Panashe Chigumadzi El dios del Antiguo Testamento

Rezando por una buena cosecha en el árido campo de maíz
Rezando por una buena cosecha en el árido campo de maíz | Foto (Detail): epa afp Joe © dpa-Fotoreport

De Panashe Chigumadzi

I.
 
Me despierto, sobresaltada. Dos de la mañana. Me siento como hecha de plomo. Un dolor profundo. En lo profundo de mis extremidades. Como si las estuvieran jalando hacia la tierra. Los sueños han vuelto. Extraños sueños sobre la nada. Despierto de ellos agotada. Despertar es como regresar de un vacío tan profundo que mi cuerpo duele por ese mero acto. Cuando estoy despierta, quiero llorar y gritar todo el tiempo. Algo, hacer algo para liberar aquello que está en mis huesos. Pero no puedo. Así es desde que Mbuya está enferma. Sólo Mbuya sabía qué hacer con mis sueños. Cuando dormía junto a ella los sueños se detenían. Ahora ella está lejos. Y yo estoy aquí. Miro fijamente el techo –tengo demasiado miedo de dormir–, hasta que el sueño me vence.
 
Despierto otra vez súbitamente. Seis de la mañana. Un mensaje de mamá. Mbuya falleció en la madrugada. Logro calmar mis manos temblorosas apenas lo suficiente como para tomar el teléfono y llamar a mamá. Pasa un momento antes de que encuentre las palabras, pero finalmente llegan. Le digo a mamá que quiero ir al entierro."No, Tambi. Mbuya no hubiera querido que perdieras tus exámenes" replica. Algo me dice que debo ir con Baba Chigumira al módulo de seguridad. Mientras bajo las escaleras, espero que todavía esté de servicio. Lo está. Tengo ganas de llorar. Él es el único de mi patria. El único que lo entenderá.
"Mwan’angu"me saluda, y me le quedo viendo como si recién ahora hubiera recordado su presencia. Abro la boca para decir algo, pero no produzco ningún sonido. Baba Chigumira se levanta del módulo de seguridad."¿Ko, zvaita sei?" De pronto me da vergüenza decírselo, pero lo hago de todas maneras. Él asiente y toma mis manos entre las suyas. "Nematambudziko, yo tampoco pude enterrar a mi madre." Quiero llorar, pero no puedo. Baba Chigumira saca una Biblia de bolsillo. Toma mi mano izquierda y comienza: "Baba wedu wekudenga…"
 
Miro fijamente a Baba hasta que me recuerda con gentileza la hora que es y que debo ir al salón de exámenes. Entro al salón. Frente a mí, el examen final. Debajo de mí, mi cuerpo pesado y torpe, en mi cabeza se arremolinan palabras pronunciadas por lenguas ajenas, hasta que un vacío se extiende en mi mente y no puedo recordar nada de lo que antes fue.
Nombre:
La hoja en blanco me tortura. No recuerdo mi nombre. No me recuerdo a mí. Miro la primera pregunta, las palabras arremolinadas regresan a mis oídos en forma de zumbido. Tengo que sosegar al mundo a mi alrededor, sosegarme a mí misma, dominarme, de modo que pueda escuchar lo que está atrapado en mis extremidades. Escribo mi nombre en el espacio previsto. Hoy no es Esther Mangwende, el nombre con el que se inscribió la becaria Rhodes, sino Tambisa Mangwende. El nombre que heredé de Mbuya. Hoy me van a conocer con su nombre.
 
Cómo terminé el examen, no lo sé. Pero lo hice. Regreso a mi habitación en el Linacre College. Antes hubiera rezado. Busco mi frasquito de rapé. Con cuidado de que no sea demasiado, tomo un poco de tabaco y lo acerco a mi nariz. La dosis de nicotina con aroma a menta me proporciona un alivio temporal. Antes hubiera rezado. Muy probablemente para horror de mi madre, que forma parte de Ruwadzano, la Iglesia Unida de Cristo en Zimbabue, hace mucho que perdí la fe. Si tuviera agallas, le diría que yo no reconocería a su dios si acaso éste existiera, porque es un dios de mierda para los negros. Por supuesto, mamá empezó a rezar más cuando le conté de mis sueños. Antes hubiera rezado. Claro que eso nunca se lo contaría. Sería peor que volverme una drogadicta o asesina o trabajadora sexual (o prostituta, como mamá lo diría) o musulmana (o quien quiera que no crea en Jesucristo) o vivir una vida que la Biblia considerara pecaminosa. Sería como decirle que no tengo ninguna oportunidad de redención, porque yo misma ya me condené al infierno. Sería como decirle que mi espíritu está muerto. Ella respondería: "¿Quieres que te señalemos con el dedo y digamos uyu munhu akafa achifamba?" Si me sintiera impertinente, le diría que eso no se aleja tanto de la verdad, pero no serviría de nada. Antes hubiera rezado.
 
El rapé no me tranquiliza como otras veces, y por eso busco el último resto de imphepho, lo pongo en un cuenco de latón, lo enciendo y me lo llevo al baño junto con un cartón de cerveza Black Label, que Zanele compró en la tienda sudafricana en Londres. Antes hubiera rezado. No prendo la luz, abro la ventana, le echo un vistazo al jardín del Linacre College, sobre el que he hablado con tanto entusiasmo en demasiadas entrevistas acerca de mi experiencia como becaria Rhodes. Antes hubiera rezado. Me salpico la cara con agua fría. Observo en el espejo cómo el agua escurre por mis mejillas y mi mandíbula. Me siento exhausta y tengo sueño, por eso los grifos de la bañera me parecen más reacios que de costumbre. Después de la breve lucha, mis labios forman una O alrededor del cuello de la botella de Black Label, mientras que inhalo el humo del imphepho, como si éste me diera la respuesta que mi cuerpo parece estar buscando. Antes hubiera rezado. Sin soltar la botella, me quito la ropa con torpeza y me meto en la bañera. Abro el grifo a todo lo que da.
 
Con huesos pesados me sumerjo en la bañera. Pienso en cuántas veces el mundo ha demandado demasiado de la persona que no soy. ¿Y quién soy yo para no crear varios Yos que satisfagan esas demandas? Pienso en las muchas muertes que he muerto para poder vivir en este lugar. Por cada pensamiento dedicado a esas pequeñas muertes, me permito otro trago. Por momentos creo que mi ritual de libaciones es deshonesto, porque no derramo el alcohol en la tierra. En lugar de eso, cae en mi garganta. Cuando pienso eso, me convenzo a mí misma de que esos Yos aún deben encontrar su última morada en la tierra. Por ahora, están enterrados en lo más profundo de mí, así es que sería un error verter las libaciones en el suelo. Más bien, debería permitir que las libaciones bajen por mi garganta para que mis viejos Yos, sepultados dentro de mí, puedan ser honrados una última vez. Antes hubiera rezado.
 
A veces, mis pequeñas muertas producen elegías que escribo con furia ciega, un canto fúnebre que atraviesa la página para que no note yo la muerte de otro de mis Yos. Las escribo para no olvidar el dolor. Quiero conocer el dolor, recordarlo en su forma más aguda, más real. Me confiere una urgencia, un sentido claramente reconocible que no puedo lograr de ninguna otra manera. Eso no lo quiero perder. Antes hubiera rezado. Formo otra O y bebo el último trago de la botella antes de echar mano de la segunda. El alcohol comienza a calentar mi cuerpo, y siento cómo mi cabeza se empieza a entumecer y aturdir. Antes hubiera rezado.
 
Dejé de ir a la iglesia cuando me dijeron ahí que reconocer la presencia de mis ancestros era una forma de brujería. Está bien si se piensa que creer en los ancestros es superstición. Incluso si nosotros no creemos en ellos, ellos creen en nosotros. Que creamos en ellos no influye el que ellos crean en nosotros. Mbuya me lo decía con frecuencia. Eso lo aprendí de ella, mi recién adquirida ancestra. Antes hubiera rezado. En el último semestre le dije a mi maestro que una diferencia entre blancos y negros radicaba en que los blancos creen en el cuidado institucional y los negros, en el cuidado intergeneracional. Las manos de los jóvenes atienden los sufrimientos de los ancianos. La sabiduría de los ancianos refrena la impulsividad de la juventud. Cuando nuestros abuelos son viejos no van a asilos de ancianos, sino a las casas de sus hijos. Cuando los niños son problemáticos, no los mandan con el psiquiatra o el psicólogo, sino con Mbuya. Yo fui la niña problemática, aunque mis padres no conocían mis problemas. De eso me aseguré yo. Yo misma encontré mi refugio. Yo me llevé hacia allá: a su casa, a sus recuerdos. Mbuya era la única que sabía qué hacer con mis sueños. Antes hubiera rezado.
 
Bebía porque sentía que era un acto de comunión con Mbuya. En casa de Mbuya Jesús seguía siendo dios, pero a Mbuya le gustaba un buen ngud’ tanto como a cualquiera. No fumaba. Decía que fumar era cosa de blancas, y ella no era blanca. En lugar de eso, aspiraba tabaco. La cerveza y el rapé la acercaban a sus ancestros, decía. Esa costumbre la había adquirido en sus épocas de chica fiestera en la ciudad. Siempre se les acusaba de querer ser como las blancas, con sus polvos de arroz, rubor, cabellos alisados y pelucas. Sí, mi abuela, tan temerosa de dios, gustaba de echarse un buen ngud’ tanto como cualquiera. Bebíamos juntas. Mbuya y yo. De tal palo, tal astilla.
 
Tambisa. La que apacigua. La que me ofreció una ternura, una vulnerabilidad tan feroz que no la pude eludir. Su luz era de una honestidad tan radical que no me podía esconder de ella, no de ella, no de Mbuya y, menos aún, de mí misma. Esa honestidad siempre me encontraba, y me demandaba tanto que al final me quedaba yo sin nada. Para compensar mi desnudez, me dio un amor que hubiera querido yo haber merecido, un dolor para el que me hubiera gustado ser lo suficientemente fuerte, una verdad para la cual hubiera querido ser lo suficientemente franca para presenciar todo lo que Mbuya desplegaba ante mí sin dejar que apartara la mirada. Bañada en su luz, siempre era un yo mejor, siempre era yo misma, porque era lo único que me permitía ser. Con todo lo agradecida que le estoy, no conocía mi propio peso hasta que me lo dejó para que lo cargara. La pesadez en mis huesos. Antes hubiera rezado.
 
He vaciado la quinta botella a la mitad y me sumerjo más profundamente en el agua. Es una mezcla embriagante: alcohol, humo, el calor del agua. Tomo la máquina de afeitar que conservo en el borde de la bañera. Suelto la botella mientras que contemplo la navaja. Antes hubiera rezado. No me puedo mantener derecha. Pierdo por completo el control de mi cuerpo. Rodeada por el tan familiar negro tinta, por el color que absorbe los colores de mis tristezas, mis penas, mis furias y mis rabias, me entrego al agua. Como un bebé que por primera vez se da la vuelta en sus aguas, me acuesto en posición fetal y me ahogo en mi piel. Y entonces Mbuya llora por mí, canta para mí como lo hacía siempre, cuando le llevaba mis sueños y ella sentía mi recelo frente al mundo: „Mwanangu, si te matas con trabajo, estrés, ideas, revoluciones, y demás, ni siquiera 25 años después de haber salido del vientre de tu madre, el mundo mirará a otro lado o te dirá “¡'aga shem!” por sólo un segundo y seguirá como si nada…Y yo habré perdido a otra hija."
 
Y mi espíritu le responde como siempre lo ha hecho: "Todos nos cagamos de miedo ante la muerte, por eso creamos un dios. Pero mi dios, cuando creo en ella, es mi madre, son mis abuelas, mis tías, mis primas, mis hermanas, todos los bellos, amargos espíritus negros de luz oscuridad mal bien ángel bruja eso es lo que ella es para mí. No siempre le creo. Cuando lo hago, hace que mi corazón se eleve y se hunda, me mata y, al mismo tiempo, me renueva.
Eso es lo que dios es para mí. La totalidad de nuestro hermoso horrible amoroso odioso vengativo cuidado que conforma el alma de dios. Eso es lo que ella es para mí."
 
II.

Mis padres le construyeron un hogar kumusha a Mbuya mucho antes de que se retirara. Mbuya no dejó de agitar los trapos de cocina de otra gente, de educar a los hijos de otra gente y de esquivar a los maridos de otra gente sino hasta después de sufrir un derrame cerebral. Incluso cuando ya no trabajaba, se negó a vivir con nosotros en la ciudad. También cuando murió Sekuru insistió en que prefería vivir sola, porque no quería molestar a nadie con sus excentricidades ni tener que soportar las excentricidades de otros. “Si no quisiera vivir sola, no viviría sola”, solía decir. No más boskys, casas para la servidumbre, atrás de la casa de la Mrs. A pesar de que le gustaba estar sola, yo podía ir a visitarla. En casa de Mbuya no hablábamos mucho entre nosotras. Mi shona no era lo suficientemente bueno. Entre las dos con frecuencia reinaba el silencio. En el silencio simplemente podíamos ser. A veces, del silencio surgía el canto, la danza, la risa, el llanto, el grito. Del cantodanzarisallantogrito me enteré de esto sobre Mbuya:
 
Mi abuela se rociaba con agua bendita cuando agotaban las fuentes de su creatividad. Mi abuela, hija de Cam, no tenía un momento para sentarse, poner las manos en su regazo, soñar con los ojos abiertos, desplegar sus sueños pensamientos, no tenía ni un momento de paz, trabajaba sin cesar para la Mrs., nunca se libraba de las bulliciosas preguntas de los hijos de la Mrs., Mbuya no se pertenecía a sí misma, ya no digamos su tiempo, de modo que cuando le daban tiempo libre, no sabía qué hacer con él aparte de dedicárselo a Él, Baba wedu wekudenga. Eso era todo lo que podía hacer para conservar intacto su cuerpo que a duras penas contenía su uniforme ruwandzano, teñido de rojo por su corazón que sangraba en un silencioso suicidio. Mejor matarlo uno mismo antes que dejarlo colapsar bajo el peso del desgaste espiritual, bajo la depravación de hacerla de madre para que la Mrs. la pudiera hacer de señora, de replegarse de manera abnegada para que otros se pudieran realizar. Y en el lugar vacante en el que alguna vez vivió su alma, resucitó a Dios, Baba wedu wekudenga. El dolor amenazaba su existencia, y por eso los rezos ocuparon su lugar. Cuando su alma la abandonó por primera vez, no durmió ni comió por tres días, y después rezó, no sabía a quién o a qué, quizá a Dios, Baba wedu wekudenga, o al Gran Vacío. En el Deuteronomio dice que todos estamos condenados, dice Mfundisi. A la par que tácitamente concordaban en que todos estaban doblemente condenados, ella y los otros feligreses no se podían imaginar un dios que no fuera blanco. Creían en la maldición de Cam. Y, no obstante, su vida era un testimonio de que comprendían que su dios debía tener un color.
 
Por años, los negros como mi abuela vivieron en casas de racistas. Sobrevivieron sabiendo que su presencia era deseada en la medida en que la Mrs. creía poder controlarlos. Mi abuela siempre dijo que ella prefería al Boss, quien admitía su maldad: la reivindicaba, la cobijaba, la amaba y hasta hacía alarde de ella. De esa manera, era cuantificable, un mal que se podía tolerar, sobrevivir e incluso burlar; mientras que la Mrs. ocultaba su maldad, hacía como si estuviera de tu parte, hija de Cam, la inocente maldecida por generaciones. En secreto, te envidiaba: tus caderas, tus labios, tu piel. Cuando se olvidaba a sí misma, te miraba fijamente, de pronto te tocaba, quería ser tu amiga, tu madre, tu hermana. Cuando se olvidaba de sí misma, se abría frente a ti, con frecuencia lloraba, deseaba que sus hijos la quisieran tanto como a ti, pero no quería la responsabilidad que ese amor conllevaba. Anhelaba la posición del Boss, su poder, pero no quería la responsabilidad que ese poder conllevaba. Se abría ante ti y esperaba que tú también lo hicieras, se sorprendía, incluso se ofendía cuando tú te negabas, porque sabías que no quería la responsabilidad que el conocimiento de tu mundo conllevaba. En secreto, ella también lo sabía. Y por eso, llena de temor ante el peso de tus lágrimas, empleaba sus lágrimas como un arma contra ti, la hija de Cam a quien tanto amaba.
 
Con el tiempo, mi abuela conoció, a pesar de las maniobras de distracción, la naturaleza exacta de su montaña de mal. Se familiarizó con sus dimensiones exactas y con su forma, de modo que, a sus ojos, se encogió hasta no ser más que una piedra que, aunque molesta, no era más que otra inconveniencia que debía guardar en el bolsillo de su delantal, antes de atarse el dhuku en la cabeza frente el espejo de su bosky y aprestarse a un día lleno de trabajo en casa de la Mrs. Hablar sobre la piedra en su delantal, solía decirme, es inútil. Esperar otro comportamiento de la piedra tampoco tenía ningún sentido, pues era obvio que no era una persona. Por eso, me recordaba, en nuestra lengua “vanhu” se refiere a “personas”, es decir, a “personas negras”, personas que tienen hunhu, personas que se portan como las personas deberían hacerlo, como las personas lo hacen. Y por eso, cuando una piedra se porta como una persona debería hacerlo, como una persona lo hace, nos sorprendemos y decimos “Ah, Jill munhu”, porque ser persona no está en la naturaleza de las piedras. 
 
Es por mi abuela que empecé a vacilar en mis convicciones sobre Dios. No era lo suficientemente ingenua como para creer en el instinto materno como la única forma de sobrevivir. Era lo suficientemente realista como para verla más allá de su abnegado repliegue. Pasé suficiente tiempo con ella, como para ver que había más. El más que se traslucía en su rezo-maldición: "Baba wedu wekudenga, vengo a ti como tu hija, como Hija de Cam.
Baba wedu wekudenga, aunque una maldición pesa sobre mí, me he esforzado por hacer sólo el bien y alejarme del mal, perdona mis errores.
Baba wedu wekudenga, mis buenos actos se convirtieron en malos por culpa de los enemigos que me tentaron y me mintieron. Baba wedu wekudenga, te ruego en nombre de Jesucristo, que fue castigado por mis pecados, que su muerte, su sangre, su sacrificio y su resurrección se vuelvan contra quienes lanzan brujería y maldiciones en mi contra.
Baba wedu wekudenga, te ruego que sus padres y madres hasta la última generación no intercedan por ellos ante el gran trono, y que los vientres de las mujeres no rindan frutos, más que para los extraños.
Baba wedu wekudenga, te ruego que sus bienes materiales no prosperen y que sus cosechas no se multipliquen y para que sus vacas, gallinas y todos sus otros animales mueran de hambre y de sed.
Baba wedu wekudenga, te ruego que sus casas se queden sin techos y que la lluvia, el rayo y el trueno se abran camino hasta el último rincón de su hogar, hasta que sus cimientos se colapsen y la marea los arrastre.
Baba wedu wekudenga, te ruego que el sol no los alumbre benevolentemente con sus rayos, sino que los golpee, los queme y los aniquile.
Baba wedu wekudenga, te ruego todo esto, porque me arrastraron por el fango y destruyeron mi buen nombre, me rompieron el corazón y me hicieron maldecir el día en que nací.
Baba wedu wekudenga, te ruego todo esto en nombre del señor Jesucristo de Nazaret, quien se encarnó."
 
Por años recé y recé, pero mi espíritu nunca transcendió los límites de mi piel. Me di cuenta de que en mi abuela estaba contenido lo mejor, lo peor y todos los matices intermedios de las mujeres negras, de la humanidad. La humanidad de su ser mujer era algo que me pareció digno de ser adoptado como un dios.
 
III.
 
Como un bebé en el vientre, me doy la vuelta en mis aguas. Me siento ingrávida, floto en mi piel, como si el agua disolviera mis pesados huesos, y el negro tinta de mis tristezas, mis penas, mis furias y mis rabias fluye hacia el agua. Y entonces Mbuya llora por mí, canta para mí como lo hacía siempre, cuando le llevaba mis sueños y ella sentía mi recelo frente al mundo:
"Mwanangu, si te matas con trabajo, estrés, ideas, revoluciones, y demás, ni siquiera 25 años después de haber salido del vientre de tu madre, el mundo mirará a otro lado o te dirá “¡'aga shem!”por sólo un segundo y seguirá como si nada…Y yo habré perdido a otra hija."

Y mi espíritu le responde como siempre lo ha hecho:
"Todos nos cagamos de miedo ante la muerte, por eso creamos un dios. Pero mi dios, cuando creo en ella, es mi madre, son mis abuelas, mis tías, mis primas, mis hermanas, todos los bellos, amargos espíritus negros de luz oscuridad mal bien ángel bruja eso es lo que ella es para mí. No siempre le creo. Cuando lo hago, hace que mi corazón se eleve y se hunda, me mata y, al mismo tiempo, me renueva.
Eso es lo que dios es para mí. La totalidad de nuestro hermoso horrible amoroso odioso vengativo cuidado que conforma el alma de dios. Eso es lo que ella es para mí."