Zukiswa Wanner El brasier azul sobre la bolsa Samsonite

Mujeres jóvenes modernas en un mercado de Nairobi (Kenya)
Mujeres jóvenes modernas en un mercado de Nairobi (Kenya) | Foto (Detail): Sandra Gätke © dpa-Report

De Zukiswa Wanner

J’s. Jueves en la noche. Música en vivo. Donde los wazungu, los blancos, pueden ir sin sentirse incómodos. Y donde nosotros, que nos decimos clase media como sólo la gente de Nairobi sabe hacerlo, nos reunimos. Donde podemos disfrutar de la música en vivo sin preocuparnos por el precio de la entrada. Y esperamos que nuestros amigos músicos no crean que vamos a comprarles sus CD con nuestro magro presupuesto para tragos. J’s. Jueves en la noche. Música en vivo. Donde nos conocimos.

J’s. Jueves en la noche. Después de la música en vivo, un año después. Cerrar este capítulo. Nos topamos por casualidad en un restaurante cercano y nos peleamos muy feo. Por un momento pensé que nos iban a echar. Los meseros definitivamente estuvieron varias veces a punto de hacerlo. Pero fue en el J’s donde, después de haber arreglado más o menos las cosas, bailé hasta sacarme de encima toda la rabia y el rencor que todavía albergaba. Y una ambulancia que yo esperaba que no llegara a tiempo no llegó a tiempo.

El tráfico en mi Nairobi suele ceder un poco por las noches, pero entrar y salir del J’s sigue siendo difícil. Rashid invita a tantos músicos memorables. Por eso las apps como Uber, Taxify y Little Cab son una bendición. Bueno, pues eso. Así, no tienes que ir a casa en tu propio auto después de festejar. Pero para una ambulancia que trata de pasar, es una maldición.

Y así pude cerrar este capítulo. Aunque nunca se lo contaría a nadie, ni siquiera a Nina. Me acusa de ser demasiado barbie."Somos africanas, Aluoch. ¿A qué te refieres con eso de cerrar este capítulo? A veces eres más mzungu de lo que te conviene." Y a lo mejor sí lo soy. No en balde fui a la Msongari cuando todavía era la Msongari. Cuando era la Brookhouse de las escuelas para niñas.

En ese entonces las escuelas estatales funcionaban mucho mejor que hoy. Antes de que los padres fueran sujetos de crédito y decidieran que las escuelas estatales eran mediocres y que metieran a sus hijos en escuelas particulares. Pero había padres como los míos, que creían en las escuelas católicas. Y que dudaban que escuelas como la State House Girls fueran capaces de darnos una buena educación.

De cierto modo, la Msongari se sigue considerando extraordinaria. Pero ya saben cómo se degeneran las cosas en cuanto una se va. Así pasó con la Msongari. Y con Thandi. Thandi, la razón de que quisiera cerrar este capítulo.

Nina se ríe cada vez que le llamo invierno a nuestra temporada fría. Dice que el invierno es un concepto mzungu. Y que Nairobi sólo tiene lluvias largas y cortas, aparte de las temporadas de lluvias y de secas. Les juro que, si la pudieran oír hablar, no creerían que ella misma está casada con un mzungu. La forma en la que dice tan a menudo y con tanta sorna cosas de mzungus. Quizá es cierto que la familiaridad engendra el desprecio. Pero estoy divagando.

Bueno, fue entonces el invierno pasado cuando conocí a Thandi en el J’s. Playera polo negra, jeans de tubo, una chaqueta Ankara abierta y botas. Un mano a mano en moda entre África y Occidente. Lo recuerdo, porque cuando entré a su departamento, al que se podía llegar caminando desde el J’s, no podía quitarle la ropa lo suficientemente rápido. Tenía urgencia de sentir su piel pegada a la mía. Estaba con mi ex novio Stan.

Sólo que entonces todavía no era mi ex novio. Ése fue el día en que se convirtió en mi ex novio. Stan y yo habíamos estado peleando mucho. Se había convertido en uno de esos típicos hombres de Nairobi a los que tanto habíamos ridiculizado los dos al principio de nuestra relación. Controlador. Excesivamente macho, como si con eso quisiera compensar su incapacidad para hacer algunas de las cosas mejores que había prometido.

Sí, cómo no. De cuando en cuando me gusta comer nyama choma y tolero una cerveza e incluso tres, pero ¿hacer de eso un estilo de vida? Los precios de la champaña en Nairobi son absurdos, ¿pero no podíamos tomar algo espumoso un poco más seguido, en lugar de cerveza? ¿Un brandy, si es que lo conseguimos en Chandarana y estamos seguros de que no lo fabricaron las Hermanas de la Muerte en Korogocho, lo cual no sería nada raro en nuestra tienda local de vinos y licores? ¿Estaba tratando de que yo, que era el Rostro (y, bien lo puedo decir, el Cuerpo) de África engordara? Hay personas que se ven increíbles con algo más de carne encima, y que se verían mal si estuvieran más delgadas. Pero yo no me cuento entre ellas. Me siento muy cómoda con mi cuerpo, muchas gracias. Y no tenía intenciones de permitir que Stan destruyera mi nivel de comodidad con su nyama choma y sus cervezas.

Decía que era yo muy exigente. Como si no hubiera sabido en qué se metía cuando empezamos a salir. Los hombres te halagan con comida y bebida cuando te están cortejando. Después se quejan y opinan que eres demasiado exigente sólo porque quieres conservar los estándares a los que ellos mismos te acostumbraron.

Nina me encontró triste ese jueves y sugirió que saliéramos y que me deshiciera de la tristeza bailando. Iban a tocar Chris Adwar y la Villagers Band. Una de mis bandas favoritas."¿A dónde van?" preguntó Stan."J’s" respondió Nina antes de que le pudiera yo decir que se callara la boca."Voy con ustedes. Hace mucho que no vamos a bailar, preciosa" me dijo.

Después de esas palabras, obviamente tuvimos que dejarlo venir con nosotras. Aunque yo hubiera preferido mil veces que no viniera y que fuera sólo una noche de chicas. En última instancia, a pesar de todo fue una noche de chicas, gracias a Thandi. Thandi, una mujer masái con un nombre zulú. Thandi, cuyo nombre significa amor. Thandi, de quien yo creí que era el amor. Hasta que traicionó nuestro amor. Nos conocimos en la fila para ir al baño.

Ya sé. No es el lugar más romántico para conocerse. Después de haberme ido, me pregunté a menudo si ese encuentro había presagiado la mierda en que habría de convertirse nuestra relación. Pues sí. Entonces, me formé atrás de ella y ella se volteó y me miró, fascinada."Por dios, qué hermosa eres" suspiró. Yo me di la vuelta para ver si había alguien más a quien le estuviera hablando."No tienes que voltear a ninguna parte. Hablo contigo" dijo, esta vez dirigiéndose claramente a mí.Tenía una voz ronca y seductora."Tus facciones son tan impresionantes." No sabía yo qué decir."Eres la mujer más hermosa que he visto nunca."

No voy a decir que en Nairobi no hable uno con extraños. Pero yo, definitivamente, no lo hago. Los cumplidos o comentarios casuales de gente desconocida hacen que me sienta incómoda. Pero esta mujer no me provocaba ninguna incomodidad. Creo que hasta sonreí. Como si yo fuera responsable de mi apariencia. Bueno, quizá de alguna manera. Un poquito de peeling por acá. Otro poquito de crema humectante por allá. Protector solar, de ser necesario. Tendré la piel oscura, pero no crean esas habladurías de que los miros no necesitamos protector solar. Sé de qué hablo. Mi madre es la primera dermatóloga de Kenia. Y, para el cuerpo, 90 minutos de bikram yoga cinco días a la semana. Pero, de todas maneras. Mi apariencia es en gran medida un privilegio genético. La gente suele estar convencida de que mi madre de 73 años es 20 años más joven.

Pero volvamos a Thandi con el nombre zulú. Fue al baño. Después salió. Yo fui al baño después de ella. Salí. Me estaba esperando."De verdad que eres impresionante."Entonces sonreí ampliamente. Y dije: "Gracias."

"Voy por algo de tomar. ¿Te puedo invitar algo?" Era el J’s. Aunque, en realidad, no se puede confiar en nadie, probablemente sí en sus proveedores. Me sentía hinchada por las tres cervezas Tusker que Stan había comprado y que yo me había tomado."Claro. Un brandy. Doble." – "Una mujer como me gustan. Yo también soy de brandy. Un brandy en camino."

Cuando regresó, puso los brandys en una mesa cerca de la puerta. Me miró directamente a los ojos y dijo:"No me he presentado, hermosa. Soy Thandi. Significa amor en zulú. Pero soy masái." Cuando pienso en ella, pienso en esta frase, porque así se presenta siempre. No disimulaba en lo más mínimo que me estaba coqueteando, y eso me gustó."¿Por qué te pusieron ese nombre?" pregunté."Larga historia de un padre exiliado durante el gobierno del presidente Moi. Mi padre conoció a su mejor amigo en Tanzania. Su esposa se llamaba así."

Oh"entonces me di cuenta de que no me había presentado tampoco"."Yo soy Aluoch." Le tendí la mano. Después, pensé en todas las formas posibles para presentarme de forma más ingeniosa. Me pasa con frecuencia. Pensar a posteriori en cosas inteligentes que hubiera podido decir. Cuando nuestras manos se tocaron, sentí algo. Algo que me atrajo hacia ella. Quería sostener su mano por toda la eternidad.

Hasta entonces me había considerado heterosexual. Pero Thandi era el tipo de mujer que siempre me alagaba que coqueteara conmigo. Guapa. Con clase. Segura de sí misma. Femme. Y, como habría de averiguar después, inteligente. Todo lo que yo era o aspiraba a ser. Ese jueves en J’s dejé de sentirme halagada, y no hice la amable observación de “Gracias, pero me gustan los hombres…” La jalé hacia mí y la besé con el mismo atrevimiento con que ella había empezado a hablar conmigo.

Nos separamos cuando Stan apareció de pronto atrás de mí y me jaló del hombro de mi vestido. "Aluoch. ¿Qué haces? ¿Estás borracha?" Junto a él, Nina sonreía de oreja a oreja."Olvídalo, Stan. Las mujeres saben mejor que cualquier hombre lo que una mujer quiere. Es imposible que ganes." – "Pero Aluoch no es..." balbució, "no es lesbiana." Nina dijo con malicia:"Amo cuando una lesbiana le “roba” la mujer a un hombre –incluso marcó las comillas en el aire con los dedos." Finalmente, encontré mi voz."Lo siento, Stan" después, miré a Thandi y le pregunté:"¿A dónde vamos?"

Thandi miraba a Stan cuando me contestó. Su voz destilaba ese tipo de desafío que normalmente sólo se oye entre hombres rebosantes de testosterona."Mi casa queda a pocos minutos a pie de aquí. ¿Vamos?" Si Thandi no hubiera sido una mujer, Stan la hubiera golpeado. Me miró, inquisitivo. Yo me encogí de hombros y apreté la mano de Thandi, comunicándole a Stan mi decisión. Suspiró, resignado, y salió. Fue la última vez que vi a Stan. Qué más da, pensé en ese entonces.

Nina, quien en un principio debió haber creído que era una broma y sólo una manera de deshacerme de Stan, me miró después de que él se hubiera ido y preguntó:"¿Y ahora?"

Nina y yo somos amigas desde la guardería, y en el transcurso de mi vida le he dado ya algunas sorpresas, pero esta vez se quedó boquiabierta."Te llamo mañana. Ahora me voy. Pero, antes de irme: Thandi, te presento a mi amiga Nina. Nina, te presento a Thandi." Las dos se saludaron con una inclinación de cabeza y se dijeron “Encantada de conocerte”, como suele hacer la gente de Nairobi.
 
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Yo vivo con mi mamá en Muthaiga, excepto cuando no lo hago. Los primeros seis meses con Thandi no lo hice. Esa primera noche detonó algo que yo pensé que iba a durar para siempre. Nuestros cuerpos estaban sincronizados de una manera que nunca había sentido antes con nadie. Sabía dónde tocarme y cómo llevarme hasta a alturas casi de vértigo. Y justo cuando estaba yo a punto de explotar, bajaba las revoluciones y volvía a empezar. Después de tanto subir y bajar, la culminación era siempre alucinante. Esa primera noche tuvo como consecuencia que Thandi me llevara en auto a casa una semana después, donde conoció a mamá y platicó con ella mientras que yo empacaba lo más necesario en mi bolsa Samsonite. En caso de que mi madre estuviera sorprendida por mi nueva relación de mujer a mujer, no lo demostró.

En esos meses que estuve con Thandi, hablaba de ella de la misma forma que de todos los chicos con los que había yo tenido una relación: Stan, de quien decía que era demasiado shags, porque sus padres vivían en Busia, un lugar muy rural; Mbatian, con quien en su opinión me debí haber casado porque era amable y venía de una buena familia; Owino, que le parecía demasiado luo, porque sólo hablaba con ella en ese idioma, aunque ella le contestara en inglés, y porque me decía “jaber” de cariño; King’ara, a quien le gustaban demasiado las fiestas y cuyo dinero gastaba antes de recibirlo, lo cual para ella era una muestra de que no era lo suficientemente kikuyu. Hablaba de todos ellos como de tu amigo. Se aferraba a la puritana idea de que su tercera y última hija no era sexualmente activa y de que todos esos chicos eran realmente sólo mis amigos, a pesar de lo obvio.¿Y cómo está tu nueva amiga Thandi? ¿Necesita verduras del jardín? –Me topé con tu viejo amigo Mbatian. Se acaba de divorciar. Tengo su teléfono. –Tu amigo Stan vino hace poco a dejarme tu ropa. Parecía muy enojado.

Yo sabía lo enojado que estaba Stan. Trató de avergonzarme en Twitter, posteando una imagen photoshoppeada de Thandi y mía, con el poco ingenioso comentario “Dios hizo a Adán y Eva, no a Madame y Eva”. De su parte: algunos hombres homofóbicos y el presidente de la Fundación para el Fomento del Cine, quienes comentaron que el lesbianismo iba en contra de nuestra cultura y del cristianismo. Como si el cristianismo fuera nuestra cultura. De mi lado: el ejército de redes sociales conocido en todo el mundo como KOT (Kenyans on Twitter), que se burlaba de él ya sea porque había perdido a su mujer a manos de otra mujer (los hombres) o porque no sabía cómo satisfacer a una mujer (las mujeres). Aunque fuera todo muy gracioso, la verdad es que le faltaban los matices. Antes de Thandi, Nina y yo nos habíamos preguntado con frecuencia si no había en África tías abuelas o tíos abuelos que no se hubieran casado nunca y que, para decirlo en palabras de mi madre, tuvieran amigos cercanos del mismo sexo con los que vivían. Bloqueé a Stan en todas mis redes sociales.

Thandi trabajaba para uno de los mejores empleadores en Kenia, el sector de las ONG. Así es que esos primeros seis meses fueron mágicos. Estuvieron llenos de sus viajes y de permanentes reencuentros, que hacían que cada día se sintiera como una luna de miel. Soy diseñadora de modas. No. No como todos los demás en Nairobi que afirman ser diseñadores de moda. Yo de verdad lo soy. Recibo material de todo el continente. Para mis clientes, sólo uso lo mejor. Tengo tres costureras que materializan mis dibujos. Pero la mayor parte de la clase media de Nairobi no es realmente clase media.

La gente que gana 40.000 chelines kenianos al mes se dice nosotros, la clase media sólo porque tienen una cuenta de Twitter, un refrigerador y una televisión, y porque de cuando en cuando se pueden permitir un viaje a Java. Eso significa que, básicamente, mis diseños son inalcanzables para muchos, que prefieren comprar su ropa de diseñador usada en el mercado Toi.

Generalmente sólo recibo pedidos para eventos especiales, como bodas. Mis mejores y más constantes clientes son: mi hermana mayor casada, encargada de las relaciones públicas de una corporación internacional; algunas viejas ex compañeras de la Msongari, y mi madre con sus amigas sólo para los buenos momentos (siempre y cuando no sea temporada de elecciones en Kenia). Y claro, mi otra hermana también me hace pedidos siempre que encuentra alguien que vuele de aquí, su casa-casa, a su otra casa, en Boston. Éstos, como pedidos fijos, no bastan para pagar mis gastos y mi renta. Por eso vivo con mamá. Hasta que me mudé con Thandi.

Que me haya mudado con ella significaba que tenía el departamento para mí sola cuando ella estaba en su oficina o fuera del país. Podía trabajar con calma en mis diseños, y mi estudio de yoga estaba más cerca de ahí que de la casa de mi madre. Felicidad. Hasta que se acabó. Mamá se enfermó.

Akoth está en Estados Unidos. Atieno tiene esposo e hijos y vive en Karen, del otro lado de la ciudad. Sólo quedaba yo, así es que tuve que abandonar mi nido de amor en Westlands y regresar a Muthaiga, para cuidar a mamá.

En el hospital Aga Khan nos dijeron que era la C mayúscula. Cáncer. Mejor ir a la India. El cáncer está en su etapa temprana y los doctores allá están mejor equipados. Un amigo, un doctor desilusionado, me dijo una vez que esas referencias a la India son una farsa. Y que nuestros médicos lo hacen para obtener un dinero extra. Traté de hacérselo entender a mis hermanas, pero les daba lo mismo."Aluoch, no entiendo cuál es el problema. Nosotras vamos a pagar, es nuestro dinero. Tú no tienes que hacer nada más que acompañar a mamá. Ve con ella a la India" me reprendió Atieno.

Estúpida Doña Perfecta. ¿Por qué no va ella? Casi se lo pregunté, pero luego recordé que yo, como la artista de la familia, no tengo nada más que ofrecer que mi presencia. Si me pidieran que pagara un tercio de las cuentas de mamá, no podría hacerlo. Sawa tu, pensé encogiéndome de hombros y acepté. Thandi se portó increíble. Ayudó con las visas y con todos los preparativos necesarios. Mamá hizo bromas y la llamó el hijo que nunca tuvo. Creo que no había entendido del todo cómo funcionaban las relaciones entre personas del mismo sexo.

Siete semanas. Eso fue lo que estuvimos en la India. Tres semanas de angustia y cuatro semanas para que mamá se recuperara. Fue en ese tiempo que mamá se hizo amiga de una doctora que compartía su gusto por la jardinería. Ella fue la que le contó de ese insecticida, que protegía a sus plantas de los insectos. Curudano. Un potente veneno para plantas y personas. Mamá compró un poco para sus plantas. Yo lo empaqué cuando nos fuimos de la India. Regresamos a casa, el cáncer de mamá estaba en remisión.

Yo me alegré de retomar mi relación con Thandi. Thandi, que se había portado increíble. Hasta que dejó de hacerlo. Siete semanas. No suena a mucho tiempo. Pero vaya que puede serlo. Demonios. Una pausa para ir al baño puede ser mucho tiempo, como se enteró Stan ese jueves en la noche en J’s.

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La primera semana fue exactamente igual a los seis meses antes de que me fuera. Pero después empecé a notar cambios en Thandi. Llegaba más tarde a casa. Se estresaba más por pequeñeces. Sonaba un poco más crítica.

Luego ese último día. Viernes. La llamé al trabajo."¿Podemos cenar juntas hoy? Tenemos que hablar." – "Sawa", su tono era evasivo. Hice la cena. Su comida favorita. Incluso hice postre. Y eso que a mí no me gusta lo dulce.

Tenía dos botellas de cognag. Remy Martin. Sólo nuestro favorito era lo suficientemente bueno. Después de haber hablado, o nos reconciliábamos o nos separábamos. Pero no se me podría acusar de no haberlo intentado.

Empaqué mi bolsa Samsonite, en caso de que no nos pudiéramos reencontrar. Si ése fuera el caso, no quería que se diera una larga despedida mientras que yo empacaba. O, como con Stan, que Thandi tuviera que pasar a dejar mi ropa a casa de mi madre.

Puse mi bolsa Samsonite en el cuarto de visitas. La cena estaba lista. Después, la cena se enfrió. Thandi no llegó. No mandó un mensaje de voz por WhatsApp. Tampoco un mensaje de texto. No contestó mi única llamada.Y cuando lo volví a intentar, su teléfono estaba apagado.

Sabía que lo había apagado. Thandi, mi en ese entonces todavía novia masái, cuyo nombre significa amor en zulú, odiaba las baterías vacías, tanto que siempre llevaba en su bolsa dos baterías externas totalmente cargadas. Lo primero que preguntaba cuando visitaba a alguien, aun antes que la contraseña para el Wi-Fi o dónde estaba el baño, era: “¿Puedo cargar mi batería externa/mi teléfono?”

Me calenté un plato de comida. Cené. Incluso comí postre. Tomé Remy Martin directamente de la botella. Y lloré. Nunca había llorado por una relación, pero Thandi, una chica masái, cuyo nombre significa amor en zulú, me hizo llorar.

A las seis de la mañana me di un regaderazo en el baño de nuestra recámara. Thandi no estaba en la cama. Quizá no había venido a la casa. Me iba a ir.

Excepto que. Thandi sí había venido a la casa. Cuando abrí la puerta del cuarto de visitas, una mujer desconocida se irguió en la cama. Había esperado a Thandi. Vio a otra mujer, que no conocía. Su cara era una única pregunta. ¿Quién eres? Le sonreí tensamente."Hola."

"Hola" respondió."¿Thandi ako?" – "En el baño." Cuando la vi, sentí una punzada en el pecho. Sus extensiones capilares baratas, su maquillaje estridente que no se había lavado antes de dormir…Y…Y…Su vulgar brasier azul, comprado quizá en la parada de autobuses del Globe Cinema, sobre mi bolsa Samsonite.

Si Thandi había querido que termináramos, ¿tenía que haber caído tan bajo? Ese brasier azul sobre mi bolsa Samsonite. Ésa fue para mí la gota que derramó el vaso. Lo tiré al suelo de un manotazo, tomé mi bolsa y salí del departamento de Thandi.

Hoy la volví a ver por primera vez desde ese día que me fui. El curudano, que siempre transfiero a cualquier bolsa que uso, no fue accidental. El encuentro en Manor 540, sí. En el restaurante que hoy sirve el mejor pescado de la ciudad, antes vivió Evelyn Baring, el gobernador colonial británico. Un interesante lugar para llevar a los británicos de las ONG en 2018. Pero quizá los británicos de las ONG también tienen que comer. Aunque su capacidad de distinguir entre una buena y una mala comida es cuestionable.

Thandi dejó a sus wazungu de las ONG y yo, a Nina. Nos sentamos juntas y hablamos, mientras que compartíamos una porción de pescado. La intimidad de compartirnos un pescado tan grande interfirió con la furia en mi voz. Discutimos acaloradamente. Noté que varias veces los meseros estuvieron a punto de intervenir. Una vez el gerente se acercó a nuestra mesa y preguntó “¿Está todo bien?”, en una solícita voz que amenazaba con echarnos del lugar. Thandi le explicó algo al gerente, que se fue.

Después también me explicó algo a mí. Otra cosa. Todo era demasiado agobiante, dijo. No estaba lista para una relación seria, aclaró. No había sabido qué decirme, por eso esa última noche no llegó a cenar a la casa, añadió. La otra mujer no significaba nada. Ni siquiera recordaba su nombre, me aseguró. Yo asentí, como si lo comprendiera."¿Por qué no nos acompañan tus amigos y tú a Nina y a mí al J’s?" – "Excelente idea" dijo Thandi, que es masái, pero cuyo nombre significa amor en zulú. Salimos todos juntos, un grupo grande y aparentemente alegre.

Cuando llegamos al J’s, le sonreí y dije:"Porque finalmente pude cerrar este capítulo, yo invito el primer brandy." Cerrar el capítulo, cómo no. Fui por nuestros dos brandys. El J’s está lleno, como todos los jueves por la noche. El curudano encontró su camino al vaso de Thandi antes de que regresara yo con ella."Gracias, nena" dijo. "Estoy contenta de que todo vuelva a estar bien entre nosotras." Bebió.

En su último minuto, antes de desmayarse, vi en sus ojos que lo sabía. Sabía lo que hice. En la primera semana después de haber vuelto de la India, le había contado del curudano y de sus efectos. Que los campesinos que no pueden saldar sus deudas lo toman con brandy. Probablemente Thandi nunca imaginó que también tenía una deuda pendiente. Hasta ese momento antes de desmayarse.

"Creo que Thandi no se ve muy bien" le dije a uno de los wazungu. "Mi teléfono está muerto. ¿Puede alguien llamar una ambulancia?" – "¿Cuál es el número? ¿Cuál es el número de la ambulancia? –preguntó uno."Yo comencé a llorar.

J’s. Jueves por la noche. Durante la música en vivo. La banda toca. La multitud baila. El local está lleno. Los wazungu en mi mesa gritan. Thandi, una mujer masái cuyo nombre significa amor, se convulsiona. Y yo sonrío para mis adentros.

Todos a mi alrededor me ven llorar. Pero no saben nada. Cerrar el capítulo. Finalmente pude hacerlo hoy. Por un vulgar brasier azul sobre mi bolsa Samsonite.