Fronteras sobrepuestas El Nairobi postcolonial en movimiento

Una mujer sube a un matatu, un minibús público, mientras que el país se prepara para la visita del presidente estadounidense Barack Obama a la capital keniana, el 24 de julio de 2015. Obama visitó en ese entonces el país natal de su padre, y despertó grandes esperanzas y mucho entusiasmo en el continente africano.
Una mujer sube a un matatu, un minibús público, mientras que el país se prepara para la visita del presidente estadounidense Barack Obama a la capital keniana, el 24 de julio de 2015. Obama visitó en ese entonces el país natal de su padre, y despertó grandes esperanzas y mucho entusiasmo en el continente africano. | Foto (detalle): Noor Khamis © picture alliance / REUTERS

Nairobi representa tanto continuidades como rompimientos con el colonialismo. Hay que tomar esto en cuenta, puesto que Nairopi es de una densidad muy compleja, en términos de espacio.

De Dr. Mbugua wa Mungai

Como en la mayor parte de las ciudades en el África postcolonial no es fácil reflexionar y, menos aún, escribir sobre este punto sin caer en simplismos. Nairobi no es un lugar homogéneo que funcione según reglas claras y visibles; la lógica también puede ser contradictoria. Puesto que hay tantos lugares diferentes en Nairobi, no tiene sentido decir que uno viene de Nairobi a menos que añada de qué distrito de la ciudad.
 
Un fenómeno interesante, aunque raro, de Nairobi es que la ciudad no funciona gracias a la planeación, sino a pesar de ella. Aquí, dos buenos ejemplos: los congestionamientos viales de Nairobi y los edificios, con frecuencia muy mal construidos y que suelen colapsarse –de infausta memoria son los casos sucedidos en Nyamakima, en pleno centro de la ciudad, y, recientemente, en Eastland–, muestran de manera muy gráfica que la lógica de la planeación en esta ciudad funciona de manera muy limitada. Aunque se sabe que la construcción irregular se debe a la corrupción de las autoridades responsables, al mismo tiempo se presenta la tentación de interpretar la resistencia contra el orden como una expresión de la insatisfacción de la gente en el Nairobi postcolonial frente al legado colonial en la ciudad: como un deseo de hacer las cosas a su manera.

El otro Nairobi

Se podría incluso ir más lejos y decir que el Centro de Nairobi es el “otro” Nairobi, una extraña excepción a la regla y que no representa realmente lo que Nairobi es. Tiene más sentido comparar al Centro con las ciudades satélite, de las cuales la gente se apropia y que no están sometidas a las restricciones del Centro de una ciudad. No existe un lugar único al que se le pueda adjudicar el nombre de Nairobi. En lugar de eso, existen muchos lugares con ese nombre, lo cual se debe a la gran variedad de experiencias socioculturales, económicas y políticas que sus habitantes tienen en esos espacios tan diversos. Es la diversidad y no la unidad lo que define a estos lugares postcoloniales.
 
Mientras que las zonas residenciales estaban delimitadas por barreras físicas en la era colonial–así, por ejemplo, Bahati, en el distrito de Eastlands, donde tenían que vivir los gikuyu, estaba rodeada por alambre de púas–, en el Nairobi actual sigue rigiendo una sociedad de clases, que determina no sólo como se comportan las personas en relación con la arquitectura, sino con el espacio en general. Así, como Bahati en la década de 1940 estaba acordonada con alambre de púas, hoy en partes del acaudalado distrito Karen siguen existiendo fronteras físicas, y hay que pagarles una contribución no oficial a los vigilantes para que lo dejen pasar a uno, aunque se trate de calles públicas. Antes Karen fue un barrio netamente blanco, donde los africanos no podían comprar tierras.
 
El Nairobi formal, en el que la arquitectura y la vida comercial obedecen a reglas muy estrictas, debe luchar continuamente contra el Nairobi informal, en el que pequeños comerciantes, minibuses, niños de la calle y recolectores de basura se ganan la vida en Kirinyaga Road. En realidad, es la tensión que existe entre ambas esferas lo que le insufla vida a la ciudad. El mundo informal busca permanentemente cómo superar las barreras, mientras que el mundo formal lucha por conservar su espacio. El hecho de que las y los pequeños comerciantes vendan su mercancía –desde comida hasta ropa– directamente en las escaleras de los edificios de oficinas, muestra de manera muy clara cómo ambos mundos forcejean todos los días por su territorio.

El aura de una ciudad colonial

Por ejemplo, quienes trabajan en el complejo de las Naciones Unidas en Nairobi y viven en las cercanías, obedecen una lógica de vida totalmente diferente a la de quienes trabajan en Gikomba, el enorme mercado al aire libre de ropa de segunda mano, o en Kaburi, un taller al aire libre. Puesto que en torno a las Naciones Unidas se siguen reglas y viven muchos extranjeros, esa parte de la ciudad se siente muy ajena a Nairobi. Es un lugar tremendamente silencioso. Con sus imponentes instalaciones de seguridad frente a las Naciones Unidas, la embajada de Estados Unidos reforzó con éxito la sensación de que ese distrito no pertenece a Nairobi. Huele a un orden sumamente rígido, impuesto por personal de vigilancia armado. Y, de hecho, esta parte de Nairobi recibe el bien merecido monte de “El Oeste”.
 
Gikomba y Kaburi, en el distrito de Kariokor –que es una deformación de Carrier Corps, un cuerpo militar de cargadores en la Primera Guerra Mundial–, encarnan, por el contrario, la esencia de una forma de vida desenfrenada, donde la gente ofrece a voz en cuello sus servicios, donde se regatean los precios y tarifas, y donde rechinan las llaves para tuercas mientras que los mecánicos aprietan tuercas y tornillos sueltos. Aquí, los negocios se realizan sobre el suelo desnudo, lo que demuestra cómo funcionan las relaciones comerciales horizontales entre aquellas personas que los planeadores urbanos en el Ayuntamiento nunca consideran en sus planeaciones. La lógica de la planeación urbana se define por una comprensión vertical del espacio, como se pone de manifiesto, sobre todo, en los rascacielos ahorradores de energía y postmodernos que se construyen, como milagros relucientes, en Upper Hill.

La arquitectura refuerza las diferencias de clase

Hoy en día, los espacios construidos de manera bien organizada tienen algunos partidarios en Nairobi. El mejor ejemplo lo representan los modernistas centros comerciales en la ciudad: el (ex) Westgate, el Sarit Center, The Mall, The Junction, Galleria, Yaya Center y el Thika Road Mall, por mencionar sólo algunos. Estos centros exhiben de manera muy evidente la pomposa vida que llevan los ricos, y se han convertido en una ampliación de esos exclusivos sitios que introdujo el colonialismo: una especie de clubs, con acceso sólo para sus miembros. Sólo que, esta vez, los africanos ricos también pueden participar. El profesor estadounidense Philip Armstrong notó la ironía de este concepto espacial cuando visitó Kenia por primera vez. La expresó de esta manera frente al autor del presente artículo: “Estos nuevos centros comerciales y las tan ordenadas calles que conducen a ellos me dan la impresión de estar en Estados Unidos. Y eso que tan sólo a unos cuantos metros existe un mundo por completo distinto, que me resulta totalmente ajeno.”
 
Lo que sea que la administración colonial se haya propuesto lograr en Nairobi, no funcionó del todo. Según el Plan Maestro de 1948 para Nairobi, la ciudad se debía convertir en un contingente de enclaves étnicos y raciales: los sijs debían vivir en Eastleigh, los gikuyu en Bahati, los luo en Mbotela, los luhya en Ziwani, los hindúes y los judíos en Parklands. El centro de la ciudad les estaba reservado a los europeos. Se dio por sentado que el concepto de orden les daría a los pantanos desecados una configuración que copiaría y perpetuaría los conceptos ingleses del mundo. Ése sería el verdadero Nairobi: un Centro caracterizado por el orden, la limpieza, la previsión y por amplios y bien cuidados bulevares. Basta con encontrarse en los extremos este u oeste de la Kenyatta Avenue para apreciar este aspecto. Recomiendo el trayecto entre Kipande House y el Stanley-Hotel, en la esquina con Kimathi Street.

Nairobi – ¿Ciudad verde en el sol?

Las y los africanos han tratado siempre de romper estas fronteras étnicas y raciales, impuestas por las autoridades coloniales; ya sea penetrando de manera ilegal en el Centro de la ciudad o mudándose a distritos prohibidos. El hecho de que hoy existan barrios bajos en Nairobi es una señal de que aquéllos a quienes la ciudad formal rechaza siguen abriendo sus propios caminos y demandando la pertenencia a su ciudad. Mientras que sus cabañas ofrecen un fuerte contraste con los rascacielos tan gustados por las y los planeadores urbanos, la falta de los servicios básicos, como agua, electricidad y la recolección de basura, son una clara muestra de que la ciudad no incluye a este enorme número de habitantes en su planeación. Esto nos da oportunidad de reflexionar acerca de la ironía y la furtiva conservación de algunos conceptos del colonialismo, que quiso crear una “ciudad verde en el sol”, pero que produjo un resultado por completo diferente.