Revista


Foto: Eduardo Sterzi

Sangre

La escritora brasileña Veronica Stigger escribió, por invitación del Goethe-Institut, un ensayo para el sitio web del proyecto "Episodios del Sur"​

I Pre historias

¿Si comienzo a beber
sangre, puedo quedar por siempre
joven y vivir bastante?

¿Si bebo
sangre de demonio
gano poderes para volar?

¿Si bebo sangre humana
de un portador de HIV,
puedo agarrarme el virus?

¿Matar gallinas para
beber sangre y beber sangre
de otros animales hace mal?

¿Beber sangre
de otras personas
no es arriesgado?

¿Hace mal
beber sangre
de mi hermana?

¿Hace mal tomar
un baño después
de beber sangre?

¿La sangre puede
ser usada para
recargar baterías?

Beber sangre:
¿qué es lo que la Biblia
enseña?


Foto: Eduardo Sterzi

II Historia

Imaginate un accidente con esos camiones de sangre, dijo Franklin, con una cabeza de chivo sobre las piernas. ¿Qué camiones de sangre?, retrucó Eduardo, que conducía el Uno rojo chocado atrás y con el faro derecho roto. Sería acá, en plena Bandeirantes, justo en este punto, después de cruzar el Trópico de Capricornio, dijo Franklin. ¿Qué camiones de sangre?, insistió Eduardo. El chofer del camión sacaría la mano del volante por un segundo para limpiarse el sudor de la frente – continuó Franklin ignorando la pregunta del compinche y la mancha de sangre proveniente de la cabeza recién decapitada del chivo, que teñía su bermuda azul turquesa – y justamente en aquel segundo maldito la rueda izquierda del camión caería en el único bache todavía no repavimentado de la calzada y el chofer perdería el control de la dirección. Aun cuando no se distrajera intentando eliminar aquella gota de sudor que amenazaba entrar en su ojo, no tendría cómo ver el bache, agregó Eduardo tomando gusto por la historia, porque serían altas horas de una noche especialmente oscura, sin luna y sin estrellas. El camión se tumbaría de lado, prosiguió Franklin, e iría a parar doscientos metros más adelante, impidiendo el paso de los autos y formando un embotellamiento espectacular, que atascaría la Marginal Tietê hasta Cumbica por horas y horas. La carrocería se rajaría y la sangre brotaría de allí como de una inmensa herida abierta, o mejor, como de una yugular cortada por el más afilado de los cuchillos jamás producido hasta entonces por nuestro gran amigo Tom. ¡No!, exclamó Eduardo. Por un cuchillo, no. ¡Cortada por una espada! ¡Eso!, concordó Franklin, ¡por una espada! Una espada de samurái con cabo de madera todo trabajado representando la creación del mundo, remató Eduardo. Ahí, continuó Franklin, la sangre caería en cascada desde la carrocería del camión y se desparramaría por la calle haciendo olas, burbujeante, roja oscura, formando charcos aquí y allá, y dejando tanto al asfalto como a la vegetación del costado de la calle totalmente encarnados. Las personas bajarían de sus autos e irían hasta el camión. Cuando las linternas de sus celulares iluminaran la calle y vieran aquella cantidad absurda de sangre, una efusión de sangre imposible de imaginar hasta entonces, comenzarían a gritar. Eso, asintió Eduardo, comenzarían a gritar y a arrancarse sus propios cabellos, pensando que se trata del fin de los tiempos. Los hombres se arrodillarían en el suelo, agregó Franklin, las mujeres intentarían rasgar sus ropas y los niños se vomitarían todos. Menos uno. Menos uno, repitió Eduardo. Un chico, dice Franklin. Un chico indio, completó Eduardo, un chico de unos diez años que acostumbraba, a esa hora de la noche, bajar al costado de la calle para quedarse observando los autos pasar. El hijo más pequeño del cacique, dijo Franklin. No, retrucó Eduardo, el propio cacique, el cacique que vendrá. Ese chico, continuó Franklin, se agacharía y, como un cachorro sediento, lambería la sangre acumulada en el bache que había ocasionado el accidente; lambería toda esa sangre, vampirescamente, como si fuera la última reserva de agua del mundo. Y, cuando no sobrara ni una gota de sangre en el bache, añadió Eduardo, volvería al costado de la calle, de donde habría venido, subiría a pie el pico del Jaraguá y, allá desde lo alto, miraría hacia atrás, hacia la calle y pensaría que el olor de la sangre, un olor que se impregnaría en el asfalto y se haría sentir todavía por tres largos días, era más fuerte, dulzón y nauseabundo, que el olor del vómito. Sería aterrador, dijo Franklin. ¡Aterrador! Y los dos quedaron sacudiendo la cabeza, asintiendo. Solo una cosa, dijo por fin Eduardo, ¿existe el camión de sangre? Existe. Claro que existe. Es el camión que lleva la sangre donada de un hospital a otro. Me cansé de verlos por ahí. Existe, si, ¿no existe? No sé.


Foto: Eduardo Sterzi

III Historias del arte

Artista endulza
café de marchand
con menstruación

Tatuadora hace pequeñas
incisiones en la parte interna de los muslos
y consume la sangre fresca

Michele prefiere sangre
de cerdo, que es fácil
de hallar en los mercados

En experimento artístico,
francesa inyecta sangre de caballo
y se siente extrahumana

“Soló intento evitar el área
del cuello: es muy cliché”,
dice americana

En el vernissage, se
servirá Bloody Mary
con sangre verdadera

Fue el propio
Beuys quien
mató la liebre

Cuando venga el
diluvio de sangre
Noé no tendrá arca

Franklin fue a ver
un filme de vampiros
y pensó en un poema



Veronica Stigger es escritora, crítica de arte y profesora universitaria. Entre sus libros de ficción publicados, se cuentan Os anões (Cosac Naify, 2010), Delírio de Damasco (Cultura e Barbárie, 2012), Opisanie świata (Cosac Naify, 2013) y Sul ([Sur] Grumo, 2013; 34, 2016); y entre los infantiles, Dora e o sol (34, 2010) y Onde a onça bebe água (SESC São Carlos, 2012; Cosac Naify, 2015). Con Opisanie świata, su primera novela, recibió los premios Machado de Assis, São Paulo (Autor Debutante) y Açorianos (Narrativa Extensa). En español, fue publicado también el volumen Massamorda [Revoltijo] (Dobra, 2011), por la editorial Mariposa Cartonera de la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina, en 2014. ​​


Traducción: Juan Manuel Fernandez​