de los Estados Unidos y de toda Sudamérica le llegan invitaciones para exhibir sus instrumentos y explicar su arte. Siempre que puede, lleva consigo a su familia. “Quiero que vean cómo son las otras regiones del mundo, me gusta compartir esta felicidad con ellos. No todos tienen la posibilidad de ver tantas cosas. ¡Hasta estuvimos en Disneyland de París!”, dice y se ríe.

Vamos a su taller, donde los instrumentos surgen bajo una espectacular vista de la ciudad de La Paz. Aquí también trabajan sus dos hijos, Fernando y Miguel. Los dos cursaron carreras universitarias primero y después entraron en el taller. “Es importante tener algo además de la música”, dice Juan. Los charangos se fabrican a mano, sólo se usa una sierra circular para cortar los maderos. El resto del proceso, el tallado, el ahuecado, el ensamblado y el pulido, todo se hace a mano. Por lo general, para que Juan la considere apta, la madera a utilizar debe tener un estacionamiento de años o incluso décadas. En un depósito se apilan hasta el techo los pesados troncos. Huele a polvo y madera vieja, con fibra está rotulado el año de compra. Algunos maderos están allí desde hace quince años… Juan golpetea diferentes piezas y entonces yo entiendo la diferencia. “La madera debe madurar, tiene que desarrollar su sonido”, explica. “Al principio todavía es sorda, porque tiene mucha humedad. Pero si se seca despacio, después suena estupendamente. Eso sí, no debe hacerse  rápido. Por eso mi taller está aquí en las montañas, aquí la temperatura es constante”.

A pesar de sus cuarenta años de experiencia, Juan es un alumno esforzado que aún sigue aprendiendo. “Los estudios me han servido, me permitieron familiarizarme con las matemáticas avanzadas. Me dediqué bastante a la acústica y a la estática, pues un cuerpo sonoro es cosa de la ciencia. Creo que este abordaje científico es otra de las cosas que  hacen que mis instrumentos suenen tan bien y sean tan apreciados. Yo sigo aprendiendo, es algo que no termina nunca.”

Después de la visita al taller y una conversación con su hijo Miguel, Juan me lleva a un lugar desde el cual se ve todo el valle de La Paz. El sol brilla con intensidad y Juan me habla del orgullo que siente al ver que sus hijos trabajan en el taller y continuarán la tradición familiar. En su carrera Juan ya ha construido miles de instrumentos que hoy son tocados y valorados en todo el mundo. Muchos músicos le agradecen y le envían grabaciones de las canciones en que utilizaron los charangos que él construye junto con sus hijos. Juan está seguro de que, cuando él ya no esté, el apellido Achà seguirá difundiendo la cultura y la música de los aymaras.

(La tienda de Juan Achà Campos está ubicada en la Calle Sagárnaga 189, Galería Dorian, La Paz)