Cidinha da Silva Thriller

„Wir wollen Frieden und Gerechtigkeit“: Protest gegen die Tötung des Studenten Gabriel Pereira Alves am 9. August 2019 auf dem Weg zur Schule in Rio de Janeiro durch eine verirrte Kugel bei einem Schusswechsel zwischen Polizei und Kriminellen
Río de Janeiro 2019: Protesta contra la trágica muerte de un estudiante en un tiroteo entre la policía y los criminales | Foto (Detail): Leo Correa © picture alliance / AP Photo

De Cidinha da Silva

Después de los primeros doscientos metros, que superó como un velocista, Onirê se encontró con una señora y le pidió ayuda. Ella miró la camisa ensangrentada, abrazó su bolsa y apretó el paso. ¿Qué nadie había oído los disparos, el griterío? El semáforo en rojo, los coches parados. Los conductores lo miraban y desviaban los ojos, unos sorprendidos, otros fatalistas, otros indiferentes. Las mujeres subían el vidrio, los niños, en el asiento de atrás, preguntaban por qué había un hombre lleno de sangre. Hubo madres que les dijeron a sus hijos que se callaran o Onirê los atacaría. Un joven blanco que oía un modão* a todo volumen bajó el vidrio. Onirê se dirigió deprisa al coche, empezó a contar lo que había sucedido. Se encendió la luz verde, el conductor tocó el claxon y arrancó, no sin antes gritar: has estado jugando demasiados videojuegos, muchacho.

*Música sertaneja tradicional. El sertanejo es un género musical originario del interior del centro-sur de Brasil (n. de la t.).

Ganas de llorar, de darse por vencido. El miedo de encontrarse con algún policía que lo detuviera y no creyera su historia le hacía un nudo en el estómago y le secaba la garganta. Agua, quería agua. Sin documentos, sin dinero, ensangrentado. Llevaba puesto el uniforme de la escuela municipal, es cierto, pero ¿y el niño al que le había disparado la policía en la favela de Rio? Aquel pequeño que, antes de morir ,le preguntó a su madre: ¿Por qué me disparó el policía, mamá? ¿Qué no vio que traigo el uniforme de la escuela? De todos modos, Onirê necesitaba ayuda, temía que no podría sobrevivir solo. El desprecio le dolía más que la herida, pero tenía que insistir, buscar ayuda.

Se desplazó hasta el chofer de un taxi que le puso atención mientras se limpiaba los dientes con un palillo, oyó su relato y disimuló la incredulidad: lo siento mucho, pero mi coche es rentado, no puedo ensuciar el asiento. Buena suerte, muchacho. Le pidió auxilio a otro hombre, a una señora, a una joven. Todo mundo tenía miedo, nadie quería involucrarse. La desesperación ante la posibilidad de encontrarse con una patrulla o un policía hacía crecer su angustia. Ya no le quedaba más sangre que perder y empezó a sentirse mareado, a ver sombras que lo perseguían.

Ahora el hombro le palpitaba y le ardía. Entonces decidió volver a correr por su vida. Recordó que había un hospital cerca, pero no sabía exactamente qué dirección tomar. Le pidió información a un adolescente que se parecía a su hermano menor. Por suerte, el niño lo sabía. Aunque estaba muy asustado y temía que los posibles perseguidores de Onirê se volvieran contra él también, Barazinho recurrió al mantra de la sobrevivencia que le habían enseñado sus padres en casa, nosotros por nosotros, y le informó cuál era la ruta al hospital.

Onirê reunió todas sus fuerzas y sus ganas de vivir y corrió. Corrió como un maratonista en la recta final. A una cuadra del hospital sintió que iba a desfallecer y le imploró a un vendedor de palomitas: no soy un ratero, ayúdeme, señor, por favor. El hombre se levantó confundido y ni siquiera cerró el gas del anafre. Amparó al niño, que podría ser su nieto, y de inmediato su delantal blanco se puso rojo.

La olla de palomitas se desbordó y las flores del viejo cubrieron el suelo. ¿Qué te hicieron, hijo? Hay tiradores en la escuela municipal, yo estudio ahí. Dos niños invadieron el colegio con metralletas y hachas. Trabaron la puerta, dispararon a todos lados y lanzaron las hachas contra los que tratábamos de escapar. ¿Una de ésas es la que traes en el hombro, hijo? Sí, señor. Le pedí auxilio a varias personas, pero nadie quiso ayudarme.

El vendedor de palomitas no contuvo el llanto, pero se mantuvo firme, amparando al joven guerrero rumbo a la entrada del hospital. Allí llenó la ficha, aseguró que conocía a Onirê. Valiéndose de su amistad con los empleados de enfermería, logró que lo atendieran rápido. No le soltaría la mano al niño en la camilla hasta que llegara su madre. Aquel hombretón, de dieciséis años, fuerte como un toro, había corrido cinco kilómetros con un hacha enterrada en la clavícula.

Sabía, por comentarios de las recepcionistas, que, tres semanas antes, un niño negro, fuerte, parecido a Onirê, había ingresado al hospital por una gripa. Como el caso era sencillo, su madre lo dejó allí, en la zona de triaje, y fue a ocuparse de las aflicciones del desempleo. Al volver, le entregaron el cuerpo de su hijo. Ninguna explicación. Estaba muerto. Alguien de la familia, mientras le cambiaba la ropa, notó que tenía la carne de la espalda flácida, parecía succionada entre los huecos de los huesos. También notó el corte y el hilo doble que le suturaba el pecho, la barriga, la espalda en dos sitios. Lo abrieron para ver de qué se trataba. Tenía estopa en el lugar de corazón. En la espalda, un inmenso agujero. El vendedor de palomitas no iba a permitir que la historia de Onirê tuviera el mismo desenlace.