Arte anticolonial We Don’t Need Another Hero

La videoinstalación “again”, de Mario Pfeiffer, trata de un incidente en Sajonia, durante el cual se presume que gente del pueblo ató a un refugiado a un árbol
La videoinstalación “again”, de Mario Pfeiffer, trata de un incidente en Sajonia, durante el cual se presume que gente del pueblo ató a un refugiado a un árbol | Foto (dDetalle): © picture alliance/Carsten Koall/dpa-Zentralbild/dpa

El mundo del arte tenía grandes expectativas acerca de la Décima Bienal de Arte Contemporáneo de Berlín, la primera que fue curada por una africana. Pero la exposición no ofreció una representación simplificada y lineal de la era colonial.

El título de la Bienal de Berlín 2018 fue inspirada por la canción de Tina Turner para la película Mad Max 3: We Don’t Need Another Hero parecía particularmente indicada para el año de 2018. En esta exposición de arte contemporánea, que se celebra cada dos años, siempre se han tratado temas políticos y sociales. La mayor parte de los críticos esperaba un claro mensaje sobre el colonialismo de parte de la primera curadora africana de la bienal, una interpretación artística de las diversas historias de la colonización. Pero Gabi Ngcobo y su equipo, constituido por Nomaduma Rosa Masilela, Serubiri Moses, Thiago de Paula Souza e Yvette Mutumba –todos ellos de piel negra–, se decidieron claramente en contra de presentar un acceso simplificado a la historia.
 
Dos grandes temas se analizaron en la exposición desde diferentes perspectivas: el desposeimiento, la violencia y la muerte en regímenes neocoloniales, por un lado; y conflictos anticoloniales en la actualidad, por otro. Los artistas se distanciaron de las narrativas lineales mediante cortes, fracturas y efectos de desplazamiento y distanciamiento. La Bienal se sirvió de varios planos temporales para resistirse a la lógica lineal de las nociones occidentales de tiempo e historia. Lo importante era descubrir historias y crear espacios en los que se pudiera reescribir la historia y una sanación fuera posible.

El arte como espacio de protesta

La película  Milli’s Awakening ((El despertar de Milli, 2018), de la artista y activista Natasha A. Kelly, retrata a ocho artistas y activistas germanoafricanas, que cuentan sus historias personales sobre la lucha contra el racismo, la marginación y la injusticia estructural dentro y fuera del campo del arte en Alemania. Una de las mujeres, Nadu, cuenta acerca del malestar que sintió cuando llegó a Alemania: una joven mujer con un color de piel diferente, que ya no se sentía como un ser humano. Otra activista, Maseho, lee partes de su irónica guía para negros viajando por Alemania. Si quieren ahorrar tiempo, les aconseja, deben decirles a los alemanes que son de Estados Unidos o de África, pues otra respuesta haría que se desmoronara su visión del mundo. La activista Maciré, de Bremen, cuenta del “despertar” que experimentó cuando se dio cuenta de que su película se usó para legitimar una exposición, al ofrecer una perspectiva no blanca. Una situación que le podría haber resultado familiar a la propia Natasha A. Kelly, quien nació en Inglaterra y tiene raíces jamaiquinas. Aunque la película también muestra cómo estas mujeres encontraron, en sus comunidades y en su actividad artística, maneras para superar su malestar y para luchar por la justicia social.
La artista cubana Belkis Ayón crea en sus obras iconografías que generan paralelismos entre su propia vida y la de Sikán, un personaje femenino de la mitología afrocubana abakuá La artista cubana Belkis Ayón crea en sus obras iconografías que generan paralelismos entre su propia vida y la de Sikán, un personaje femenino de la mitología afrocubana abakuá | Foto: © picture alliance/Carsten Koall/dpa-Zentralbild/dpa En la obra  Sitting on a Man´s Head (2018) la coreógrafa y escritora Okwui Okpokwasili, junto con su compañero Peter Born y varios actores que viven en Berlín, cuenta sobre una táctica de protesta pacífica tradicional, llamada así: “sitting on a man’s head”, que practican las mujeres en Nigeria Oriental. Consiste en estorbar de manera colectiva en sedes del poder: las mujeres cantan o bailan frente a la casa o en la oficina de una persona específica, para avergonzarla en público. De esta manera, las mujeres socialmente marginadas “pueden defenderse, airear su enojo y promover cambios”, explica la artista. Inspirada por esta acción, su obra comienza frente a una habitación cuyas paredes están hechas de suaves paredes de plástico semitransparente. Ahí, los espectadores tienen conversaciones íntimas, provocadas por preguntas como “¿Qué es algo que nunca te has atrevido a decir y por qué?” Mientras que el actor y el público entran lentamente a la habitación, partes de estas conversaciones reverberan dentro en movimientos, gestos y vocalizaciones, que juntos componen una nueva canción. La transición de una conversación íntima a un movimiento colectivo es muy impresionante y elimina toda oposición entre el individuo y la totalidad.

Complejidad en lugar de héroes  

A Lubaina Himid siempre le pareció interesante la idea de que las interrupciones provocan cambios. Para la Bienal de Berlín produjo una serie de nueve pinturas figurativas, que tituló En la luna nueva (2018). Hechas al estilo de las “kangas” –las telas que usan para vestirse las mujeres del este de África–, las pinturas muestran órganos, como el cerebro, los pechos, los pulmones o una mano. A estas imágenes, Himid les añade palabras de poetas como Audre Lorde, Essex Hemphill y Maud Sulter, lo cual interrumpe como un corte la narración visual previa y crea espacio para otras historias.
En la instalación “Toli Toli”, de Minia Biabiany, se escuchan las voces de personas mayores cantando una canción infantil tradicional de la isla caribeña de Guadeloupe. Los niños de hoy en Guadeloupe ya no conocen esta canción. En la instalación “Toli Toli”, de Minia Biabiany, se escuchan las voces de personas mayores cantando una canción infantil tradicional de la isla caribeña de Guadeloupe. Los niños de hoy en Guadeloupe ya no conocen esta canción. | Foto: © picture alliance/Carsten Koall/dpa-Zentralbild/dpa En la décima Bienal de Arte Contemporáneo de Berlín hubo muchos momentos de interrupción, desplazamiento, distanciamiento e introspección, que les abrieron el espacio a diferentes historias. Se planteó la cuestión urgente de cómo el arte se puede convertir en un espacio que posibilite la desobediencias como forma colectiva de sobrevivencia. La exposición no le ofreció al público “otro héroe” con respuestas universales, sino que reveló la complejidad y la contradicción en temas que polarizan, como el racismo, el colonialismo y la migración.