Alexander von Humboldt Wikimedia, Public Domain
Entrevista ficticia

Una conversación con...
Alexander von Humboldt

De Swantje Schütz

Señor Von Humboldt, ¡mucha felicitaciones por su cumpleaños número 250! Y bienvenido al año 2019. Usted es ahora uno de los alemanes más fascinantes, un hombre famoso en todo el mundo... y en otros países más que en su país de nacimiento. Nos gustaría hacerlo aun más conocido y hemos preparado para usted algunas preguntas.
 

Y ya le hago la primera: ¿Hubo en su vida alguna vivencia clave?
Cuando vi por primera vez en mi vida las palmeras del Jardín Botánico [de Berlín], se despertó en mí una infinita propensión a contemplar ejemplares foráneos. En tres semanas me convertí en un botánico apasionado.

Usted tiene fama de ser un maestro de la conversación y de los encuentros, un excelente networker, diríamos hoy. Y también se dice que puede extraer de cada crisis algo positivo. ¿Cuál es su motor?
En esa época me estimulaban cierta ansia de lo lejano y lo incierto, todo lo que conmovía mi fantasía, el peligro del mar, el deseo de superar aventuras y de mudarme de la naturaleza común y cotidiana a un reino maravilloso.

Se dice que en su viaje de cinco años por América en los actuales países de Venezuela, Cuba, Colombia, Ecuador, Perú, México y los Estados Unidos, a menudo no encontró a nadie que, aunque bien hubiera podido hacerlo, estuviera dispuesto, por ejemplo, a conseguirle ramas de los árboles de copa alta. ¿Es cierto?
En Europa, donde todo se consigue con dinero, nadie puede imaginarse esas dificultades. En el trópico uno nunca consigue lo que quiere.

¿Qué consecuencias tuvo esto para usted?
Estas experiencias hicieron que fuera más modesto en mis expectativas. Me enseñaron que en el mundo indio el hombre no domina a la naturaleza y que, si uno tiene la certeza de que los necesitará en un momento determinado, conviene hacer caso omiso de los objetos naturales más simples.

¿Es una cuestión de mentalidad?
La agitada voluntad europea, que todo lo obtiene por la fuerza y está determinada por cientos de combinaciones, es directamente lo opuesto de la serena impasibilidad del habitante de los trópicos, que espera todo de la ventura.

Usted ha considerado la tierra como un todo conectado y logró incorporar en sus investigaciones el saber recogido en las más diversas disciplinas. A eso nosotros lo llamamos "ciencia humboldtiana". ¿Cómo lo describiría usted en una frase?
Todo es interacción.

En las grandes religiones hoy hay personas que creen deben convertir a los demás. ¿Cómo fueron sus experiencias en cuanto a la religión?
A menudo no podíamos sino reír cuando veíamos llegar a las nuevas misiones a monjes que realmente creían que podrían convertir a alguien. De cien ni siquiera tres veían en su vida a un indio salvaje, de quinientos ni uno podía hacer que un indio le consiguiera algo.

En sus diarios escribió también sobre las "jornadas", las campañas de los misionarios y las calificó de "vergüenza del siglo". ¿Qué quiere decir eso?
Para agrandar su pueblo o fundar uno nuevo, un monje pide que todos los hombres de su zona lo sigan armados contra los indios bravos. Se ataca a indios inocentes, que la mayoría de las veces se salvan huyendo, se los persigue, se mata a quien se resista, generalmente cincuenta o sesenta entre hombres y mujeres, se roba a los niños y se arrastra con aire triunfal al pueblo a jóvenes y viejos, generalmente entre doscientos y trescientos

Es una crueldad. ¿Y después los monjes comenzaban a convertir?
La mayoría de las veces, cuatro semanas después de la jornada todos los vencidos ya se habían escapado

Entonces los misioneros se comportaban de cualquier modo menos cristianamente.
Muchos dicen que antes de 1785, antes del régimen de las misiones, los pueblos eran más prósperos; y aunque los militares era muy despóticos, me pregunto si es posible ser más despótico que los monjes, que sin pagarles nada hacían trabajar a los indios como esclavos […].

Usted nos abre un razonamiento interesante: desde la perspectiva de esa época el mundo "civilizado" era el occidental. ¿Era más bien al revés según su opinión?
Es evidente que el Inca todavía tenía planes arquitectónicos cuando penetraron los españoles y con ellos la barbarie y el descuido de las artes.

Usted defendió con energía la abolición de la esclavitud. ¿Por qué?
Es la esclavitud, y lo que es más grave, el espíritu de la tutela a la que el indio se vio empujado por una falsa compasión y que abrió la puerta a todas las formas de adversidad que embotaron al indio.

En sus tiempos viajar era mucho más difícil que ahora. Probablemente vivió muchas peripecias que le dificultaron sus investigaciones.
¡Qué situación cuando uno tiene que usar los pocos momentos libres de un viaje para describir una planta, disecar una flor con la aguja y el microscopio, nivelar el horizonte, etc.! Cuando uno tiene las dos manos cubiertas de insectos que pican y no tiene una tercera para defenderse, siente que en cualquier momento se desesperará y dejará caer todos los instrumentos, todas las partes de la flor. No hubo viaje más molesto que este. Sólo la bella naturaleza, nuestro buen humor y la realmente alegre compañía de Don Nicolás lograron animarnos.

Usted hasta vivió un naufragio en el Orinoco. Y sus manuscritos se salvaron por la tinta roja que usted mismo había preparado.
¡Nuestro rescate fue una especie de milagro! La sensación de ver el barco enderezarse, el regreso a la vida fueron muy muy bellos.

Abordemos ahora el acontecimiento de su vida: la escalada del volcán inactivo Chimborazo, en el actual Ecuador, el 23 de junio de 1802. Hoy diríamos: "En el Chimborazo se produjo un click" : todos los resultados de las investigaciones anteriores se conectaron. En ese momento casi pasó a un segundo plano el hecho de que por mucho tiempo usted sería el primero en haber escalado la montaña más alta del mundo (hoy sabemos que hay montañas más altas). El frío intenso a los 5900 metros y el mal de altura seguro le causaron problemas.
Nuestra estancia en esa altura tremenda fue una de las más tristes y sombrías. Estábamos envueltos en una niebla que sólo de vez en cuando nos dejaba ver los abismos que nos rodeaban. No había ningún ser vivo, ningún insecto, ni siquiera el cóndor, que en el Antisana sobrevolaba nuestras cabezas, animaba aquel cielo.

Usted tiene fama de ser un hombre de gran humor. ¿Qué pasaje de sus textos ilustraría este carácter?
¿Hay alguna transpiración que huela a pan?

¿Qué les recomendaría a nuestros lectores y lectoras?
Es muy importante conocer los límites del propio saber, para que pueda verse lo que queda por hacer.