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Foto: Jota Mombaça

24.05.2017

Foto: Jota Mombaça


Orbitar lo controvertido
Musa Michelle Mattiuzzi
Jota Mombaça

Jota Mombaça Escena cero: ¿Diario de Atenas?

Estamos aquí hace un mes, como parte del programa CAPACETE en Atenas: una residencia artística de un año que se acerca a la ciudad junto a la documenta 14 y se relaciona con este megaevento de manera lateral intensa, orbitando el controvertido espacio de agitación cultural engendrado por la presencia de aquella institución aquí. Nuestros cuerpos se mueven y atraviesan la ciudad de una manera particularizada por nuestras diferencias y por la forma en que ellas son percibidas culturalmente, pero este texto no será un diario de ese enfrentamiento. Es, antes, un diario especulativo en cuanto a los límites, cortocircuitos y problemáticas de nuestra propia posición frente a las contradicciones y paradojas vinculadas con este contexto. Por lo tanto, no se trata de la localidad, sino de los desplazamientos y sus políticas, como parte de un proyecto más amplio de cartografía de los efectos políticamente densos de nuestras presencias negras y desobedientes de género en el mundo del arte.

Escena uno: Acceder es un verbo complicado y dolorido cuando no se es blanco y ni cisgénero

No todas las puertas se cierran, pero incluso las abiertas tienen sus espinas: como una frontera que, para dar paso, cobra un peaje demasiado alto; una frontera que nos hace llegar quebradas al lado interior, dentro de los espacios y sistemas de los que hemos sido históricamente excluidas. Hablar de presencias disidentes y minoritarias en espacios de poder es hablar también del efecto emocionalmente duro de hacerse presente en espacios construidos sobre nuestra eliminación ontológica, o reestructurados a partir de la apropiación extractivista de nuestras experiencias y perspectivas.

Cada puerta, cada sala de espera, cada encuentro con el rostro contundente e ineludible de los poderes, que regulan la capacidad de moverse en el mundo, reestructura en nuestros cuerpos una forma de paranoia de frontera, un efecto producido por la recurrencia de la interpelación racializadora que tiende a reposicionarnos siempre en el banquillo de los acusados. La brutal inscripción de nuestras experiencias en el marco de una gramática de sospecha blanca y cis-supremacista, produce a su vez en nosotros una práctica de sospecha radical, una puesta en acción siempre que el encuentro con las instancias de poder de vigilar fronteras se hace apremiante.

Incluso con todas las cartas de invitación y otros documentos necesarios para solicitar el visado de estudio en Atenas, al llegar al Consulado: el gusto amargo de la desatención. El tiempo de espera en las fronteras y las instancias de control migratorio condiciona una amplia experiencia de dudas, donde siempre estamos respondiendo a preguntas que no se han hecho, pero que están allí implícitas: “¿Qué está haciendo aquí?”, “¿De qué mundo viene?” “¿Qué es usted?”.

Escena dos: ¿Cuál es el precio de la sujeción?

La civilidad impone un precio a los modos de convivencia, y convivir como sujeto es sujetarse a la condición humana blanca y cisgénero para moverse en la cadena de privilegios. El régimen de la civilidad imprime reglas de racialización jerárquicas en cuanto a las formas de saber, sentir y desear consideradas respetables en aquel contexto. Si nuestra presencia es considerada respetable, el sujetamiento es automático, pero aún así condicionado por las presiones normativas de adhesión a un régimen de pura violencia con el que tenemos que ser cómplices a cambio de una posible pasabilidad. Partimos de esta idea, porque nuestra pretensión es descalificar la productividad extractivista de narrativas sobre el otro cuerpo, al mismo tiempo que intentamos leer la coreografía política del cuerpo de poder.

No somos iguales. No participamos de ningún nosotros. Nuestros cuerpos no están en posición de volverse sujetos, excepto en la medida en que aceptamos la brutalidad de las sujeciones que están disponibles para nosotros, entre el “intruso” y el “exótico”, como avatares de representatividad progresista poscolonial o como elemento disruptivo del orden social.

Escena tres: Parlamento de los cuerpos

El 18 de abril de 2017 salimos hacia el Parko Eleftherias para asistir al programa público de la documenta 14, que a su vez recibe el mismo nombre de esta escena, con la curaduría y mediación de Paul Preciado. Fue el cuarto programa que acompañamos juntas, y en esa ocasión el invitado era Morgan Goodlander, cuya misión era conducir un taller participativo acerca de experiencias sobre identidad, relaciones y libertad a través del método Gestalt. Desafortunadamente, el enfoque del facilitador del taller se confundía con un ejercicio de poder y control de la audiencia, de modo que, a cierta altura, las condiciones de posibilidad de las preguntas que él venía movilizando fueron cuestionadas por nosotras de manera incisiva.

A medida que era cuestionado, Goodlander re-enfatizaba su propia posición, llegando al punto de usar su micrófono para simular un pene eyaculando de placer por el poder, al ser cuestionado en cuanto a cómo su masculinidad blanca cisgénero le garantizaba el poder que estaba siendo puesto en escena allí. Pensábamos que ya sabíamos sobre los modos posibles de discusiones en ese espacio, las coreografías de mediación para promover el ejercicio de un pensamiento en ejercicio, pero en aquella ocasión, al tener su posición desestructurada con cuestionamientos que se referían a su modo de ocupar espacios de poder, él inmediatamente respondió con gestos sexuales y demostraciones de fuerza que intentaran mantenernos con la sensación de miedo y cohibición.

Al percibir la intensidad del lenguaje racista utilizado por Goodlander en el espacio del Parlamento de los Cuerpos, el curador pidió finalizar, pues no permitiría una situación de violencia en aquel espacio, que tiene como premisa ser un dispositivo crítico para imaginar y construir colectivamente otras formas de activismos y justicia sobre las ruinas del proyecto neoliberal. El gesto de esta escritura es para elaborar lo que podría haber ocurrido, pero no sucedió: la interrupción de una escena de racismo. El Parlamento de los Cuerpos continuó incluso tras nuestra retirada y la del curador, quien, aun teniendo poder de decisión sobre aquel espacio, fue desautorizado en favor de la continuidad del ejercicio de violencia ontológica y epistémica contra nosotros.

Escena cuatro: Las palabras no llegan allí

No vamos a debilitarnos en esa cuna de lo que llamamos barbarie. Tenemos inquietudes por la vida, incómodos ancestrales y una secuela de voces silenciadas a lo largo del proceso civilizatorio, y esas construcciones lingüísticas exhalan olor a muerte. Cansadas, escribimos sobre acontecimientos expropiados. Aquí todavía hay cuerpos de resistencia y resiliencia, conscientes de miedo y bebiendo precariamente en la copa del privilegio producido a costa de la sangre de aquellas que siempre fueron frenadas. No sabemos con certeza sobre las consecuencias de vivir ese proceso, pero lo vivimos atentas a la contradicción de formular preguntas sin respuestas y de intentar responder a preguntas que nunca se han hecho.

Musa Michelle Mattiuzzi, es negra, autora, artista performativa, y se mueve entre las artes de modo interdisciplinario.

Jota Mombaça es escritora y artista performativa. Trabajos actuales son la colaboración con la Oficina de Imaginação Política (São Paulo).