Abubakar Adam Ibrahim Un surtido de sueños y pesadillas

La vida cotidiana en 2017: Una familia de Maiduguri (Nigeria) cocina frente a su cabaña
La vida cotidiana en 2017: Una familia de Maiduguri (Nigeria) cocina frente a su cabaña | Foto (Detail): Kristin Palitza © picture-alliance

De Abubakar Adam Ibrahim

Nadie sabía cómo se llamaba ese lugar a medio camino entre los sueños –un pedazo de tierra al que, por un lado, abrazaba un turbio río y, por otro, cercaban una serie de colinas de triste aspecto y un bosque sombrío–, un lugar en el que descansaban los viajeros antes de seguir su camino y al que por eso lo llamaron, simplemente, Zango. La parada. Por lo menos, eso era lo que Kaka, la abuela de Laminde, le había contado, mientras que pelaban maníes para la sopa. El serio rostro de Kaka, tan arrugado y polvoso como la tela caqui, lucía una expresión permanentemente cavilante y sus ojos de vieja miraron fijamente desde arriba a la pequeña Laminde, como si quisieran extinguir toda duda que pudiera albergar la niña respecto a esa historia. Pero su raciocinio de niña de siete años de edad estaba convencido de que Kaka era tan vieja como el mundo, y de que había estado sentada en una rama mordisqueando gurjiyas mientras observaba cómo la magia de Dios separaba al cielo de la tierra.


"Por años sólo fue un aburrido lugar intermedio, hasta que algunos viajeros se emborracharon durante su descanso y se olvidaron de continuar su viaje. Sus esposas e hijos, y en algunos casos también sus maridos, se cansaron de esperar su regreso, así es que empacaron todas sus pertenencias en costales de ashasha y se reunieron con ellos" contó Kaka con la mirada fija en algo que se encontraba detrás de Laminde, como si la historia reclamara toda su memoria, como si la niña se hubiera disuelto en la bruma, sin que nadie lo notara, sin aspavientos, tal y como Zango había sido puesto en el mundo.No sería sino hasta años después que Laminde pudo llenar las lagunas de las que constaban los largos silencio de Kaka con hechos que pescaba al vuelo en la escuela y en otros lugares en los que era posible hacerse de historias secretas.

Tras la llegada de las esposas, las prostitutas, que habían atendido a los viajeros, construyeron cobertizos de madera permanentes no lejos del parque, donde el bramido de los motores de los camiones de carga y los berridos de los autos que tocaban el claxon disimulaban los ruidos de la indiscreción, y Zango se convirtió definitivamente en un hogar. Esta parte nunca se la contó su abuela, pero Laminde lo sabía de todos modos. Todos lo sabían. Los cobertizos de las prostitutas todavía existían, y si se miraba con atención aún se podía distinguir entre las vigas del techo rastros del polvo que habían levantado los primeros hombres, que habían convertido a Zango en una ciudad, y de sus camiones de carga.

"Antes de que este lugar se llamara Zango, un pueblo que había sucumbido ante una plaga lo había llamado Mazade", había explicado Kaka, quien miraba fijamente al vacío como si pudiera ver las casas abandonadas, devoradas por las termitas bajo el sol crepuscular. Pero en ese entonces Kaka ya estaba perdiendo la razón, y nadie estaba seguro de si todavía era capaz de recordar cualquier cosa correctamente.

Pero lo que Laminde sí supo con seguridad años después, cuando se sentaba a su ventana y miraba hacia las calles, llenas de vecinos y viajeros, era que las muertes en Zango con frecuencia eran tan dramáticas como la vida misma. A veces eran caprichosas, como cuando Babale murió la víspera de su boda, cornado por un toro embravecido que se había escapado de sus guardianes. El toro huyó después de perpetrar su sangrienta acción, cayó en una alcantarilla abierta y se rompió la cerviz. O cuando la matriarca Balaraba, quien desde hacía mucho sufría de melancolía, fue encontrada muerta en su silla de mimbre, con una sonrisa en los labios y la cara vuelta hacia la puerta. Nadie sabe qué había estado esperando o qué había entrado por la puerta y había desaparecido llevándose su alma. Pero su sonrisa se quedó, su huella siguió siendo visible a través de la mortaja cuando la llevaron a enterrar.

También Babangida murió feliz. Había pasado la mayor parte de su vida vagando por las calles de Zango y alimentándose de lo que la gente desechaba. Una tarde, se quedó tieso como un palo a media calle y empezó a reír. Se rio sin parar durante tres horas y cuarenta y siete minutos, antes de colapsarse. Una o dos veces al año se solía encontrar en el río un cadáver con la virilidad erecta. Si se podía uno fiar de los rumores, habían muerto en los burdeles por una sobredosis de manpower. Las putas y sus padrotes solían sacarlos y tirarlos al río, para que la corriente se los llevara a otra parte. A veces, simplemente los dejaban en la orilla.

Por lo que respecta a Laminde, ninguna de las dramáticas muertes había superado a la de Vera. Vera había estado sentada en su lugar habitual bajo el puente peatonal trenzando los cabellos de una clienta, como había hecho por años, cuando empezó a toser mechones de pelo. Cuando salieron las primeras bolas de pelo, un murmullo se extendió por entre las horrorizadas mujeres que se habían reunido, atraídas por los violentos accesos de tos. Miraron cómo Vera se atragantaba y cómo extraía de su cuerpo una larga hebra de cabello trenzado, cada vez más y más larga, hasta que se hubiera podido creer que se había tragado a una mujer con una cola de caballo. Cuando la hebra se deslizó de su boca, todo el metro y siete centímetros –porque Zaki realmente lo midió después– enrollado frente a ella como un pitón joven, Vera se desplomó. Su cara, medio enterrada entre la masa de pelo y vómito, revelaba todo el horror de haber visto aquello salir de su cuerpo. Era ese tipo de muerte, esa muerte particular con todo lo que de crueldad y agonía implicaba, la que Laminde deseaba para su coesposa Ramatu.


Sabía exactamente cuándo fue que ese deseo había anidado en su corazón. Recordaba el momento preciso en el Hospital General, un año después de que hubieran empezado a compartirse a un marido. Pero el rencor que permitió que esa semilla echara raíces fue sembrado mucho antes, el día en que su esposo, Bello, sentado frente a la olla de tuwo da miyan taushe que le había servido, había anunciado que tomaría una segunda esposa. Cuando Laminde encontró de nuevo su voz, había sido poco más que un susurro incrédulo."¿Una segunda esposa? "En cumplimiento de la Sunna, sí"había respondido Bello."¿Una segunda esposa?" había vuelto a preguntar. "En dos semanas, sí.
Después, se había quitado la gorra, lavado con esmero sus manos en el cuenco verde limón que Laminde había puesto frente a él y empezado a comer. “¡Masha Allah! Está delicioso”, había exclamado y se había servido una segunda porción.

Antes de esa noche, Laminde había estado casada por tres años con Bello. Tres años en los que había dado a luz a una hermosa hija, en los que se habían amado y reído y discutido, como hacen los amantes. Tres años en los que lo había echado fuera en momentos de ira desenfrenada y había disfrutado escuchando su voz suplicante del otro lado de la puerta. Su matrimonio distaba de ser perfecto, bien lo sabía, pero no estaba irremediablemente perdido. Era sólo un maldito matrimonio, igual que todos los demás. Y después la había cogido desprevenida con esas novedades y esos ululatos, y con esas mujeres que habían llevado a una extraña a su casa y habían disparado en su dirección misiles de insidia."Ahora Bello finalmente sabrá lo que es tener una esposa de verdad."– "Cuando el sol salga, no habrá palma que oscurezca su belleza."–"Malam Bello ya gaji da jagade-jagade."

¿Ella? ¿Jagade-jagade? ¿Como chanclas desgastadas? Bello la había llamado reina, sus promesas susurradas habían hecho que jardines brotaran en su corazón. Le había jurado fidelidad eterna y, tanto en momentos de pasión como de claro raciocinio, la había llamado la más bella. ¿Ella? ¿Jagade-jagade?

Ese rencor, con el tiempo, se había convertido en una nube que ya no merodeaba por su cabeza con la importancia ni con el peso que había tenido al principio. No había sido difícil, porque su coesposa, Ramatu, desde su primer encuentro la había mirado con ojos amables, se había inclinado ante ella llena de respeto y la había llamado Yaya. Y la había tratado con la deferencia que le hubiera debido a una hermana mayor. Todas las mañanas acudía a su puerta para preguntarle cómo se encontraba y sostener una breve charla. Cuando Malam Bello llevaba balangu a casa, Ramatu, como la esposa más joven, dividía la carne especiada en dos porciones y le pedía a Laminde que ella eligiera primero. En los días en que la hija de Laminde se aventuraba a entrar a su cuarto, Ramatu solía trenzar los cabellos de la niña, pintar sus manos con henna y dibujar líneas con kohl alrededor de los ojos de la pequeña. A pesar de que envidiaba a Raminde por su belleza, su elegante porte y sus encajes y zapatos de tacón a la moda, Laminde ocultaba su envidia en lo más profundo de su sonrisa.


La primera vez que la noche llevó hacia ella los gemidos de Bello, saltó de la cama, aterrada de que estuviera muriendo de una enfermedad repentina. Una observación más cercana reveló que sólo adolecía de un intenso placer, que lo hacía emitir sonidos que nunca había producido en todos los años que llevaba con ella. Se quedó en su cama y recogió sus lágrimas con una servilleta. Finalmente, enterró también esa miseria en pequeñas porciones de tuwo, igual que hacía con los comprimidos de cloroquina, y se la tragó. ¿Y los sonidos nocturnos? Al principio, los combatía con el ruido del televisor o del radio o con la música de su teléfono móvil. Al final aprendió a darle alas a su mente y a dejarla volar hacia la luna, donde se regodeaba en la soledad y la luz celestial.

"Tu hija me preguntó ayer en la noche si tu nueva esposa te está matando"le dijo a Bello una noche que fue a su habitación. "Le dije que te acometía el embeleso. No lo entendió." En las arrugas de su ceño fruncido leyó los versos secretos de su vergüenza, hasta que se apartó de ella."¿Podrías por lo menos tratar de hacer menos ruido?" Bello bufó, tomó su gorra y se fue.



*

Laminde deseaba poder sentirse molesta con Ramatu. Lo deseaba de veras. Pero cuando la atormentaron insoportables dolores en el vientre, de los que su madre decía que le impedían volver a embarazarse, fue Ramatu quien la llevó de inmediato al Hospital General, se quedó con ella y se ocupó de su hija.
"No deberías quedarte aquí" Laminde rodó en la angosta cama–, los mosquitos, en tu estado."No hay problema, Yaya. Vine preparada. Traje mis medias gruesas y una cobija extra. Todo bien" respondió Ramatu. Se sentó en la silla junto a la cama y se puso sus medias de lana."Mi amor, ¿qué haces aquí?" preguntó Bello cuando fue esa noche y se inclinó sobre Ramatu. "¿Qué haces aquí?"
Le acarició las mejillas y le limpió el sueño de los ojos. Ramatu farfulló algo de cuidar a Laminde, lo cual provocó las protestas de su esposo. Le dio unas palmaditas en su barriga de embarazada, le susurró algo al oído y le ordenó que juntara sus cosas. Cuando acompañó a su novia a la puerta, el brazo alrededor de su cintura, Laminde hubiera querido tragar su corazón y morir. Bello ni siquiera había volteado a verla en su estrecha cama de hospital. Su indiferencia la molestó menos que cómo había llamado a su novia. Mi amor. En su presencia. Ella siempre había sido matannan, como si hubiera sido cualquier extraña que hubiera recogido de la calle. Esa mujer. Una cosa sin nombre, indigna de cariño. Esa mujer.

*

Fue en ese mismo hospital, donde pocos meses después la semilla del odio reventó en sus costillas, después de que los agudos gritos de Ramatu la hubieran arrancado del sueño, porque el niño que llevaba dentro quería salir. Cuando la alcanzaron los ruidos, Laminde primero pensó que era una repetición de los gemidos que la habían atormentado al principio. Pero esa noche Bello yacía junto a ella y roncaba, mientras que la voz de Ramatu había penetrado la noche y llegado hasta ella. Se apresuró a salir de la cama y encontró a Ramatu, que se había arrastrado desde su cuarto, con la cara brillante de sudor. "Al hospital, ¡rápido!" dijo Laminde."Ve por un auto " instruyó a Bello, a quien había despertado el ruido de puertas abriéndose. Le dio un trago de agua a Ramatu y recogió las cosas para el nacimiento que Ramatu había puesto en una canasta de plástico sobre el armario.
 

En el hospital, Laminde envolvió al hijo de Ramatu en un chal y lo recostó sobre el pecho de su madre. Se quedó al lado de Ramatu hasta la mañana siguiente, cuando los médicos vinieron a revisarla. Laminde tomó al niño de brazos de su madre, para que los médicos pudieran hacer su trabajo. Todavía lo sostenía en brazos cuando se fueron y cuando la tía y la hermana de Ramatu entraron.

"¡Dios mío! ¡Miren! ¡Un laya!" exclamó la hermana de Ramatu, gesticulando frenéticamente y alejando el fetiche de un puntapié. La cosa se deslizó sobre los azulejos hasta chocar contra la orilla de la pared. Ramatu se inclinó desde la cama y miró fijamente la pequeña mancha cuadrada de cuero."Tú no dejas que una mujer como ésa toque a tu hijo. Quién sabe qué pretende. Qué clase de maleficio quería echarle" la increpó su tía."Este niño es el primer hijo varón. Va a heredar la casa de su padre, ¿y tú permites que ella lo toque? "preguntó la hermana de Ramatu. "Wallahi, esto de verdad que no es muy listo de tu parte, Ramatu. De verdad que no."


Laminde la miró boquiabierta, demasiado perpleja como para decir algo, la idea de que alguien tratara de tenderle una trampa de esa manera, la idea de que pudieran creer que iban a engañar a alguien con esa farsa. Ramatu la miraba con ojos entrecerrados, una arruga en forma de V en el entrecejo. Estiró las manos hacia su bebé y lo estrechó contra ella, lejos de Laminde.

*

La sorprendió la velocidad a la que germinó la semilla, la alimentó el silencio de Ramatu y sus miradas llenas de reproche, así como los sucesos en la víspera de la ceremonia para darle un nombre al niño. La agitación de Bello mientras que entraba y salía de la casa con cosas para el bebé, con una nueva camita con volantes azul claro, su ansioso repintar el cuarto de Ramatu, que luego se extendió a toda la casa, con excepción del cuarto de Laminde. Lo único suyo que entró en contacto con la pintura nueva fue su hija, que recibió en plena cara un chorro azul celeste cuando Bello sacudió su brocha."¡Largo de aquí!" le dijo con brusquedad a la niña."¡Por dios, Laminde, vigila a tu hija!" ¿Su hija? Como si ella, Laminde, se hubiera encerrado un año en su cuarto, atragantándose de verduras, para al final cagar un bebé. ¿Su hija? Como si fuera una molestia. Cuando la niña se echó a llorar, asustada por la violencia en la voz de su padre, Bello aventó la brocha, corrió hacia ella y la tomó en brazos. Le limpió la mancha de pintura y las lágrimas de la cara y salió con ella de la casa. Cuando regresó, traía una bolsa de dulces, galletas y otros señuelos adecuados para una niña de tres años. La bajó en el cuarto de su madre, se recargó en el marco de la puerta y suspiró cuando vio a Laminde, que se había cubierto la cara con las manos."Laminde, lo… "pero las palabras se le quedaron atoradas. Metió la mano en su bolsillo. Contó algunos billetes y los puso frente a ella. Después se retiró, caminando hacia atrás, antes de dar la vuelta e irse. Ella levantó la cara, contempló los billetes. Los tomó, los apiló limpiamente, los rompió y dejó caer los fragmentos a sus pies. Estrechó a su hija contra ella y la besó en la cabeza.

*

En las semanas siguientes, el silencio de Ramatu se condensó en un concentrado alquitrán de beligerancia, que se manifestaba de formas diferentes. Laminde solía sentarse en su cuarto y escuchar a Ramatu, quien cantando barría la mitad de la propiedad y delimitaba su territorio a golpes de escoba, de modo que una línea de basura marcaba la frontera entre sus respectivas mitades. Pero esa línea era fluida, y cada mañana que Ramatu barría se acercaba más y más a la puerta de Laminde. Y poco a poco, Ramatu movía sus cosas, como una fuerza de ocupación, al territorio recién conquistado. El tendedero con la ropa del bebé se adelantaba algunos centímetros, hoy una silla, acá una cuerda para tender se materializaba durante la noche. Incluso los ruidos nocturnos se convirtieron en una frontera, cuando los apasionados gemidos de Ramatu no dejaban dormir a Laminde siempre que Malam Bello pasaba la noche en su cuarto. En combinación con los gruñidos de Bello, producían una obscena sinfonía. Laminde nunca hubiera pensado que hacer el amor pudiera ser una cuestión tan ruidosa, con excepción de las películas porno. Y cuando, meses después del nacimiento del niño, aquello se había convertido en una función de casi todas las noches, Laminde comprendió la verdadera intención del barullo. En las noches en que Bello se quedaba en su habitación, el único barullo que hacía era el de sus ronquidos, que se desencadenaban en cuanto su cuerpo caía en la cama.


Por las tardes observaba a Ramatu cuando se sentaba en el patio con las piernas estiradas y cantaba una canción de alabanza a las madres de hijos varones, quienes heredarían la casa de sus maridos. De entre todas las cosas que más decepcionaban a Laminde, ninguna se comparaba con el hecho de que Ramatu hubiera caído en una trampa tan barata como la que le había tendido su tía, o que creyera que Laminde quería lastimar a su hijo con dientes, puños o fetiches. Y lo que más le rompía el corazón era la falta de voluntad de Ramatu para escuchar ni la más mínima explicación de su parte.

"No me casé con nuestro esposo para heredar algo. Me casé con él para mantenerlo con vida" dijo Laminde una tarde."Di lo que quieras. El mío es el primer hijo" respondió Ramatu."Y no lo tocas." Laminde apretó los puños. Ramatu la miró y bufó. La víctima inmediata de la ira de Laminde fue una de las cubetas de Ramatu colocadas para reclamar el territorio. Le dio un puntapié y la cubeta salió volando a través de la propiedad y aterrizó haciendo un ruido espantoso. Ramatu la miro con ojos de desprecio y siseó:"No fue mi pobre cubeta la que se casó con nuestro esposo, sino yo. Si tienes un problema con eso, desquítate conmigo." Si llegaran a las manos, sólo podía haber una ganadora. Laminde no dudaba en lo más mínimo de su capacidad de moler a golpes a Ramatu, pero, ¿qué lograría con eso? ¿Una victoria pírrica? Fue ese momento el que despejó las últimas reservas que aún albergaba sobre una muerte al estilo Vera para Ramatu.

*

Cuando salió de la casa esa mañana, estaba segura de lo que quería, de lo que siempre había querido. Había escuchado de algunas de sus amigas sobre el mallam, de aquéllas que lo habían buscado para que les diera amuletos: para ganar el favor de sus maridos, para lograr ventajas comerciales, para jugarles una mala pasada a sus coesposas, para que les dieran el trabajo en el consejo escolar local. Casi todos en Zango habían oído del Mallam Sadi Kankat."No has dicho nada, Hajiya" la animó mientras que pintaba grecas en la arena. Se inclinó hacia atrás y la estudió con las cejas levantadas."Yo... eh... creo... creo que tengo…"–"¿Sí?"–"Tengo problemas estomacales" dijo Ramatu. "Sí, tengo problemas estomacales" dijo con voz firme, como si se quisiera convencer a sí misma.


"Ciertamente, los tienes" sonrió el mallam."Es verdad, lo veo aquí" borró las grecas en la arena y dibujó nuevas, frunció el ceño."Pero no es eso porque lo que viniste acá. Vienes por tu coesposa. Quieres que le pase algo malo."

"Eh… Pensé que eso era lo que quería, pero ahora, eh, ahora ya no creo que todavía lo quiera…" Sadi Kankat señaló orgulloso la vitrina detrás de él, llena de frasquitos que contenían líquidos de colores: gris humo, rojo como sangre coagulada, verde botella, marrón hígado, azul cobalto, púrpura fosforescente, un surtido infinito de elíxires en botellas opacas y vibrantes."No tengas miedo, Hajiya" sonrió."Esto es Zango, y aquí tenemos un surtido de sueños y pesadillas en botellas. Sólo tienes que elegir una y será tuya."

"¡Wow! ¡Querías que sufriera el mismo destino de Vera!" exclamó con la mirada puesta en la arena que se extendía frente a él."¿Cómo lo sabe? El mallam sonrió."La arena no miente. Soy vidente, sabes" acarició la arena y limpió el tablero frente a él."Oh" Laminde se echó uno de los extremos de su chal sobre los hombros."Bueno, creo que realmente ya no quiero eso."

"Sería fácil" dijo, y añadió, bajando la voz hasta que fue sólo un murmullo:"El destino de Vera, fue obra mía, sabes. Sería fácil. Podría hacerlo por ti. Por tu coesposa. Hacer que su hoja cayera, así de fácil" chasqueó con los dedos.

"No, fue terrible de mi parte haberlo siquiera pensado, señor…" El mallam alzó la mano para hacerla callar, el entrecejo fruncido por la concentración, mientras que leía las inscripciones en la arena. Deslizó la mano sobre la arena y dibujó, deslizó la mano sobre la arena y volvió a dibujar, con dedos temblorosos. Laminde estaba inquieta por el temblor de sus labios, por la película de sudor que se formó sobre su frente.

"¡Oh, por dios!" susurró Sadi Kankat."¿Qué sucede, señor?"¿La aguja ha desenterrado un azadón?" murmuró para sí mismo, mientras que borraba las grecas en la arena y volvía a dibujar."¡Una tormenta de hojas! ¡El árbol! Ahí hay un árbol, ¿no lo ves? Habrá una tormenta de hojas, ¿no la ves?" preguntó."No lo entiendo" respondió Laminde.
"¿Es que no ves que todos estamos ligados al destino del árbol? ¡Todos! ¡Todos!"

"Creo que mejor me voy a casa" dijo ella, convencida de que todo esto había sido un error garrafal. El mallam se levantó y la hizo a un lado de un empujón, mientras que avanzaba tambaleándose."¡Cuídense del árbol!" gritó al salir, aterrando a las mujeres que esperaban su turno. Laminde escuchó cómo su voz y su sombría advertencia se desvanecían mientras que el mallam bajaba por el mismo camino por el que hacía pocos momentos había subido ella. Su mano se detuvo sobre su corazón desbocado, mientras que trataba de recuperar el aliento. Esto es Zango, se dijo a sí misma en voz baja, aquí pasan cosas raras. ¡Esto es Zango! Como si eso lo explicara todo, como si eso lo debiera explicar todo.

*

De nuevo, el telón de silencio cayó con una absolutez que la dejó atónita. El cese de las socarronas canciones de Ramatu y de sus afanes expansionistas de limpieza sorprendió tanto a Laminde como, en su momento, la repentina hostilidad, y cuando el silencio se sostuvo por días, sustituido por los ruidos que hacía Ramatu que se apresuraba a entrar en su cuarto cada vez que Laminde salía al patio, se despertó su curiosidad y comenzó a poner atención. Bello, quien desde su matrimonio con su segunda esposa ya no parecía sentirse a gusto en el cuarto de Laminde, comenzó a evitar su mirada, y a susurrarles a los rincones cuando quería habar con ella. Y cuando una vez que trató de alcanzar con desesperado apremio a su hija, a quien le faltaba el aire, rozó a su esposo, sintió cómo Bello contuvo el aliento. Bello se habituó a deslizarse subrepticiamente en su cuarto y a meterse en su cama cuando pensaba que ella dormía, y a salir apresuradamente mucho antes del llamado a la oración matinal.


Laminde se acomodó en ese silencio, incluso lo lucía como un ornamento, de modo que no se dio cuenta del brumoso círculo de mutismo a su alrededor cuando iba a recoger a su hija a la escuela. Fue al final de una de esas caminatas cuando se vio confrontada con la realidad, que la miró con crudeza desde los ojos de su hija, desde las comisuras de sus labios, vueltas hacia abajo. Se arrodilló frente a la pequeña y le preguntó qué le pasaba."Faruk dijo que su madre le dijo que ya no debía jugar conmigo" explicó la niña.

Laminde no estaba segura quién era Faruk, quizá algún mejor amigo de su hija de tres años, pero miró a su alrededor y vio que en el bullicioso terreno de la escuela se había formado una burbuja de espacio vacío alrededor de ella y de su hija. Notó las miradas furtivas que echaban en su dirección y cómo los padres y sus criaturas esquivaban discretamente esa burbuja.

En el camino a casa, con su hija arrastrando los pies junto a ella, prestó atención a la forma en que se silenciaban las conversaciones en cuanto ella aparecía en escena y cómo una vez que había pasado volvían a empezar en forma de murmullos, cómo sus vecinas de pronto parecían muy ocupadas cuando ella se acercaba, para no tener que saludarla.

"¿Qué te dijo Faruk?" le preguntó a su hija cuando llegaron a casa."Dijo que su madre le dijo que ya no debía jugar con la hija de la mujer malla." – "¿Mujer mala?"


"Sí, que estás tan llena de lo mallo, que volviste loco a Malam Sadi Kankat porque querías hacerle cosas mallas a Ramatu."Oh –Laminde respiraba con dificultad."¿Qué es lo mallo, mamá?"

*

El candado en la puerta de Ramatu llevaba días y noches puesto para cuando Laminde llegó a la conclusión de que su coesposa había huido del hogar conyugal.

"Ahora vive en otra parte" respondió Bello a su pregunta. Laminde suspiró."Tú también preferirías vivir en otra parte, ¿verdad?" le preguntó. Él bajó la mirada y se movió nerviosamente.

"¿Cómo es posible que nunca me hayas preguntado nada?" inquirió. "Todos los rumores que se cuentan sobre mí. ¿Cómo es posible que nunca hayas dicho nada?" Sus labios temblaron:"Mallam Sadi Kankat vaga ahora por las calles y murmura cosas ininteligibles. Se dice que tú fuiste la última en estar con él antes de que perdiera el juicio. Varias mujeres fueron testigos."

"Entiendo." Realmente lo entendía. Por primera vez. La habían encontrado culpable de albergar un mal tan siniestro que había hecho enloquecer al hombre que había instigado el peor de los males en Zango. Había sido condenada por un tribunal que nunca preguntó por su versión de la historia, que no solicitó su declaración, y había sido declarada culpable y sentenciada a una prisión de silencio.

Cuando despertó aquella mañana y encontró un enorme fajo de billetes sobre la mesa y ni rastro de su marido, supo que Bello nunca habría de regresar.

*

"Mamá." – Sí, mi amor." – "Odio allá afuera." – "Lo sé. Yo también."– "No quiero volver a ir a la escuela." Laminde atrajo a su hija hacia sí y la abrazó con fuerza. "¿Nos podemos quedar aquí para siempre? Sólo tú y yo." – "Lo podemos intentar, mi amor."


Esa noche, una semana después de que hubiera visto a su esposo por última vez y de haber quedado satisfecha con la cantidad de alimentos que tenía en la despensa, Laminde cerró con llave la entrada al terreno, la tapió con los maderos que habían sobrado de la remodelación hecha después de que Ramatu hubiera dado a luz, y sintió un gran placer al hundir los clavos en la madera, dejando afuera al mundo y a sus juicios.

"¿Qué haces, mamá?" preguntó la pequeña."Estamos dejando afuera a Zango" le explicó a la asombrada niña. "Nos estamos quitando al mundo de encima. Anda, dame ese clavo."

Cuando hubo clavado el último clavo, dejó caer el martillo y examinó su trabajo. Aguantaría, eso era un hecho. Laminde caminó hacia el centro del patio con las llaves en la mano y observó a su hija, cuyos ojos estaban llenos de interrogantes. Aventó el llavero por encima de la reja hacia los matorrales y abrió los brazos, para abrazar al sol.