Sobrevivir

¿Cuál es la mejor manera de trasladarse en Alemania?

Foto (Ausschnitt): Rosmarie Voegtli (rvoegtli @flickr), CC BY 2.0Photo (detail): Rosmarie Voegtli (rvoegtli @flickr), CC BY 2.0m

Photo (detail): Rosmarie Voegtli (rvoegtli @flickr), CC BY 2.0


Yo hice la prueba: a pie, en bicicleta, en metro, por tren y en automóvil.

De sur a norte con el tren ...

Equipado con un carrito plegable y un bolso de mano, salgo de madrugada de mi apartamento en Múnich. Estoy un poco cansado y me dirijo a pie hacia la estación de metro más cercana. Para llegar debo atravesar primero una gran intersección. Junto a mí hay otros peatones que esperan a que cambie la luz del semáforo. Rojo, verde ... y adelante.
Antes de subirme al metro, recuerdo que debería comprar un boleto. ¿Cuántos anillos eran? Bastante complicado el asunto. Cuento las zonas de los circuitos urbanos de transporte. Viajar sin pagar supone una multa de cuarenta euros; prefiero pagar, pues, como se debe, mis 2,50 euros por el trayecto. Cuando llego a la estación principal, sigo los letreros “DB” de la compañía alemana de ferrocarriles y trato de espabilarme comprando un “café para llevar”.

El tren expreso interurbano (ICE) está retrasado. Por un instante pienso que tomar el avión hubiera sido casi más barato y me hubiera permitido llegar más rápido a mi destino. Da igual. El tren llega 37 minutos tarde a la estación. ¡Guau, hoy sí hay gente! Una vez subido al tren, trato de embutir mi pequeño bolso en el portaequipajes sobre mi asiento ... en vano. Me alegro de haber reservado mi puesto, algunos pasajeros tienen que quedarse de pie en el pasillo. Mi compañera de asiento habla sin cesar por teléfono. También el resto de los pasajeros tienen su celular en la mano. Ni corto ni perezoso, busco en mi bolsillo. Aunque no tengo servicio en la red para leer mis correos electrónicos, el celular me permite escuchar música.

... en bicicleta por la ciudad ...

Tras cinco horas y media llegamos a Hamburgo. Mi amiga me recoge y nos lanzamos a nuestras bicicletas. Alster, Schanze, Elbstrand ... hay muchos ciclistas en la vía, algunos con casco. “Así se sienten más seguros, pero atraviesan volando los cruces, con el semáforo en rojo. Apenas ayer casi me atropella uno completamente equipado”, me cuenta mi amiga. “Pues mira, a mí hace poco me detuvo un policía en la noche porque mi bicicleta no llevaba luces”, replico. ... y de regreso en automóvil

El domingo por la tarde aprovecho una Mitfahrgelegenheit (oferta para viajar en un automóvil ajeno compartiendo los gastos de gasolina). Resulta mucho más barato. Lástima que seamos cuatro pasajeros aparte del conductor. ¡Tengo 776 kilómetros por delante y me ha tocado el puesto del medio en el asiento trasero! Después de varios tramos de circulación semifluida, algunas zonas en reparación y numerosos avisos de congestionamiento vial, llegamos a la altura de Nuremberg. Dos cambios de pasajeros y una pausa para descansar han contribuido a que se haga bastante tarde.
La autopista está despejada y el conductor presiona el acelerador. Surcamos la noche a unos 200 kilómetros por hora. Un típico dueño de BMW, sonrío para mis adentros. Es obvio que al conductor le divierte la velocidad que lleva; a pesar de los límites de velocidad, sigue presionando el acelerador. ¿Por qué a los alemanes les gusta manejar tan rápido? Quizás sea una cuestión de estatus: ¿Se es mejor por manejar un auto más veloz? En realidad no hemos ahorrado tiempo, llegamos cerca de la medianoche. Mientras regreso a casa, el conductor de un automóvil me cede el paso. Menos mal que tienen consideración con los peatones, pienso. Sano y salvo, pero bastante molido, abro la puerta de mi apartamento.



Bettina Erhardt
es aficionada a observar como etnóloga las costumbres cotidianas de los alemanes. Es oriunda de Múnich y trabaja en relaciones públicas. Complementariamente se desempeña como escritora independiente.

Copyright: Todo Alemán
Octubre 2012

Este texto es una traducción del alemán.

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