ASOMBRADOS POR LA NATURALEZA
por Andrea Wulf

Vivimos en una era, la del Antropoceno, donde las noticias son cada vez más aterradoras: hemos alcanzado temperaturas 1° C más altas que en épocas preindustriales, cada año que pasa es uno de los más calurosos registrados, el hielo del Ártico se está reduciendo a un ritmo sin precedentes... Escuchamos hablar sobre el aumento del nivel del mar y la muerte catastrófica de corales en la Gran Barrera de Coral, mientras que inundaciones, sequías e incendios forestales parecen haberse convertido en hechos cotidianos.

Hemos destruido gran parte de nuestro planeta: es algo que resulta aún más impactante porque, hace ya más de 150 años, Alexander von Humboldt advirtió que «la actividad incansable de grandes comunidades de hombres depreda gradualmente la faz de la Tierra». En fecha tan temprana como 1800, Humboldt habló sobre el cambio climático nocivo inducido por el hombre. Fue el científico más famoso de su época, pero también fue un pensador visionario y el padre del ecologismo. Sus contemporáneos lo llamaban el hombre más famoso después de Napoleón y el «Shakespeare de la ciencia».
 

Retrato de Alexander von Humboldt por Friedrich Georg Weitsch, 1806 Retrato de Alexander von Humboldt por Friedrich Georg Weitsch, 1806 | © New Philosopher

 

Nacido en 1769 en Prusia, dejó su vida privilegiada y se embarcó en una atrevida expedición de cinco años a través de América Latina. El viaje lo llevó a las profundidades de las selvas tropicales y a los picos más altos de los Andes. Fue un viaje que cambió su vida y su forma de pensar. Regresó con un nuevo concepto de naturaleza que todavía da forma a las ideas que tenemos en la actualidad. Humboldt interpretaba la naturaleza como una red vital: una «tela intrincada como una red», tal como la describió. Veía la Tierra como un organismo vivo donde todo estaba conectado, desde el insecto más pequeño hasta los árboles más altos. La naturaleza de Humboldt estaba «animada por una respiración: de polo a polo, una vida se vierte en rocas, plantas, animales e incluso en el pecho del hombre».

Fue un proto-ambientalista profético que, en una época en la cual el mundo dejaba de ser un lugar silvestre y se convertía en un mosaico ordenado de campos roturados, escribió sobre los efectos devastadores de la deforestación, el monocultivo y el riego. Incluso alertó, de manera profética, acerca de las emisiones de gases en los centros industriales. Era un genio erudito, que se sentía cómodo en muchas disciplinas. A caballo entre la Ilustración y el Romanticismo, a Humboldt lo apasionaban tanto las observaciones científicas como las respuestas emocionales al mundo natural. La naturaleza de Humboldt latía con vida y no un era un «agregado muerto»: escribió que «todo da cuenta de un mundo de poderes orgánicos activos».

Es fácil retratar a Humboldt como un científico obsesionado con las mediciones: después de todo, viajó por América Latina llevando 42 instrumentos científicos distintos. Pero sus intereses iban más allá de las largas tablas de temperatura, la presión barométrica o la altitud. A Humboldt lo movilizaba un amor profundo por la naturaleza. Sin importar los peligros, quiso experimentar el calor húmedo de la selva tropical y bañarse en amplias vistas de los Andes, incluso cuando lo azotaban vientos helados a casi 20 000 pies de altura. Estar en la naturaleza, dijo Humboldt, «ejerce una influencia calmante y relajante». Mientras otros científicos buscaban leyes universales, precisión taxonómica o grandes teorías, Humboldt insistía en que necesitábamos usar nuestra imaginación para dar sentido al mundo natural. Humboldt entendió la naturaleza como un poeta y como un científico. «El placer radica en sentir, no en razonar», apuntó.

La naturaleza, escribió, estaba en «misteriosa comunión» con nuestros sentimientos internos. Un prístino cielo azul, por ejemplo, desencadena emociones diferentes que una espesa capa de nubes oscuras. Insistió en que un paisaje tropical, densamente lleno de palmeras y esculturales orquídeas, produce un efecto distinto al de un bosque abierto de abedules delgados de tallo blanco. Todo esto no significaba que Humboldt mirara la naturaleza a través de un velo brumoso, todo lo contrario. Gastó una fortuna en los mejores instrumentos científicos y creía en la utilidad de las observaciones meticulosas, pero sus investigaciones no excluían la imaginación. Era una persona que manejaba sin dificultad los registros meteorológicos, el geomagnetismo y los fenómenos geológicos, pero luego escribió en el mismo libro sobre el «encanto mágico» de la poesía, la importancia de la pintura de paisajes y las delicias de la primavera cuando «nuestras mentes... pueden regocijarse en la inspiración de la naturaleza». A Humboldt lo impulsaba una sensación de asombro, y este amor por el mundo natural moldeó su vida y su pensamiento.

Es este asombro por la naturaleza lo que, a mi entender, está ausente en los debates ambientales de hoy (al menos en el ámbito político). Desde las discusiones globales como la cumbre del clima de París, en 2015, hasta los debates nacionales sobre fracking o cuestiones locales como la protección de una pequeña zona de humedales: la mayoría de estas negociaciones se basan en proyecciones de datos crudos, estadísticas y cuidadosos textos legales. Todo esto es importante, por supuesto: pero ¿dónde está la comprensión de que solo protegeremos lo que amamos?

¿Cómo podemos salvar nuestro planeta cuando tantos de nosotros pasamos la mayor parte de nuestras vidas alejados de la naturaleza? ¿Cómo se conectarán con la Tierra las próximas generaciones si el olor húmedo de un bosque después de una lluvia de verano, o los sonidos corales de un amanecer, les resultan tan irreales como el próximo juego de computadora? ¿Cómo vamos a preocuparnos por las amenazas a nuestros océanos, aire o bosques, si solo se trata de estadísticas e infografías de colores?

Una apreciación casi visceral de la naturaleza se filtra a través de gran parte de los escritos de Humboldt. De todos los libros que publicó Humboldt, Views of Nature fue su favorito. Era un género literario completamente nuevo que combinaba descripciones poéticas del paisaje con observaciones científicas. Se publicó por primera vez en alemán en 1808: más tarde estuvo disponible en once idiomas y se convirtió en un gran éxito de ventas internacional. Para Humboldt, la prosa deViews of Nature era tan importante como el contenido. Insistió en que su editor no cambiara una sola sílaba porque de lo contrario se destruiría la «melodía» de las oraciones.
 

Alexander von Humboldt en la biblioteca de su apartamento en Oranienburger Strasse, Berlín, por Eduard Hildebrandt Alexander von Humboldt en la biblioteca de su apartamento en Oranienburger Strasse, Berlín, por Eduard Hildebrandt | © New Philosopher

 

Escribió sobre hojas que se desplegaban «para saludar al sol naciente como el canto mañanero de los pájaros» y sobre monos que llenaban la jungla con aullidos melancólicos. Cuando la noche se convirtió en día, vio que las estrellas creaban una «doble imagen temblorosa» en la neblina baja sobre las llanuras en Venezuela, mientras que los arcoiris danzaban en las nieblas de los rápidos del Orinoco: magia óptica, lo llamó, en un juego de escondite. «Aquello que interpela al alma», escribió Humboldt en otro libro, «escapa a nuestra capacidad de medida». Los poetas y los artistas podrían haberse comprometido con esto, pero ningún científico había articulado algo así. Humboldt quería estimular el amor por la naturaleza.

El estudio de la naturaleza, escribió, «no consiste en una acumulación estéril de hechos aislados». Tal vez otros científicos quedaban satisfechos cuando encontraban un orden a través de la clasificación o las leyes universales, pero para Humboldt la imaginación era igual de importante. Una mirada a los cielos, dijo, demostró su punto: las estrellas brillantes «deleitan los sentidos e inspiran la mente», pero al mismo tiempo se mueven por un camino de precisión matemática.

Humboldt escribió docenas de libros, éxitos de ventas internacionales que inspiraron a científicos, artistas y poetas por igual. Walt Whitman, por ejemplo, escribió su célebre colección de poesía Hojas de hierba con una copia de uno de los libros de Humboldt en su escritorio, y el pintor Frederic Edwin Church siguió los pasos de Humboldt por Sudamérica. El corazón de los Andes, una obra magnífica que hoy se encuentra en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, fue la respuesta artística de Church al nuevo concepto de naturaleza de Humboldt. Incluso el Capitán Nemo en las famosas Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne se describe como dueño de las obras completas de Humboldt. Y Ralph Waldo Emerson declaró que Humboldt había barrido «este cielo lleno de telarañas».
 

El corazón de los Andes por Frederic Edwin Church (1826–1900), 1859, Metropolitan Museum of Art, colección en línea El corazón de los Andes por Frederic Edwin Church (1826–1900), 1859, Metropolitan Museum of Art, colección en línea | © New Philosopher

 

Esta celebración del asombro, la magnificencia, la maravilla, o como quiera llamarse, es lo que necesitamos introducir en los debates actuales sobre el cambio climático. Humboldt creía que el estudio de la naturaleza se trataba tanto del mundo externo como del mundo interior. Dijo que la naturaleza solo existe en la medida en que la percibimos a través de nuestros sentidos y, por lo tanto, «el mundo externo y nuestras ideas y sentimientos se funden entre sí». Escribió que lo sensual estaba conectado con lo intelectual, y habló sobre un vínculo profundo que une la ciencia, el arte y la poesía.

Es este enfoque interdisciplinario, junto con su insistencia en el valor de la imaginación y las emociones en nuestra comprensión de la naturaleza, lo que hace que su trabajo sea tan relevante hoy en día.

 

Artículo cortesía de NewPhilosopher y Andrea Wulf.

 

Andrea Wulf es autora de varios libros premiados, incluido 'La invención de la naturaleza' (2015), sobre el naturalista, explorador y geógrafo Alexander von Humboldt. Wulf argumenta que Humboldt sintetizó el conocimiento de muchos campos diferentes para dar forma a una visión de la naturaleza como un sistema interconectado, que luego influiría en los científicos, en los activistas y en el público en general. El libro ha ganado el Royal Society Science Book Award 2016, Costa Biography Award 2015, el Inaugural James Wright Award for Nature Writing 2016 y el LA Times Book Prize 2016, así como premios en Alemania, China, Francia e Italia.