Conferencia de la Dra. Ulrike Poppe

Diálogo y Transición: La Experiencia de Alemania
5 de mayo de 2017, 5.30 p. m., Centro Cultural Chacao, Caracas
 
- Ulrike Poppe -

Estoy por primera vez en Venezuela. Agradezco al instituto esta invitación.

Hoy en día, los medios alemanes están tratando el tema de las protestas en Venezuela, sobre todo las de Caracas. En las noticias se muestran imágenes de dramáticos enfrentamientos callejeros. Todo el mundo sabe que Venezuela está en crisis y que las manifestaciones ya cuentan con muchas víctimas. Sin duda, la situación no es comparable con aquellos acontecimientos revolucionarios en la Europa Central y Oriental de los años 1989 y 1990. Me complace la  invitación del Instituto Goethe porque podré contarles cómo nosotros logramos un cambio pacífico, sin violencia, en Alemania Oriental, en la República Democrática Alemana de entonces.

En ese momento yo pertenecía a aquellas fuerzas que querían eliminar las relaciones de poder de esa época para establecer un orden democrático y constitucional. Hoy, mi misión profesional es ayudar a esclarecer los aspectos históricos de la dictadura en Alemania Oriental; ayudar a las víctimas que padecieron tanto en lo moral como en lo físico, rehabilitarlas e indemnizarlas. Fui electa para esta tarea por el Parlamento del Estado Federal de Brandenburgo y dirijo una oficina que asesora a las víctimas de la dictadura y promueve la justicia transicional del pasado. A principios de la década de los 90, el Parlamento Federal Alemán promulgó leyes para restablecer los ámbitos penales, administrativos y profesionales con la finalidad de contribuir con los perseguidos políticos de la RDA y mitigar así las secuelas de la represión.

Ya son 27 años desde aquella transformación social, pero las consecuencias aún se sienten. Con relativa rapidez se eliminaron los daños materiales de décadas de dictadura bajo el Partido Socialista Unificado, el SED (por sus siglas en alemán). Dado que la caída de los antiguos gobernantes de la RDA despejó el camino para la reunificación, muy pronto fluyeron fondos a nuestras regiones pauperizadas desde la pudiente Alemania Occidental, gracias a lo cual la economía oriental pudo recuperarse. Las fábricas improductivas se modernizaron o se cerraron, se reconstruyeron las ciudades caídas a pedazos, se renovó la obsoleta infraestructura, se descontaminaron las aguas y los suelos. ¡Nada fue fácil! En un primer momento hubo más desempleo en la parte oriental y en la actualidad sigue habiendo desigualdad en los ingresos entre los estados federados occidentales y los orientales. Las marcas mentales que dejó la dictadura no terminan de erradicarse: En los estados federados orientales, se apoya menos la democracia, hay menos iniciativas de la sociedad civil, el racismo y la xenofobia son mayores, lo que particularmente se manifiesta ahora que debemos absorber a tantos refugiados.

La transformación del sistema, si bien no fue uniforme, ha dado lugar a la recuperación económica en todos los demás estados que pertenecieron hasta 1989 a la órbita soviética. Para la mayoría de estos países fue determinante que lograran liberarse del dominio de Moscú, porque gracias a ello recuperaron su soberanía nacional. Las revoluciones fueron en gran medida pacíficas. ¡Increíble! Todos los países comunistas estaban bien armados, además de sus ejércitos disponían de enormes contingentes policiales y, sobre todo, cada uno contaba con un poderoso aparato de seguridad estatal, que estaba acostumbrado a actuar de forma violenta contra los disidentes políticos. En los países de la Cortina de Hierro, no hubo ninguna oposición legalmente constituida. Los parlamentos estaban sincronizados y seguían los inquebrantables lineamientos de los respectivos partidos comunistas estatales. En Venezuela pareciera que fuera distinto. Sin embargo, en estados semidemocráticos, a la oposición legalmente constituida puede, en principio, despojársele de influencia y así silenciarla. Eso lo vemos, por ejemplo, ahora en Turquía. Pero también a la oposición en Polonia, Rusia y Hungría, les cuesta hacer valer sus derechos.

En todos los Estados del Bloque del Este las manifestaciones de protesta marcaron el inicio de la transición. En la RDA, la actitud de protesta creció debido a la situación de desabastecimiento, asimismo influyó descubrir el fraude electoral en la primavera de 1989. La desesperanza aumentó en la población porque no veía en las relaciones de poder existentes las reformas esperadas de modo que la ciudadanía buscó huir de la RDA,  presentó entonces solicitudes de emigración, se escapó a través de la frontera húngara-austriaca, ahora abierta, u ocupó las embajadas de la República Federal de Alemania en Praga y Varsovia. A finales del verano, se incrementó el número de manifestantes que se lanzaban a las calles y expresaban su descontento con el régimen. Nadie podía tener la certeza de que no se les dispararía.

En primer lugar desde que Gorbachov llegó al poder en Moscú, la autoridad de Estado de la RDA se había quedado aparentemente sin el respaldo de los militares soviéticos. En segundo lugar la base del sistema comunista se derrumbó en casi todos los Estados del Bloque del Este. En todas partes había surgido una fuerza opositora que amén de negarle abiertamente su fidelidad a los gobernantes, lograba un creciente apoyo popular. Y en tercer lugar, porque se descubrió que los comicios comunales se habían adulterado tras el recuento parcial de los resultados. A raíz de eso, surgió una oposición capaz de actuar, que se hizo visible y que contribuyó con alimentar la esperanza de un cambio radical.

La Iglesia Luterana jugó un papel preponderante en la RDA. Muchos grupos de la oposición se habían formado en la década de los años 80 bajo el cobijo de la iglesia. En verano y otoño de 1989, los servicios religiosos luteranos de las iglesias fueron a menudo el punto de partida para las manifestaciones. El mérito esencial de la Iglesia Luterana fue que, ya en los años antes de la revolución, llamara constantemente a sus fuerzas a la no violencia. Personas, como por ejemplo, Mahatma Gandhi y Martin Luther King fueron los modelos que alentaban a la resistencia no violenta. Los grupos opositores, los grupos pacifistas, los grupos de derechos humanos, de los ecologistas y de las mujeres estaban conscientes, desde el inicio de las manifestaciones, de que las acciones violentas por menos agresivas que fueran, servirían de pretexto para reprimir con la fuerza de las armas. En la tensa situación urgía anteponer la prudencia al uso de la violencia, pese a que la rabia de la población era inmensa. Con este proceder, los manifestantes cambiaron el estereotipo inculcado por la propaganda de cómo las fuerzas de seguridad estatales debían responder al enemigo. Los grupos opositores relativamente pequeños, estuvieron marcados por la convicción absoluta de que para llegar con éxito a un cambio de poder en democracia solo era viable un camino no violento. No obstante, de manera alguna, podían asegurar que todos los sublevados compartiesen esta convicción y estuviesen dispuestos a renunciar a la violencia. La no violencia permitió a los manifestantes salir a las calles con velas en sus manos y cuidar con celo que nadie lanzase piedras.

A nivel de ciudades, condados y distritos, se formaron las llamadas agrupaciones de seguridad. Estos eran grupos de consulta constituidos por responsables estatales o comunales y representantes de los movimientos opositores, que negociaban entre ellos condiciones con la finalidad de preservar el carácter pacífico de los enfrentamientos. Las primeras mesas redondas surgieron de muchas de estas agrupaciones y al respecto les informo a continuación.

En los tiempos hacia la transición 1989 / 1990 en seis Estados del Bloque del Este, a saber, Polonia, Hungría, la RDA, Checoslovaquia, Bulgaria, Rumania, e incluso en Mongolia se celebraron mesas redondas. Si bien en Rumania, a esta iniciativa no se le denominó mesa redonda, sino diálogo del Consejo del Frente de Salvación Nacional (FNR por sus siglas en alemán), muy desembocó en un parlamento provisional. Esta agrupación se parecía a las mesas redondas de los otros Estados del Bloque del Este. Todas ellas funcionaron como mediadores entre los representantes de la antigua potencia y las nuevas fuerzas democráticas.

Estas formas de resolución de conflictos surgieron porque los sistemas políticos del Bloque del Este no contaban con instrumentos o instituciones que resolvieran tal materia. Las autoridades estatales se encontraban en una grave crisis de legitimidad. Los gobiernos venían con un escaso respaldo de la población, hasta llegar al punto en el que la mayoría silenciosa y tolerante se declaró abiertamente opositora. En los respectivos parlamentos del Bloque del Este la oposición no estaba representada. La primera mesa redonda, constituida en Varsovia, en la primavera de 1989, sesionaba aún bajo los términos de la conducción hegemónica del Partido Comunista de Polonia. A la oposición se le concedieron pocas aspiraciones y su acceso y participación en el poder serían de forma paulatina; el sindicado Solidaridad logró que se le volviera a legalizar otra vez. La oposición pudo entrar en los medios de comunicación y se acordaron elecciones parlamentarias semidemocráticas. Aunque la oposición no consiguió todo lo esperado, pronto se convirtió en la chispa que encendería la caída del comunismo en el Bloque del Este. El Partido Comunista de Checoslovaquia desistió de su conducción hegemónica después de una breve negociación. En la RDA y en Bulgaria cada uno de los partidos comunistas gobernantes ya había renunciado a su conducción hegemónica poco antes de las primeras negociaciones de la mesa redonda. Era común en todas las mesas redondas que se sentaran los representantes de las viejas estructuras de poder, conjuntamente con los partidos y, de darse el caso, con las organizaciones de masas, hasta entonces subordinadas a la dirección comunista. Todos se sentaban  frente a los representantes de la oposición.

La inspiración de formar una mesa redonda en la RDA se remonta al modelo polaco. Desde el momento en que la mesa redonda inició su trabajo en Berlín, a principios de diciembre de 1989, ya el partido gobernante había venido desmoronándose  en gran medida, por lo que a la oposición no le hacía falta negociar con el gobierno el interés de este último por mantenerse en el poder. La iniciativa de constituir una mesa redonda central surgió de un llamado grupo de contacto, en el que los representantes de los grupos opositores habían comenzado a reunirse con regularidad para acordar de manera unánime su proceder. Un día después de la caída del Muro de Berlín, el 10 de noviembre de 1989, este grupo redactó una declaración pública en la exigieron que „dado que las estructuras de poder y sus responsables son incapaces de resolver la crítica situación en nuestro país (...) los representantes de la ciudadanía de la RDA se reúnen para negociar en la mesa redonda condiciones que conduzcan a la reforma constitucional y a elecciones libres“. El grupo de contacto se dirigió a las dos grandes iglesias, la luterana y la católica, con la petición de transmitir a los partidos representados en la Cámara Popular la iniciativa de crear una mesa redonda cuya ejecución técnica la garantizarían las dos iglesias.

La mesa redonda central sesionó desde diciembre 1989 hasta marzo 1990, a razón de 1 sesión semanal y 16 sesiones en total. Quince representantes de siete grupos opositores se sentaron frente a quince representantes de la SED (por sus siglas en alemán) y de los cuatro partidos del Bloque. Posteriormente, se fueron incorporando más organizaciones, por lo que los votos de ambos „bandos“  se elevaron a 19. La mesa redonda disponía de 17 grupos de trabajo que desempeñaban una función similar a la de las comisiones parlamentarias. Había tres moderadores, uno propuesto por la Iglesia luterana, otro por la Iglesia católica y uno por las iglesias evangélicas cristianas libres. Todas las partes depositaron su confianza en las iglesias por su carácter de patrocinadoras oficiales y facilitadoras en las conversaciones. Dada la experiencia de los sínodos en materia democrática y su aplicación en pro de la conciliación en general, las iglesias surgen como las moderadoras idóneas. Había una oficina donde tenían lugar las conversaciones. Allí se recibían previamente las solicitudes hechas por escrito y se seleccionaban, luego, se establecía el orden del día y, finalmente, se convocaba a las reuniones. La mesa redonda procuraba lograr un consenso en sus decisiones; a falta de este, se votaba por mayoría simple.

En el primer día de las negociaciones, se incurrió en una falta de procedimientos lo que acarreó que, incluso hasta el último día de las sesiones, se tuvieran que admitir solicitudes de ingreso a la mesa. Una asociación de mujeres recién fundada solicitó la membresía. Al aprobar el lado opositor, el lado progubernamental exigió, por principio de paridad, la admisión del Sindicato Único. Finalmente se determinó que los representantes de ambas organizaciones resultaban ser miembros de la SED (por sus siglas en alemán), fortaleciendo así el ala del partido estatal. En las semanas siguientes se siguieron fundando constantemente nuevos partidos y asociaciones, se dividieron los existentes, y todos exigían sentarse con los demás en la mesa redonda. Pero la mesa redonda no era un cuerpo representativo, sino un gremio consultivo que tenía que encontrar de manera rápida y sencilla soluciones para resolver la crítica situación. Para conservar la capacidad de trabajo, la mayoría de las solicitudes de admisión se rechazaron, hecho que generó manifestaciones continuas frente al edificio donde sesionaba la mesa redonda.

Todos los participantes estaban conscientes de que la mesa redonda no había sido legitimada por el voto popular. Ellos no habían sido electos y solo contaban con el apoyo de la población en la medida en que lograban resultados en la mesa redonda. Por tanto, también hacían hincapié en que „la mesa redonda no puede ejercer ninguna función parlamentaria o gubernamental“ y, más bien, debe entenderse „como parte de la contraloría pública“. Pero, pese a este anuncio inicial, la mesa redonda terminó por encargarse de tareas parlamentarias. Se redactaron leyes y se controló al Gobierno. Si el Gobierno y el Parlamento se mostraban reacios o incapaces, lo cual solía ser el caso, le correspondía a la mesa redonda tomar decisiones urgentes y avanzar en los preparativos para las elecciones. A la Cámara Popular, Parlamento de la RDA, solo le restaba entonces promulgar formalmente estas nuevas leyes. Se requerían una nueva ley electoral, una ley de partidos y asociaciones así como una ley de financiamiento para los partidos. Pero eso no era suficiente como para permitirles a todos oportunidades electorales realmente equitativas. Tenía que prepararse la transición hacía el Estado de derecho mediante una nueva ley de medios, así como el inicio de una reforma judicial y administrativa. Esto también incluía el procesamiento penal por abuso de autoridad y corrupción y, finalmente, la destrucción del aparato de seguridad estatal, instrumento de poder de la SED (por sus siglas en alemán) en contra de la oposición. La población exigía con vehemencia estas tareas y la mesa redonda las hizo suyas. Además, la mesa redonda esbozó las características de una reforma económica y de una nueva política ambiental; decidió, en gran número, aspectos sobre políticas cotidianas tales como políticas en educación, cultura, mujer y juventud que, en realidad, eran responsabilidad del Gobierno. Además, la mesa redonda se comprometió a redactar una nueva constitución que, luego de elecciones libres, sería presentada a los miembros de la Cámara Popular para su votación. (Nunca se llegó a eso ya que la Cámara Popular, ante la fecha inminente de la reunificación alemana, consideró superflua la reforma de la constitución.)

Para ejercer la contraloría pública, la mesa redonda no solo exigía la „divulgación de la situación ambiental, económica y financiera“, sino también le solicitaba a la „Cámara Popular y al Gobierno que se le informara y fuera parte, en el momento preciso, de las decisiones legales, económicas y financieras“. En principio el Gobierno consideró estas exigencias como desmedidas. A partir de mediados de noviembre de 1989, Hans Modrow, primer ministro, si bien mostraba una buena disposición por las reformas, seguía perteneciendo a los cuadros de funcionarios históricos de la SED (por sus siglas en alemán), e intentaba sacar el mejor provecho de la situación para asegurar la supervivencia de su partido. Los funcionarios gubernamentales que él envió a la mesa redonda demostraron estar desinformados y no estar dispuestos a cooperar en las reformas, generando así un conflicto sustancial entre el Gobierno y la mesa redonda. Después que se exigió con un ultimátum la comparecencia del primer ministro Modrow, este terminó por presentarse ante la mesa redonda. Dadas las continuas manifestaciones y el creciente distanciamiento de los partidos anteriormente aliados, Modrow terminó por ceder gradualmente a estas exigencias. Ante la presión de la mesa redonda y de la población, Modrow tuvo que abandonar el intento de conservar una parte del anterior aparato de seguridad estatal y de establecer una organización sucesora, con una nueva designación.

Salvo pocas excepciones, las negociaciones fueron transmitidas por televisión. La población seguía todo con gran interés. Por primera vez, la población de la RDA presenció, en su propio país, debates políticos en los que se dirimieron argumentos a favor o en contra antes de que se tomaran las decisiones del caso. Los participantes no eran políticos profesionales. Los representantes de los viejos partidos tampoco eran expertos en mantener un debate abierto y público frente a las cámaras de televisión; por tanto, los debates televisados a nivel nacional se percibían frecuentemente como „artesanales“ y, por ende, poco profesionales, pero incluso así resultaban auténticos y convincentes. Para los participantes y quizás también para los espectadores, la mesa redonda fue un proceso de aprendizaje singular en la negociación de intereses divergentes. A veces se le llamaba una „escuela para la democracia“. Las conversaciones de la mesa redonda motivaron a muchos ciudadanos a desarrollar sus propias percepciones sobre cómo afrontar la crítica situación; esta práctica permitió presentar tales pensamientos a los moderadores y a las individualidades de la mesa redonda. Diariamente llegaban montañas de cartas, unas con ideas que complementaban otras expuestas, otras con apreciaciones incisivas y hasta insultantes. Muchas veces se tuvo que evacuar la sala para que sus asistentes se protegieran de las amenazas de bombas.

A cada grupo, con intereses específicos, debió habérsele ofrecido las mismas condiciones laborales y financieras, el mismo espacio para trabajar y el mismo personal de apoyo. Se tuvo la intención de hacerlo, pero para concretarlo, los tres breves meses de vida de la mesa redonda fueron insuficientes. Los representantes de los viejos partidos tenían oficinas con funcionarios y expertos que les preparaban previamente los trabajos exigidos. Contrariamente a lo anterior, los representantes de las nuevas fuerzas democráticas tenían, en esencia, que valerse por sí mismos, entretanto que sus colaboradores trabajaban con las uñas. Yo misma representaba ante la mesa redonda a un movimiento ciudadano denominado 'Democracia ahora'. A diario recibía tanta correspondencia que apenas lograba abrirla y leerla, mucho menos podía contestarla. En la mesa redonda trabajaban profesionales asalariados que intencionalmente se desocupaban a tiempo para asistir a las sesiones de la mesa redonda; aquellos que trabajaban por cuenta propia y ejercían el libre ejercicio de su profesión, percibieron pagos compensatorios.

Quizás el resultado más importante de las mesas redondas consistió en haber logrado compensar el vacío de poder con un gremio ampliamente aceptado así como  dirigir al país hacia una transición no violenta, hacia la democracia, en vista de la rápida implosión de la estructura estatal, de una población enardecida, de una economía irremediablemente arruinada y por la disolución radical de todas las estructuras sociales existentes.

Las mesas redondas locales mencionadas al principio, formadas en distritos, condados, municipios y comunas, también contribuyeron con los logros de la mesa redonda central. Las mesas redondas locales se ocuparon fundamentalmente de medidas cortoplacistas para preservar o transformar las estructuras de la administración y del abastecimiento. Las mesas controlaron la disolución del aparato de seguridad estatal con inclusión de sus instituciones subordinadas y participaron en la preparación de las primeras elecciones libres; de esta manera, se incorporó a gran parte de la población en la gestación del proceso de transformación. Asombra cómo personas sometidas durante décadas, sin derechos ciudadanos, muy rápidamente hicieron valer su condición ciudadana, tan pronto como se les brincó  la oportunidad. ¡Qué todo haya transcurrido sin violencia!, se considera hasta hoy en día como un hecho muy afortunado. Las mesas redondas contribuyeron indudablemente en este aspecto.