Libertad de viajar Los bendecidos de este mundo

Reisefreiheit © Moisés Patrício

¿Hasta qué punto somos libres de viajar donde queremos? La escritora nigeriana Chika Unigwe plantea esta pregunta y se enfrenta a la áspera verdad de que viajar no es algo que puedan hacer todos. Depende del pasaporte que se tenga.

Años atrás, me invitaron a un festival en Sudáfrica. Entonces llamé a la embajada sudafricana para preguntar cuánto tardaría la obtención de la visa y cuáles eran los requisitos. “¿Qué pasaporte tiene usted?” La pregunta tenía algo de cortante. Era filosa como una espada. No parecía ser simple curiosidad. Había algo más, tal vez una sospecha causada por mi acento. También podía haber sido mi imaginación, al fin y al cabo soy escritora. “Pasaporte nigeriano.” Me dijeron que tardaría algunas semanas (de las que yo no disponía) pero, además, no era seguro que la obtuviera. No con un pasaporte de Nigeria. Ahora la voz era casi desdeñosa. El subtexto era que yo no molestara intentándolo. “¿Y con un pasaporte belga?” Incrédula, la voz preguntó si yo tenía un pasaporte belga. Dije que sí. ¿Entonces por qué quería viajar usando el nigeriano? Yo no tenía fuerzas para explicar que no quería viajar por África con un pasaporte europeo, que me parecía mal. Casi vergonzoso. Para mí era una cuestión de orgullo. Así que no dije nada. La voz, su aspereza convertida en algo reluciente y suave, me dijo que pasara a la mañana siguiente para dejar mi pasaporte. Lo podría retirar al mediodía sellado y listo para usar.

La incredulidad del personal de la embajada de Sudáfrica era comprensible. El pasaporte nigeriano ocupa el puesto 98 entre 199 países en el índice de Henley. Sirve para entrar sólo en 45 países sin visa o sacando la visa al llegar, pero en el último caso no siempre está asegurada la entrada. Una usuaria de Twitter nigeriana se quejaba recientemente de que al llegar a Mozambique –que no tiene embajada en Nigeria y cuya página web oficial decía que ella podía conseguir una visa al llegar– la hicieron volver porque necesitaba una carta de invitación de un residente de Mozambique. Los oficiales de inmigración no sólo le negaron ayuda sino que también fueron groseros con ella. La trataron como a un criminal, la despojaron de lo que, ella esperaba, serían unas buenas vacaciones, y además le hicieron perder dinero. Cuando subió la historia a Twitter, su timeline se inundó de otras historias de humillaciones que les ocurren a esas personas que no son dignas de todo respeto porque son los desafortunados poseedores de pasaportes que no son poderosos ni deseables. ¿Por qué –tal vez les preguntó la empleada de la embajada sudafricana a sus compañeros– alguien que tiene pasaporte europeo haría la locura de querer viajar con un pasaporte que sólo le complicaría las cosas?

Bienaventurado olvido

Yo elijo mis batallas. Así que uso el pasaporte nigeriano sólo para entrar a Nigeria. Con un pasaporte belga tengo acceso a casi cualquier país que quiera visitar y ese acceso fácil, como tantas veces sucede con los prejuicios, me protegió y a la vez me impidió ver las humillaciones y complicaciones innecesarias que puede ocasionar viajar o querer viajar siendo nigeriana. Puedo hacer –y lo hice antes del Coronavirus– planes de viaje sin tener que preocuparme si conseguiré o no la visa. Cuando vuelvo a los Estados Unidos, donde vivo, muestro mi Green Card. En mi bienaventurado olvido, el año pasado le pregunté a una amiga nigeriana pudiente por qué no venía a visitarme. Sabía que el dinero no sería un problema para ella. Mi amiga me dijo que la visa se le había vencido y que el turno más próximo para una entrevistan era en 2023. Después suspiró y dijo que no tenía tiempo para tratar con la indiferencia de la embajada norteamericana. No estaba tan desesperada como los que trataban de encontrar a alguien que los pusiera al principio de la fila.

Mientras investigaba para este artículo, hablé con alguien que me contó que a su hermana –poseedora de un pasaporte nigeriano–, que vivía y trabajaba en los Estados Unidos, se le negó una visa del Reino Unido por tener “fondos insuficientes”, lo que es un modo decir “estamos seguros de que entrarás en nuestro país y desaparecerás”. ¿Por qué, dijo ella, su hermana abandonaría una vida de residencia legal en los Estados Unidos para llevar la de una indocumentada en el Reino Unido? Por su parte, los estudiantes jóvenes de Europa y los Estados Unidos pueden moverse libremente, viajar a los países africanos que quieran sin preocuparse por cuánto dinero tienen en sus cuentas. Otra amiga me contó de un hombre al que le negaron la visa de los Estados Unidos –a pesar de tener un trabajo y familia en Lagos– porque no había pruebas de que los lazos que tenía en Nigeria fueran suficientemente firmes para no abandonarlos y vivir en Nueva York con el temor de la deportación. Otro me aseguró que la embajada estadounidense tiene un cupo para el número de personas a las que se le permite llegar a una entrevista o recibir la visa y una vez que el cupo se llena, ya está: “De ahí en más lo único que harán será pasearte de una ventanilla a la otra”. La competencia es dura y una vez que el pasaporte está sellado con la visa, sea por una semana o por un año, el alivio es inmenso.

Los riesgos de obtener o no el permiso de entrada

Como sea, quienes tienen un pasaporte nigeriano saben que la visa no implica necesariamente que se les permitirá la entrada al país en cuestión. En mi primer viaje a Bélgica, me detuvieron algunas horas debido a cierta “irregularidad” en la visa. Una llamada telefónica al consulado de Lagos habría aclarado la cuestión, pero los pasaportes nigerianos (y por extensión, los ciudadanos de Nigeria) desde hace mucho que se consideran sospechosos. Cualquiera que deje Nigeria se considera un inmigrante económico en potencia. La hermana de una amita tenía una visa válida para los Estados unidos pero la hicieron volver cuando su vuelo de British Airways hizo la parada en Londres. Los empleados de la aerolínea le dijeron que parecía embarazada, parecía que iba a Estados Unidos para tener su bebé allí. El hermano de otra persona, que estaba viniendo de Nigeria con su familia para pasar u tiempo en los Estados Unidos fue detenido en el aeropuerto de Atlanta y los hicieron volver a Nigeria en el primer vuelo disponible porque el oficial de inmigración que los vio consideró por algún motivo que intentarían quedarse como indocumentados en vez de regresar a Nigeria. Los hermanos y parientes que estaban esperándolos con gran excitación y habían organizado una fiesta se quedaron solos y con el corazón destrozado.

A veces, los riesgos de no haber obtenido la entrada o la visa son algo más que no poder ver a los parientes y no poder ir a la fiesta realizada en tu honor. A veces la consecuencia es no poder asistir a prestigiosas residencias y conferencias en el extranjero. No poder alzar en los brazos el primer nieto. No poder estar al lado de un pariente enfermo o que se está muriendo. Perder la oportunidad de decir adiós. Justamente al escribir este artículo desenterré un recuerdo hace tiempo olvidado. Estoy viendo una película –el título escapa a mi memoria– y un grupo de amigos decide espontáneamente comprar pasajes y viajar al extranjero, a algún lugar entretenido. Recuerdo que fantaseé con cómo sería esa sensación, la de tener la libertad de viajar, la de poder evitar las largas colas de la embajada y el miedo de no saber si se obtendrá o no la visa, la de hacer planes sin angustias, sólo levantarse y salir. Esos son los bendecidos de este mundo.

Este artículo fue publicado originalmente en alemán e inglés en la revista "Zeitgeister"
 

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