Serie “Romper las palabras” Mummenschanz (mascarada)

Leimert Park ha sido tradicionalmente el centro de la cultura afroamericana en Los Ángeles: aquí se ha celebrado durante años el Festival de Máscaras, que vincula los rituales de África Occidental con la cultura estadounidense contemporánea.
Leimert Park ha sido tradicionalmente el centro de la cultura afroamericana en Los Ángeles: aquí se ha celebrado durante años el Festival de Máscaras, que vincula los rituales de África Occidental con la cultura estadounidense contemporánea. | Foto (detalle): Ringo Chiu © picture alliance / ZUMAPRESS.com

Elisabeth Wellershaus repasa su infancia y su época escolar e intenta analizar el significado de la palabra “Mummenschanz”, mascarada.

De Elisabeth Wellershaus

Pipa Mediaslargas era casi obligatoria entre las chicas de mi generación, la magia era popular entre los chicos, mucho antes de Harry Potter. Por lo demás, mis trajes de carnaval en la escuela iban de los favoritos, como los vampiros, a disfraces más cuestionables, como los bebés gigantes. Sólo una vez me equivoqué totalmente en cuestiones de apropiación: vestí un colorido conjunto de tafeta, que se suponía que me debía identificar como “mexicana”. En general, sumergirse en otros personajes era simplemente una diversión que no se cuestionaba. Sólo mucho más tarde empecé a preguntarme de dónde surgía el deseo de transformación.
 
Al principio simplemente seguí la tradición: el carnaval, que ya se celebraba en la antigüedad, y la “Mummenschanz”, la mascarada, que se adoptó más tarde en el contexto cristiano. Esa época del año en la que no se toma uno nada muy en serio. Primero en los ritos precristianos, más tarde en el carnaval, en la fiesta de los bufones. Desde entonces, el libertinaje manejable ha trastocado los estilos de vida, por lo demás virtuosos, de quienes celebran. Durante siglos, las sociedades han dado rienda suelta a sus aspectos más desinhibidos en fiestas de disfraces, cuando la “ciudadanía decente” se enmascara. O ponen a prueba la reversión del orden social. En Jeddah, en Arabia Saudita, por ejemplo, mucho antes que en Colonia, al final de las peregrinaciones se celebraba un carnaval de mujeres en el que se invertían las atribuciones de género. Es cierto que el término Mummenschanz, que remite a un juego de azar con dados, ahora se connota negativamente, como un acto que es muy transparente. En la palabra "schanze", que viene del alto alemán medio, sin embargo, también se esconde el chance, la oportunidad. Así que el anhelo de una transformación lúdica de las circunstancias sigue siendo, hasta el día de hoy, la motivación para las mascaradas, desde Río de Janeiro hasta la cuenca del Ruhr.
 
A mí personalmente, hoy el tema de la transformación me interesa por razones muy diferentes. Lo redescubrí en un suburbio de Londres, donde vivía mientras estudiaba. Nunca antes había experimentado una diversidad como la de Tottenham; siendo una joven mujer negra, rara vez había pasado tan inadvertida en un ambiente cotidiano. En mi nuevo lugar de residencia y con una lengua extranjera resonando en mis oídos, descubrí matices desconocidos de mi identidad. En un contexto diferente, me había convertido en una persona diferente a los ojos de las y los vecinos y compañeros de estudios, porque los estereotipos en los suburbios de Londres no eran los mismos que en los de Alemania. Aparentemente, los sentimientos de pertenencia eran flexibles. Y, al parecer, no se necesitaba de ningún disfraz para romper con las estructuras acostumbradas.

Recuerdos disfrazados

De vuelta en Alemania, observé cómo el disfraz en sí a menudo era experimental en una forma que se alejaba de las tradiciones usuales de la mascarada. Descubrí variaciones en los disfraces que iban más allá de lo carnavalesco: los aspectos tranquilos y reconfortantes que encontraban su lugar lejos del carnaval. Por ejemplo, cuando los hijos e hijas de mis amigas, después de la muerte de sus abuelos, pasaban semanas acurrucados en la djellaba del abuelo o se colgaban los abalorios de la abuela. Esos disfraces contaban la historia de cómo la tela y las joyas que habían legado creaban una cercanía inmediata: era una narrativa de conexión.
 
Me imagino que, algunos días, mi abuela podría haber usado el pañuelo en la cabeza como lo hago hoy cuando llueve. Claro que no puedo estar segura de eso, nunca nos conocimos. Nunca fui a verla a Guinea Ecuatorial, porque a mi padre siempre le pareció que estaba demasiado lejos de Europa. Así que el pañuelo, que había visto en una foto, no dejó de ser una conexión lúdica con una familiar desconocida. Uno de los muchos peinados que a veces se consideran como un símbolo de auto-empoderamiento en las culturas africanas y de la diáspora africana, en mi imaginación, también le perteneció a mi legendaria abuela rebelde.
 
Por supuesto, se trata de una interpretación personal y nostálgica. La invisible historia de fondo de un atuendo que se lee de una manera completamente diferente en la vida pública alemana. “¿Es por religión o por folclore?”, me preguntó una vez una mujer en una fiesta cuando me acerqué hacia el bar con un pañuelo en el pelo. De inmediato, la historia personal de mi tocado desapareció detrás de su mirada, y el pañuelo mutó en un uniforme cultural.
 
En teoría, en ciudades como Berlín hoy en día se puede usar casi cualquier tipo de ropa. Difícilmente alguien en la gran ciudad todavía se siente “disfrazado”, incluso si el guardarropa de todos los días consiste en trajes de rana y faldas de ballet. Sin embargo, esto sólo se aplica siempre y cuando una apariencia “extranjera” no se perciba como una amenaza. Tan pronto como entra en juego el cubrirse la cabeza por razones religiosas, muchas personas en Alemania todavía se topan con escepticismo y hostilidad, incluso en tiempos en que la obligación actual de usar cubrebocas nos enmascarará a todos indefinidamente. En  Black Skin, White Masks, (Piel negra, máscaras blancas) Frantz Fanon escribió al respecto ya a principios de la década de 1950: sobre la arrogancia que reside en una categorización excluyente de “el otro” y los traumas que surgen de la presión resultante para adaptarse.

Romper las mascaradas de las atribuciones

Décadas después, su mensaje se recibe con cautela. Después de todo, en el establecimiento cultural, el estatus incuestionable de las atribuciones se está rompiendo lentamente. Tal vez, más claramente entre las y los artistas del Sur global. Donde las y los creativos de las antiguas colonias y la diáspora tratan de lidiar abiertamente con un pasado que todavía se ignora a menudo en otros lugares. El invierno pasado, por ejemplo, el artista namibio Nashilongweshipe Mushaandja sacudió el centro de Yaundé con su performance “The Dance of the Rubber Tree” (La danza del árbol de caucho). Envuelto en varias capas de tela, llamó la atención de las y los transeúntes y vendedores ambulantes en cuestión de minutos. Acompañado por los sonidos esféricos de una guitarra eléctrica, él y quienes lo acompañaron en el performance en la Place de L'Indépendence hablaron de las heridas del pasado colonial y de la protección que brindan las comunidades en resistencia. Habló de sangre y violencia, pero también de los olores, especias y tradiciones de su infancia. Una mezcla dramatúrgica de estilos que chocó contra el perezoso ritmo de una apacible tarde camerunesa. Pero a medida que su grupo se puso en marcha, se encendió la chispa. Las y los transeúntes se unieron a la procesión, y entraron con él al teatro donde la obra terminó en un espectacular manifiesto decolonial.
  • Asistentes al carnaval disfrazados, frente al escenario en el Alter Markt de Colonia, 20 de febrero de 2020. El carnaval callejero se inaugura tradicionalmente en Weiberfastnacht, el Jueves Gordo. Horst Galuschka © picture alliance/dpa
    Asistentes al carnaval disfrazados, frente al escenario en el Alter Markt de Colonia, 20 de febrero de 2020. El carnaval callejero se inaugura tradicionalmente en Weiberfastnacht, el Jueves Gordo.
  • Carnaval de Colonia 2020: Impresiones e imágenes de los carros conmemorativos y los asistentes al carnaval en el desfile del Rosenmontag, Lunes de Rosas.decolonial – Cologne Carnival 2020: Impressions and images of running groups and joking during the Rose Monday procession Jens Krick © picture alliance / Flashpic
    Carnaval de Colonia 2020: Impresiones e imágenes de los carros conmemorativos y los asistentes al carnaval en el desfile del Rosenmontag, Lunes de Rosas.
  • El performance de Nashilongwe Mushaandja “The Dance of the Rubber Tree” (La danza del árbol de caucho) no trata sólo de las heridas del pasado colonial. También de los olores y especias de su infancia: los ingredientes que su madre usaba en su cocina. © Goethe-Institut / Yuan Yamsi
    El performance de Nashilongwe Mushaandja “The Dance of the Rubber Tree” (La danza del árbol de caucho) no trata sólo de las heridas del pasado colonial. También de los olores y especias de su infancia: los ingredientes que su madre usaba en su cocina.
  • Nashilongweshipwe Mushaandja paraliza la calle frente a la antigua Oficina de Censura en Yaundé con sus artistas y su público. © Goethe-Institut / Yuan Yamsi
    Nashilongweshipwe Mushaandja paraliza la calle frente a la antigua Oficina de Censura en Yaundé con sus artistas y su público.
  • El performance de Christian Etongo “After Tears” (Después de las lágrimas) se basa en la tradición de los Tsô, una ceremonia de reconciliación y purificación de los Beti de Camerún. © Goethe-Institut / Yuan Yamsi
    El performance de Christian Etongo “After Tears” (Después de las lágrimas) se basa en la tradición de los Tsô, una ceremonia de reconciliación y purificación de los Beti de Camerún.
  • Christian Etongo cree en el poder de la reconciliación y en el poder del ritual. En “After Tears”, el artista camerunés combina los dos. © Elisabeth Wellershaus
    Christian Etongo cree en el poder de la reconciliación y en el poder del ritual. En “After Tears”, el artista camerunés combina los dos.
  • La actuación de Nashilongwe Mushaandja “The Dance of the Rubber Tree” (La danza del árbol de caucho) se realizó en medio de la Place de L'independence en Yaundé. Una y otra vez, las y los vendedores callejeros se atravesaban en la producción para ofrecer sus productos. Hasta que algunos se detuvieron para ver la obra. © Elisabeth Wellershaus
    La actuación de Nashilongwe Mushaandja “The Dance of the Rubber Tree” (La danza del árbol de caucho) se realizó en medio de la Place de L'independence en Yaundé. Una y otra vez, las y los vendedores callejeros se atravesaban en la producción para ofrecer sus productos. Hasta que algunos se detuvieron para ver la obra.
  • “Hay momentos conmovedores en casi todas las funciones”, dice Mushaandja. “Por ejemplo, cuando el público acepta los pequeños regalos que le damos los artistas.” © Elisabeth Wellershaus
    “Hay momentos conmovedores en casi todas las funciones”, dice Mushaandja. “Por ejemplo, cuando el público acepta los pequeños regalos que le damos los artistas.”
  • Un poco más tarde durante el performance, los melones, aquí envueltos en paños blancos, se abren a golpes y evocan cráneos reventados. © Elisabeth Wellershaus
    Un poco más tarde durante el performance, los melones, aquí envueltos en paños blancos, se abren a golpes y evocan cráneos reventados.
  • Al final de “The Dance of the Rubber Tree” (La danza del árbol de caucho) se busca, sobre todo, la reconciliación: El manifiesto final termina con las palabras: “¡Tomemos el té y cantemos canciones de amor!” © Elisabeth Wellershaus
    Al final de “The Dance of the Rubber Tree” (La danza del árbol de caucho) se busca, sobre todo, la reconciliación: El manifiesto final termina con las palabras: “¡Tomemos el té y cantemos canciones de amor!”
Las y los artistas que festejaban transmitieron algo tan vinculante, el enfoque contemporáneo de su ritual tenía algo tan unificador, que el escepticismo del público se disolvió en el auditorio. Porque muchos de los y las espectadoras sí se habían mostrado escépticos: incluso en países como Camerún es necesario superar las reservas contra las “personas enmascaradas desconocidas”. Justamente en los lugares en los que los trajes rituales son, en realidad parte, de las culturas, a menudo hoy en día se les mira con suspicacia. “El cristianismo nos forzó a desaprender nuestros propios rituales hace mucho tiempo”, dijo la coreógrafa Trixie Munyama desde el borde del escenario. “Muchos de nosotros hoy en día sufrimos de la afrofobia que los misioneros introdujeron en tiempos pasados.”
 
Así, las historias de los artistas hablan sobre todo de resiliencia. De la naturalidad con la que rompen la mascarada de las atribuciones y rechazan cualquier categorización.
 
Hoy, cuando me enfrento a la elección entre un aburrido afro y un “pañuelo folclórico” en el cabello, me siento mucho más cómoda conmigo misma que cuando fui al carnaval disfrazada de “mexicana”. Porque las opiniones sobre el cabello también han cambiado. La artista radical Laetitia Ky va al grano cuando deja que su cabello hable por ella. Para sus mensajes políticos, no necesita más que algo de alambre y sus dread locks, que, dependiendo del tema, esculpe en ingeniosas instalaciones. A veces el pelo se convierte en una contribución al debate del “Me too”, en forma de un hombre que le levanta la falda a una mujer; a veces, en una pistola, como una declaración contra la violencia armada. A veces, pequeñas trenzas brotan de sus axilas y critican los ideales convencionales de belleza.
 
Pero mi obra favorita es una en la que un grueso mechón rodea su cara desde su frente hasta el cuello, y traza la cabeza de una leona. La imagen de un rigurosa transformer que no necesita disfraz alguno.