Ubah Cristina Ali Farah Las estaciones de la luna

Somalis reisen auf einem Lastwagen mit ihren Wasseranhängern
Somalis reisen auf einem Lastwagen mit ihren Wasseranhängern | Foto (Detail): EPA/RADU SIGHETI / POOL © dpa-Report

De Ubah Cristina Ali Farah

Mi hija se fue. No dejaba de abrazarla y luego le dije, Vete, ya está todo listo, pero no pude contenerme, maldita sea, y me puse a llorar frente a todos, una verdadera desgracia. Intentaba secarme las lágrimas con una esquina del velo, chupaba la esquina del velo como una lactante y ella, para variar, fue comprensiva: Mamá, me dijo, no me voy para siempre. Quédate tranquila, le pedí y mi hija esbozó una sonrisa, quédate tranquila por irte, repetí, y ella abrazándome de nuevo respondió, Voy con mi hermano, más bien eres tú la que te quedas. Y yo me esforzaba por sonreír, pero las lágrimas se derramaban solas como de una tubería rota, a borbotones, y yo me las tragaba y tenía los ojos en llamas y era como durante la estación de lluvias, cuando las alcantarillas se tapan y las calles se convierten en ríos crecidos, fucsia de lodo.

Estoy segura de que todos se dieron cuenta, porque en este país ser sentimental es una gran vergüenza y solamente cuando vi a esas mujeres reírse entre dientes me tranquilicé. Yo las mato, me dije, voy para allá y les arranco los pelos, las rasguño hasta despellejarlas, quiero ver sangre. Pero tal vez se reían de sus propias cosas, quién sabe. No es cosa de risa separarse de una hija, una hija que volverás a ver quién sabe cuándo. Y luego se subió en esa combi desvencijada, una maraña de brazos y piernas en un cubículo con cuatro ruedas, el aire húmedo de salinidad y fruta podrida. Hagan lugar, grité, chirriante como una gaviota y una joven, envuelta en un guntino harapiento, se quedó boquiabierta de asombro y vi que le faltaba un incisivo en la fila marfil de los dientes y la muchacha refunfuñó, Pero mira nada más, esta quién se cree que es.
Creo que soy una madre y punto, le quería responder, pero luego vi a mi hija ocupar un lugar cerca de una ventanilla, apretar sus dedos finos contra el cristal, contorsionar su largo brazo como una liana fuera de la ventanilla y entonces me puse un poco de puntitas para apretarle de nuevo la mano, hasta que el chofer encendió el motor y no quedó más que una estela, un cometa de tierra roja, donde antes estaba mi hija.
          
El viento soplaba formándome en el rostro una costra de sal y entonces me puse a repasar esa mañana; nos habíamos despertado bañadas en sudor y yo la miraba dormir apoyada en la orilla de la cama, de cara al techo, la boca semiabierta y el brazo doblado bajo la cabeza como cuando era niña y las rodillas en el pecho. El aire lleno de jazmines secos, la ropa metida en una bolsa de tela, botellas de aceites perfumados sobre el tocador. Quisiera poder sellar la recámara para conservar su olor, aunque es un lujo que no puedo permitirme ahora que me quedé sola, en una casa que es una hilera de cuartos cubiertos de zinc, un brasero por cocina y un baño a cielo abierto.
           
Antes de que los muchachos se fueran parecía que se vivía en un nido crepitante de pájaros, mi cuñada y yo habíamos compartido esa casa durante años, junto a un número variable de niños, los nuestros, pero también los sobrinos que venían a la ciudad para asistir a la escuela. Luego, cuando también su hija menor se casó, mi cuñada había decidido seguirla al norte, a su nueva morada. No esperes a que sea demasiado tarde, me había dicho antes de irse, Te aferraste a vivir sola con esa hija, cuidado que te vas a arrepentir y después, ¿qué va a decir la gente? No me importa qué dirá la gente, le había respondido, yo la educo como quiero y nadie puede permitirse criticarme.
           
Mi prima había hecho cara porque sabe muy bien que tengo el corazón tierno, pero que no me dejo pisotear por nadie. Aun así, cuando esa mañana me había despertado temprano, mientras sobre el carbón chisporroteaban las cebollas, mientras me esforzaba por cortar trozos de carne manteniendo pegado en el piso con el dedo gordo del pie el mango del cuchillo, era como si ese mismo puñal rasgara filamentos fibrosos de mi pecho, iguales a los que apretaba entre los dedos. Era como si todas mis vísceras estuvieran ahí friéndose en el aceite hirviendo: un ruido sordo, una punzada igual a cuando sueño que me caigo en el vacío. Qué rico aroma, había exclamado mi hija al despertarse, frotándose los ojos, estirando los bellos brazos al sol, Quedó pan del que horneamos ayer, ¿cierto?
Sí, le respondí, También te preparé provisiones para el viaje.
           
La había mirado mientras se inclinaba para llenar de agua el odre de terracota, lo llenaba con una lata, luego se había metido en la barraca angosta que es nuestro baño y la escuchaba cantar, límpida como el cristal. Y después había salido, una toalla amarrada al pecho y gotas de luz en los hombros, el pelo pesado por el agua se precipitaba hacia abajo. Se había sentado así, cerca de mí, en un taburete de madera y piel, mientras arroyuelos resplandecientes la recorrían toda y entonces yo le había llenado el plato de estofado jugoso y servido el té. ¿No vas a comer? me había preguntado. Todavía no, no tengo hambre. Mi hija come con la punta de los dedos, remoja el pan y se mete el bocado entre los labios, un rastro aceitoso alrededor de la barbilla. Ya verás que todo saldrá bien, me había dicho apretándome la rodilla con fuerza, voy a prepararme. No se necesitó mucho para que estuviéramos listas para salir.
           
Mi hija es un encanto cuando camina, ligera como una libélula sobre el agua, los labios como tinta, la sonrisa perla, el cuerpo marcado y delgado. Habíamos pasado el mar y las olas espumeantes sobre el océano esmeralda parecían rebaños que pastan en la hierba. Sobre los embarcaderos del puerto, largas filas de veleros dhow listos para salir. No volverás a ver el mar, le dije, allá donde vas. Sin ti no sería lo mismo, respondió, encogiendo los hombros, ¿Te acuerdas?

Un día fuimos juntas a Yazira, un promontorio de madreperla, no muy lejos de la ciudad, frente al cual se alza un escollo, verde y negro, donde se conservan los restos de un santo. Un viejo del lugar había insistido en ser nuestro guía. En el horizonte, sobre la silueta plateada de un dhow, un hombre parecía escrutar el mar.

Es de piedra, había dicho el viejo, anclada en la arena profunda, aunque parezca una madera que surca el mar. Un mercader solía viajar hacia Zanzíbar y una noche que una tempestad lo sorprendió, le rezó al santo para que le salvara la vida. A cambio de eso, donaría lámparas y tapetes a la mezquita. El mercader se salvó, pero no cumplió su promesa y la siguiente vez, cuando pasó frente al escollo de sal, sintió vergüenza y se transformó en piedra junto con su dhow y el bote salvavidas. Y luego nos había señalado grandes manchas carmín, esparcidas sobre la arena dorada, parecidas a dátiles sobre el terreno. Una mujer había prometido donar su precioso collar de coral al santo si concebía un hijo. El hijo nació, pero en vez de cumplir la promesa, la mujer, presa del pánico, decidió huir y en la fuga el collar se rompió y cayó a tierra y de los corales esparcidos nacieron flores bermellón parecidas a perlas de sangre. Dependemos de la voluntad de Alá, murmuró al final. Esas son puras supersticiones, dijo mi hija, mientras yo ponía monedas en la mano del viejo, cada uno es autor del propio destino. No importa, le había dicho, tú cumple siempre las promesas.
           
La arena nos azotaba la piel para cuando soplaba el monzón y mi hija repetía, No me gustan esas supersticiones, y su túnica cobalto estaba extendida como la vela de un dhow y se mantenía firme con zancadas largas, hundiendo cada paso en la playa húmeda. Ahí, había exclamado después, ahí me quiero meter a nadar. Una bahía sombría, rodeada de corales iridiscentes, un acuario de peces arcoíris. Había comenzado a despojarse de la túnica y mirándome de reojo había preguntado: ¿Puedo? Sí, vamos juntas.
           
Nos habíamos aventado desnudas al océano y el agua parecía líquido amniótico porque era tibia y mi hija nadaba detrás de mí, De ahí salí, gritaba sumergiéndose y resurgiendo como una sirena, de ahí salí, indicando el espacio abierto entre mis piernas.
          
Mi hija se fue y yo estoy en pleno centro de Afar Irdood, las cuatro puertas, estación, encrucijada de todas las calles, el lugar más ruidoso de toda la ciudad. No es, para nada, el lugar adecuado para decirse adiós. Camiones cargados hasta el borde, autobuses que esperan llenarse, y en ese momento está el muchacho que grita para llamar a los pasajeros. Puestos de mangos y tomates, tejidos y arroz indios, cabras que pacen por todos lados, camellos con brida y hojas de papel desparramadas. Estaba ahí plantada y tensa, hasta que una carreta casi casi me aplasta. Con el barril de mercancías y el asno: así son esos cargadores de agua, dispuestos a atropellarte por una nadería. Y gritan groserías si te encuentras en su camino, ni que tuvieras derecho.
 
Llegué a Afar Irdood hace muchos años, cuando tenía la edad que hoy tiene mi hija. Era la primera vez que veía una ciudad. Me la había imaginado llena de luces y sombras, el zumbido de los motores encendidos y las mujeres con largos velos luminosos, los collares de plata y los brazaletes tintineantes al viento. Una ciudad ajena a los caprichos de las estaciones, a los ciclos de penuria y prosperidad de los cuales dependía el matorral. Tierra adentro, cuentan que nací en el mes en que la estrella Shaula se une en el cielo con la luna, un tiempo de abundancia y leche, sin embargo, Shaula, el aguijón del escorpión, no le trajo fortuna a mi madre, quien murió al darme a luz. Sería su única hija, después de dos hijos varones. La vida en el matorral es dura, sobre todo para las mujeres y, a pesar de que no tenía mamá, sus hermanas fueron las que me enseñaron cuáles eran mis deberes, los árboles de los cuales sacar las ramas más resistentes para construir la choza o la madera para los recipientes de agua, leche y mantequilla. Me enseñaron también a crear las mejores fibras para las esteras y, cuando me volví más experta, no hacían más que elogiar mis dotes de tejedora, admirando los patrones florales de mis tapetes. Desde pequeña me encomendaron las cabritas que saltaban en el corral, hasta que fui capaz de alejarme para llevarlas a pastar y regresar al campamento en la puesta de sol, para protegerlas de chacales y linces.
           
Se vivía en chozas de ramas entrelazadas cubiertas de esteras, moradas portátiles que cargábamos en el lomo de los camellos, cuando llegaba el momento de trasladarse. La vida era siempre un movimiento, en busca de pasturas y agua. Mi padre era un adivino muy estimado y aunque no sabía ni escribir mi nombre, de él aprendí a leer las estrellas y las estaciones, o bien, que cuando el amanecer se tiñe de rojo y el cielo está surcado por largas franjas negras, o que cuando la Osa Mayor hunde la cabeza en el horizonte, significa que viene la lluvia. Mi padre también sabía reconocer los campos donde la tierra era rica en nuuro, una sustancia milagrosa e intangible que asegura la supervivencia de todas las creaturas. Y no es que me lo haya enseñado voluntariamente, porque esos conocimientos están reservados a los hombres, pero pienso que también habría podido convertirme en una adivina, si me lo hubieran permitido.
           
La vida en el matorral es difícil durante los periodos de sequía prolongada, pero cuando las fuertes lluvias terminan, todo se transforma. Los árboles espinosos se pueblan de hojitas esmeralda y toda la tierra parece alfombrada de flores. Capullos blancos como la nata parecen estar salpicados sobre la hierba corta bajo las acacias. Las flores escarlatas de la sábila se extienden de los tallos delgados y el aire está lleno del canto de los pájaros y del chillido agudo de los insectos. Las golondrinas vuelan tan veloces que solo trazan un matiz azul en el cielo. Los buitres ya no son amos y señores y sobre los esqueletos de los camellos muertos por la hambruna se trepan las hierbas y las flores silvestres. En los charcos de agua se dan cita nubes de pequeñas mariposas, verde claro, parecen enormes flores con pétalos palpitantes. Todos sonríen y las muchachas nos ponemos vestidos nuevos rojos, azules y oro, mientras que los hombres usan despreocupados sus togas blancas brillantes. Sabemos que la estación de lluvia y abundancia de pasto no durará mucho, por lo que debemos aprovechar hasta que podamos. Esta es la época de los cortejos y de las danzas. Las muchachas batimos las palmas, danzamos y retamos a los varones con poesías y adivinanzas. A veces elogian nuestros labios oscuros, el perfil de ámbar o nos comparan con las estrellas o el agua de lluvia. También se nos permite, con el consentimiento de los jefes de familia, conversar con nuestros pretendientes al reparo de una choza.

Una noche, uno de ellos, después de haberme retado durante las danzas, insistió en verme. Hay tres cosas que no son propias de mujeres, hoobeeyoy, me había apremiado cantando, mientras que para los hombres son respetables: resuelve este enigma si te crees capaz, hoobeeyoy. Mis amigas me habían mirado con aprensión y seguían batiendo las palmas para alentarme hasta que, después de haberlo reflexionado, respondí con voz clara. Las tres cosas que se desaprueban en las mujeres, déjame que te las cuente: Una es atracarse de comida y servirse primero, el hombre puede hacerlo, la mujer no, la segunda es que ustedes pueden ordeñar numerosas camellas, así como pueden casarse con cuatro mujeres, mientras que a nosotras nos corresponde un solo marido. La tercera no es apropiada para una adivinanza y por tanto elijo no responderla. Mis amigas se taparon la cara y lanzaron un canto, mientras que los muchachos sacudieron la cabeza, quizá como desaprobación. Todos sabíamos a qué aludía. Los hombres pueden cortejar a las mujeres que les atraen, mientras que para nosotras está prohibido. Yo no estaba de acuerdo y no podía ocultarlo.

Mi pretendiente no era ni feo ni guapo, era más bien insignificante, hay que decirlo. Se movía con una flacidez femenina y tenía la barriga ya salida, a pesar de que todavía era joven. Los ojos húmedos y buscones y el labio inferior rosáceo. Decían que el padre poseía muchos camellos. Mañana pediremos tu mano, me dijo con aire de reto, en cuanto estuvimos solos en la choza. Dicen que eres una trabajadora incansable, todos hablan de tus habilidades de tejedora, tu belleza a la luz de la luna es aún más evidente, haremos una buena oferta. No me has pedido mi opinión, respondí. Se soltó a reír y se levantó para despedirse, agregando solamente, No es necesario.
           
A mi padre tampoco le ha importado nunca mi opinión. Sin embargo, había dejado que siempre comiera junto a mis hermanos las mejores partes de carne, las costillas, las piernas y las espaldillas. Por nada del mundo habría querido desobedecer a mi padre. Mi padre sabía leer las estrellas y los planetas, encontrar el barakin en las plantas, con eso me bastaba. ¿Por qué aceptar la propuesta del pretendiente? Yo nunca había pensado en el amor, estrella gigante roja que cuando deja su posición hace que se pierda la luna. Los muchachos van a caballo con sus lanzas y los ves como figuritas en el horizonte, los cabellos como frondas de acacias, los ojos resplandecientes, las extremidades largas y nervudas. Pero yo nunca había pensado en el amor. Y ahora la idea de compartir mi vida con un hombre, un hombre como el pretendiente, me repugnaba. No es viejo, me dijeron mis amigas, cuando se supo que se había pactado el contrato de matrimonio, fuiste más afortunada que otras. Yo no quería desobedecer a mi padre, pero por primera vez me di cuenta de que no era feliz. No había un deseo que hubiera buscado atender alguna vez, que nadie hubiera buscado atender nunca. La vida es sencilla cuando cumples tus deberes, cuando no te critica nadie. Pero ¿qué queda de nuestros deseos si nadie los tiene en cuenta? Tú eres la autora de tu destino, me dije, ármate de valor. La maldición de un padre es mucho peor de lo que pueda esperar una hija, pero las estrellas me ayudarían, ellas sabían que conocía su nombre.
           
Cuando era niña, mi padre me contó la historia de un hijo cruel que siempre golpeaba a su madre. Un día se puso particularmente violento y la arrastró sobre rocas afiladas dejando detrás una raya de sangre. La madre, a punto de morir, elevó los ojos al cielo, esperando la intervención divina. El Omnipotente la salvó paralizando al hijo quien murió al poco tiempo y desde entonces esa larga raya de sangre subió al cielo, transformándose en la Vía Láctea, monición contra los hijos crueles. Pero ¿no hay leyendas que hablen de la crueldad de los padres? A quienes debemos obedecer, ¿para los que debemos trabajar hasta el extremo de nuestras fuerzas?
           
Era de noche cuando decidí escapar. La amiga con la que compartía la choza dormía a mi lado. Tenía yo el brazo adormecido. Intenté sacar las esquinas de mi vestido atorado bajo la rodilla de la muchacha. Se sobresaltó con el jaloncito. Pero siguió dormida. Tenía miedo. Mas nada era peor que casarme con un hombre arrogante al que no amaba. Quería ser libre. Agarré las sandalias y me agaché bajo la manta ligera que usábamos como puerta y que ahora ondeaba al viento. Llegué al cercado con espinas y al palo que servían como portón. Logré pasarlo y me dirigí hacia la que sabía era la ruta de las caravanas. Al amanecer despuntaban las Pléyades en el horizonte y soplaba un fuerte viento. Vi un camión avanzar en una nube de polvo bermellón. Plantada de pie en su camino, ya no tenía dudas, estaba segura de que ese camión me llevaría a la ciudad.
 
Cuando llegué a Afar Irdood no conocía a nadie. Se lo confesé al conductor del camión y me respondió que ese no era problema, bastaba con correr la voz, decir por ahí el nombre de mi clan, y de seguro encontraría a alguien dispuesto a recibirme. Habló sonriendo y prometió ayudarme. Lo vi alejarse mientras daba órdenes a los cargadores, la camisa ocre abierta al viento, los pantalones apretados con la bragueta apenas cerrada y el cinturón de cuero desgastado. Me quedé inmóvil junto al camión por miedo a perderme: La gente de la ciudad habla un somalí distorsionado, pensé, y mientras tanto, largas filas de hombres con el torso desnudo avanzaban frente a mí, cargaban costales pesados y se los pasaban el uno al otro. Las mujeres llevaban puesta ropa de batik con mangas cortas, chales de algodón voluptuosos, y de repente me hicieron sentir inadecuada con mi túnica pesada, empolvada por el viaje. El camionero regresó con un muchachito de la mano, Listo, dijo, te acompañará él a casa de una tía con la que estás emparentada por parte de tu madre. No tenía más que una bolsa como equipaje y debí parecerle perdida, porque de repente, cuando apenas me había alejado un poco, me llamó por mi nombre y agregó: Ebla, no siempre la gente recibe bien a los parientes que vienen del matorral, si las cosas salieran mal, acuérdate de que me encontrarás aquí todos los lunes. El lunes es un día de augurios en el calendario de los nómadas, respondí, y me encaminé de nuevo detrás del muchachito. Mogadiscio me pareció aún más linda de lo que me había imaginado, mientras seguía incansable al niño por los callejones estrechos de la vieja ciudad: un hervidero de hombres y mujeres sobre las aceras y las tienditas de los comerciantes indios emanaban un aroma intenso de sábila y cardamomo, el aire impregnado de sal. También estaban los talleres de los artesanos que trabajaban el oro y la plata sentados en el piso con el hornillo prendido: de ahí extraían espléndidas joyas de filigrana o colgantes de aspecto real. Las mujeres concentradas en extraer fibras del algodón y después los hombres las pintaban y tejían. De vez en cuando se escuchaba a los mercaderes árabes lanzar gritos detrás de sus puestos de tiburón seco y pasas.
           
Pero aún más sorprendente fue la vista de las grandes calles empedradas: palmas de dátiles las escoltaban y había plazas adornadas con campanillas amarillas e hibiscos. Los edificios de un blanco enceguecedor, imponentes como castillos almenados. Me contaron después que las moradas más antiguas se construyeron mezclando la cal con leche de manera que ni siquiera el mar pudiera dañarlas. Cuando estuvimos frente a la casa de la tía, el niño me indicó la reja y se dispuso a irse, antes de darme tiempo para anunciar mi presencia. No tengo nada para recompensarte, le dije apenada, No te preocupes, me respondió contento, se encargó de eso el camionero.
           
La tía no me recibió con amabilidad, pero tampoco con hostilidad. Alguna vez debió ser una mujer atractiva de pestañas largas y boca en forma de corazón, pero la vida citadina y los numerosos partos la habían vuelto pesada y ahora el busto y los costados parecían formar un solo bloque que le dificultaba los movimientos. En el matorral todos somos flacos: la escasez de comida y el trabajo duro tallan los rostros y los cuerpos de las mujeres y de los hombres precozmente. La tía no me hizo muchas preguntas, le encargó a una de sus hijas que preparara un camastro y que me llenara un balde de agua. Nunca había usado jabón antes de ese momento y, después de habérmelo restregado bien en la piel, vi que me escurrían chorritos de agua café por los pies.
           
La tía vivía con una hermana soltera, cinco hijos y un marido violento: la escuchaba llorar silenciosa en la noche y de día raramente salía de su cuarto, decía siempre que le dolía la cabeza. Sus hijos y la hermana soltera eran los que se ocupaban de todo y yo nunca dejaba de tener cosas que hacer. Cada tanto me tocaba llevarle de comer y entonces la veía acurrucada en la oscuridad como un caracol, un olor sofocante de sudor y almizcle saturaba el aire.
           
No hizo falta mucho para que me diera cuenta de que no podía entretenerme mucho ahí. Había encontrado un lugar donde podía comer y dormir, sin embargo, advertía una amenaza, un peligro inminente. ¿Y qué pasaba con mis deseos? ¿Qué no había dejado mi campamento para ser libre? Fue así como decidí localizar al camionero. Lo encontré el lunes, como me lo había prometido, después de casi un mes lunar de mi llegada, la camisa revoloteando y una ramita de caday entre los dientes. Ebla, me dijo, puedo darte un poco de mercancía para vender en el mercado, así con lo que juntes podrás comprarte un bonito vestido y lo que te haga falta. También quisiera que me consiguieras fibras, respondí, para tejer algunas esteras, me dicen que se aprecian mucho aquí en la ciudad. El camionero me dio un odre de leche garoor, una cesta de incienso y dos costales pesados de arroz con los que en parte hice trueque con vendedores como yo, a cambio de aceite de ajonjolí, azúcar y cacahuates, convencida de que la variedad me traería más clientela.
           
Por la mañana me despertaba antes del amanecer para ir al mercado, extendía mi pesada manta de yute, ponía encima las mercancías y, mientras esperaba, trenzaba la paja. Pasaron algunas semanas y me consideraba satisfecha, la gente no hacía más que elogiar mis dotes de tejedora, el camionero nunca dejaba de reabastecerme, a veces con sandalias y dátiles, o bien con carne seca y ácido benzoico, telas de motivos florales, dependiendo de la carga que transportara. Eres una muchacha avispada, me repetía cuando le regresaba el dinero y a menudo tenía que insistir para que lo aceptara.
           
Mi padre leía el futuro en la grasa que rodea el estómago de las cabras, predecía guerra y sequía, abundancia y leche. Decía que el tiempo no es más que un sucederse de prosperidad y carestía, recursos cíclicos que marcan el ritmo de la vida.
           
Yo sabía que la amenaza no tardaría en manifestarse. Sucedió una noche más oscura que las otras, la Cruz del Sur escondida tras la línea del horizonte: acabábamos de lavar los platos de la cena cuando el marido de mi tía me mandó llamar. Es una gran vergüenza que no nos hayas informado, me espetó, es una gran vergüenza que alojemos a una muchacha fugitiva de un matrimonio arreglado. Ya le avisaron a tu padre y tu pretendiente pronto emprenderá el viaje para venir por ti.
             
Me pareció como cuando un chacal persigue a una manada de gacelas y esta saltan desesperadas en fuga: sin embargo, las gacelas no pueden más que contar con su suerte o la agilidad de su salto para ponerse a salvo. Pero yo no era una gacela y el pretendiente no era un chacal, ¿entonces por qué se obstinaba en querer a una mujer que lo había rechazado? No me quedaba más que esperar en el naqsi, la compensación divina: no hace falta abusar del propio poder, se dice, porque quien lo usa injustamente lo perderá rápido. Pero no había nadie, incluido mi padre, que considerara mi matrimonio forzado como un abuso de poder.
           
No conocía a mucha gente en la ciudad y nunca nadie me había ayudado como el camionero, por eso cuando lo vi al siguiente lunes, ni siquiera le di tiempo de bajar del camión: me aferré a la puerta, mis ojos dos tizones ardientes. Debes casarte conmigo, le dije casi gritando. El camionero me estrujó los hombros para calmarme, sus ojos serenos y distantes. Siguió moviéndose en su manera agraciada, como si rozara el piso, se acercó a una mujer que vendía cigarrillos sobre un barril volcado, tomó dos y, después de meterse uno en el bolsillo de la camisa, encendió el otro con un cerillo. Nunca lo había visto fumar, quizá nunca había visto fumar a nadie, y era como si una nube premonitoria tomara forma y entonces me acordé de una canción que había escuchado durante los cortejos, oh mi amada, el pozo se secó, mi caballo está viejo y cansado: ¿adónde podré ir por agua para tu sed?
           
Ebla, me dijo el camionero, eres una muchacha bonita y valiente, no puedo más que sentirme halagado por tu propuesta. Pero tú sabes que soy un hombre que viaja, un hombre que ama la libertad y quiero seguir libre de ataduras incluso a costa de que se burlen de mí. Yo también quiero ser libre, le dije, como quieres serlo tú y, si te casas conmigo, seremos libres juntos y no se burlarán ni humillarán a ninguno de nosotros.
           
Celebramos nuestro matrimonio en gran secreto a las puertas de la ciudad y me fui a vivir con su hermana que se había quedado viuda hacía poco. Con él tuve dos hijos y en la casa que compartíamos junto a nuestros hijos, yo y mi cuñada recibimos a muchos otros del matorral y nos encargamos de mandarlos a la escuela y de alojarlos a cambio de una cantidad módica de dinero. Mi marido iba y venía, libre como quería, y mi pequeño comercio florecía gracias a su ayuda.
           
Luego, un día conocí a Haaja Faay y las cosas mejoraron aún más. La conocí en el mercado: le encantaban los tapetes y las cestas que yo tejía y siempre que regresaba a comprarlas me pagaba un poco más de lo debido. Haaja Faay era una muchacha blanca y tenía las manos fuertes, a pesar de su frágil estructura de piel y músculos. Sus ojos tenían un color que nunca antes había visto, parecido al de los pozos en época de abundancia: de un azul intenso como la noche.
           
Todas las mujeres la conocían en el barrio y le habían dado un nombre somalí de cariño, porque Haaja Faay era una comadrona y había ayudado a muchas de ellas a parir. Decían que era una monja, pero yo no sabía qué quería decir eso, aunque veía que a diferencia de las otras mujeres blancas se cubría el pelo, sin embargo, un mechón negro como la tinta siempre se le escapaba del velo. Haaja Faay me ayudó también a mí a parir y quizá no habría sobrevivido el nacimiento de mi hija si no hubiera sido por ella. Siempre me iba a buscar y una tarde llegó con una extraña prenda: Ebla, me dijo, te traje un sostén, tienes mucha leche, tus senos son pesados, te puedes lastimar la espalda si no lo usas. Tengo tanta leche porque nací bajo los augurios de la estrella Shaula y de la luna, habría querido decirle, pero ¿qué sabía Haaja Faay de las estaciones de la Luna? Desde entonces nunca dejé de usar brasier y el brasier me dio suerte porque, gracias a mi marido, me convertí en la principal proveedora de brasieres de la ciudad. Fue un cambio importante en nuestras vidas y estoy segura de que, si no fuera por mí, pocas mujeres en Mogadiscio usarían brasier.
 
Mi hija traía puesto un brasier azul cuando regresó con la ropa rasgada, largos arañazos violáceos le recorrían la piel, arborescencias de coral rojo. El rostro incandescente y los ojos cargados de agua, como nubes eléctricas dispuestas a desencadenar una tempestad. Lloro de rabia, dijo de repente, no creas que estoy llorando de dolor.
           
Le rodeé la cintura intentando apretarla, el cuerpo sacudido por fuertes sobresaltos. Se apartó ligeramente, librándose de mi abrazo. No quiero que te compadezcas, agregó pasando saliva y de golpe dejó de llorar. Nos quedamos en silencio por algunos minutos, en cuclillas una frente a la otra, los codos sobre las rodillas, mi hija, la furia encarnada. Al menos deja que te cure las heridas, susurré ligeramente. Tomé las gasas y el desinfectante del cajón de mi cuarto, me los había conseguido Haaja Faay de una farmacia italiana. Le quité el vestido rasgado y entones le vi el costado herido y el broche del brasier estaba café por la sangre y el lodo.
           
Primero debes lavarte, le dije alejándome. Estábamos solas en el patio y se quedó así, sentada en el taburete, mientras yo le echaba agua tibia con el cántaro, en la nuca, en los hombros y en los muslos para quitarle la tierra. Después la ayudé a secarse tocando suavemente la piel, las heridas se pusieron rojo vivo al tacto de la gasa con alcohol. Esos malditos, masculló rechinando los dientes. Ve a acostarte, yo machaco unas hojas de sábila, los cortes cicatrizarán más rápido. Quizá tendremos que darte puntadas.
           
Entré en el cuarto con el incensario prendido, ni siquiera se había llevado la lámpara y a la luz tenue de la luna vi que estaba sentada, los puños apoyados en el filo de la cama. Parecía la estatua esculpida de una diosa o quizás era la reina Arawelo: los hombres dicen que era sanguinaria y déspota, mientras que las mujeres aún ponen flores donde creen que está enterrado su cuerpo. Sagal, le rogué, cuéntame qué pasó. Su voz era el soplo del viento, la misma que usaba cuando cantaba para el hermano, su hermano, el poeta y el músico, nunca se separaba de su laúd.
           
Había ido esa noche a un mitin político, sus compañeros de la liga de jóvenes somalíes querían disuadirla, no podía subir sola a la tribuna, Ya no está tu hermano, le habían dicho, ¿qué crees, que no cambia nada?
           
Mi hija nació bajo el influjo del astro verde y las estrellas dobles de Libra: se dice que los hombres nacidos en esta estación de la luna tienen un gran carisma, pero yo no creo que los cuerpos celestes distingan entre hombres y mujeres. Sagal tomó la palabra de cualquier forma y les dijo a los presentes que se debía combatir a los italianos y que no puede haber independencia y unidad si no hay libertad femenina. Les recordó a todos cómo su hermano había sido duramente apaleado durante un interrogatorio en la comisaría, solo por haberse rehusado a declarar el nombre de su clan, solo por haberse empeñado en repetir, Yo soy somalí, esta es la única pertenencia que cuenta. Les recordó a todos que su hermano se había visto obligado a huir para eludir la persecución de las autoridades coloniales y cómo se estaba reorganizando en el país del interior donde había encontrado refugio, reconociendo a todos los poderes y el derecho a la palabra incluidas las compañeras de lucha. Seguía de pie sobre el precario palco colocado en una plataforma sostenida por cuatro barriles de gasolina vacíos cuando se escucharon gritos agudos a lo lejos y todos comenzaron a escapar. La policía irrumpía.
           
Mi hija corre más veloz que un guepardo, corre y nadie la puede atrapar, se levanta el vestido hasta las rodillas y corre como si estuviera volando. Después llegamos al muro, me dijo, teníamos que saltarlo para ponernos a salvo. La cima del muro estaba repleta de fondos de botella y había que tener mucho cuidado para no cortarse. Mientras intentaba trepar, apoyándose en las ramas de una acacia, algunos compañeros la alcanzaron. Una redada, gritaron, se llevaron a una decena. Luego alguien la empujó. Las ramas espinosas le rasguñaron los brazos y las piernas y se le enterraron pedazos de vidrio en el costado. Es tu culpa, avutarda, ave de mal agüero, le espetaron, No eres más que una puta, eso es lo que eres, como tu madre. ¿Qué te creías, que eras un hombre?
           
abía que incluso los hombres de la liga no debían ser distintos a los demás, una vez uno de ellos me compuso una poesía anónima burlándose de las que usábamos brasier: están aguados los senos que se guardan ahí, deseamos solo aquellos que se yerguen derechos, oh mujeres, dejen de atormentarse el pecho, había escrito.
           
Mi cuñada siempre me ha dicho que hacía mal al criar a Sagal como si fuera un muchacho, Quieres mandarla a las escuelas mejores, repetía, Lo entiendo. Pero dejar que ande corriendo todo el día vestida como varón, eso sí que de plano no. Ya sabes que pronto le harán entender que ese no es su lugar.
           
Mis hijos siempre fueron inseparables. Sagal seguía al hermano al campo de futbol, un rectángulo de tierra dura, él saltaba descalzo alrededor del balón de trapo y yo la veía de lejos en la puerta, toda empolvada, el pelo largo al viento y las piernitas frágiles plantadas en la tierra. Nadie se habría atrevido a molestarla mientras estuvieran juntos.
           
Y luego llegó el día de la infibulación. Todas las muchachas de su edad sentadas en el piso, a la espera. La mujer que oficiaba el rito concentrada en afilar sus instrumentos. Sagal lloraba y entonces no tuve corazón, la tomé del brazo y dije que no, me la llevaba, no quería que sufriera lo que había sufrido yo, me hubiera gustado tanto crecer con una madre al lado, fui para mi hija lo que habría querido que mi madre fuera para mí.
           
Cuentan que existe una fuerza misteriosa, la Mujer Mundo, y que esta es una mujer altísima con un solo ojo incrustado en la cabeza que mira hacia el cielo. La mujer mundo tuvo una única hija que desgraciadamente perdió, pero está convencida de que sigue con vida. Por este motivo, cada tanto agarra a una persona cualquiera, la palpa con las manos y, en cuanto se da cuenta de que no se trata de la hija, la avienta lejos de sí. Si al tacto le parece difícil comprender, la levanta, a la altura del ojo. Así, entre los seres humanos siempre hay a quien arrojen a la altura de las rodillas, otros a la altura del pecho y otros a la altura de la cabeza. La persona agarrada por la mujer del mundo desde ese momento hasta el acto final de su ascenso vive una vida feliz y próspera, porque la Mujer Mundo creyéndola su propia hija la colma de atenciones.
           
Yo no soy la mujer mundo y no creo que el destino solo sea un capricho. Mi hija se fue, pero hay una razón. Se fue a combatir con el hermano, porque una lucha de puros hombres está mutilada, una lucha de puros hombres es una lucha destinada a fracasar.