Sobrevivir

¿Compartir auto o... problemas?

Foto (Ausschnitt): Jo. (johnas @flickr), CC BY 2.0Photo (detail): Jo. (johnas @flickr), CC BY 2.0

Photo (detail): Jo. (johnas @flickr), CC BY 2.0


Frank viaja de Mainz a Münster. Comparte su auto. Cinco personas durante 300 kilómetros en un Volkswagen Polo.

Pronto me reuniré con cuatro personas, a quienes sólo conozco por su voz al teléfono. Esta cita ciega no s sino una “oportunidad para compartir auto” (Mitfahrgelegenheit). Primero recojo a la joven Steffi, de 23 años, que trabaja en el ramo de alimentos, y a la que de sopetón le pregunto si no quiere conducir. Acepta y se pone entusiasmada al volante. El equipaje de Steffi y el mío ocupan por sí solos la mitad del maletero: mal presagio. Con los otros compañeros de viaje hemos acordado vernos en la estación de trenes de Mainz: Maike, de 21, espera en la entrada junto a su compañera de estudios Verena, también de 21. Stephan, de 23 y oriundo de Münster, se nos une pronto con una gran mochila. Los cuatro están de buen humor. Hasta que ven nuestro medio de transporte. Se miran con asombro. Yo había omitido mencionar que mi auto era pequeño.
Coeficiente sorpresa: 5 de 5

La mochila de Stephan logra apenas encajar en el maletero. En cambio, las dos jóvenes que cursan el primer semestre para ser profesoras deben colocar sus enormes bolsos sobre sus piernas. Si bien el flamante Polo de frente ceñudo no luce mal desde fuera, no es en el fondo más que un pequeño utilitario para salir de compras.
Coeficiente de rompecabezas: 4 de 5

En el juego "Te apuesto a que..." había una vez un reto: a que diez niños no caben en un modelo de auto Smart. Justo así nos sentimos nosotros ahora. Yo me acomodo en la mitad del asiento trasero, apoyado y apretujado por Maike y Verena, quienes, dicho sea de paso, habían ocultado la magnitud de sus bolsos. Cuando les pregunto cómo se sienten, ambas responden al unísono “Todo perfecto, no hay problema”. Stephan, que hace las veces de copiloto, nos mira con lástima. Quien ha salido peor parada es la conductora Steffi. Tuvo la dudosa suerte de poder elegir entre aprisionar a Maike en el asiento trasero o dejarse las manos en el volante.
Coeficiente de acurrucamiento: 5 de 5

Un auto a reventar no es que se diga el lugar ideal para aliviar el trasero, pero al menos promueve la comunicación. Tras una breve fase exploratoria, se empieza a comentar esto y aquello sobre los estudios en la universidad y en la escuela profesional, y se intercambian informaciones sobre la oferta de entretenimientos y celebraciones en Mainz y Münster. Entonces vaciamos los hechos crudos sobre el tablero de instrumentos: nos confesamos mutuamente nuestras andanzas en noches de juerga y en alguna que otra fiesta en apartamentos compartidos. Pero las dos damas que me flanquean prefieren tomar una siesta. Mala decisión: el pequeño auto es todo menos un vagón cama. Cualquier aspereza en el camino supone un golpe seco de la cabeza contra el techo. Es verdad que Maike logra por un momento sumirse en una especie de modorra, pero como su codo resbala no menos de veinte veces del apoyabrazos lateral, tiene que interrumpir a regañadientes su intento de dormir.
Comodidad para tomar una pequeña siesta: 2 de 5

No es fácil conseguir que nuestro pequeño auto cargado con 350 kilos de recursos humanos y 30 kilos adicionales de equipaje remonte las escasas cuestas de la autopista: el motor no es muy potente que se diga. Eso es algo que siempre irrita a Steffi. Pero ni aun así acepta ser relevada del volante. Tras cuatro horas de retención en jaula, llegamos finalmente a la estación central de trenes de Münster. Pasa un tiempo antes de que todos puedan liberarse.
Caballos de fuerza: 3 de 5

Eufóricos por la recién recuperada facilidad para mover los pies, hay consenso: La cosa no estuvo tan mal, después de todo.



Frank Seibert
Artículo aparecido en „SPIESSER“ – La revista para jóvenes. Edición febrero/marzo de 2010.

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